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‘Madre Coraje y Sus Hijos’, o guerras universales

octubre 13, 2019

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El director saliente del Centro Dramático Nacional se despide de la institución abriendo temporada con uno de los textos canónicos de nuestro teatro contemporáneo: Madre Coraje y Sus Hijos, de Bertolt Brecht. Un texto que se ha visto en Madrid con cierta recurrencia – Gerardo Vera lo montó en 2010, siempre en en Centro Dramático Nacional, en su etapa como director; y Atalaya lo montó hace no muchos años en el Matadero- y que el autor estrenase allá por 1941, trazando una alegoría entre la Guerra de los Treinta Años y la guerra como problema universal. Ubicar una historia tan universal en un conflicto bélico tan aparentemente alejado, en un momento en el que la sociedad atravesaba por otro conflicto bélico es toda una declaración de intenciones del autor en su famosa política de distanciamiento. La inmensidad de la obra está, precisamente, en esa capacidad crítica – a veces velada, pero siempre presente- que el autor alemán lanza hacia el ser humano, colocando a sus personajes en una espiral destructiva en la que todo vale con tal de intentar salvar el pellejo. El rol principal de Anna Fierling, uno de esos papeles emblemáticos de nuestra literatura teatral universal, ha sido afrontado por grandes de la escena; y, en la presente producción, lo incorpora Blanca Portillo secundada por once intérpretes más. Sobre el papel, la apuesta es poderosísima –e imagino que las entradas estarán volando-; pero conviene hacer alguna apreciación sobre un montaje en el que, a pesar de los medios al alcance, no todo brilla siempre como debería, por más que haya momentos para el recuerdo.

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La primera decisión del montaje de Caballero puede resultar obvia, porque es algo que aparece implícito en la obra misma. Se ubica la acción en un presente más o menos atemporal, que elude el trasfondo de la Guerra de los Treinta Años –por más que siga estando implícita en el texto y las acotaciones- para recordarnos que la Guerra de esta obra son todas las guerras; que siempre habrá guerras y que la historia está condenada a repetirse. Es una idea válida, pero también básica. La escenografía de Paco Azorín opta por un espacio abierto y vacío, con la tramoya a la vista y permitiendo ver todo el juego teatral; presidida por el carromato que porta Madre Coraje: un carromato cuyos enseres, por cierto, lucen demasiado limpios –blanco impoluto- para encontrarnos inmersos en una guerra que se antoja interminable. La idea de dejar el mecanismo a la vista responde bastante bien al ideal de distanciamiento brechtiano; y –a pesar de la inmensidad del espacio- la propuesta escénica es desnuda, desguarnecida y algo fría. La iluminación –de Azorín y Caballero- resulta esencialmente neutra, y –a la vista de la cantidad de focos que se emplean- uno espera quizás efectos de iluminación de mayor relumbrón que lo que realmente se ve. Al fondo, un luminoso colgante de LEDs proyecta toda una serie de acotaciones que ayudan a contextualizar el paso del tiempo y las situaciones. Puede que, al menos visualmente, el montaje se quede un poco corto; por más que su mayor baza esté en un movimiento de actores bastante ágil –recordemos que el reparto es bastante numeroso-, y se incluyan momentos poéticamente simbólicos que, si bien funcionan, pueden llamar la atención dentro del ambiente de frialdad visual que rezuma el montaje. La propuesta se completa con un espacio sonoro –Luis Miguel Cobo- omnipresente, y a veces hasta pretendidamente invasivo. Se incorpora además la partitura íntegra de Paul Dessau –adaptada por Luis Miguel Cobo-, a cargo de un reparto en el que unos están más capacitados que otros para el canto; por más que el estilo musical brechtiano –siempre tan cercano al ambiguo sprechgesang– sea el que es.

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Dado que estamos ante una gran producción, uno podría esperar grandes alardes del montaje de Caballero –que ha dejado algunas grandes propuestas en su etapa como director del CDN: recordemos Montenegro o Rinoceronte, por poner dos ejemplos-; y, sin embargo, aquí encontramos una apuesta bastante conservadora, incluso a pesar de una supuesta grandilocuencia que, a fin de cuentas, nunca termina de estallar. Hay un buen trabajo actoral en líneas generales –más adelante entraré en esto en detalle- pero ¿qué aporta este montaje a Madre Coraje y sus Hijos más allá de la idea de universalizar las guerras? Hay, desde luego, tanta limpieza estética –por momentos hasta diría que demasiada-, respeto por el ideal de Brecht –quizás también demasiado- y sentido del ritmo; pero a la vez me hubiera gustado ver una apuesta más rotunda por una contemporaneidad que nunca acaba de estallar, siendo como es Caballero un hombre de buenas ideas y que sabe cómo ejecutarlas. ¿Tiene esta Madre Coraje algo de excesivamente conservador? Seguramente. El resultado, es un montaje extenso –130 minutos sin pausa- en el que, a veces, el ritmo se resiente; por más que –pese a algunos altibajos- el trabajo actoral sea bastante encomiable, y las escenas de masas estén bien manejadas. Corramos un tupido velo sobre la cortinilla musical del saludo final, bastante ajena al espíritu de la obra.

