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‘El Minuto del Payaso’, o la soledad del corredor de fondo

octubre 6, 2015

Llega ahora a la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español un espectáculo que ya se ha visto previamente en otros puntos de Madrid, El Minuto del Payaso, un monólogo de José Ramón Fernández con dirección de Fernando Soto e interpretación verdaderamente formidable de Luis Bermejo.

En el día del Festival del Homenaje al Circo, un payaso espera en el foso su turno para salir a escena mientras otros números circenses van pasando a escena. A esta función benéfica asiste también un productor televisivo, que podría ofrecerle un minuto de gloria diario en un late-show televisivo. Mientras espera, Amaro Junior repasa en intimidad toda su vida: desde sus comienzos en lo que es casi ya una profesión familiar a la que no tuvo otro remedio que dedicarse hasta su papel de cara al público, su compromiso con el público y su frecuentemente denostada responsabilidad como cómico; el hombre capaz de hacer que los ciudadanos de a pie, nosotros, los que nos sentamos en la butaca, olvidemos por un rato nuestros problemas y sonriamos a pesar de lo que tengamos fuera… El minuto del payaso, esa carcajada momentánea, ese instante que, como dice el protagonista, en según qué momento te puede salvar la vida. Al tiempo que reflexiona sobre estos temas, Amaro Junior deja entrever una cierta capa de tristeza que nunca llega a revelarse del todo, pero que queda sobradamente probada: la tristeza del cómico, esa tristeza que quizás a nadie le importe y acaba por ser como la soledad del corredor de fondo. A fin de cuentas, como dice el verso de la ópera Pagliacci de Leoncavallo: “la gente paga e rider vuole qua”.

Puede que el texto de José Ramón Fernández aborde temas que ya han sido sobradamente explorados en otras obras literarias –la idea de que no todo es tan bonito como parece en la vida del cómico, y la de que el público no valora la capacidad de un cómico para evadir a la gente de sus problemas, el problema del miedo escénico del artista…-; pero lo hace desde una prosa hermosa y no exenta de bellas imágenes poéticas. Así, el texto mejora considerablemente cuanto más avanza, cuanto más va adquiriendo tonalidades grisáceas que –creo que con acierto- Fernández solo sugiere: porque nunca llegamos a conocer los motivos de la frustración que esconde el personaje, aunque resulta evidente que enfrenta una carga emocional importante, que se sugiere mediante el recuerdo de un amor imposible o el cierto regusto de frustración que entraña para el protagonista su profesión. El autor hace entrar al público desde la comedia, y genera una empatía inmediata a través de momentos en los que el personaje no teme romper la cuarta pared y dirigirse al público, creando un ambiente de camaradería que termina fomentando el carácter de confidencia casi colectiva que destila la función cuando llega a su fin. Porque, como digo, creo que más que en los momentos de carácter cómico, es en aquellos de altos vuelos poéticos –ya sean dramáticos o no- en los que la obra de José Ramón Fernández alcanza su mayor interés literario: ese instante en que el payaso, a medio camino entre la ensoñación y la realidad, plantea al público “¿y si la sala estuviera vacía?” alcanza unas cotas de emoción notables. También hay que valorar el puntual homenaje que hace el dramaturgo a todo el noble arte del payasismo, con tiempo para citar desde Zampabollos hasta Charlie Rivel, pasando por Miliki o Pepe Viyuela.

Pero esta es, ante todo, una función de actor, y el extraordinario trabajo de Luis Bermejo que carga sobre sus hombros con todo el peso del espectáculo, y se confirma –una vez más…- como un actor solidísimo, lleno de recursos dramáticos, capaz de pasar de la comedia al drama con un solo gesto y de crear una complicidad con la sala que llega incluso a permitir ciertos riquísimos momentos de improvisación gracias a esa complicidad. Además, en este monólogo Bermejo hace gala de una poderosa capacidad gestual y expresiva puesta siempre al servicio de las emociones que se transmiten al espectador, porque el actor es un puro torbellino emocional en sí mismo, capaz de ir de cero a cien en cuestión de una sola frase de manera absolutamente convincente. La interpretación portentosa de Luis Bermejo –tengo claro que es un gran actor, pero creo que nunca le había visto rendir a este nivel de excelencia- es sobrado motivo para que este espectáculo sea de visión obligada, porque realiza un trabajo intenso, delicado y entregado a partes iguales; por momentos cercano al clown, pero sin perder nunca de vista toda la presión interior que encierra el personaje: lo clava, en resumen.

El montaje se apoya en una sencilla pero a la vez eficaz y sugerente escenografía de Mónica Boromello, y cuenta con una estupenda dirección de Fernando Soto: de esas que no se notan, pero que indudablemente están ahí y dejan sobradamente probado que hay un profundo trabajo de interiorización con el actor, sin el cual esta propuesta seguramente no sería tan brillante.

En El Minuto del Payaso se encuentra un buen texto, de esos que tienen esa rara e infrecuente capacidad de conexión con el público; pero sobre todo a un actor superlativo capaz de brillar verdaderamente, en una puesta en escena en la que todo se ha puesto al servicio del actor. Sin duda es una propuesta muy recomendable para los amantes del teatro de actor.

H. A.

Nota: 4/5

 

“El Minuto del Payaso”, de José Ramón Fernández. Con: Luis Bermejo. Dirección: Fernando Soto. TEATRO EL ZURDO.

Teatro Español (Sala Margarita Xirgu), 24 de Septiembre de 2015

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