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‘La Casa de la Paz’, o la guerra como estado de ánimo

abril 22, 2017

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En el agitado panorama del off madrileño -donde abren y cierran espacios a velocidad de vértigo- Nave73 ha sabido hacerse un hueco por derecho propio, con una programación sólida y de indudable interés, capaz de unir propuestas comerciales con dramaturgias rabiosamente contemporáneas. Es un espacio de referencia dentro del off, y cuenta ya con un público fiel que responde a sus propuestas. Presenta ahora la primera producción española de La Casa de la Paz, un complejo pero estimulante texto de Lothar Kittstein (1970-) escrito en 2010; que parece a primera vista un drama bélico, pero acaba convirtiéndose en algo que va más allá: un estudio de la guerra como estado de ánimo.

Jost, Lorenz y Marie son tres soldados alemanes se refugian en una clínica abandonada en las montañas de un país islámico en guerra mientras reparan el vehículo que les permita regresar a la contienda. Jost es el cabecilla del grupo, un soldado experimentado pero atormentado por la reciente pérdida de uno de sus hombres en acto de servicio; Lorenz un joven soldado que maneja a duras penas las situaciones de presión y se debate entre servir a su patria o regresar a su vida cotidiana en la ciudad; y Marie -sí, han leído bien, Marie, como en La Fille du Regiment…-, recién llegada para cubrir una baja, es una mujer de firmes -casi enfermizos- valores patrióticos y religiosos, que debe luchar por encontrar su lugar en un mundo de hombres. Relativamente protegidos del peligro, y a la espera de volver a la contienda, los tres tendrán que convivir en un entorno seguro pero a la vez amenazante; que hará que afloren sus tensiones y sus diferencias, colocándoles contra las cuerdas en más de una ocasión… mientras fuera se cierne la sensación de que algo inesperado podría ocurrir en cualquier momento.

Como digo, a primera vista La Casa de la Paz podría parecer un drama bélico; pero enseguida vemos que lo que a Kittstein le interesa es explorar las contradicciones y las tensiones de estos personajes en un contexto y en un entorno en el que la guerra no está presente en primer término, sino meramente presente como telón de fondo para generar todo lo que sucede entre ellos. La obra de Kittstein es algo así como un estudio de cómo la guerra puede disparar los estados de ánimo: los tres soldados hablan de fe, de valores, de principios religiosos, de sexualidad y se enfrentan a tensiones que están más en su cabeza que en el entorno en el que se encuentran ahora -y a la certeza de tener que volver al campo de batalla, algo inevitable que, sin embargo, tratan de retrasar lo más posible…-. Evidentemente, no se puede entender La Casa de la Paz sin el conflicto bélico -nunca se nos aclara cuál, pero tampoco importa- como telón de fondo; pero Kittstein da una vuelta de tuerca al tópico de lo bélico -olvídense de discursos sobre buenos y malos, sobre estamos aquí para tal o cual cosa, porque esta función no va por ahí…- para hablar de personajes. Personajes que, además, probablemente escondan más de lo que parece. Porque, más allá de la tensión que se genera entre ellos, todos tienen blancos, agujeros y contradicciones que el espectador debe completar: jamás se esclarece el tipo de relación existente entre Lorenz y el joven soldado al que perdió en acto de servicio y al que ahora cree ver reencarnado en Marie en forma de fantasma; ni hacia dónde nos van a llevar los ideales tan extremos -en todos los sentidos- que defiende la joven Marie -casualmente, además, una recién llegada-; ni sabemos mucho de esa vida lejos de la guerra a la que Lorenz quiere regresar. Todos estos interrogantes permiten que podamos observar el conflicto creando hipótesis, sabiendo que seguramente este círculo de seguridad en el que los personajes se encuentran ahora acabe estallando por alguna parte. No hay que olvidar, además, que estamos ante tres seres desvalidos, presionados; que sólo se tienen los unos a los otros para seguir viviendo… y, con lo cual, pueden pasar por alto momentos de alta tensión: sólo así, por ejemplo, se puede encajar que Marie siga manteniendo un vínculo con sus superiores cuando los acontecimientos parecen precipitarse para ella.

