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‘Juegos para toda la Familia’, o estrategias de supervivencia

diciembre 27, 2017

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El primer proyecto de Escritos en la Escena de la presente temporada del Centro Dramático Nacional corresponde a Juegos para toda la Familia, texto de Sergio Martínez Vila que profundiza en la bajeza humana a través de lo que pretende ser un realismo casi macabro con no pocas dosis de fina ironía; en un relato que –aun siendo interesante como planteamiento- creo que ganaría siendo todavía más críptico y frío, como lo es el entorno en el que está enmarcado.

En el día del cumpleaños del hijo pequeño y como regalo, una familia burguesa que se ha hecho rica traficando con armas compra o secuestra –no termina de quedar claro del todo- a un par de refugiados sirios para iniciar con ellos en su finca lo que es un macabro role-play en el que los dos invitados –ignorantes de lo que está ocurriendo- serán esclavizados y vejados como meros juguetes de entretenimiento sexual. Se nota que están acostumbrados, que no es esta la primera vez que lo hacen; y a través del juego –que va subiendo en intensidad hasta convertirse literalmente en una cacería- vamos conociendo toda una serie de carencias – sexuales, afectivas, emocionales- de esta familia que podría tenerlo todo; pero que sin embargo ha desarrollado un sinfín de frustraciones incontrolables que han terminado por deshumanizarles casi por completo. No hay afecto, no hay amor, las reglas del juego son claras; y absolutamente todos –anfitriones e invitados- pueden ser presas y cazadores en una partida en la que se juega a la supervivencia y cada uno de ellos deberá medir su estrategia si quiere llegar vivo al final.

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Martínez Vila presenta en esta obra un vivo retrato de la degradación del individuo bajo el envoltorio del lujo burgués, tal y como ya han hecho antes, sea en cine o en teatro, nombres como Choderclos de Laclos, Lars Norén, Michael Haneke o Lars Von Trier. Ante nosotros, la viva imagen de la decadencia, el vicio insaciable de aquellos que lo tienen todo pero creen que necesitan más para estar completos –aunque seguramente en el fondo jamás puedan completarse por esas carencias afectivas absolutas que sufren-. Mostrar este tipo de historias no será nuevo; pero Martínez Vila tiene sin embargo el acierto de situar el horror en el ahora y el aquí: estos seres depravados que parecen tener una máquina en vez de un corazón y no sienten ni padecen, con un desprecio total no ya por los individuos extranjeros sino también por sí mismos, podríamos ser algunos de nosotros, y creo que esa es la mayor dureza del mensaje que quiere transmitir Juegos para toda la Familia. El planteamiento es, desde luego, fascinante; pero el desarrollo pierde fuerza en cuanto el autor intenta darnos algunos retazos de cómo esa familia ha llegado a esto. Esto es, una vez que Martínez Vila nos ha presentado la situación – una familia que va a usar a dos refugiados indefensos como ratones de laboratorio en un juego macabro- la acción tiende a irse deteniendo y aparecen temas como el suicidio de la hija, la bisexualidad del padre o la frustración sexual de la madre; grandes motores que les han llevado hasta este punto. Independientemente de que se pierda el ritmo – la función dura 90 minutos, y hay unos 50 que son francamente interesantes- creo que exponer los motivos de estos personajes para ser las bestias que son de alguna manera les humaniza; y hubiese sido más interesante mostrar el horror y dejar que la pregunta del cómo y por qué se ha llegado hasta aquí se quedase meramente en la mente del espectador; para que cada uno sacase sus propias conclusiones: cualquier amago de piedad –incluso por macabro que sea el festival de autodestrucción al que asistimos- condiciona al público, y nos hace pasar de ver demonios a pobres diablos –que es en lo que se acaban convirtiendo casi todos-. Esta familia no debería tener el mínimo escrúpulo ni nosotros sentir el mínimo atisbo de compasión hacia ellos para que la historia –contundente y tremendamente crítica con la posición del nativo poderoso frente al extranjero- nos enseñe su oscuridad en toda su extensión. De hecho, a la larga el foco del interés se va separando de la familia – con motivaciones hasta cierto punto clicheadas- para situarse más bien en los dos refugiados a los que – en lo que encuentro como uno de los grandes hallazgos de la dramaturgia- el autor ha privado del habla en castellano:se expresan básicamente en su lengua original, sin casi ningún tipo de apoyo para que el espectador comprenda o siga lo que están diciendo; y esa sensación de indefensión absoluta –la incógnita, el no saber- hace que las dos víctimas se tornen mucho más interesantes para el público; sobre todo desde el momento en el que tal vez no han entendido lo que ocurre, pero sin embargo consiguen comprender que deben jugar con todas sus cartas al juego de supervivencia: una especie de o mato o me matan al que Martínez Vila acaba dándole un giro que se encuentra entre lo más notable de la función.

