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‘Aneboda’, o Ikea y el existencialismo humano

diciembre 28, 2017

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Llegó a Madrid por temporada limitada Aneboda: The Show, un curioso trabajo experimental procedente de Cataluña, donde ha tenido varias temporadas de éxito. Se anuncia como una idea original de Patricia Palomares sobre una dramaturgia que firma Joan YagoNo Soy Dean Moriarty, Martingala– al alimón con los intérpretes Nicolás Carbajal, Albert Pérez e Ireneu Tranis. Un trabajo en el que, a partir de la idea original y desde improvisaciones previas y prefijadas de los propios actores coordinados por el dramaturgo se parte de un hecho cotidiano para reflexionar –a medio camino entre la performance, el happening e incluso una sensación de improvisación que seguramente esté bien medida- para reflexionar en píldoras acerca de cuestiones como la amistad, la crisis de los 30, las expectativas incumplidas, los sueños no alcanzados o la soledad del individuo.

¿Qué tienen en común un armario de Ikea y el existencialismo humano? Ese es el leitmotiv central de Aneboda. Un hombre que no supera la ruptura con su novia tiene la imperiosa necesidad de comprarse un armario. Un Aneboda de Ikea. Cuando comienza la función, entra en escena junto a tres amigos y le plantea esta situación al público: Nico, Albert e Ireneu se conocen desde hace años; y montar el armario puede ser una excusa como otra cualquiera para pasar una tarde juntos, quién sabe si además pedir unas pizzas y, en definitiva, juntarse. Mientras el armario se va montando pieza por pieza en pleno caos – ya saben cómo es esto de montar muebles de Ikea-, los tres personajes repasan en tono distendido toda una serie de cuestiones banales en apariencia –su vida, lo que son, las conexiones que tienen como amigos, las carencias que tiene una amistad que en principio parece lo bastante sólida…- pero que a la vez dejan entrever toda una serie de líneas de pensamiento que – desde la improvisación aparente que le da una frescura muy especial- toman como punto de unión algo tan universal como el existencialismo humano. Asuntos como el ¿Qué soy? ¿Quién soy? ¿Cuál es mi lugar aquí? Vistos desde la mirada de tres hombres al principio de la treintena. Diálogos que parecen no estar escritos –pero que sin duda han de estarlo- entrelazados y conectados por pequeñas píldoras performativas, de música, baile y luz que completan un todo muy particular.

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En su aparente sencillez, hay algo muy original en Aneboda. Primero, no es más –ni menos- que lo que transcurre en el tiempo que ocupa un acto tan cotidiano como montar un mueble de Ikea: algo que todos hemos visto hacer, hemos hecho o vamos a hacer. Lo banal del acto causa perplejidad en un principio, pero a la vez también una fuerte conexión con el público que, de entrada, puede esperar una sorpresa que pronto entendemos sin embargo que no llegará nunca. Porque no es eso lo que se pretende. En su pequeñez, y en su apariencia improvisada, los diálogos hacen que enseguida conectemos con estos personajes/actores – que nunca olvidan ni la presencia de público, ni siquiera el carácter teatral de la pieza; pero que a la vez mantienen un tono absolutamente coloquial- caminamos de lo pequeño a lo grande. Realmente parece que estamos ante tres amigos confiándose con nosotros en la más estricta intimidad pero vemos cómo con poco van surgiendo cuestiones más serias; e incluso que todo está muy bien pensado en su aparente sencillez. No en vano, uno de los momentos cumbre de la función se da cuando uno de los tres amigos cuenta a los otros dos la trama íntegra del Fausto de Goethe de forma bastante rocambolesca: el libro que acaba de descubrir en una biobioteca al pedirle a la bibliotecaria “el mejor libro que conozcas”. Al margen de lo hilarante del momento, no es baladí que la obra escogida sea precisamente el Fausto de Goethe, que habla de la búsqueda inútil de la plenitud de un hombre que al final no lo consigue; exactamente lo mismo que, sin ser conscientes de ello, buscan estos personajes que no se aclaran con su lugar en el mundo. Esta apariencia cotidiana –que es clave en esta comedia con momentos desternillantes- esconde algunos rasgos que siempre aparecen en la escritura de Joan Yago –coordinador de la dramaturgia de este proyecto-: personajes de una generación muy concreta pero ahora perdidos, perdedores, condenados a perder y con una necesidad de apoyarse los unos en los otros. Personajes como los que habitaban Martingala; pero esta vez planteados desde un aire de falsa realidad que busca a toda costa que olvidemos que lo que estamos viendo es ficción. Un texto cercano como digo al happening o a la performance, en el que sin embargo aparece con claridad el ideario de su dramaturgo.

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El tono de la propuesta –podríamos decir que conscientemente tan antiteatral y alocado- y esa sensación de comunidad con el público es otra de las bazas de una propuesta en la que se tratan temas muy serios en la sombra, entre carcajada y carcajada. Hay alguna sorpresa tan inesperada como ocurrente que de inmediato nos coloca en el particular género al que nos enfrentamos – pienso en el momento del pizzero, por ejemplo- que redondea esta locura imprevista en la que hasta el público –que acaba dialogando con los propios actores en un aire de camaradería que demuestra el buen resultado de la propuesta-, desconcertado al principio; enseguida se siente como en su casa.

Es difícil sostener durante una hora y diez minutos algo tan banal a primera vista; pero que como digo lleva un mar de fondo detrás de la comedia que mueve a la reflexión; pero lo verdaderamente complicado es alcanzar ese tono de falsa realidad en el que se mueven los tres actores: da la sensación de que Nicolás Carbajal, Albert Pérez e Ireneu Tranis no tienen ni una sola marca prefijada, de que sencillamente son tres hombres dejados ahí hablando con familiaridad: lo que viene siendo un happening con mucho de ausencia de ficción y de soniquetes teatrales de ninguna clase. Pero uno debe tener en cuenta que, a buen seguro, detrás de esa apariencia ha de haber un texto completamente cerrado –nada puede quedar al azar si lo que se pretende es alcanzar la frescura que se obtiene aquí- y que en esa falsa apariencia de improvisación es donde radica el valor de estos tres actores que parecieran estar ahí sin ningún tipo de indicación previa. Nos la cuelan, en el mejor sentido del término; y eso solo puede ser por la destreza actoral con la que cuentan los tres.

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Aneboda es sin duda una propuesta distinta y arriesgada. Una comedia de esas que es difícil de encajar en un único género. No cabe duda de que es escandalosamente divertida en su aparente – y falsa- sencillez; pero que tiene, sin duda, mucho trabajo para llegar hasta donde está: tanto de montaje – y no me refiero al montaje del mueble, claro, sino a la propuesta misma- como de texto e interpretación. Además, tiene la rara habilidad de ir introduciendo píldoras elevadas entre reflexiones aparentemente – pero solo aparentemente- inofensivos; y la capacidad de que el dramaturgo muestre en esta particular creación las claves de su escritura. Dura una hora justa y se ve con mucho agrado, sobre todo por el factor sorpresa y la originalidad. Se reconoce el mérito y se pasa un rato estupendo.

H. A.

Nota: 3/5

Aneboda: The Show”, una idea original de Patricia Palomares con dramaturgia de de Joan Yago. Con: Nicolas Carbajal,Albert Pérez e Ireneu Tranis.

Bululú 2120, 17 de Diciembre de 2017

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