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‘Esto No es La Casa de Bernarda Alba’, o un Lorca ante el feminismo radical

diciembre 26, 2017

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Seguimos a vueltas con la espinosa cuestión de las versiones libres de textos clásicos; esta vez ante la llegada de Esto No es la Casa de Bernarda Alba, un espectáculo en el que José Manuel Mora y Carlota Ferrer firman a cuatro manos una dramaturgia que se apoya en la magna obra lorquiana –cuyo texto aparece casi en su integridad-, para darle al asunto una vuelta de tuerca: se ha apostado por un elenco casi completamente masculino –a excepción de una actriz- y formado en diversas disciplinas – actores, cantantes, bailarines…- para acercarse al clásico desde una perspectiva que la propia Carlota Ferrer define como un “feminismo radical”. El resultado es un espectáculo con una estética muy cuidada, lleno de imágenes hermosas y que entronca muchas veces con referencias de todo tipo de arte –hay guiños directos al cine, a la pintura, a la música…-; pero que sin embargo –en su respeto textual por la obra de Lorca- no desarrolla a lo largo de la función esa corriente de “feminismo radical” que se anuncia, para dejar que explote en un epílogo de corte performativo que pierde gran parte de la fuerza de su mensaje al no venir de algún lugar anterior.

Siempre he considerado a Carlota Ferrer como una artista interesante e inteligente; capaz de armar mundos propios con gran personalidad y sentido de la estética. Un sello que creo que funciona mejor cuando aborda dramaturgias de nueva creación –más allá del éxito de Los Nadadores Nocturnos, personalmente me atrajo mucho aquel espectáculo que fue Fortune Cookie, de mucha menor repercusión- que cuando aborda textos clásicos del canon teatral. Porque de entrada, siempre tengo la sensación de que el fascinante mundo estético y referencial que Ferrer despliega ante nuestros ojos se pone en un primerísimo plano que deja al texto casi como algo secundario. Me ocurrió hasta cierto punto en Blackbird y me ha vuelto a ocurrir en este acercamiento a Lorca, que cuenta con un elenco notable y muestra imágenes ante las que es imposible quedar indiferente; pero que se deja por el camino gran parte de la tensión y la emoción que debería transmitir el texto mismo de Lorca.

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Antes de que comience la función, van desfilando ante nosotros toda una serie de máscaras como de museo de los horrores –hay cuerpos sin rostro que se contorsionan, réplicas del mítico payaso It…-, colocándonos en un mundo de expectativa surrrealista; antes de que una máscara –seguramente el propio Lorca en off- nos advierta acerca de la naturaleza de lo que vamos a ver; y la verdadera función del teatro. Desde aquí arranca lo que es, en esencia, La Casa de Bernarda Alba; en una escenografía desnuda y en blancos rigurosos –muy acorde al espíritu de lo que pedía Federico- y en la que, efectivamente, las mujeres reprimidas –y la Bernarda represora- están interpretadas por hombres en algo que enseguida se vuelve algo que no es sino una circunstancia meramente anecdótica: en vestuarios sobrios y en riguroso negro, se comportan como si fueran las mujeres del drama; sin que haya si quiera guiños a que los actores son hombres, ni juegos que sugieran el travestismo –acaso el único guiño sea el traje verde de Adela, sobre el que volveré más adelante-. Todo fluye con naturalidad, y por tanto asumimos el cambio desde el primer segundo sin el menor problema y seguimos la trama sin sofocos. En este espacio escénico –de Carlota Ferrer y Miguel Delgado-, tan sencillo como bien realzado por la soberbia iluminación expresionista de David Picazo, Ferrer sitúa a sus personajes formando a menudo cuadros de una belleza estética indiscutible que vuelven a poner de relieve el manejo de la artista para crear atmósferas y momentos de belleza plástica – la entrada de las hijas en procesión con el ataúd del padre muerto, la catarsis de la vieja María Josefa convertida en baile liberador, el fuerte contraste entre el blanco puro y la oscuridad de la noche en la que se inicia el último acto; o incluso la imagen de Amelia tocando una partita de Bach mientras la criada baila son algunos de ellos momentos más hermosos-. En este juego estético, hasta los habituales injertos de danza que nunca pueden faltar en los espectáculos de Ferrer –cuyo momento cumbre seguramente el de la Poncia intentando cazar inútilmente una mosca invisible que revolotea al ritmo del “Vuelo del Moscardón” de Rimski Korsakov- encajan bastante bien en un espectáculo en el que si algo se impone es el buen gusto por lo estético desde todos los puntos de vista. Hay guiños a Magritte, a Stephen King, a la música clásica e incluso a lo popular; en un acercamiento a Bernarda Alba que huye con decisión de lo andalucista en una apuesta en la que la estética está por encima de todo.

