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‘Elling’, o marcar la diferencia

marzo 3, 2013

Doblemente estimulante es la propuesta de este Elling para los tiempos que corren para el teatro español. Lo es, primero, por el texto, que demuestra que se puede navegar de la sencillez a la profundidad, de la comedia al drama, en una historia aparentemente sencilla, pero que esconde múltiples capas de lectura que el espectador debe ir desgranando; y, después, por el espléndido montaje que se presenta, que demuestra que se puede hacer algo verdaderamente grande desde lo pequeño, desde la economía de medios, desde lo esencial; y porque pone en juego esa imaginación desbordante que es capaz de suplirlo todo con ingenio.

Elling es la adaptación teatral de una de las novelas del noruego Ingvar Ambjomsen en las que aparece este personaje, más concretamente la tercera, Hermanos de Sangre, que fue llevada al cine en 2001 por Peter Beiss y nominada al Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa. La historia de Elling y Kjell, dos personas con algún tipo de trastorno psicológico –no se llega a concretar, pero podríamos estar hablando de autismos o variantes de Asperger…-, que abandonan un sanatorio para probar suerte en un piso social compartido, donde se evaluarán sus avances de integración en la sociedad: si se integran podrán seguir viviendo en el piso, y si no deberán volver al sanatorio para siempre. Dos seres solos en el mundo, cabreados con el mundo y sin embargo condenados a entenderse. Por supuesto, radicalmente opuestos: Elling, reflexivo, tiene alma de poeta, y –puesto que es incapaz de relacionarse con el exterior- vive en un mundo que ha creado su imaginación desbordante, y que le ayuda a sentirse un poco menos solo. Kjell, por el contrario, es un cuarentón de hormonas revolucionadas cuya única obsesión es conseguir relacionarse con mujeres, para poder perder por fin su virginidad.

La obra se mueve en el tono de la comedia limpia, blanca y directa, para hablarnos de dos individuos que tienen la desgracia de ser “diferentes”, y que tienen pánico a la masa “normal”, que les juzga como “diferentes”. La odisea de integración en sociedad da lugar un ritmo trepidante –en lo que podría ser una suerte de road-comedy sin salir de casa-, y los perfiles psicológicos extremos de los personajes principales, fomentan las situaciones hilarantes, sin que perdamos nunca –y ese es el mayor acierto del texto-, la visión amarga de lo que se nos está contando. Es el propio Andrés Lima –director del montaje- quien dice en uno de los vídeos de presentación de la obra que “toda comedia nace de una gran tragedia”, y este texto deja ver justo eso: nos parte de risa, para movernos al mismo tiempo a la reflexión y nos permite apreciar todo lo que hay por debajo de esa comedia: claramente el mensaje indica que las fronteras que separan “cordura” de locura y “diferencia” de “normalidad” son, como se ve aquí, difusas, y a veces solo dependen de un ente -o un grupo- superior que decide, acepta o rrechaza. Y ese es el gran problema de estos dos personajes: el sentirse aceptados o rechazados por el mundo en que viven. Como comedia que es, el texto rebosa positivismo, y muestra que una salida es posible, pero a pesar de todo deja un poso constante abierto a la reflexión –para el espectador que quiera ir más allá y cuestionarse la naturaleza de lo que hace que se ría- que se agradece mucho.

Un texto así debe servirse con los mejores mimbres posibles, porque de otro modo podría caer en saco roto. Afortunadamente, vuelve el mejor Andrés Lima, rebosante de imaginación e ingenio, y dirige un montaje de teatro puro: concentra la acción en un cuadrilátero central rodeado de público en los laterales, y se sirve de pocos elementos –apenas dos camas, sillas, una mesa y algún objeto de utilería- para crear con acierto los diferentes espacios: el sanatorio, el piso, un restaurante, y hasta una acampada, magistralmente evocada mediante una suerte de barricada improvisada con los pocos elementos que se usan en la propuesta. Gran trabajo de Beatriz San Juan en la escenografía, apoyada en la fundamental iluminación de Valentín Álvarez, puesta al servicio de la ironía –esa luz que se enciende frenéticamente con cada tono del teléfono- y la locura transitoria –esos momentos coreográficos-. Lima ha sabido crear, como digo, una pequeña joya teatral, un juguete que, a pesar de ocurrir en un espacio mínimo, no ofrece tregua a un espectador que deberá completar todo aquello que falte, y hasta observar varias acciones al tiempo en un espacio reducidísimo. Y ha sabido también medir los tiempos del drama y la comedia. No en vano, gran parte de la banda sonora la ponen las románticas partituras de Schubert y Brahms, como si hubiera querido imprimirle un halo de poesía a esta alocada historia de seres marginados. Tampoco renuncia a dejar al espectador con un nudo en la garganta cuando es preciso: en un momento del espectáculo Kjell responde al teléfono y espera noticias… largo silencio sepulcral, correspondido por el ansioso público que espera con el corazón en un puño. De esos momentos mágicos que solo se consiguen cuando se hace algo muy bueno.

