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‘Olivia y Eugenio’, o ganarle la partida al tiempo

septiembre 29, 2015

El estreno en España de Olivia y Eugenio de Herbert Morote ha venido inevitablemente marcado por el regreso a los escenarios de una Concha Velasco felizmente recuperada de su reciente enfermedad. A ello hay que sumar la particularidad de que –según indica el propio programa de mano- se trata de la primera función de teatro escrita que coprotagoniza un actor con síndrome de Down. Este cúmulo de circunstancias ha colocado la representación en primer término del interés de la cartelera.

Olivia, mujer de sociedad y madre viuda de Eugenio –Eugenio como O’Neill, Eugenio como Ionesco-, un chico en los 30 con síndrome de Down, ha de mantener esta noche una conversación definitiva con su hijo sobre algo que puede cambiar de manera drástica el futuro de ambos: se encuentra en las fases finales del cáncer que se le diagnosticó hace un tiempo. Al tiempo que repasa su vida, la importancia que ha tenido su hijo y cómo cambia la vida de una persona cuando se convive con una persona con discapacidad, Olivia debe no solo encontrar la manera de que Eugenio comprenda lo que sucede, sino también –y quizá lo más importante- decidir sobre el futuro.

Herbert Morote ha escrito una comedia dramática tierna y amable –una de esas piezas de lo que algunos damos en llamar ‘teatro de caricia’, que habla de vida y de vitalidad, al tiempo que Olivia intenta –puede que inútilmente- ganarle una última partida al tiempo. Puede que el carácter marcadamente amable y condescendiente del texto –para marcar debidamente la ternura tanto de la madre como del público hacia el personaje protagonista- haga que no pueda huir de ciertos lugares comunes cuando se trata de mostrarle al público lo que significa convivir con lo que Olivia da en llamar “mi niño que nunca crece”, como la figura de ese marido muerto cuyo único vehículo de redención posible es el amor por su hijo, con quien tuvo una relación intachable; o la problemática social del hijo discapacitado en un momento –suponemos que a mediados de los 80, a juzgar por la edad que aparenta el personaje- en que todavía había mucho terreno por transitar en torno a este tema; sobre todo teniendo en cuenta que Olivia es, insisto, una mujer más o menos de sociedad –regenta una galería de arte-. Y, sobre todo, una crítica a una sociedad que tilda sistemáticamente de anormal lo que sencillamente es distinto, cuando hay cosas y personas ‘normales’ mucho más graves de las que preocuparse y que esa misma sociedad que juzga pasa por alto. Todo ello planteado desde una óptica de extrema sensibilidad –que no de extrema sensiblería-.

Pero una vez planteado el tema de la ternura, Morote emplea buena parte del tiempo de su texto en abordar un tema espinoso, polémico y problemático –que es mejor no desvelar, claro-, en torno a una decisión que Olivia debe tomar: es entonces cuando la función toma un cariz más peliagudo, que permite que el público deba entender, cuestionarse, y reflexionar la necesidad y las consecuencias de lo que debe verse como un gran acto de amor. Morote consigue llevarnos por donde quiere, y hay una evolución lógica desde lo que en principio nos resulta escalofriante hasta la resignación, con todos los pasos intermedios que hay entre un punto y otro. Y, cuando ya estamos preparados para asumir estoicamente lo que viene… Morote parece recular, regresar al teatro de caricia e introducir un giro final tan condescendiente con el espectador y los personajes, que enseguida nos recuerda el género de la función pero que –pensado en frío- resta valor a la pieza, porque sugiere un puente hipotético que –ya nos han insistido varias veces- es absolutamente improbable: los personajes podrán tratar de ganar la partida al tiempo; pero el tiempo acabará alzándose de forma inexorable. Creo, de hecho, que, una vez planteado el valiente debate, lo suyo hubiese sido afrontar el final que tiene que ser sin temor: no por ello la obra hubiese dejado de ser un canto al amor –que lo es- ni los personajes menos virtuosos de lo que llegan a ser… Sobre todo cuando sabemos que otra salida, sencillamente, no es posible.

Dicho esto, hay que celebrar el regreso en plenitud –si bien notoriamente microfonada- de Concha Velasco a los escenarios, en un papel largo –porque la obra es, a fin de cuentas, casi un ‘monólogo interruptus’- que la actriz afronta en plena forma, y llena de implicación. Ver –como se demuestra aquí, en el que llega incluso a tener que bailar- que aún queda Concha Velasco para rato, cuando estamos hablando de una actriz como la que estamos hablando, siempre es una alegría; aunque posiblemente estemos ante la función de menos peso de entre cuantas haya afrontado últimamente. También Hugo Aritmendiz –que se alterna en el papel de Eugenio con Rodrigo Raimondi- demuestra tener el espectáculo sobradamente preparado, y la compenetración entre ambos intérpretes es total, de manera que la función fluye con la necesaria espontaneidad.

Sorprende que un maestro de la dirección como José Carlos Plaza –que siempre acierta, ya sea en espectáculos de gran formato o en propuestas intimistas- no termine de redondear su puesta en escena, limitándose a mover a los dos personajes en un escenario excesivamente básico y hasta un punto desangelado –escenografía de Francisco Leal-: no molesta especialmente, pero todos sabemos que Plaza suele ir mucho más allá. Sobra, de todo punto, el fondo musical de Mariano Díaz, que acaba revelándose cargante.

A fin de cuentas, una función que aborda temas espinosos desde la estética del ‘teatro de caricia’, cuando podría perfectamente haberse introducido de lleno en terrenos más pantanosos sin perder esa atmósfera de ternura y cariño en la que viene decididamente envuelta. Se deja ver, pero podría ir mucho más allá –máxime en una temporada como esta, que ha sido especialmente rica en hermosas propuestas centradas en personajes con discapacidad-. Con todo, hay que celebrar –insisto- el esperado regreso de la incombustible e insustituible Concha Velasco, de vuelta en la carretera. Que sea por muchos años.

H. A.

Nota: 3/5

 

“Olivia y Eugenio”, de Herbert Morote. Con: Concha Velasco y Hugo Aritmendiz. Dirección: José Carlos Plaza. FOCUS / PENTACIÓN.

Teatro Rosalía Castro (A Coruña), 18 de Septiembre de 2015

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2 comentarios leave one →
  1. octubre 6, 2015 22:38

    Gracias por tus críticas. Te cito en desdesoria.es Espero que no te moleste

    • octubre 7, 2015 12:04

      Hola! Por supuesto que no me molesta; es más, te lo agradezco porque da visibilidad. He visto que en el mismo post hablas también sobre ‘LARGO VIAJE…’. En mi blog encontrarás dos críticas: una de una versión en gallego (Mayo 2014) y la de la versión de Mario Gas, Vicky Peña y dirección de Cuco Afonso (Diciembre 2014). Por si te interesa verlas o las quieres enlazar también, con total libertad.
      Un abrazo y gracias nuevamente.
      Hugo

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