En una apuesta limpia y visualmente muy atractiva; hay también alguna cuestión que, en mi opinión, sobra o no termina de funcionar: ligar esta obra a los refugiados parece algo muy cogido por alfileres; de la misma manera que proyectar una lapidación excede con mucho el componente simbólico en el que se mueve casi todo el montaje e incluso de una escena final –la del suicidio de Adela- que, después de la estética del montaje, quizá se preveía más potente visualmente y sin embargo se queda en nada. Tampoco termino de entender del todo por qué incluir a una actriz en un equipo enteramente masculino sin marcar ninguna distinción con su personaje; o las risotadas que provocan en el público la aparición de Adela con el vestido verde: señal de que el momento no funciona. Así y todo, visualmente hay un trabajo logrado que bebe de muchas fuentes y se ve con agrado, a pesar de ciertas concesiones que no terminan de encajar. De haberse quedado ahí, seguramente hablaríamos de un espectáculo notable; por más que uno sienta que el texto de Lorca y los actores a nivel textual – salvo contadas excepciones- son un mero elemento más al servicio de la potente apuesta estética de Ferrer.

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Como comento algo más arriba, la versión del texto que firman Mora y Ferrer respeta en esencia las coordenadas del texto lorquiano, incrustando básicamente un prólogo – en el que podría estar hablando el mismo Lorca- y un epílogo. Se anuncia un “feminismo radical” que no termina de aparecer; porque como ya hemos comentado enseguida se asume con normalidad el asunto del reparto masculino. Resulta como mínimo curioso querer aportar una lectura feminista y radical precisamente de un texto como este; en el que es una mujer la que pone piedras en el camino de otras mujeres que caminan hacia su propia destrucción amparadas en los convecionalismos: en el propio texto hay una crítica implícita a la colisión de la mujer en un mundo de hombres; una crítica que está tan clara que no creo que sea necesario traerla a primer término, porque se entiende, se ve, está ahí, y en este sentido, esta misma temporada hemos visto espectáculos que apuestan por la defensa de los valores de la mujer desde lugares muy críticos –pensemos en Interrupted, Hablando (Último Aliento) e incluso la polémica pero contundente Peceras- pero desde un discurso no evidente. Eso es lo interesante: que el espectáculo lleve indirectamente a una reflexión que surja en la mente del público mismo. Ferrer y Mora reservan sin embargo para su epílogo una escena performativa en la que Adela rediviva –micrófono en mano- se reivindica y se rebela como mujer, en un discurso tan agresivo como evidente: ese es el feminismo radical que anunciaba la función; y sin embargo creo que, precisamente por lo evidente y panfletario que resulta este discurso de apenas ocho minutos –un momento complicado pero defendido con un ahínco admirable por Jaime Lorente- algunos nos distanciamos: no hay que decirle al público lo que debe pensar, es el público quien debe llegar a ese pensamiento por sí solo a partir de todo lo que ha visto. Si la función –hasta este momento interesante- hubiese sostenido un discurso feminista a lo largo del todo, este final podría tener un peso específico; pero tal y como está planteado –se supone que nos habla Adela, pero la sombra de las voces de los versionadores es tan lícita como alargada…- parece un exabrupto gratuito que no termina de conectar con lo anterior. Es una opción potente que está teniendo defensores y detractores casi a partes iguales; pero personalmente creo que un discurso feminista radical debe ser algo más que lanzar unas palabras al público desde un micrófono: se puede hacer – y se ha hecho- un discurso feminista radical desde el contexto mismo. Cabe recordar que hemos visto incluso funciones que emplean un recurso hasta cierto punto semejante – Soño dunha Note de Verán, de Voadora, por ejemplo, también acaba con un monólogo que, siendo diferente, busca reivindicar y concienciar al público- pero enmarcados en una trama que justificaba esta sorpresa final, cosa que aquí no sucede, al menos a primera vista.