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No hay que olvidar que el título de la pieza –La Casa de la Paz- no es, ni mucho menos, casual y tiene un valor de una fuerte carga simbólica. La “casa de la paz” es en la cultura islámica el lugar al que irán aquellos que crean en la próxima vida (el “dar ar salaam”). En la función, los personajes se refieren a La Casa de la Paz, en contraposición a la Casa de la Guerra: un simbolismo que nunca se aclara del todo; pero que indudablemente nos da una pista clara de hacia dónde van los tiros en esta función y cuál es su verdadera naturaleza, su verdadera simbología.

Lo cierto es que el texto de Kittstein -sorprendentemente apoyado en las relaciones entre los personajes- engancha porque tiene roles lo suficientemente atractivos como para generar situaciones de tensión y expectativa en el espectador; y acierta al no ofrecer algunas respuestas. Parece una pieza bélica, pero enseguida se convierte en una especie de thriller psicológico en el que entran conceptos como la religión, la fe y el patriotismo -a lo largo de la función veremos si bien o mal entendido…-. Casualidades de la cartelera: cuando hace unos meses se presentó en el CDN Escuadra hacia la Muerte, de Alfonso Sastre, no pocos se cuestionaron la verdadera actualidad del título. Compartiendo con esta no pocas similitudes, La Casa de la Paz se revela, sin embargo, como un texto de plena actualidad; quizás precisamente porque lo que nos cuenta consigue huir de una guerra, de un conflicto o de unas coordenadas concretas.

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No debe ser fácil levantar una función en la que la acción como tal es prácticamente mínima -a pesar de ser una trama bélica-, y en la que el peso debe reposar en la labor actoral, creándose la tensión a través de los interrogantes que plantea el propio texto. La puesta en escena de Nuria Pérez Matesanz se vale de pocos elementos escénicos -tal vez quede demasiado ‘desnuda’ en un espacio ingrato como el de Nave 73-; pero ha sabido acotar bien interior y exterior del espacio -dónde está la seguridad y dónde el peligro-. Trabaja, efectivamente, confiando en el trabajo de sus actores para transmitir el conflicto; y pone de alguna forma el foco del espectador en el personaje de Marie -la recién llegada, la desconocida- como si algo extraño ocurriese con ella. Nadie firma la iluminación, pero su uso es bastante inteligente para acotar espacios y paso del tiempo. Habría, eso sí, que replantearse la necesidad real de hacer tantos fundidos a negro -hay muchos, muchos- para marcar el paso del tiempo: creo que no se necesita, y que el propio texto ya da claves más que suficientes para que entendamos que la historia transcurre en un espacio de tiempo amplio -de otra manera, insisto, no se entiende que Marie acabe estando en supuesta armonía con los dos hombres después de todo lo que ocurre…-.

Los tres actores están en su lugar. La duda razonable que genera -y el foco de dirección sobre ella- hacen que Marie sea un caramelo de personaje, con el que la siempre expresiva Lucía Casado Amo juega hasta sus últimas consecuencias, construyendo algo así como una líder nata que tiene al mismo tiempo algo de inquietante y algo de vulnerable: una bomba de relojería a punto de estallar. Puede que los personajes masculinos sean menos ricos por su composición -porque, a fin de cuentas, pivotan en torno al de Marie-; pero baste con decir que Miguel Bosch es capaz de no convertir a su personaje -blandito- en un pelele o en el típico tipo enrollado pero cargante -hubiese sido fácil que así fuese…-. Bosch le ha pillado el punto -y, por cómo está escrito, no es fácil- y maneja bien, por ejemplo, sus ataques de pánico -y, en estas escenas, lo sencillo es pasarse de rosca- para que veamos que hay algo por debajo. David Aramburu no hace una caricatura de un personaje que, por muchos motivos, podría serlo -digamos el prototipo del ‘villano’ aparentemente machistoide pero atormentado por algo que no puede controlar…-. Pero hay que decir que, en líneas generales, encontré la interpretación bastante bien equilibrada.

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La Casa de la Paz es uno de esos espectáculos interesantes -por lo original del enfoque del texto y por lo válido de la versión- que a veces se esconden en la cartelera off madrileña y que podrían pasar desaprecibidos injustamente. En una temporada en la que muchas apuestas de relumbrón al final no dan tanto como prometían; creo que es recomendable pasarse por Nave73 y darle una oportunidad a esta función, que es un rato estupendo de teatro.

H. A.

Nota: 3.75/5

La Casa de la Paz”, de Lothar Kittstein. Con: David Aramburu, Lucía Casado Amo y Miguel Bosch. Dirección: Nuria Matesanz.

Nave 73, 15 de Abril de 2017

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