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‘El Corazón de las Tinieblas’, o una cuestión de atmósfera

mayo 16, 2018

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Apuesta arriesgada de Darío Facal y Metatarso Teatro al adaptar al teatro El Corazón de las Tinieblas, icónica novela de Joseph Conrad publicada en 1899 en la que el autor quiso plasmar su etapa en el Congo durante la feroz colonización que llevó a cabo Leopoldo II de Bélgica; y que se ha ganado un lugar de oro tanto en la historia de la literatura – por el particular estilo narrativo que despliega Conrad; que seguramente sea uno de los mayores escollos a solventar a la hora de plantear una puesta en escena- como en el mundo del cine – a partir de esa adaptación libertina que fue Apoccalypse Now-. La versión que firman ahora Darío Facal puede parecer controvertida en la forma; pero sin embargo sigue fielmente la narrativa de Conrad, creando un espectáculo que –como sucedía en la novela- acaba dando más importancia a la atmósfera del relato que al relato en sí mismo.

Sabemos que El Corazón de las Tinieblas narra la historia de Marlow –alter ego de Conrad- a la búsqueda de Kurtz, que dirige una explotación de marfil. La novela narra en detalle tanto el largo periplo que emprende el protagonista, como las vicisitudes del viaje tanto antes de su llegada como al llegar a una tierra salvaje y golpeada; en la que las fronteras entre nativos y colonizadores se dispersan y resulta complejo decidir quién es verdaderamente la bestia. La narración, recordemos, es bastante descriptiva y constituye una crítica más o menos velada a los procesos de colonización ocurridos hasta entonces – no solo por Leopoldo II de Bélgica- y una alegoría a un momento social desde el futuro –Marlow nos habla de su pasado, de la misma manera que lo hace el propio Conrad a través de su narrador-. Lo que se cuenta en El Corazón de las Tinieblas no sólo es la marca de lo humano en la raza y el paisaje, la destrucción; sino también una suerte de viaje iniciático del protagonista que muta a través de lo que ve. Así pues, estamos ante un material en el que el peso de lo descrito – ambientes, parajes, comportamientos, razas- e incluso la conciencia de los personajes en general, y particularmente de Marlow – lo que intuyen, lo que presienten, las conclusiones (a veces anticipadas) que sacan sobre lo que ven…- llega a tener más peso que los hechos mismos, salvo en momentos muy concretos. Quien haya leído la novela imaginará sin duda la dificultad que entraña convertir este texto en una función teatral de enjundia: básicamente porque una de las primeras decisiones a tomar posiblemente sea elegir entre dramatizar lo que se cuenta –mostrar hechos en escena- o apostar por plasmar las mentes y las conciencias de los personajes sobre el escenario; siendo más fieles al autor pero multiplicando las dificultades. Una u otra opción –ambas complejas por igual- condicionarán tanto la estructura como el resultado final del espectáculo, y Facal ha optado por la segunda: la que probablemente sea la más complicada de abordar – y hasta la más difícil de recibir para el público-; pero a la vez es también la más coherente y consecuente con el espíritu del original.

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Sucinta escenografía en tres bloques: una mesa ante una pantalla en el centro, un piano en un lateral y un sofá victoriano sobre el que cuelga una lámpara en en lo alto en el otro. Al comenzar la función, Ernesto Arias –todavía como él mismo- nos pone en antecedentes, en un breve prólogo, tanto de las circunstancias del autor como de lo que rodea la obra, para que tengamos claro quién fue Conrad, por qué escribe El Corazón de las Tinieblas y cuál es la situación sociopolítica que envuelve la trama que ocupa la novela. La introducción es breve y a mi juicio innecesaria; pero una vez que se entra en harina el viaje es muy atractivo y nos coloca a medio camino entre la narrativa de ficción llevada al teatro, el teatro documento y el teatro de lo sensorial.

Digamos en pocas palabras que la función consiste en un largo monólogo de Marlow, salpicado de pequeñas intervenciones de otros personajes que dialogan con el protagonista y diversas citas de pensadores y artistas que abordan el posicionamiento moral de la época o abordan la condición humana o reflexiones que bien se pueden extrapolar a lo que nos está planteando el relato – la lista de citas es larga-. Mientras la narración de Marlow avanza –entre diversos fragmentos del Génesis bíblico; que seguramente nos harán pensar en un nuevo comienzo después de la destrucción colonizadora, o incluso en esa metáfora que podría suponer cómo el mero hecho de crear puede destruir- en directo se proyectan también toda una serie de diapositivas, imágenes y materiales relativos a lo que nos cuenta el narrador –fotografías de personas aludidas directa o indirectamente en la narración, imágenes de canibalismo, máscaras, objetos tribales etc…-: materiales dispuestos en una estantería y que Javier L. Patiño – responsable de la parte audiovisual del montaje, importantísima- va manipulando en tiempo real para que aparezcan en pantalla. También el aspecto sonoro es importante: por un lado, música en directo en la que sobre ese piano que ejecuta partituras del romanticismo se solapan los ecos de los tambores, ritmos tribales que ambientan y contraponen el mundo victoriano con ese horror selvático al que alude Kurtz; por otro porque la función incorpora un espacio sonoro muy potente de todas clases – en directo, pregrabado…- que ayuda decisivamente a crear una atmósfera envolvente que provoca que el espectador reciba estímulos en todas direcciones. Añadan a esto además una iluminación en constante tiniebla y efectos pirotécnicos en directo – sencillos pero bien integrados-, humo a mansalva y olores; para terminar de hacerse a la idea sobre cómo a partir de un todo en principio bastante, Facal logra crear un mundo de sensaciones y estímulos que son un personaje más. El conjunto – que, además de crear ambiente, se sirve de lo documental, y hasta del ejercicio de antropología para acercar una realidad pasada pero existente al público- genera una atmósfera llena de encanto. La narrativa de Marlow –el largo y difícil monólogo que debe enfrentar Arias- parece casi complementaria, o tal vez un estímulo más ante un universo que por momentos tiene oportunos – e inesperados- guiños al terror gótico, no tanto por las imágenes sino por la extraordinaria atmósfera envolvente que se crea. De algún modo, los espectadores somos invitados –tal y como sucede en la novela- a un ejercicio de flujo de conciencia personal en el que debemos procesar y escoger qué estímulos recibir entre un aire lleno de cosas en las que fijarse; pero sin embargo nunca sobrecargado. Así como la obra literaria no es tanto de acciones como de sensaciones, el espectáculo de Metatarso se aparta también de la acción la mayoría del tiempo para centrarse – durante 85 minutos- en el mundo de la atmósfera.

