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‘Trainspotting’, u otro acercamiento es posible

abril 21, 2017

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La sola idea de ver Trainspotting en teatro -pocos recordarán que en España se había hecho ya al menos una adaptación hace aproximadamente 20 años, protagonizada por Nancho Novo- va a ser motivo suficiente para que mucha gente se desplace al teatro. Pocos sabrán, sin embargo, que esto no es ninguna novedad; porque novela de Irvine Welsh tuvo una adaptación teatral a cargo de Harry Gibson en 1994, antes de ser inmortalizada en la icónica transposición cinematográfica de Danny Boyle. Así pues, esta versión teatral de Trainspotting no es ni una adaptación teatral de la película, ni una nueva revisión para teatro de la novela; sino simplemente la recuperación de una versión teatral que ya existía -y que es previa a la cinta-. Quienes acudan al teatro en masa arrastrados por lo emblemático del título, deben tener clara esta consideración como punto de partida. Pero no nos engañemos: todos conocemos la trama, todos conocemos de memoria fragmentos del texto; y más o menos todos sabemos de las dificultades abordar una adaptación a las tablas de esta obra, que no escatima en violencia, crudeza o escenas explícitas para trazar una panorámica de la lacra de la heroína en el Edimburgo de los años 90 del pasado siglo. La presente versión -de marcado carácter comercial- ha recalado en horario nocturno en la cartelera del Pavón Teatro Kamikaze y ofrece un producto fiel al original, entretenido, con alguna solución escénica audaz e interpretaciones sólidas. Una versión que se ve con agrado y sabe perfectamente a dónde va; pero no siempre consigue salvar esa barrera de suciedad y violencia que impregna toda la trama: claro que la solución tampoco estaba fácil… Así que seguramente lo inteligente sea buscar otro tipo de enfoque, que es justo lo que aquí se ha hecho.

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Como todos sabemos, los personajes que pueblan esta obra están a medio camino entre los supervivientes y los anti-héroes, teniendo que bregar con el infierno de la violencia de género, la droga, el desarraigo, el paro o una sociedad que no ofrece tregua. El tono, también lo sabemos, es el de una comedia ácida y punzante; que, sin embargo, no esconde una dureza implacable en las situaciones, ni rehuye el drama más descarnado. El espectador acompaña a esta pandilla de amigos en un periplo salvaje y desenfrenado, que muestra una fotografía social de la realidad de su tiempo para ejercer una denuncia salvaje de una problemática que golpeó a toda una generación; no sólo en Edimburgo, sino en tantos otros lugares -España, sin ir más lejos-. Así pues, un drama universal -y esa universalidad es una de las razones que hizo de esta obra el elemento de culto que es hoy-.

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Creo que una de las mayores virtudes del espectáculo es que no pretende ser un calco de la película, tiene claro a qué situaciones no se puede enfrentar directamente y sabe ofrecer un producto con ritmo, novedoso y lo suficientemente sólido como para tener entidad propia. En la hora y cuarenta minutos que dura el espectáculo, la versión de Rubén Tejerina ha sabido seleccionar situaciones -sin renunciar a algunas de las más emblemáticas, aunque sean de esas que es complejo solucionar en escena- y personajes -porque todo, claro, ni cabía ni se podía solucionar con un grupo reducido de actores-; y ha encadenado escenas y cambios de personajes y espacios con la suficiente soltura como para que la trama no quede deslabazada ni incompleta; y todo se siga bien: buen logro porque la tarea ha debido ser ardua.

