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‘Rojo’, o ser (o no ser) tendencia artística

diciembre 10, 2018

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Se anuncia este espectáculo como el estreno en España de Rojo, multipremiado texto de John Logan –a la sazón, guionista de éxitos cinematográficos como Gladiator o Skyfall– centrado en la figura del pintor Mark Rothko, representado por primera vez en 2009 y ya convertido en un éxito mundial. Habría que precisar, sin embargo, que se trata del estreno en el ámbito profesional de la función, representada unos meses atrás en versión de la escuela Theatre for the People –esa mina de descubrimiento de textos contemporáneos para el espectador más ávido de novedades- donde pude ver una función el pasado mes de Julio: sin que ambas versiones sean ni remotamente comparables, es de ley reconocerles este hecho. Ahora se estrena con todos los honores en una versión que dirige y protagoniza Juan Echanove, acompañado en escena por Ricardo Gómez, y que está constituyendo un grandísimo éxito de público.

Rojo se adentra no sólo en la figura de Mark Rothko –pintor expresionista abstracto que vivió entre 1903 y 1970- sino también –y casi diría que sobre todo- en toda una serie de cuestiones artísticas y morales que afectan tanto a la creación artística como a la mercantilización del arte y el artista en sí mismo. Rojo se sitúa en torno a 1958, cuando Mark Rothko, ya iniciado el declive de su carrera en favor del pop-art que comienza a arrasar, recibe el encargo de pintar unos murales para el restaurante Four Seasons que abrirá próximamente en el edificio Seagram de Nueva York. Por este encargo, el pintor recibirá una cuantiosa suma económica que podría solucionar de una vez por todas el inicio del ocaso de su carrera; a pesar de que aceptarlo implique venderse y rechazar su concepción del arte. Paralelamente, Rothko recibe a un ayudante –el joven Ken- al que en principio el pintor mantendrá poco menos que de manzanillo, pero cuya renovadora visión del mundo artístico –así como la certeza de que el arte debe evolucionar y evoluciona- provocará un constante conflicto entre maestro y discípulo: un combate en el que, de la confrontación de ideas, puede que acabe naciendo una profunda admiración mutua que sólo deja una salida posible, la de una evolución que podría suponer de algún modo el declive de un artista hijo de su tiempo, que tuvo que superar a otras celebridades pictóricas del pasado del mismo modo que ahora el futuro que llama a la puerta amenaza con dejarle en segundo plano a él. Ante este panorama ¿qué debe hacer Mark Rothko? ¿Aceptar que el arte evoluciona y renunciar a sus principios o mantenerse férreo aunque eso le cueste tal vez la ruina? Ese es uno de los grandes dilemas en torno a los que planea la trama de Rojo.

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Podemos decir que durante la hora y media que dura el espectáculo, Logan ofrece una disección bien dialogada de un artista que ha llevado su concepción del arte a una sacralización casi ritual que se estrella de pleno con lo que podríamos denominar los nuevos modelos de negocio; pero también con la personalidad de un hombre que ha conocido el rechazo y la necesidad de lucha –por el texto pululan su origen judío o su autodidactismo- para llegar a ser aquello que ahora es. Piedras en el camino que sin duda habrán forjado tanto su carácter como esa necesidad de aferrarse a lo que defiende. Enfrente tiene, en la figura de Ken, al futuro, a una bocanada de aire fresco; pero a la vez a un ser humano capaz de valorar tradición y modernidad –porque es capaz a un tiempo de admirar a su maestro como referente y de asimilar y encajar las nuevas tendencias- marcado por ciertas experiencias personales traumáticas –en un episodio no del todo desarrollado, que ya no me funcionó en mi primer acercamiento a la obra y sigue sin hacerlo ahora…- que le acercan a Rothko bastante más de lo que cree en un principio, incluso como persona.

De la unión de estos dos personajes, en apariencia tan distantes pero en el fondo tan cercanos, nace una relación que se perpetúa a lo largo del tiempo y en la que las circunstancias personales – importantes pero relegadas de algún modo a segundo plano- dejan paso a una serie de debates sobre la función del arte –¿un ritual, un negocio o un equilibrio entre ambas vertientes?- y el derecho y el deber de asumir que en el arte –como en la vida- todo debe evolucionar y todo lo que nace muere. ¿Necesita Rothko de la admiración de los que reciben su arte? ¿Necesita seguir siendo tendencia para intentar no tener que asumir su ocaso? ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar para ser tendencia? ¿El arte o la fama?