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Hay que destacar que el reparto es de primer nivel, y responde con comodidad a los múltiples requerimientos que pide el montaje. Así y todo, puede que, en líneas generales, eche en falta algo más de tensión dramática a partir del texto mismo: aquí la emoción llega más de las imágenes que del mensaje de la obra, con todo lo que ello conlleva. La Bernarda sibilina y regia de Eusebio Poncela –que arranca su aparición sentado en mitad de la platea, como si lo dominase todo- tiene un componente malicioso en la mirada –una maldad casi clerical- que le ayuda a construir un perfil interesante, porque efectivamente vemos que, en esa frialdad, algo podría estar tramando y podría estallar por los aires en cualquier momento; pero no estaría de más que el montaje nos enseñase al menos uno de esos arranques de ira para vislumbrar la villanía en todo su esplendor. Óscar de la Fuente construye una Poncia sólida, no exenta de un cierto punto de oscuridad que va muy bien al personaje; a la vez que sale a bien de un número coreográfico complejo que termina funcionando con una comicidad inesperada. La Adela de Jaime Lorente defiende el personaje con la suficiente potencia –tal vez demasiada para lo que es la naturaleza del personaje-; y saca adelante como un jabato ese complejo epílogo: solo por eso ya merece mención. Muy buen ejercicio de contención de David Luque en Angustias; mientras que Arturo Parrilla y Diego Garrido cumplen sobradamente como Magdalena y Martirio respectivamente. Igor Yebra está mejor en lo físico que en lo textual en su doble cometido como María Josefa – que tiene una de las escenas de danza más sugestivas del montaje- y Pepe el Romano; mientras que la Criada de Guillermo Weickert sabe aprovechar bien el componente físico que el montaje otorga a su personaje. He dejado para el final de forma consciente a Julia de Castro, porque conocía su faceta musical –que, como sabrán lleva implícita la creación de un personaje en sí mismo- pero nunca la había visto en un trabajo estrictamente actoral: como Amelia demuestra que es también una actriz sólida, debiéndose contar entre los trabajos más expresivos de todo el reparto –y, esta vez, sin necesidad de cantar-; ha sido una muy agradable sorpresa.

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El espectador encontrará en Esto no es La Casa de Bernarda Alba una valiente apuesta estética que acaba haciendo que las casi dos horas de duración que tiene se pasen con agrado observando lo hermoso de cuanto se ve en escena. Nada de eso se niega a este montaje –que vuelve a mostrar en Ferrer a una mujer con un dominio admirable del espacio y las atmósferas-; pero siento que Lorca queda en segundo plano ante tanta hermosura; y que ese epílogo feminista es un gol en propia puerta bastante innecesario que podría tener más valor de haberse incrustado en una narrativa que incidiese en lo feminista, cosa que –al menos hasta esa bomba final- no sucede. En lo estético es una gran apuesta; pero tengo la sensación de que en su acercamiento a Lorca y el mensaje que se quiere transmitir se acaba quedando a gran distancia.

H. A.

Nota: 2.75 / 5

Esto no es La Casa de Bernarda Alba”. Versión libre de José Manuel Mora y Carlota Ferrer sobre la obra de Federico García Lorca. Con: Eusebio Poncela, Óscar de la Fuente, Igor Yebra, Jaime Lorente, David Luque, Julia de Castro, Guillermo Weickert, Arturo Parrilla y Diego Garrido. Dirección: Carlota Ferrer. DRAFT INN / TEATROS DEL CANAL.

Teatros del Canal, 16 de Diciembre de 2017

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