Del amplio reparto hay que empezar destacando por derecho propio a dos actrices que realizan trabajos rotundos. La Kattrin de Ángela Ibáñez es un verdadero ciclón expresivo, que ofrece una implicación emocional siempre clara al servicio de su personaje, conectada emocionalmente con el conflicto de su personaje; además, participa en el desenlace de una de las escenas más físicamente expuestas del montaje: ya lo dije con anterioridad, aquí hay una actriz preparada; y hay que celebrar su inclusión – porque sí, la verdadera inclusión es esto- en este montaje en el que destaca por méritos propios. Junto a ella, Paula Iwasaki demuestra como Yvette que no hay papel pequeño: sabe dibujar con claridad el tremendo arco por el que atraviesa esa prostituta buscavidas, ofrece el mejor canto del montaje y no deja pasar ni una sola de sus oportunidades para significarse y llamar la atención, en otro trabajo rotundo. Desde luego que los trabajos de Ibáñez e Iwasaki son motivo suficiente para ver teatro de calidad en este montaje.

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El resto del elenco quizá rinde a niveles más irregulares. La Anna Fierling de Blanca Portillo tiene, casi a partes iguales, momentos de una intensidad dramática memorable –el reconocimiento el cadáver de su hijo, la escena con el soldado, su monólogo final o las interacciones con su hija, dejan ver la gran actriz que es- con otros en los que se relaja, y parece poner el piloto automático: sabe, en resumen, dónde puede y debe brillar, y aprovecha esos momentos para echar el resto en un papel largo y exigente que, teniendo momentos de gran teatro, no es una encarnación tan redonda como otras suyas, por mucho que su fórmula digamos ‘selectiva’, le funcione.

Entre el resto del amplio elenco –muchas veces desdoblado- podemos destacar a los siempre eficaces Jorge Usón –un Predicador con dotes musicales incuestionables-, Jorge Kent –rotundo como El de la Venda, Páco Déniz –sólido Cocinero- y Janfri Topera -Escribano que se mueve bien a medio camino entre la emoción y la pachorra- como los que más oportunidades de lucimiento encuentran, teniendo en cuenta que estamos ante una pieza muy coral en la que todos los elementos giran en torno a Madre Coraje: si los tres tienen momentos más y menos lucidos seguramente sea por una cuestión de puesta en escena. Entre los demás, queda la sensación de que a los dos hijos varones de Madre Coraje les falte peso en la versión – ojo, volvemos a un asunto de la versión-; aún cuando podemos decir que Samuel Viyuela (Eilif) destaca más en sus breves intervenciones que el algo indefinido Caradequeso –¿no sería mejor traducir Caraqueso quizás?- de Ignacio Jiménez. Completan el elenco sin problemas Bruno Ciordia, David Blanco y Raquel Cordero en roles quizá de menor envergadura, más pensados para complementar el conjunto que para el lucimiento personal.

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Así pues, la presente producción de Madre Coraje y sus Hijos contiene buenos momentos y algunas interpretaciones de alto voltaje, por más que el ritmo se resienta y uno acabe con la sensación de que se va a asistir a una apuesta más transgresora de lo que realmente es al final. No es una mala propuesta; pero, con todos sus puntos fuertes, no siempre termina de volar a la misma altura, teniendo a su alcance muchos medios para hacerlo. Así y todo, hay instantes de gran teatro.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

Madre Coraje y Sus Hijos”, de Bertolt Brecht. Con: Blanca Portillo, Jorge Usón, Jorge Kent, Ángela Ibáñez, Paco Déniz, Ignacio Jiménez, Paula Iwasaki, Janfri Topera, Samuel Viyuela, David Blanco, Raquel Cordero y Bruno Ciordia. Versión y dirección: Ernesto Caballero. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero, 6 de octubre de 2019

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