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‘Emilia’, o no me quieras tanto, quiéreme mejor

febrero 1, 2014

Regresa a España el autor y director argentino Claudio Tolcachir con una nueva obra de autoría propia, Emilia, apuntándose por vez primera a la moda de otros colegas suyos de montar su texto con un elenco español –en vez de hacerlo con el elenco original argentino en gira por España, como acostumbraba-. Como ocurre siempre que estrena algo, la expectación era máxima; las expectativas, sin embargo, quedaron esta vez cubiertas de forma algo desigual.

Parece claro que Emilia no está causando en muchos –y creo que me incluyo hasta cierto punto, aunque solo hasta cierto punto…- el mismo fortísimo impacto que causaron en su día La Omisión de la Familia Coleman, Tercer Cuerpo o El Viento en un Violín. Hay quien culpa de ello a la opción de contar con un elenco español, pero reducirlo a eso parece una razón bastante estúpida a la vista del extraordinario trabajo actoral. Sencillamente creo que la clave está en que Emilia, aún  siendo un texto bello e intenso, es una función formalmente menos ambiciosa que otras del autor.

A la vez que se encuentra en pleno proceso de mudanza a un nuevo hogar, Walter encuentra por la calle después de muchos años a su niñera Emilia, y la invita a su casa a conocer a la familia estupendísima que ha creado: el hijo perfecto y una mujer guapa y discreta…. Todo es felicidad extrema, solo falta la música de violines. Sin embargo, algo extraño le sucede a Caro, la esposa, que parece vivir en un estado de melancolía permanente; y pronto vemos que casi todo en esa casa funciona como una olla a presión a punto de estallar. Desde fuera, desde otro tiempo y desde otro lugar, Emilia narra la historia a partir de las cosas que recuerda; y aún desde un tercer tiempo –y un tercer lugar-, un hombre misterioso observa todo silencioso y melancólico, como si esperase el momento preciso para invadir el espacio vital de la familia de Walter.

A partir de esta situación, Emilia podría entenderse como una especie de cuento trágico, una fábula sobre el amor en el que los personajes son absolutamente incapaces de dar amor a los demás tal y como lo necesitan; y, por lo tanto, también son incapaces de recibirlo. Hay mucho amor malentendido que hace que la historia se mueva hacia el terreno del thriller dramático, y que los personajes se vean inmersos en una espiral de daño y destrucción de la que es difícil salir. De hecho, el tema central de Emilia podría ser si podemos dañar inconscientemente a personas a las que queremos profundamente y qué ocurre cuando entendemos mal el amor y las dañamos sin darnos cuenta: el amor como arma de destrucción masiva.

No nos engañemos: Emilia es un notable texto teatral, pero el nivel previo estaba muy, muy alto y cuesta no pensar que es el más comercial de todos cuantos conozco de Tolcachir. El menos complejo en estructura, y el que más caminos cierra y más preguntas responde –o, seamos más exactos, el que insinúa más respuestas para esas preguntas-. Lo genial de otros textos de Tolcachir era lo abierto que quedaba todo: cómo el autor era capaz de trabajar sobre una aparente confusión para dejar que el público armase sus propias respuestas, muchas veces sin llegar a dar claves exactas para descifrar nada. En Emilia sigue habiendo todo esto, pero quizá en menor medida: muchas preguntas importantes encuentran respuesta a lo largo de la función –muchas más que otras veces- y otras respuestas se pueden intuir fácilmente. Ya desde la primera frase Tolcachir desvela alguna clave importantísima, y pronto sabemos desde dónde cuenta Emilia su versión de los hechos, con lo que podemos imaginar qué es lo que va a suceder…

Sí es cierto que hay tanto monólogos como diálogos memorables –pienso en el primer monólogo de Gabriel: “Lo primero que se olvida son las manos…”, bellísimo, y toda una declaración de intenciones, o en esa escena final entre Walter, Caro y Emilia, en el que la temperatura dramática sube progresivamente hasta estallar por los aires-, que hay personajes intensos –el abanico emocional en el que se mueve Walter requiere un actor de primerísima magnitud- y que hay cosas que flotan en el aire para que cada uno las complete como considere. Es un buen texto, es intenso, lleva la marca de Tolcachir… pero no puedo dejar de pensar que es algo menos complejo que otros trabajos suyos. Notable alto, pero por algo que se me escapa el texto no termina de ser sobresaliente, como sí lo era otras veces. Así y todo, reconozco que me colaron dos órdagos importantes como espectador: es una pena no poder contarlos sin desvelar misterios; pero tenía una teoría sobre la identidad del personaje de Gabriel –ese hombre misterioso que parece hablar desde otra dimensión casi hasta el final-, que nada tenía que ver con lo que plantea Tolcachir: su solución es más sencilla, reconozco que mi intuición poderosa era mucho más rebuscada…

