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‘Los Mariachis’, o huida al hogar

mayo 14, 2018

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Apenas un par de meses después de su grandísimo éxito con El Tratamiento, Pablo Remón regresa a los escenarios con Los Mariachis, un nuevo texto que escribe y dirige. Se trata en este caso de una comedia negra que une el rural con un caso de corrupción política que bien podría recordar no poco a algunos que han tenido lugar últimamente; y estamos ante una función que –tal vez sin tener ni la redondez ni la complejidad de El Tratamiento– se ve con agrado y es entretenida, tanto por la fluidez de sus diálogos –de índole cinematográfico las más de las veces- como por la capacidad de su autor para enlazar situaciones aparentemente absurdas y por lo tanto hilarantes; pero a la vez con la suficiente entidad como para constituir una crítica mordaz al mundo de la corrupción y una comedia tristemente apegada a la realidad política española, así como una –otra- mirada tierna desde la ironía a ese universo en apariencia rudo costumbrista que parece querer dejar una pregunta en el aire: ¿qué es realmente un triunfo?

Germán, un político en búsqueda y captura que huye acusado de un delito que nunca llega a concretarse del todo – pudiera ser cohecho? ¿quizás estafa?-. Una casa en un pueblo del interior de la meseta peninsular en la que conviven tres hermanos abandonados por sus mujeres, preocupados por menudencias de alta enjundia como pueden ser respectivamente cuidar una granja de avestruces que le ha llevado a la ruina, sacar los cabezudos en las inminentes fiestas del lugar o introducir la modernidad allí donde no parece tener lugar. Un regreso inesperado después de una revelación divina que tal vez todavía esté a tiempo de redimir al hombre que huye. Y, en definitiva, un choque familiar entre campo y ciudad que al mismo tiempo cuestiona la frontera y el concepto de ‘triunfador’ y ‘fracasado’. Porque, después de asistir durante un tiempo a la rutina de ese pueblo en el que conviven los tres hermanos –en una estampa rural en el que se retrata lo miserable y esperpéntico que puede llegar a ser el ser humano entre cocaína, cervezas y una falta absoluta de expectativas reales que ha llegado a convertir esa rutina en desidia- descubriremos que ese es precisamente el lugar al que huye nuestro hombre, un hombre con traje –y gorra de Pluto- polvoriento y con pinta de que le hayan puesto fino en la ciudad. Y un hombre que en el pasado tal vez haya tenido una expectativa vital tan lamentable como la que ahora tienen esos tres protogañanes mesetarios; pero que ha luchado toda su vida para no parecerse a ellos… Aunque, sin embargo, a la hora de la verdad, no tenga otro lugar al que ir, como si le castigase el karma… Y, sobre todos ellos, casi como una amenaza alegórica, el toro de Osborne como único paisaje que se divisa.

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Con la consabida estructura fragmentaria que suelen tener sus obras y gran sentido del ritmo; Remón dibuja una tragicomedia que mira de forma amable a un costumbrismo rural tan reconocible como tantas veces retratado anteriormente –las supersticiones, las fiestas del pueblo con procesiones y la importancia de los Santos, los sueños, el desprecio del rural hacia la ciudad y viceversa aparecen alrededor de esta postal de tierra seca y sol…-. Y, sin embargo, el autor ha conseguido hilar toda una serie de escenas y situaciones en torno a estos hombres del rural que, tal vez precisamente por patéticas, se vuelven hilarantes. Porque nos reímos no tanto de la falta de luces de estos hombres, como de su propia miseria, de unas vidas que para nosotros son claramente trágicas; aunque ellos no alcancen ni siquiera a darse cuenta. Y, en medio de estos tres gañancillos, asistimos también la caída del triunfador, que tal vez deba ser vista como una brutal metáfora en la que el auténtico perdedor es el que ha intentado renunciar a sus orígenes, a lo que es. El conjunto de Los Mariachis –nombre de la peña a la que pertenecían los personajes de jóvenes por un lado; pero también el término que denomina a cada miembro de un sicav- es una comedia ácida con tintes delirantes en la que asistimos, a fin de cuentas, a distintas capas de la miseria humana y al tiempo a una honda reflexión sobre la relatividad del triunfo y el fracaso. Podemos considerar, de hecho, que los tres primos del protagonista son fracasados; pero a la vez entendemos cómo el hombre del traje también fracasa en su intento de ser mejor que ellos: y, mientras el mundo del hombre de ciudad se desmorona, la rutina de los hombres de campo se mantiene como una balsa de ¿salvación? Así pues ¿cuál es verdadero el fracaso?

