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‘Castrapo’, o el que se va nunca se va del todo

abril 28, 2017

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Espectáculo bilingüe (gallego / castellano)

Con la puesta en escena de Castrapo -esta vez al mando de la compañía Os Náufragos-, Gustavo del Río ha conseguido levantar un espectáculo sencillo en fondo y forma; que tiene claro lo que quiere contar y cómo contarlo, pero que a la vez destaca por la cercanía de la anécdota y la narración. Una de esas propuestas que tienen claro dónde están y a dónde van y ofrecen al espectador un buen rato de entretenimiento indagando en un tema universal como es el de las raíces: el (des)arraigo, la negación y el reencuentro -puede que demasiado tarde- como medicina a una imposible válvula de escape.

Tras varios años viviendo en Madrid como un madrileño más, Daniel, escritor nacido en el rural gallego, regresa a su Galicia natal en uno de esos interminables trenes Alvia, para el entierro de su padre, que acaba de morir. Se entiende que hace años que no pisa su tierra; y que la relación con su familia dista de ser fluida. Como compañera de viaje tendrá a Rosa, una gallega que regresa de un Madrid que detesta, y al que ha tenido que ir por motivos personales. Este largo viaje dará pie a que ambos personajes -el gallego en Madrid que reniega de Galicia y la gallega en Galicia que reniega de Madrid- conversen largo y tendido; de manera que Daniel pueda nutrirse del punto de vista de su compañera para poner en orden unas ideas que se agolpan en su mente cuando ha de enfrentar no sólo el reencuentro con sus raíces, sino también el duro paso de volver a mirar a su familia en un momento límite después de años ausente. Además, después de perder accidentalmente en la estación un manuscritio, Daniel deberá aprovechar el viaje en tren para reordenar en su cabeza -y en sus notas de audio-, su idea de obra de teatro. En las 6 horas que dura el viaje Madrid-Coruña, Daniel y Rosa empezarán por confrontar la vida en capital con la vida en provincias; al mismo tiempo que Daniel revive toda una serie de fantasmas que le llevaron a huir de sus raíces gallegas -y a arruinar, de algún modo, la relación con su padre-, en un viaje que más que espacial se vuelve mental: un viaje que pondrá a Daniel contra las cuerdas, que hará que se formule preguntas y que busque respuestas para asumir su pasado y sus errores y vivir en paz con ellos.

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Si algo hay que aplaudir de Castrapo es su sencillez, en fondo y forma. Gustavo del Río narra una historia sencilla; pero que a la vez se torna cercana por lo natural de los diálogos y lo cercano de los personajes. La historia de Daniel es, al fin y al cabo, la historia de tantas y tantas personas que acabamos en la capital; y, en este sentido, puede comprenderse muy bien, fomentando además la identificación inmediata de parte del público con el protagonista. Su antagonista, Rosa, es hasta cierto punto un estereotipo con el que el público también podrá conectar fácilmente -baste decidir en cuál de ambos lados nos posicionamos-; y esto -unido a unos diálogos simpáticos bien traídos- deja gran parte del trabajo hecho. Es una historia de búsqueda de raíces, de entendimiento del otro; de ponerse en el lugar del otro para completarse: una historia de final anunciado desde el primer minuto, pero no exenta de valor como para verse con agrado. Entran aquí -oportunamente- conceptos como el bilingüismo o la diglosia, sin los cuales, claro, no se puede entender lo que se nos está queriendo contar en toda su extensión. En medio del diálogo que se establece entre estos dos personajes – a priori condenados a no entenderse de ninguna manera, pero que acabarán elaborando un vínculo. completa Del Río su pieza con una serie de secundarios más o menos episódicos -básicamente del pasado de Daniel-, que ayudan a trazar mejor una panorámica de quién ha sido este personaje, qué carga trae y qué es aquello de lo que huye. He de insistir: es una historia sencilla pero perfectamente válida, una comedia amable. Por ello tal vez me sobren un par de giros de tendencia fácil al melodrama -sacarse de pronto (y con la representación bien avanzada) una enfermedad grave de la chistera para no terminar nunca de desarrollar el arco de ese personaje, sencillamente me parece innecesario…-, que seguramente busquen la emoción pero no acaben llevando a ningún sitio que nos mueva de lo que es verdaderamente esta historia. No es necesario: el hecho de que una historia sea sencilla pero funcional -como es esta- no es handicap trufarla de vuelcos que no proceden. Más acertado es, sin embargo, el hecho de integrar en la dramaturgia -iba a decir en la puesta en escena-, pero entiendo que están contemplado en el propio texto un cuarteto de pandereiteiras que se sitúan durante toda la función tras una tela translúcida, y que llaman desde sus cantos a esos orígenes que Daniel ha perdido y ahora ha de reencontrar por fuerza: una idea que sobre el papel puede parecer un capricho; pero que acaba adquiriendo un valor dramatúrgico que se convierte en un hallazgo.