Pero este tipo de propuesta necesita además de actores de raza, y aquí los hay. Los dos papeles principales son verdaderos tours de force, exigentes en lo físico y lo emocional, y no abandonan el escenario en casi ningún momento de una función larga. Los crean Carmelo Gómez –un Elling que, tras algún leve titubeo inicial de dicción que desaparece al poco de empezar, crece y crece como personaje sólido conforme avanza la función- y Jordi Aguilar –un Kjell divertidísimo, salvaje y primario como si de un chimpancé se tratase, que es casi lo mejor del espectáculo-, que se lanzan al vacío sin red, entregándose desde el primer momento, y creando unos personajes atolondrados, delirantes, pero con ese halo de poesía cuando así lo requieren. En estos geniales trabajos que no admiten respiro, regalan momentos que parecen salidos de la pluma del mismísimo Beckett. Consiguen además algo extremadamente difícil: hacer creíbles –encontrando el punto justo para no cargar las tintas- a personajes colocados en el extremo entre la cordura y la locura, y que el público nunca se compadezca de ellos. Personajes tan agradecidos como complejos, que aquí brillan en las mejores manos. Pero hay más, porque Chema Adeva –desdoblado como un empleado del sanatorio y un ex poeta con el que se encuentran los protagonistas- también realiza un formidable trabajo de diferenciación psicológica, capaz de pasar de un personaje a otro con completo convencimiento de un solo giro, demostrando que es un actor que seguramente pueda brillar en papeles más grandes, y que no hay papeles pequeños; mientras que Rebeca Montero  cumple en segundo plano, en la friolera de hasta cuatro personajes más o menos menores –el fantasma de la madre de Elling, la enfermera del sanatorio, una camarera y la vecina de Elling y Kjell- que no le dejan grandes posibilidades de lucimiento. Comparte escenario con ellos el pianista Mykhail Studyenov, que aporta música en directo al espectáculo, desde un piano colocado junto al público en un lateral del escenario.

Lo único que se le puede reprochar a esta propuesta es una cierta falta de ritmo en algún momento: es un espectáculo extenso -125 minutos sin pausa-, y tal vez se podría acortar algún pasaje, sobre todo hacia la parte inicial, que puede ser algo tediosa por momentos, hasta que se coge el ritmo de la función. Se podría además ser suspicaces, y valorar alguna cuestión ciertamente discutible de algún personaje secundario –las más obvia: ¿cómo la vecina de Elling y Kjell consigue dejar el alcoholismo poco menos que de un día para otro, sin explicación aparente posterior? o ¿qué aporta la aparición del fantasma de la madre de Elling como ente “físico”?-, pero probablemente vengan dados por el original –y todas las comedias obligan a asumir algunos dogmas de fe, que por supuesto aparecen también aquí…-. Lo que no se puede negar es que estamos ante un espectáculo de teatro rabiosamente inteligente, bien planteado, que demuestra que se puede hacer mucho bueno con muy pocos elementos.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

 

“Elling”, de Ingvar Ambjomsen. Versión teatral española de David Serrano. Con: Carmelo Gómez, Jordi Aguilar, Chema Adeva, Rebeca Montero y Mikhail Studyenov. Dirección: Andrés Lima. ZOA. TRASPASOS.

Teatro Rosalía de Castro (A Coruña), 22 de Febrero de 2013.

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