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‘Mueblofilia’, o elogio de lo diverso

abril 27, 2017

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Hablo a menudo en estas páginas de cierta masificación de la oferta teatral madrileña. Algo que dificulta sobremanera que todos los espectáculos que se ofrecen encuentren ya no su razón de ser -su necesidad de existir- sino también su hueco. Y, en este sentido, si algo tiene Mueblofilia para justificar ambos aspectos es, por un lado, la capacidad de ser una apuesta única en su género -no van a encontrar nada ni remotamente semejante; y seguramente tampoco lo hayan visto antes-, al tiempo que revisita de una forma muy particular conceptos tal vez un poco perdidos, tales como el café-concierto, el café-teatro o el cabaret, dándoles una peculiar vuelta de tuerca.

Un hombre hijo de carpintero que un buen día desarrolla una extraña parafilia y se enamora perdidamente de una silla con la que habla, que tiene con ella una niña-mecedora y que ahora está siendo juzgado por la sociedad -ya saben, esa sociedad que gusta de darle al piki-piki, esto es, al cotilleo del de al lado por no ver la paja en el ojo propio- por esa mueblofilia -ese gusto por mantener relaciones sexuales con muebles de toda clase- incontrolable que padece; una silla que seduce a ese hombre y que entabla relaciones con él; un padre que se aferra a lo poco que queda de su hijo; o una mujer que se desespera esperando una respuesta durante toda su vida son algunos de los personajes que pueblan Mueblofilia, una idea original de Rulo Pardo con colaboración en lo musical de Richard Collins Moore que se ofrece estos días en el reinagurado Café Berlín y que es, sencillamente difícil de ubicar y de explicar; pero que a la vez es algo único en su género. Tiene una dramaturgia -una trama surrealista, delirante, absurda e incluso conscientemente excesiva que causa hilaridad precisamente por lo alocado de la premisa y sus situaciones-, tiene una banda en directo y canciones integradas en la trama -una miscelánea de temas archiconocidos de aquí te espero, pasadas por el filtro del cambio de letra para que encajen en la premisa argumental-, y tiene los elementos de un concierto pop. Pero no es ni mero teatro, ni un musical al uso, ni un concierto pop. propiamente dicho. Recupera la esencia del café-concierto, pero tampoco es ni remotamente café-concierto. Una divertida gamberrada, un delirio controlado que sucede a escasos centímetros del público que se toma una copa mientras asiste perplejo a este desparrame de buena onda. Y, detrás de todo esto, un particular elogio de lo diverso: del derecho y la necesidad de los individuos a escoger y no ser juzgados; algo que seguramente hayan abordado muchas dramaturgias últimamente, pero contado aquí desde un lugar muy particular.

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Viendo Mueblofilia uno se queda con la sensación de estar ante algo fresco, divertido; que te coloca en un inicio de perplejidad, pero que acaba arrastrando. A una locura interminable, pero por eso mismo ocurrente; a un humor por momentos absurdo, por momentos gamberro, a veces incluso bordeando lo sicalíptico y escatológico; incluso demasiado evidente, pero que acaba funcionando como un tiro con el público. Un espectáculo de pocos medios y poco espacio -no olvidemos que transcurre en el espacio de un café-, pero con un reparto copioso; que ha sabido además integrar toda una banda sonora -no sólo la propia (con unas cuantas canciones de nueva creación), sino especialmente todos los temas que todos conocemos (de Abba a Radio Futura y de Jesucristo Superstar al rap de los suburbios, en una miscelánea sin igual)- en una trama que se narra más que se ve; pero que -sorprendentemente y contra todo pronóstico- acaba siguiéndose sin demasiado problema, pese a los saltos narrativos -porque, junto a la trama principal (parafilia y juicio) se integran retazos de tramas secundarias- y al componente delirante de la trama. El resultado es un espectáculo de corte ochentero, funkie y gamberro, que podría haberse quedado en una simple ida de olla que no va a ninguna parte, pero que acaba agarrando al público de la mano para llevarle a un viaje originalísimo y con personalidad propia. Quizá -de la misma manera que se integran toda una pléyade de canciones- podría aún ganar si el propio texto integrase ciertas morcillas que llevasen ciertos puntos de la trama a guiños relacionados con parte del reparto -hay una morcilla tan evidente, que sin embargo han pasado por alto donde se podría fundir un personaje legendario de uno de los actores que intervienen con la trama de un personaje de la función…-. Tal vez también se podría reducir el número de tramas secundarias -algunas son muy buenas, pero no todas tienen la misma fuerza- en favor de la general, acotando tal vez un poco la duración del espectáculo -1 hora 40 minutos-; pero lo cierto es que aquí se ha encontrado una fórmula que funciona… y, sobre el papel -e incluso después de ver el espectáculo- cuesta dar con las claves de un éxito que está fuera de toda duda, porque absolutamente todo el público acabó -acabamos- entregado a la causa.

