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‘El Testamento de María’, o el evangelio (apócrifo) según María, madre

noviembre 29, 2014

Pocas veces sucede que un espectáculo cuelgue el cartel de no hay billetes incluso antes de haberse estrenado en Madrid. Ha pasado con El Testamento de María, el monólogo de Colm Tóibín que protagoniza Blanca Portillo bajo la dirección del cineasta Agustí Villaronga –Pa Negre-. Un mes en la pequeña sala Francisco Nieva y ni una entrada disponible: máxima expectación y expectativas colmadas que terminan en ovaciones en pie.

En los últimos años de su vida, y años después de la muerte de Jesús, María de Nazaret se encuentra recluida por algunos de los seguidores de su hijo –¿tal vez algún Evangelista?- para que les cuente lo que recuerda de el ascenso y caída de su hijo. Pero quieren escuchar una versión épica y poética, algo que esté a la altura de lo que las Sagradas Escrituras quieren transmitir. Cuando comienza la función, María –tras varios días declarando- vuelve a rememorar para ella sola –y para el público cómplice- los últimos años de la vida de su hijo, desde los inicios de Jesús de Nazaret hasta después de su muerte. Pero a solas, María rehúsa ofrecer una versión magnificada de los hechos. No es tiempo de ensalzar. Lo que se presenta ante el espectador es el desgarrador relato de María, una madre pobre anónima que vio cómo su hijo se convertía en un fenómeno de masas; para verse enseguida señalada por todos de la noche a la mañana… Una madre a la que su hijo se le escapó de las manos sin que pudiera evitarlo, y una madre que solo se pudo reencontrar con su hijo mientras se desangraba ante la cruz. Es una suerte de evangelio apócrifo: el evangelio de María, madre ante todo. El relato de una mujer anónima que pasó, casi sin quererlo ni darse cuenta, a la Historia.

La primera sorpresa del texto de Toíbín es ese proceso de humanización al que ha sometido una historia que todos conocemos: la virgen se presenta ante el espectador humana, dolida, rota, dubitativa… María podría ser cualquier mujer, cualquiera de ustedes. Una mujer de cualquier tiempo enfrentada a una situación difícil que no sabe controlar, que ha de renunciar a su hijo, a sus raíces y ha de enfrentarse al dolor de perder a un hijo salvajemente y ante el escarnio público sin poder evitarlo. Lo de menos es casi sea la virgen, y ese es uno de los mayores aciertos del texto. Otro punto de interés es que, desde esa humanidad que tiene el personaje –una humanidad que nos acerca a María de inmediato- se permite un discurso que no solo huye de cualquier lectura épica, sino que se atreve a cuestionar la figura histórica de Jesús y la suya propia. “Al principio mi hijo atraía a los inadaptados, aunque él no era uno de ellos”, dice en un momento del texto. Una madre que cree que tal vez su hijo se equivoca, aunque más adelante –sometida a un momento de máxima presión-, una madre injustamente humillada, una también comete errores egoístas de los que se arrepiente… y ante todo, una madre que no comprende cómo alguien puede ver algo de favorable en el hecho de la muerte de su hijo. Una madre situada al margen del fenómeno religioso, para hacernos sentir el dolor de una madre. Solamente eso: algo tan grande como eso. Resulta de veras sorprendente cómo desde este enfoque podemos sentirnos tan cercanos a un personaje al que conocíamos solo como una mera secundaria, y que aquí cuenta una versión humana y desgarrada de algo que conocemos desde un punto de vista bien distinto. Una María que no duda en romper la cuarta pared y confesarse al propio público. Un testimonio crudo, desprovisto de artificios, que causa escalofrío directo. Un tour de force dramático escrito en forma de crescendo implacable, que no da tregua y se va hinchando hasta estallar. No esperen un relato que ensalce nada religioso, porque aquí –afortunadamente- ni está ni se le espera: esta es la historia de un ser humano.

