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‘Perdona si te Mato, Amor’, o mirar al pasado desde el presente

enero 15, 2015

No cabe duda de que el anuncio del debut como dramaturga de Carlota Pérez-Reverte (1983- ), arqueóloga de profesión, sorprendió a propios y extraños en un primer momento. La expectación era máxima, y lo cierto es que el resultado ha cerrado muchas bocas. Porque Perdona si te Mato, Amor no solo está siendo un gran éxito de taquilla en la Sala 2 de las Naves del Teatro Español; sino que además es un producto honesto y preparado a conciencia, que sabe perfectamente cuál es su misión y cumple con esa misión de forma intachable. La función busca primordialmente la diversión, el entretenimiento y la risa, ni más ni menos que eso: y a juzgar por las carcajadas del respetable –también las de un servidor- el objetivo se ha alcanzado con creces.

Una agencia especializada en asesorar a potenciales asesinos sobre cómo ejecutar sus hipotéticos futuros crímenes, un asesino en serie dispuesto a entregarse en comisaría aunque no cuente con los cadáveres necesarios a sus espaldas como para ser considerado asesino en serie, una viuda negra que prepara su próximo golpe, todo un cuerpo de policía incompetente –que no ve más allá porque no quiere o no debe- y una portera castiza que ve más allá de lo que sería normal son algunos de los diez personajes que se dan cita en este enredo cómico en el que todos se acaban viendo envueltos sin comerlo ni beberlo, por una serie de catastróficas casualidades. Y, en fin, una mirada a toda una tradición teatral; y hasta cierto punto también narrativa, televisiva y cinematográfica del pasado tanto patrio como extranjero -hay ecos de Mihura, de Jardiel Poncela, de García-Berlanga, de Agatha Cristhie, de seriales como Se ha Escrito un Crimen…-, convenientemente pasada por el filtro de lo contemporáneo.

La joven autora ha escrito una pieza de humor blanco y directo a través de un enredo alocado; que maneja el lenguaje y las situaciones absurdas como herramientas fundamentales, huye de la caspa, el chascarrillo o el chiste fácil y que hace que ese pasado conviva en perfecta armonía con referencias directas a la situación social contemporánea. Un humor puede que de otros tiempos, pero que sin embargo se demuestra que funciona muy bien aún a día de hoy y que tiene un público que llena los teatros y ríe. Pese a todo, hay que señalar que no se renuncia a manejar cuestiones formales que resultan bastante ambiciosas para una primera obra –hay 5 espacios distintos y hasta 10 personajes…-.

Sorprende que alguien tan joven beba de influencias añejas, y que sin embargo haya conseguido traer al presente algo que puede parecer que ya es pasado y hacer que se sustente bien, visto siempre sin otra pretensión que el mero divertimento. En este sentido, el material es inatacable; porque si bien no será una obra maestra sí tiene ciertos golpes bien traídos, entretiene y mueve al espectador a la risa que, insisto, es lo que se busca. Creo que, a favor del mantenimiento de la acción trepidante, tal vez se pueda recortar –o incluso directamente eliminar- alguna escena que cae en lo reiterativo y resta algo de fluidez al ritmo y al discurso. En este sentido, se podrían revisar los monólogos finales: creo que bastaría con tener simplemente uno, porque una vez visto el primer efecto -que funciona muy bien como recurso cómico- el chiste va perdiendo fuerza y por momentos parece que se quiere hacer simple denuncia más que parodia… Tal vez esto sea lo más discutible de la propuesta textual.

 

Pero, por encima de todo, lo que no se puede negar es que desde un esquema que a priori podría oler erróneamente a naftalina, Carlota Pérez-Reverte consigue algo tan fundamental en comedia –¡y tan difícil!- como arrancar la carcajada. Es el mayor elogio que se le puede hacer al texto; ese y el comprobar cómo mientras algunos montajes recientes de Mihura o Jardiel no han terminado de conectar con el público, en este caso –siendo el género muy similar- la conexión es mucho mayor: me atrevo a decir que la clave está en esa mirada al pasado desde el presente. Puede que el resultado no sea extraordinario –y seguramente tampoco lo pretenda- pero cumple perfectamente con la función que se busca, lo cual no es poca cosa de partida.