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Una de las bazas del trabajo de Darío Facal ante esa obra inabordable es que, a pesar de los múltiples canales de emisión/recepción que emplea, nunca hay sensación de saturación – otras veces la hubo en otros montajes suyos…- ni de pretenciosidad en lo que se ve en escena: la falta de acción propiamente dicha queda sobradamente compensada no sólo por un conjunto de imágenes de extraña belleza –las hay, en la aparición de Kurtz, por ejemplo; o en cómo la tenue luz victoriana tiñe la última conversación entre Kurtz y la prometida de este- sino también por la experiencia sensorial que constituye este espectáculo en el que las imágenes acaban formándose en la cabeza del espectador a partir de las herramientas sensoriales que Facal nos aporta. No ha de ser fácil renunciar a crear algo con espectacularidad que uno podría esperar de una adaptación de esta obra – renunciar a escenificar el barco, el mar embravecido o la selva, por ejemplo-; pero a la vez lo que ha logrado Facal aquí es mucho más complicado: parece un espectáculo sencillo y sin alardes, pero el despliegue técnico que hay detrás es de altos vuelos, hay un resultado atractivo y – lo más difícil- la estructura del espectáculo hace justicia a la novela: aquí – como allí- la atmósfera y la imaginación pesan más que los hechos. Hay complejidad en el camino hacia la idea dramatúrgica; en la clara conciencia de que el resultado seguramente no sea un espectáculo para cualquier público, por más que se esté adaptando un clásico y en el cuidado y el mimo a la hora de llevar esa idea a cabo; pero quien conozca en profundidad la novela de Conrad seguramente valore el ejercicio de Facal como lo que es: algo que respira aroma a la novela.

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Reconociendo el acierto de la propuesta –también su riesgo- hay tres aspectos que pueden revisarse: la introducción a la manera de prólogo –es innecesaria y hasta diría que entorpece el espectáculo teatral que está por venir-, la larga –¡muy larga!- conversación hacia el final entre Marlow y la prometida de Kurtz –porque, a pesar de la importancia que tiene en la trama de la novela, nos saca al mismo tiempo de lo que ha sido la estructura de estímulos del espectáculo hasta ese momento- y el final, seguramente abrupto en demasía. Por lo demás –y teniendo en cuenta las dificultades de recepción del espectáculo mismo- creo que al equipo de Facal le ha quedado una apuesta tan arriesgada como valiente.

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De entre el equipo actoral –aquí partes de un todo- hay que destacar el reto que tiene enfrente Ernesto Arias, haciendo frente a un texto narrativo larguísimo y que no le deja un momento de descanso, rodeado de toda clase de estímulos que bien podrían hacerle desaparecer: aguanta sobadamente el tipo, imprime un sentido de la tensión dramática a lo que cuenta – en un montaje así, no es fácil- y demuestra su entereza y su valía en un rol tan extenuante como desagradecido; porque no está enfocado a un lucimiento personal, sino a ser un elemento más de entre cuantos emplea Facal para llegar al todo. Así y todo, lo que hace me parece digno de aplauso. El resto del reparto tiene presencias más o menos testimoniales. Ana Vide posiblemente brille más en los pasajes bíblicos – a los que imprime inusitada fuerza- que cuando da vida a la prometida de Kurtz: hay algo en esa escena que no me termina de funcionar… KC Harmsen acomete varios papeles de poco recorrido a los que dota de solidez y se luce en la explosión casi fantasmagórica de Kurtz y Rafa Delgado cumple sobradamente en su breve intervención.

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Entendiendo que el espectáculo es difícil de asimilar –y seguramente diste de lo que uno tenga en su cabeza si le dicen que se va a subir esta obra a los escenarios- la apuesta tiene coherencia tanto a nivel de ejecución como para con el espíritu de la obra y consigue un ambiente muy atrayente. Seducirá al que se deje llevar por los estímulos que plantea; y seguramente decepcionará a quienes esperen ver plasmado en escena todo aquello que, gracias al trabajo de Facal y su equipo, aparece evocado en cada una de nuestras mentes. No sólo no es un mal espectáculo, sino que además está lleno de puntos de incuestionable interés.

H. A.

Nota: 3.75/ 5

El Corazón de las Tinieblas”, de Joseph Conrad. Dramaturgia de Darío Facal. Con: Ernesto Arias, Ana Vide, KC Harmsen y Rafa Delgado. Dirección: Darío Facal. METATARSO TEATRO.

Teatros del Canal, 11 de Mayo de 2018

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