Monólogo exigentísimo, no solo por la altísima carga dramática que entraña, sino por la gran cantidad de personajes que dialogan con la propia María en su recuerdo. Un monólogo narrativo –que no en vano ha caído en manos de grandísimas intérpretes internacionales como Meryl Streep- en el que, en apenas 70 minutos, la actriz protagonista debe prestar cuerpo y alma desde el recuerdo a toda una hornada de personajes, a la vez que transita por un terreno emocional sincero y desgarrado, de esos que sacuden al espectador. Se necesita una grande de las tablas. Y aquí tenemos a Blanca Portillo. Procuremos ser claros: estamos hablando de una actriz tocada por el don del estado de gracia, que ya es desde hace años una grande, pero que está destinada a alcanzar por méritos propios la denominación de actriz histórica de nuestra escena. Con cada nueva interpretación da un verdadero recital, y este monólogo a escasos centímetros del público es otra buena muestra de ello: su María tiene dolor sereno y dolor desgarrado a partes iguales, emociones perfectamente medidas y sinceras que Portillo maneja a placer. Golpea. Sacude. Impacta ver sus lágrimas, su sudor o sus enormes ojos a tan corta distancia. Pero además hay que señalar la genialidad con la que construye a todos esos personajes que dialogan con la Virgen pero no aparecen más que a través de la memoria. Portillo crea y construye a Jesús, a Lázaro, a Marcus, a Marta… Consigue que veamos todo lo que no está a través de sus ojos, de su expresión, de su voz perfectamente modulada. Llena en definitiva el escenario. Es tal la entrega y el esfuerzo –mental, emocional y físico- de la actriz madrileña que no se necesitaría nada más para hacer de este espectáculo una lección de interpretación memorable, de auténtica gran dama del teatro español.

Uno podría pensar que con la actriz basta para levantar este espectáculo –sobre todo cuando hay una inconmensurable como la Portillo-, pero Agustí Villaronga no se conforma: lo que podría funcionar perfectamente como una propuesta meditativa, se convierte aquí en una superproducción en pequeño espacio. Sobre una imponente escenografía de Frederic Amat –una especie de establo con una descomunal alacena al fondo en primer término-, Villaronga despliega un espectáculo que es sorpresa tras sorpresa, y que obliga a la actriz a un trepidante trabajo tanto a nivel físico como de vestuario –amplio y elegante, de Mercé Paloma-. La propuesta de Villaronga tiene momentos de fuerte pulso poético –la evocación de la resurrección en el pozo- y otros de indudable impacto dramático –María arrojando al suelo con fuerte estruendo un rastrillo en la evocación de la muerte de Jesús-; es vistosa, pero quizá tenga algo de recargada: sin dejar de valorar el esfuerzo por conseguir convertir un monólogo en un vistoso espectáculo visual –lo consigue-, sí que creo que la fuerza expresiva de Portillo es tan descomunal que a veces no se necesita más que la palabra y la expresión de la actriz para colmar la expectativa. Suavizar algún momento de frenesí escénico ayudaría a centrarse aún más en el trabajo de la actriz, que por más que el trabajo de Villaronga sea estupendo, aquí es lo que importa después de todo.

Un recital interpretativo que consagra –vuelve a consagrar- a Blanca Portillo como el máximo exponente interpretativo de nuestro país. Y además un vistoso y aparatoso –por momentos incluso demasiado- espectáculo escénico. No deja indiferente… Y lo que hace Portillo sobre las tablas con este personaje es de visión obligatoria. Un acto de amor por el teatro. Está todo vendido, pero no se rindan: merece la pena luchar por una entrada para ver las lágrimas de la Portillo de cerca.

H. A.

Nota: 4.25/5

 

“El Testamento de María”, de Colm Tóibín. Con: Blanca Portillo. Dirección: Agustí Villaronga. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL / FESTIVAL GREC 2014 / AVANCE PRODUCCIONES TEATRALES / TESTAMENTO.

Teatro Valle Inclán (Sala Francisco Nieva), 27 de Noviembre de 2014   

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4 comentarios leave one →
  1. Eugenia permalink
    noviembre 29, 2014 01:32

    Habrá que ir, aunue sea a pié. De todas las expectativas respecto de la obra, dos me crean la absoluta necesidad de ir a verla: La grandísima Blanca Portillo y tu no menos
    emocionante análisis. Casi estás superando a MarcosOrdóez. Excelente trabajo. Nos
    arrastras literalmente a ciertas obras aunque tengamos el inconveniente de residir en la periferia

    • diciembre 3, 2014 13:24

      Gracias por tu comentario! Superar al GRAN Marcos Ordóñez (para mí en el top 3 de la crítica teatral española) yo creo que ni se consigue ni se pretende; pero gracias por el cumplido.
      Pronto, más!
      H.

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