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Diez actores multifacéticos que cantan, bailan, interpretan varios personajes, mueven la poca escenografía con la que se cuenta; y hacen frente a escenas extremas -ya saben lo difícil que es mantener este tipo de comedia sin caer en el ridículo, y aquí se consigue-. Un reparto en el que, además, hay varios nombres de peso suficiente -en varias disciplinas- como para justificar que el público acuda en masa. Como digo, son diez, y puede que el hecho de que todos encuentren al menos un momento de lucimiento -todos lo tienen- haya obligado a estirar en exceso el chicle. El peso de las tramas lo llevan Rulo Pardo -sembrado en el protagonista; y seguramente de los pocos actores que encajan en un perfil de formato de espectáculo como este-, Richard Collins Moore -también de probada solvencia en este tipo de comedia, sin que esta sea la excepción- Nacho Vera, Gloria Albalate -que se lleva uno de los mejores números- y Verónica Ronda -aquí artista integral-. Fele Martínez se hace esperar; pero ofrece a cambio uno de los más descacharrantes e inesperados momentos de la propuesta: el de la cama que rapea. La trama paralela de Cristina Gallego -un pequeño drama sentimental en este oasis de comedia: atención, porque esta es la trama que pide a gritos esa morcilla de la que hablaba antes-, acaba ganándose su lugar por derecho propio y generando un interesante punto de continuidad temporal. También Jorge Rueda, José Luis Ferrer y Antonio Gómez, participando de estas y otras tramas, acaban consiguiendo su porción de la tarta, su instante de lucimiento y su ración del éxito.

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Podríamos resumir todo lo que contiene Mueblofilia como un gran elogio a de diverso: porque es una propuesta que defiende la diversidad de los individuos; pero también porque es una propuesta diversa por formato, forma y contenido. Algo que podrá ser difícil de encajar; y no tiene otras pretensiones que las del mero entretenimiento -¡y esto es tanto!-, pero que acaba situándose como una opción única en la cartelera. Quisiera terminar esta reseña como la empecé: no es teatro, no es musical, no es café-concierto… es todas esas cosas pasadas por una coctelera. Y, al margen de que se pase un rato estupendo, creo que hay que premiar la originalidad de crear un formato que -al menos yo- nunca había visto antes, planteado de forma tan sencilla. Y señalar que el Berlín es una auténtica fiesta, durante y tras la representación. Quedan unas pocas funciones, pero estoy convencido de que el boca-oreja hará su trabajo y esto acabará por convertirse en un clásico de la noche madrileña.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Mueblofilia”, una idea original de Rulo Pardo. Con: Rulo Pardo, Richard Collins Moore, Fele Martínez, Nacho Vera, Gloria Albalate, Verónica Ronda, Cristina Gallego, Jorge Rueda, José Luis Ferrer y Antonio Gómez. Dirección: Rulo Pardo. SEXPEARE / PAVÓN CAFÉ

Café Berlín, 17 de Abril de 2017

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