Corresponde la dirección a ese todoterreno que es Fernando Soto, apoyado en pocos elementos escénicos -de Mónica Boromello- apoyados en una iluminación salvaje y cegadora -Javier Ruiz de Alegría- y en un componente de videocreación importante -a cargo de Bruno Praena, con pantallas que proyectan imágenes que completan las situaciones, y que lo mismo son ataúdes que mesas de billar…- para generar un espectáculo con ritmo, bien iluminado y que resuelve con actuaciones salvajes aquellas situaciones que no ha podido resolver visualmente. Actuaciones salvajes que -muy acertadamente- implican directamente al público, partícipe de la salvaje parranda de esta panda de jóvenes: implicar directamente al público en un espectáculo en el que todo ha de estar necesariamente tan arriba era un riesgo; pero sin embargo acaba convirtiéndose en una de las señas de identidad de la propuesta. El resultado es un espectáculo con ritmo, con intérpretes muy sólidos y que salva sin demasiado problema algo tan complejo como que cada actor interprete a un buen número de personajes sin que haya una gran diferenciación en la caracterización; más allá del mero trabajo actoral. Podría haber sido un completo despropósito, pero la cosa sale razonablemente bien. El humor negro y acidísimo aparece aquí bastante potenciado, incluso más que el ambiente decadente en el que se mueven los personajes, quién sabe si para facilitar las cosas al espectador, dejando que la negrura de la historia se intuya más que se vea. Puede que si algo le falta a esta propuesta sea esa suciedad, esa violencia y esa suciedad que estaban tan presentes tanto en las escenas de la película como en la novela en sí misma: falta la mierda, faltan los vómitos, y falta que el sexo salvaje parezca sexo salvaje… Cuestiones que aquí, en esta historia concreta, dejan de ser baladí para convertirse en algo de verdadera necesidad, y quienes conozcan la historia sabrán seguramente a qué me refiero. Es un escollo tan fundamental para esta obra como al tiempo problemático de resolver, y quizá sea el gran cabo suelto de esta propuesta, que por otro lado tiene orden y ritmo; porque de alguna manera, ofrecer una versión de Trainspotting tan limpia y exenta de verdadera suciedad puede colocar al público que mira en una posición mucho más cómoda de lo que lo hacían la película o la novela -y, por tanto, sitúa la propuesta en un lugar mucho más comercial, mucho más accesible a casi todo tipo de público; incluso como primer acercamiento al material-.

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El reparto -cinco actores que se reparten un sinfín de personajes- está bien escogido, particularmente los hombres. Me gustó mucho la facilidad con la que Luis Callejo (Begbie) puede pasar de matón de extrarradio -es el más salvaje del conjunto, pero ha encontrado el punto para que funcione- a padre formal: la caracterización de ambos personajes -y lo marcada que queda la distancia entre ellos- es estupenda. Críspulo Cabezas -sin duda en el mejor trabajo que le haya visto en teatro- consigue que borremos de la cabeza nuestra imagen de Renton y crear su propio personaje; y hacerse cargo del monólogo más célebre de la función sin que estemos oyendo otra voz dentro de nuestra cabeza: no es poco elogio. Víctor Clavijo (Sick Boy) puede con lo que le echen, ya lo ha demostrado otras veces y vuelve a dejarlo claro aquí: tiene elegancia, tiene violencia, y convierte su escena de la entrevista colocado de speed en un momento que se vuelve tronchante dentro del horror de la situación: hay que ser muy bueno para conseguir todo eso. Tal vez encuentre a Mabel del Pozo (Alison) demasiado arriba en algunos personajes -a veces no estaría de más que bajase un peldañito en la energía-; pero está bastante entonada en otros -los más adultos-. Y, en fin, Sandra Cervera (Lizzie) puede que tenga el papel menos agradecido del conjunto; pero juega bien sus armas y también encuentra algún momento de brillantez -sobre todo cuando comparte escenas con Callejo-. Pero hay que señalar que el reparto es muy sólido y que todos trabajan en la dirección indicada para que la función resulte todo lo entretenida que es, sabiendo perfectamente el tipo de espectáculo en el que están, que es otra de las claves para que la cosa llegue a buen puerto.

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No nos vamos a engañar: sobre el papel esto parecía un imposible, la crónica de una muerte anunciada. Y, sin embargo, se ha conseguido hilar un espectáculo honesto, entretenido, original y con ritmo. Seguramente le falte gran parte de esa suciedad y esa violencia que eran señas de identidad de esta obra y seguramente algunos aspectos aparezcan excesivamente edulcorados para convertir esta historia tan sórdida en algo que, sin dejar de ser sórdido, pueda ser recibido por una masa más amplia de público. Pero se ha levantado una versión que -sin llegar a las cotas de turbación de la cinta ni de la novela- sí se ve con agrado, no aburre y tiene honestidad. No engaño a nadie si digo que es bastante más de lo que esperaba cuando entré a ver la función. Sabiendo lo que se va a ver -y olvidando cualquier referencia previa- se pasa un rato entretenido. Hay que interpretarlo como otro tipo de acercamiento; y, efectivamente, otro tipo de acercamiento es posible.

H. A.

Nota: 3/5

Trainspotting”, adaptación teatral de Harry Gibson basada en la novela de Irvine Welsh. Versión: Rubén Tejerina. Con: Críspulo Cabezas, Víctor Clavijo, Luis Callejo, Mabel del Pozo y Sandra Cervera. Dirección: Fernando Soto. LA COMPETENCIA.

El Pavón Teatro Kamikaze, 14 de Abril de 2017

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