Por más que el tono de lo que cuenta Remón bordee en no pocas ocasiones lo satírico, podemos señalar sin temor a equivocarnos que, en el fondo, el autor busca redimir a todos los personajes. No juzga ni los hechos ni a sus personajes; e incluso intenta que entendamos que el supuesto villano – aquel que merece ser castigado, al menos a primera vista- quizá no quería hacer lo que hizo, quizá tenía sus motivos… ¿Cómo ha llegado nuestro hombre hasta aquí? ¿Qué le ha hecho hacer lo que hizo? ¿Y si todo lo hizo por el bien de otros? ¿Y si todos esos otros ahora le dan la espalda, le dejan en la estacada? Aparece entonces uno de los asuntos que empiezan a ser conductores y clave en la literatura dramática del autor: el trasfondo humano y la figura de la familia como eje dentro de lo que en apariencia podría resultar una comedia amable; a la que seguramente le falte para ser más redonda profundizar más en los conflictos de unos personajes a los que al final acabamos conociendo de soslayo, cosa que no ocurría en obras anteriores del autor. Tal vez Los Mariachis no sea tan compleja en forma y contenidos a primera vista como otras obras de Remón; pero al mismo tiempo la complejidad surge de la pregunta que deja en el aire, al mostrarnos para la reflexión la cara más amable de unos seres de los que tampoco se esconden ni sus flaquezas ni sus bajezas… Humanos, al fin y al cabo; y una comedia sustentada en un antihéroe que tal vez ni siquiera llegue a villano, a pesar de que cae en las mismas tentaciones que todos los políticos de nuestro tiempo. Además, la función tiene ritmo narrativo en su estructura y una agilidad y ocurrencia en los diálogos; ambos rasgos marca de la casa, lo que garantiza una tarde entretenida en el teatro.

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El propio autor dirige, con habilidad para agilizar cambios y rupturas allá donde es necesario, manejo cinematográfico de los espacios y los tiempos – la función se observa casi como guiada por una cámara que indica al espectador dónde fijar su mirada- y sentido del equilibrio entre la comedia y emoción; además, hay escenas de un costumbrismo grotesco que despiertan la hilaridad por un tono muy bien conseguido – la de la procesión-. Se sirve Remón de una escenografía polivalente de Mónica Boromello; que reproduce la cocina de la casa de la meseta como eje central de la acción en el centro del escenario, casi como un punto concreto perdido en medio de una gran nada oscura que seguramente represente la inmensidad desnuda del pueblo seco, que a la vez sirve para acotar con acierto otros espacios para el resto de las escenas. La iluminación de David Picazo también ayuda a sacar el máximo provecho posible al espacio, y del vestuario de Ana López hay que aplaudir ese toque hortera que aporta con pequeños detalles a unos trajes aparentemente normales y cotidianos.

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Pero si algo destaca en esta función es el espléndido equipo actoral. En torno al hombre con traje de Israel Elejalde –tal vez el payaso serio y listo de la comedia, tal vez por eso también el personaje menos agradecido en apariencia: su mezcla entre una elegancia trasnochada que puede denotar cierta indiferencia hacia los que le rodean y el patetismo del hombre que sabe que lo tiene todo perdido y se agarra como un clavo ardiendo a una revelación divina es francamente atractiva, y su imagen final en la procesión es un Cristo en sí misma, en el mejor de los sentidos- pululan unos desbordantes Luis Bermejo, Emilio Tomé y Francisco Reyes; que doblan como la cuadrilla mesetaria y como personajes externos que rodean al protagonista –su hijo o compañeros de partido…- los tres con un talento envidiable para la comedia-; y que dejan momentos para el recuerdo tanto en el retrato de esos gañanes de interior – vayan ustedes a algún pueblo y cuenten los hombres que les recuerden al personaje de Bermejo; admiren a ese paisano heavy y desfadado, como viviendo al margen de todo, al que da vida Reyes o escuchen a Tomé venderles la moto de la granja de avestruces; o esa discusión entre Bermejo y Tomé sobre cuál de los dos primos es más autóctono…- como en los distintos episódicos que acometen – el diálogo en el bar entre Bermejo y Elejalde es de un absurdo absolutamente inolvidable; como lo es el salto en el tiempo hacia el despecho y el dolor roto que da súbitamente Tomé en la escena del hijo de Germán-. El talento del cuarteto actoral es, sin duda alguna, una de las mayores bazas del montaje, en el que se une talento para la escritura de diálogos y talento interpetativo.

Los Mariachis es pues una buena comedia con todas las señas de identidad del teatro de Remón, bien dialogada e interpretada; pero que acierta más a la hora de retratar atmósferas y ambientes que a la hora de dibujar personajes con una profundidad que nos permita bucear en sus personalidades algo más allá de la anécdota. Es un juguete cómico muy entretenido; pero a distancia de la redondez de otras obras del autor. En cualquier caso, estrenar con apenas unos meses de distancia una genialidad como El Tratamiento y una notable comedia como Los Mariachis no es algo al alcance de cualquiera.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Los Mariachis”, de Pablo Remón. Con: Israel Elejalde, Luis Bermejo, Emilio Tomé y Francisco Reyes. LA ABDUCCIÓN / TEATROS DEL CANAL

Teatros del Canal (Sala Negra), 10 de Mayo de 2018

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