Lo que sí es sobresaliente es el trabajo actoral. Viendo a este elenco asimilar tan bien los códigos tan particulares sobre los que trabaja Claudio Tolcachir resulta estúpido considerar que si algo baja el nivel de la función es el trabajo de los actores, porque están soberbios. Gloria Muñoz en el papel titular, desde su doble rol de narradora-desencadenante consigue darle a un personaje que en principio es todo ternura y compasión un toque ciertamente inquietante: porque es obvio que ella quiere a Walter –se llega a decir que incluso más que a su propio hijo-, pero sin embargo no duda en despachar sin piedad alguna sus traumas de infancia ante toda su familia… y luego hay algo en su mirada –magnética- que nos hace dudar en todo momento si el demonio podría esconderse en algún rincón del pensamiento de Emilia: esa ambigüedad tan bien marcada por Muñoz hace que el personaje sea aún más interesante –y hasta crea alguna expectativa sobre el final…-. Abre y cierra la función con dos largos monólogos frente al público que sacan a relucir la grandísima actriz que es: por gesto, por miradas, por economía de medios, por esa dulzura que podría esconder a la vez al mismísimo demonio sin que pudiésemos sospecharlo… Uno se pasa la función desconfiando de un personaje que en principio es la bondad misma; y hay que ser muy buena actriz para lograrlo. Muñoz, además de elegantísima, es un portento expresivo de los que hacen época. Verdaderamente impresionante el trabajo de Alfonso Lara como Walter, en una encarnación extraordinaria de un personaje que es capaz de pasar de cero a cien en cuestión de segundos: un ser bonachón que va a contracorriente, y que cuando pierde los nervios es capaz de convertirse en una bestia feroz, para volver a ser un corderito enseguida… Lara consigue realizar todo este viaje con acierto y con verdad, y no es nada fácil lograrlo: el último tercio de la función revela a un actorazo de raza, de esos a los que hay que tener en cuenta. ¡Cuánto odio y cuánta ternura nos suscita en su última escena!, porque no justificamos su comportamiento egoísta; pero a la vez asistimos a una humillación hacia Walter que ningún ser humano se merece: es un momento dificilísimo y Alfonso Lara lo borda. Sucede raras veces que en plazo de un año te encuentres al mismo actor en tres funciones distintas, defendiendo tres roles completamente opuestos y brillando en los tres: de Febrero de 2013 a Febrero de 2014 me ha ocurrido con Lara, que se hizo notar en Los Hijos se Han Dormido, brilló en El Divorcio de Fígaro y ahora descolla en este Walter, un trabajo digno de premiarse.

Puede que Leo exija a un actor un punto más joven que David Castillo, y él rinde mejor en la parte más salvaje y cárnica del personaje que en los momentos de temor o ingenuidad –por momentos un pelín forzados-. Hay que insistir: lo ideal parece darle el personaje a un actor más joven; pero él lo defiende con aplomo –y tiene muy bien asimilado el lenguaje de Tolcachir-, aunque la cuestión de edad es algo contra lo que no puede pelear fácilmente.

Sin apenas texto, Malena Alterio sale airosa de un personaje que es todo un reto, porque Caro vaga por la casa como un alma en pena y dando réplicas inconexas, sin que podamos comprender qué es exactamente lo que le sucede hasta bien avanzada la función. Así y todo, la actriz consigue que fijemos nuestra atención en ella, incluso en aquellos momentos en los que no es parte activa de la acción: queremos saber. No es fácil conseguir esto. Y, además, crece muy bien hacia el final de la historia, sacando una entereza insospechada que casi consigue que volvamos a un personaje que hasta entonces causaba compasión… En fin, Daniel Grao cumple sin problemas con su breve cometido –y es observado durante toda la función por la expectativa que está creando sobre quién es y qué hace ahí…-, que sin embargo tiene a su cargo uno de los fragmentos más bellos de la función –el monólogo al que hago referencia más arriba-. Pero lo más importante del quinteto es lo bien que han sabido asimilar el peligroso código de silencios, gritos, pausas y precipitaciones que propone Tolcachir. Si no hubieran sido capaces, se habría caído toda la función; y, sin embargo, lo consiguen magistralmente.

Sugerente, sencilla y poética al mismo tiempo la escenografía que plantea Elisa Sanz –apenas mantas apiladas en pisos, y muebles colgando del techo-, muy bien iluminada, con sobria elegancia por Cornejo. Frenética y puntillosa, como acostumbra, la dirección de Claudio Tolcachir.

En fin, un complejo espectáculo de teatro, con un soberbio reparto y un texto para saborear, si bien parece indiscutible que Tolcachir se está volviendo un poco más comercial que en propuestas anteriores. Es posible que los que se hayan quedado algo descolocados ante la trilogía anterior, digieran mejor esta Emilia; de la misma manera que a los que nos fascinó la complejidad de la trilogía puede que en este texto nos falte algo de esa magia. Pero, a pesar de todo, es un buen espectáculo con un elenco estupendo y un notable texto.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

“Emilia”, de Claudio Tolcachir. Con: Gloria Muñoz, Alfonso Lara, David Castillo, Malena Alterio y Daniel Grao. Dirección: Claudio Tolcachir. PRODUCCIONES TEATRALES CONTEMPORÁNEAS / TIMBRE 4

Teatros del Canal (Sala Verde), 26 de Enero de 2014

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