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No será nada nuevo –en la misma línea y precisamente callando casi todos los datos importantes un drama como Peceras, que comparte con esta obra esa voluntad de no esconder ni la violencia ni la bajeza del ser humano, llegaba mucho más hondo-; pero hay que aplaudir en Martínez Vila esa voluntad por escribir algo que huye de lo autocomplaciente para mostrar una cara incómoda de la sociedad en las narices del espectador, en la pequeña Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero. Y es que, a pesar de la crudeza de lo que se ve en escena –que provoca no pocas deserciones de espectadores en los fundidos a negro- probablemente lo más duro, lo más cruel, sea precisamente todo lo que no se dice, lo que no se ve, lo que pasa por detrás: es por esto por lo que tengo la impresión de que, aún siendo suficientemente potente y rotundo como relato, lo que plantea Martínez Vila iría un paso más allá si no contase más de la cuenta sobre la cruda realidad de estos personajes: suprimir ciertas escenas nos acabaría lanzando casi a un mundo al borde de la distopía de ciencia ficción –la escena de la cacería tiene un encanto innegable- en el que, después de la impresión inicial, irían surgiendo preguntas en la cabeza del espectador; probablemente a la salida del teatro: el dar – o insinuar con la suficiente claridad- algunas de esas respuestas hace que un relato interesante por la extrañeza que nos produce pierda algunos de sus enteros. Lo verdaderamente interesante hubiera sido desarrollar exclusivamente el juego, el crescendo del juego y el instinto de supervivencia de los personajes.

La puesta en escena tiene un acabado formal muy interesante, basculando entre el art-decó del mobiliario – y ciertos juegos de vestuario que nos recuerdan que tal vez no estemos tan alejados del espíritu de Las Amistades Peligrosas– y la ciencia ficción que sugieren las últimas escenas. En un espacio pequeño e ingrato David Orrico –responsable de espacio escénico, sonoro y vestuario- y Lola Barroso -iluminación- han armado un entramado con una entidad como pocas veces se ve en esta sala; y quizá podría tener salida para espacios que tengan un punto extra de profundidad que permita evaluar del todo ciertos juegos de luces y sombras que, de entrada, parecen interesantes. La dirección de Juan Ollero no renuncia a usar la escalera de acceso a la sala –un recurso que hemos visto aquí una y mil veces- para un momento puntual –en este caso concreto, creo que no termina de hacer falta-; pero por lo demás juega bien con el particular espacio que han diseñado.

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Puede que por la estructura misma de la función –y porque mi interés se iba desviando más y más hacia ellos- fueron Lolo Diego y Ángela Boix –la pareja de refugiados sirios- los que más me llamaron la atención, porque han de trabajar en una esfera de silencio sonoro que les deja todo en manos de la expresión y –sobre todo en el caso de ella- la expresión termina siendo muy contundente y suple con nota la falta de significado de las palabras, en un trabajo que a buen seguro ha de ser muy complejo para ambos. Obligados a moverse en un código totalmente diferente, Miquel Insua, Lola Manzano y Daniel Jumillas –este último con algún despiste visible con el texto, al menos en mi función- se manejan con comodidad en algo que, sin perder de vista la crudeza de lo que está sucediendo, ha de tener un cierto carácter de impostación – buscado, claro- como si la depravación fuese una especie de tapadera para el dolor que esconden estos personajes: no es fácil y está conseguido. Mercedes Castro se encarga sin problemas de una criada que es pura incógnita, un personaje cuya presencia genera una expectativa que nunca llega a desarrollarse del todo; y es una pena porque durante gran parte de la solución del asunto va a estar en ella.

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En un año en el que el tema de los refugiados ha sido muy recurrente en la cartelera –y especialmente en la del Centro Dramático Nacional, donde se han visto Refugio o La Rebelión de los Hijos que Nunca Tuvimos, a las que hay que sumar ahora Juegos para toda la Familia– Sergio Martínez Vila acierta al abordar el tema desde un lugar que escapa de cualquier autocomplacencia ofreciendo algo contundente que hubiera sido más redondo – y más breve, creo que en este caso no se necesitan 90 minutos- si dejase intuir al espectador el drama de estos personajes tan sádicos: sabemos que está ahí, pero no necesitamos conocerlo en detalle; la función –que, desde luego, indiferente no deja- ganaría enteros si eludiese darnos motivos. Así y todo, es un espectáculo interesante.

H. A.

Nota: 3/5

Juegos para toda la Familia”, de Sergio Martínez Vila. Con: Miquel Insua, Daniel Jumillas, Lola Manzano, Mercedes Castro, Lolo Diego y Ángela Boix. Dirección: Juan Ollero. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL / LABORATORIO RIVAS CHERIFF

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 17 de Diciembre de 2017

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