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‘Entremeses’ o teatro artesano: ¿quién dijo viejo?

enero 16, 2015

Para conmemorar sus 20 años de trayectoria, el Teatro de la Abadía ha decidido recuperar los Entremeses de Miguel de Cervantes, uno de sus primeros espectáculos, estrenado con gran éxito en 1996 y recuperado unos años más tarde. Un clásico de la compañía, un espectáculo a prueba de bombas, por el que a lo largo de los años han pasado gran parte de los actores más íntimamente ligados a esta casa, muchos de los cuales todavía se mantienen en esta reposición

Ya todo el mundo sabe que los entremeses son breves divertimentos cómicos salpicados con música, originalmente concebidos para insertarse en los entreactos de obras dramáticas de mayor enjundia. El presente espectáculo se centra directamente en este género y presenta, de forma conjunta y sin intermedio ni pausa alguna, tres entremeses cervantinos –El Estudiante de Salamanca, El Viejo Celoso y El Retablo de las Maravillas-, entendidos desde un punto de vista auténticamente historicista. No hay otra separación entre los entremeses que unas coplillas breves –sobre partituras de Luis Delgado- que entonan los actores al final de cada uno de ellos y que sirven para preparar la disposición del siguiente. El punto de partida es la idea de que los habitantes de un pueblo castellano de la época representan estos tres entremeses a lo largo de un día entero –así, el espectáculo comienza al amanecer y termina al caer la noche-. Por el escenario va pasando a lo largo de estas tres historias toda una pléyade de personajes: desde maridos viejos y desconfiados casados con mujeres jóvenes, hasta mujeres de moral licenciosa dispuestas a engañar a sus maridos, criadas dispuestas a enredarlo todo o gañanes de pueblo con ínfulas de señorones importantes dispuestos a sucumbir a los cuentos de charlatanes…

No había visto antes este espectáculo, y son dos cosas las primeras que llaman poderosamente la atención: comprobar cómo un material antiquísimo puede seguir funcionando perfectamente como material farsesco –cuesta creer que estas historias fueron concebidas hace más o menos 400 años…- y comprobar cómo un espectáculo que tiene 20 años de antigüedad se sigue conservando fresquísimo como si fuese el primer día. Las historias –aunque de esquemas completamente previsibles sujetos a los cánones de la tradición del género de entremés- siguen sabiendo exactamente dónde arrancar la carcajada, igual precisamente por la universalidad de lo que están contando; pero lo verdaderamente prodigioso está en el enorme aliento teatral que posee el montaje, en prácticamente todas sus vertientes. Seguramente la carambola principal que ha conseguido esta propuesta sea integrar estos textos de tal antigüedad –y hasta puede que a primera vista menores o de dudoso interés real como para ser subidos a solas a escena- en una propuesta teatral de primer orden, que fascina precisamente por la medidísima teatralidad con que está realizada. Son la imaginación y la fuerza teatral las que realzan un espectáculo formado por unos textos que –montados de otra manera- podrían haber quedado en mera anécdota de usar y tirar.

Entremeses es el típico espectáculo donde todo parece erróneamente sencillo, pero que esconde un trabajo minucioso y perfectamente medido detrás de sí: un trabajo de esos que no se ven pero que forzosamente tiene que estar. José Luis Gómez ha dado con todas las claves: fomenta la teatralidad, crea estética sin que resulte ni artificial ni artificiosa, trabaja a favor de la comedia y sabe manejar un elenco de diez intérpretes para que el espectáculo tenga un ritmo que casi es primo-hermano de las tradiciones de la commedia dell’arte, integrando incluso la platea más como una mera prolongación del espacio escénico que como una mera ruptura de la cuarta pared. Y todo ello desde la naturalidad. En la escena –de José Hernández con espléndida y solar iluminación de Cornejo-, prácticamente vacía, se alza un imponente tronco de árbol pelado, algunas sillas; y todo un entramado de objetos e instrumentos en el lateral derecho: porque tanto la música como los efectos especiales –golpes, portazos, efectos climatológicos…- suceden en tiempo real y a la vista del público a cargo de un par de músicos. Esto da lugar a una curiosa sensación de “artesanía” teatral, de vuelta a los orígenes, de “menos es más”, que hace que la propuesta tenga, de alguna manera, un encanto especial añadido. Claro ejemplo de esa sensación de “teatro artesano” es la envolvente y preciosa escena inicial, tan sencilla pero a la vez tan eficaz por envolvente, pausada –es casi el único oasis de paz que se permite la función- y bien organizada. Además, el buen sentido del ritmo –y esa tradición tan clara de guiños a Italia de la commedia dell’arte de la que bebe con guiños constantes- y las situaciones, trepidantes y ruidosas; pero nunca atropelladas, juegan también a favor de un montaje que es todo un acierto.