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Si bien es cierto que Logan mantiene la función con unos diálogos de notable factura, no quisiera pasar por alto la importancia que el mundo del arte tiene en un texto en el que el conflicto es más ético y artístico que dramático en sí mismo. Sin grandes giros, sin grandes golpes de trama, Logan dibuja lo que podríamos llamar el sol que sale después del ocaso… El futuro del arte, en definitiva; que implica la caída de los ídolos del presente para dejar paso a los ídolos del porvenir: tal y como sucedió antes, tal y como sucederá después. Así, la función interesará sobre todo a aquellos especialmente motivados por el mundo artístico –pictórico en particular, pero artístico en general- y la figura de Mark Rothko; pero podrá resultar más densa para aquel público que busque un teatro menos dialéctico y más de hechos –pienso en aquellos que acudan tal vez atraídos por el incuestionable cartel de la suma de ambos actores, que no han de ser pocos-. En este sentido, como digo, el autor plantea vagamente un par de líneas argumentales secundarias – siempre en torno al personaje de Ken- que, sin embargo, nunca llegan a desarrollarse del todo y generan cierta expectativa no del todo satisfecha: después de todo, lo que Logan cuenta y quiere contar es otra cosa.

Como duelo dialéctico que es, la función requiere de dos actores sólidos, y una puesta en escena que sepa apartarse y dejar que el poder del texto y las interpretaciones se pongan de manifiesto en primer término. De ambas cosas dispone esta función, sustentada por el gran nivel actoral y la limpieza de la puesta en escena. En su doble función de director y protagonista, Echanove ha comprendido perfectamente que estamos ante una función de texto; y, pese a contar con una vistosa escenografía de Alejandro Andújar, huye con acierto y decisión de cualquier tipo de artificio escénico para centrarse en el conflicto de los personajes. Toda la selección musical de Gerardo Vera –básicamente música barroca, fundamentalmente Bach, salvo un guiño al jazz que, a su vez, nos habla oportunamente de la evolución de la música como ocurre con la pintura (no olvidemos de hecho cuánto de Bach tiene el jazz…)- está bien integrada en los propósitos dramatúrgicos, y tal vez sólo me chirríe la tendencia a recurrir al fundido a negro para separar las escenas: por más que la obra transcurra en un lapso importante de tiempo, pueden encontrarse soluciones más ágiles; máxime cuando los fundidos no parecen estrictamente necesarios para marcar cambios escenográficos especialmente destacables.

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Lo que resulta innegable –y seguramente sea el mayor atractivo de la función, cosa que deja gran parte del camino hacia el éxito hecho- es el notable nivel interpretativo al que asistimos. El Mark Rothko de Juan Echanove dibuja con extraordinaria sutileza la caída desde el genio despótico hasta el hombre derrumbado por la situación, con una matización paulatina sólo al alcance de los grandes actores de nuestro tiempo, siempre con unos niveles de entrega al proyecto infrecuentes de encontrar en nombres de su calibre. Se maneja bien en un personaje con ciertos rasgos excéntricos, pero al que él parece querer subrayarle siempre su dignidad y la clarividencia y decisión con la que defiende las ideas en las que cree: el Rothko de Echanove llega a ser autoritario, pero nunca despótico – porque él cree en sus ideas-; y la capital escena en la que Ken encuentra al maestro después de una cena en el Four Seasons que cambia todo el devenir de los acontecimientos está ofrecida por Echanove con una sutilidad emocional que es sin duda la curva que precipita al genio a su caída: la derrota, la verdad ante sus ojos y el tener que afrontar la realidad como un golpe del que a duras penas puede reponerse: un momento de gran actor, de gran teatro, que culmina una interpretación que ayuda a comprender bien el viaje emocional y ético del personaje desde la verdad y sin artificios. Bastante tiene Ricardo Gómez – en un papel de soporte, que tiene menor desarrollo y le permite por tanto menor lucimiento- con mantener el tipo ante un actor de este calibre cómo lo hace: le da réplica a su partenaire con solidez –una solidez que ya no sorprenderá a quienes hayan visto al joven actor en otras empresas teatrales: lo he dicho alguna vez y lo mantengo, sabe escoger muy bien sus proyectos en escena y este no es una excepción- y sabe aprovechar su monólogo –sin duda el momento de corte más emocional del personaje- para darle las mayores aristas posibles… Que el personaje requiera tal vez mayor desarrollo es achacable al texto; y es desde luego un reto al que el actor se sobrepone con suficiente entereza. En cualquier caso, la función está actoralmente muy bien servida; y en el trabajo actoral reside el mayor interés de la representación: parece claro que eso es lo que pide y pretende Rojo.

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Así pues, con Rojo estamos ante un texto eminentemente dialéctico, que arroja ante todo reflexiones éticas, morales y artísticas, que, pese a la agilidad del diálogo, quizá no siempre termine de despegar cuando se trata de generar un conflicto eminentemente dramático –seguramente tampoco sea eso lo que busca-; en un trabajo muy bien servido por ambos actores. Asumiendo que tal vez no sea un texto apto para cualquier tipo de público, incuestionablemente es una buena propuesta de teatro.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“Rojo”, de John Logan. Con: Juan Echanove y Ricardo Gómez. Dirección: Juan Echanove. TEATRO ESPAÑOL / TRASPASOS KULTUR / LA LLAVE MAESTRA.

Teatro Español, 30 de Noviembre de 2018

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