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También hay que señalar que la autora –que ha confesado que escribió la función casi como un hobby, sin plantearse que se pudiera llegar a montar, y que este resultado final ha sido fruto de toda una serie de casualidades- ha tenido la suerte de contar con un equipo muy bregado en este tipo de comedias, y ha permitido dejarse aconsejar para que el material quedase lo mejor posible: director y autora admitían sin pudor en el encuentro con el público que el trabajo ha sido codo con codo, incluyendo la escritura de algunas escenas nuevas, o la reestructuración de ciertos pasajes para beneficiar al ritmo. Este detalle dice mucho de la modestia con la que una escritora novel se acerca al mundo del teatro: seguro que muchos vanidosos no habrían dejado tocar ni una coma. Y acierta Pérez-Reverte al ponerse en manos de este equipo: primero porque Alberto Castrillo-Ferrer y sus actores saben perfectamente cuál es el tipo de espectáculo que están haciendo, qué códigos manejar y cómo manejarlos, y navegan en la dirección correcta, lo que deja gran parte del camino hecho; y después porque han conseguido construir un montaje chispeante, divertido, con golpes de ingenio y con ritmo; que trabaja siempre buscando engrandecer al texto cuanto sea posible y que contribuye decisivamente al buen resultado final. Castrillo-Ferrer salva sin problema alguno el posible escollo de que la acción transcurra en cinco espacios distintos, a veces alternativamente –estupenda disposición escenográfica de Manuel Pellicer, que se aprecia mejor desde cierta altura que en las primeras filas-, y que sabe integrar perfectamente ciertos recursos del cine en un espectáculo teatral sin que la cosa chirríe demasiado –sobran tal vez las notas de emplazamiento iniciales, por obvias-, dominando una acción de ritmo trepidante, pero siempre sabiendo guiar la mirada del espectador por tiempos y espacios sin el menor inconveniente: tarea nada fácil si consideramos la estructura tanto formal como espacial de la función.

Los seis actores que se reparten los diez personajes –son Silvia de Pé, Rafa Blanca, Javi Coll, Antonia Paso, Julián Ortega y Nacho Rubio– realizan un estupendo trabajo porque están sobradamente curtidos en este tipo de comedias y se nota: todos saben manejarse con comodidad en personajes que están conscientemente estereotipados como manda la tradición, y enfocar esos estereotipos con la total seriedad que requiere siempre la comedia para que funcione como un engranaje bien engrasado: esa cuestión obvia y tan difícil pero a la vez tan primordial cuando de hacer reír se trata. Hay una marcada labor de equipo de calidad, por lo que creo que sería injusto hacer menciones individuales cuando, sencillamente, todos están más que en su sitio contribuyendo a crear un espectáculo sin fisuras y que tiene la virtud de servir exactamente el producto como se requiere. Bravo por el conjunto.

En fin, lo que el público se va a encontrar aquí es un agradable divertimento –risa garantizada- a través de un texto sencillo y honesto, en un espectáculo servido con buenos mimbres, gracias a que se nota que el equipo cree ciegamente en el material que tiene que llevar a escena. Y la honestidad –de la autora- y el oficio –del equipo- no son pocas garantías en los tiempos que corren. Si lo que buscan es una tarde distendida, esta es su función.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“Perdona si te Mato, Amor”, de Carlota Pérez-Reverte. Con: Silvia de Pé, Rafa Blanca, Javi Coll, Antonia Paso, Julián Ortega y Nacho Rubio. Dirección: Alberto Castrillo-Ferrer. TEATRO ESPAÑOL

Naves del Matadero (Sala 2), 8 de Enero de 2015

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