Diez actores –dos de los cuales hacen además las veces de músicos- se reparten los 25 personajes que habitan las tres historias. Son diez actores de probada solvencia en el mundo del teatro, y a ellos pertenece también el milagro, porque saben encontrar el punto exacto entre el trabajo en equipo –se nota la química- y los momentos aptos para el descacharrante lucimiento personal; y que siempre saben cómo arrancar la carcajada del respetable: es el arte de la comedia, después de todo. Aunque es un espectáculo coral como se han visto pocos, e incluso si en algunos casos concretos y puntuales se ha escuchado decir el verso mejor otras veces, sobre todos los intérpretes habría que destacar algo; porque hay momentos excelentes a nivel individual. Repasemos rápidamente algunos de los mejores momentos, que se pueden encontrar en: la soltura absoluta con la que una enorme Palmira Ferrer pasa de criada a señora en menos que canta un gallo; el torbellino de frescura que es Inma Nieto; los enormes y descacharrantes viejecitos que se marcan Luis Moreno y Julio Cortázar; la elegancia dramática encerrada en la dignísima y amargada Doña Lorenza de Elisabet Gelabert –magníficamente desdoblada en engatusadora más adelante junto al lenguaraz charlatán de un espléndido Miguel Cubero-; la desternillante troupe de gañanes de pueblo que bordan midiendo perfectamente la parodia José Luis Torrijo y Javier Lara –junto a Cortázar y Moreno que repiten-; o la moza casadera de Diana Bernedo. Sin olvidarnos de Eduardo Aguirre de Cárcer, el músico capaz de generar todo ese universo sonoro tan mágico –porque es a la vez tan falso y tan real…- del que somos testigos en primera persona, con aparición actoral estelar también en la última de las historias. En fin, un elenco de verdaderos actorazos, que además se nota que están disfrutando con la trepidante farsa, llevada aquí a sus últimas consecuencias. Un reparto pues amplísimo en el que todos funcionan tanto a nivel de labor de conjunto –fundamental aquí- como a nivel de creaciones por separado.

En el debe de la propuesta, se puede señalar que seguramente sea aconsejable recortar aquí, o cambiar allá; que el espectáculo no deja de ser excesivamente largo sin que uno sepa muy bien por qué –dura 1 hora 55 minutos, y siento que hubiese quedado algo totalmente redondo prescindiendo de aproximadamente 20 minutos del metraje…-; y que no todas las historias funcionan igual de bien a nivel cómico –tercera, primera y segunda, por orden de preferencia- y que tengo el presentimiento de que –por una vez- puede que la propuesta funcione mejor –¡aún mejor!- en un espacio al aire libre;  pero la verdad es que la cosa acaba en todo lo alto. De cualquier manera, son pequeñas minucias en cualquier caso en un espectáculo que honra al teatro –porque resulta, ya digo, tremendamente teatral-, que demuestra que se puede afrontar un material con siglos de antigüedad desde el rigor histórico, pero sin renunciar a entretener; y que deja patente la gran vitalidad que mantiene esta propuesta aún 20 años después de estrenarse, porque cuando las cosas están bien hechas, se vuelven atemporales. Después de todo… ¿Viejo? ¿Quién dijo viejo? Puede que sea el mejor espectáculo que he visto en La Abadía en dos temporadas…

Solo un breve apunte final: vista la vitalidad que conserva este espectáculo, solo cabe lamentar que La Abadía no haya decidido recuperar también otro de sus clásicos para celebrar este aniversario; hablo del Retablo de la Avaricia, Lujuria y Muerte, de Valle Inclán, para que lo podamos disfrutar aquellos que no pudimos verlo en su momento. Esperemos que más adelante…

H. A.

Nota: 4/5

 

“Entremeses”, de Miguel de Cervantes. Con: Julio Cortázar, Miguel Cubero, Palmira Ferrer, Javier Lara, Luis Moreno, Inma Nieto, José Luis Torrijo, Elisabet Gelabert, Diana Bernedo y Eduardo Aguirre de Cárcer. Dirección: José Luis Gómez. TEATRO DE LA ABADÍA.

Teatro de la Abadía, 10 de Enero de 2015

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