Sencilla es la historia -con sus flashbacks y flashforwards, pero con una narración lo suficientemente lineal como para seguirse sin problema alguno por cualquier público- como sencilla es la puesta en escena: se han delimitado los espacios, se ha convertido a las pandereiteiras en una especie de ente que viene y va -no en vano están situadas en el espectro de la memoria- y se ha dejado que los actores defiendan su texto: es lo que se debe hacer. Incluso eliminaría de la propuesta escénica del propio Gustavo del Río algunos detalles poéticos -esa máscara de Rosalía, esa casa en la cabeza…- que seguramente no sumen -y, en teatro, por lo general, lo que no suma resta…-. Nuevamente hay que señalar que la sencillez y lo directo no son problema alguno para el éxito, y aquí convendría deshacerse de cualquier detalle pensado para hacer ‘bonito’ que resulte accesorio; porque, como lo que es, la propuesta funciona por sí sola.

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En el reparto, siempre es un gusto volver a encontrar a ese sólido actor que es Denís Gómez en el papel protagonista en una propuesta que defiende con su habitual buen hacer. Junto a él, Victoria Teijeiro se encarga de un papel que seguramente sea más agradecido con el público y se maneja con soltura en esa delgada línea roja que se mueve entre la ternura y el histrionismo paródico -hay un perfil hasta cierto punto semejante a este en Eroski Paraíso, que seguramente tenga más calado; pero esto en absoluto invalida la estupenda interpretación de Teijeiro aquí-; además, tiene muy bien cubierto el contraste con el otro personaje que interpreta. Es el propio Gustavo del Río quien se encarga de toda una gama de personajes secundarios -desde el padre e Daniel, hasta un revisor del tren o un antiguo compañero de instituto del protagonista- sin mayor problema, luciéndose particularmente en un personaje escrito en koruño. Y, en fin, el grupo de pandereiterias Lilaina -son Alejandra, Andrea, María y Mariana Montero-, que, insisto, termina por convertirse en uno de los complementos más interesantes de la función, sale a bien del reto que implica ir más allá de ser un recurso musical -porque son parte activa de la acción dramática: no siendo actrices seguramente no sea fácil el tener que estar presentes durante toda la representación-.

Agradable función de teatro, cercana y que sabe hacia dónde se dirige; que tiene el valor incuestionable de conectar con el público -lo va a hacer- mediante un planteamiento tan primario como a su vez universal y una problemática real y de hoy; que seguramente terminase de redondearse si se simplificase todavía más tanto a nivel textual como a nivel de puesta en escena, sin añadidos que por un momento parecen querer alejarse de una sencillez y una honestidad que son piedras de toque de la propuesta. Pero, sin duda, se pasa un buen rato y es un proyecto de toda honestidad.

Sólo una nota final: al tratase de una función de estreno, no localicé fotografías de escena propiamente dichas, por lo que las dos que se emplean en esta entrada -de ensayos, y no siempre con todo el entramado armado- sólo dan una idea aproximada de la puesta en escena.

H. A.

Nota: 3/5

Castrapo”, de Gustavo del Río. Con: Denis Gómez, Victoria Teijeiro, Gustavo del Río, Alejandra Montero, Andrea Montero, María Montero y Mariana Montero. Dirección: Gustavo del Río. OS NÁUFRAGOS TEATRO.

Teatro Rosalía de Castro, 22 de Abril de 2017

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