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‘Constelaciones’, o las cosas (no) vividas

febrero 25, 2015

“En el universo cuántico, toda posibilidad, toda decisión que tomas y que no tomas, existe en un conjunto vasto e inimaginable de universos paralelos” (“Constelaciones”, Nick Payne)

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Seguro que se habrán preguntado más de una vez por qué sucede una cosa y no otra, qué influencia tiene un suceso sobre otro que ocurra a continuación y qué hubiera pasado si algo que ocurre y que desencadena una serie de hechos no hubiera sucedido o, simplemente, hubiera sucedido de otra forma. ¿Habría cambiado la historia? ¿Se puede cambiar la historia? ¿Cuántas historias son posibles? ¿Cuántas variantes de una misma historia son posibles? De todo esto habla Constelaciones, una audaz y multipremiada pieza del dramaturgo británico Nick Payne que toma la teoría del multiverso cuántico –la idea de que existen múltiples universos y nosotros estamos solamente en uno de ellos- para narrar las diferentes posibilidades que pueden estar sucediendo (o no, claro) en la relación de amor de Marianne –una profesora de física- y Roland –un apicultor- desde una multitud de hipotéticos primeros encuentros cuando coinciden por casualidad en una barbacoa hasta una multitud de finales posibles…

En un ejercicio fascinante de verdadera carambola, Nick Payne somete a sus personajes a diferentes realidades dentro de una misma situación, de forma que el público pueda examinar todas las situaciones a las que el azar puede exponer a estos personajes una y otra vez: vemos algo que ya habíamos visto, pero un matiz, una palabra o una réplica pueden cambiar el curso de las cosas… Así, el público es invitado a avanzar en la relación de Marianne y Roland a través de toda una serie de realidades  posibilidades factibles, para ir construyendo un puzzle –o varios, claro- que puede dar lugar a una –o a varias- historias. Porque en el universo todo existe: aquello que hacemos y aquello que dejamos de hacer, las decisiones que tomamos y las que no tomamos, los aciertos y las equivocaciones. Payne propone lo que en música podríamos llamar “temas con variaciones”, y son esas pequeñas variaciones –a veces drásticas, a veces sutiles, a veces de contenido, a veces sencillamente de pragmática- las que dan verdadero sentido a las repeticiones: conocemos la escena que vamos a ver, pero el cambio, la variación, es lo que nos lleva ante una misma –o casi- situación de la risa a la perplejidad, la ternura o la emoción.

Creo que Constelaciones tiene como mínimo dos niveles de lectura posibles. Dos niveles de lectura que seguramente se solapen. Por una parte, estamos ante una obra fundamentalmente lingüística, una fiesta, un homenaje al lenguaje en todas sus vertientes que muestra la manera en que cualquier mínimo cambio en el lenguaje, en la prosodia o en la pragmática puede tener consecuencias. Ahí radica el nivel de lectura tal vez más “elevado”, el que hace que valoremos cada matiz, cada repetición, cada pequeña diferencia… Pero también es, ante todo, una gran historia de amor –una historia o varias historias, claro- entre dos seres normales de la calle: dos seres que se conocen, se enamoran y tienen que enfrentarse cara a cara con sus aciertos, sus errores, las pruebas que les pone el destino; y saber encajar los golpes como en un partido de tenis: ese es otro nivel de lectura, el que hace que un material aparentemente sesudo pueda tener –de hecho, nadie que vea la función va a dudar de que los tiene- grandes dosis de emoción. Si Constelaciones fuera música, sería probablemente una partitura de Arvo Pärt, un entorno minimalista en el que cada pequeñísima –a veces casi imperceptible- variación cuenta para ir envolviendo al oyente –espectador en este caso-.

En el fondo, Payne ha escrito casi sin quererlo, a través de una función sobre el lenguaje, una verdadera radiografía del alma humana que permite que el espectador reflexione sobre la posibilidad de volver atrás, de repetir, de enmendar los errores o de volver a equivocarse: un ejercicio que trasciende lo puramente lingüístico para tocarnos el corazón, cuando asistimos –a veces perplejos- a esa capacidad que tienen estos personajes de volver a enfrentarse a sus propias vidas, como si ignorasen que ‘ese momento ya lo vivieron antes’. ¿No han querido ustedes mirarse a través de un agujero mientras reviven una situación que les pesa? Los personajes de Constelaciones pueden, con la particularidad de que los únicos voyeurs somos nosotros, los espectadores, invitados a reflexionar tanto sobre lo que vemos como sobre nuestras propias decisiones: las que tomamos y las que dejamos de tomar.

Payne es además un hombre inteligente no solo a la hora de escribir una función formalmente compleja –dura tan solo 75 minutos, pero hay muchísima información conscientemente repetida, y esa reiteración puede hacer que algunos pasajes lleguen a extenuar-, sino también en ir distribuyendo las situaciones desde lo más intrascendente hasta las que llegan a conmocionar: armar la historia sabiendo encontrar el equilibrio –cósmico, claro- entre el aspecto formal y el emocional: creo que ese equilibrio es la base que hace que una función que podría haber sido agotadora por la reiteración llegue a resultar sin embargo verdaderamente fascinante. Ni es comedia romántica, ni es drama, ni es comedia dramática; pero bebe directamente de los tres géneros, aunque no sea propiamente ninguno de ellos.

Ni que decir tiene que esta función es un caramelo envenenado para la pareja actoral, que debe jugar con un texto dificilísimo para memorizar –por lo reiterativo- y aportar ese algo suficiente no solo para que no nos desenganchemos de ellos, sino también para que queramos seguir viendo, aún sabiendo que tal vez –solo tal vez- esas historias nunca desemboquen. Sin exagerar, hay que calificar de prodigioso el trabajo de Fran Calvo e Inma Cuevas, que se enfrentan a una función dificilísima con total aplomo y seguridad, dotándola de la necesaria tensión dramática y dibujando cada variación llena de sentido acertando tanto en aquellas en las que hay un cambio en el lenguaje –las más obvias, claro- como en las que consisten sencillamente en incorporar una simple mirada o un cambio de entonación a algo ya visto antes, sin que tengamos nunca la sensación de que saben que eso que hacen ahora es casi idéntico a lo que acaban de hacer hace tan solo un minuto; porque siempre mantienen esa frescura, esa espontaneidad y esa verdad tan importantes en este texto: en todo esto –que ni es poco ni es sencillo- ambos están brillantes por igual; pero aún estando ambos estupendos, puede que tal vez Cuevas –sin duda en el mejor papel que le he visto, su mejor trabajo- quede medio escalón por encima, básicamente por lo bello y emocionante que resulta ese momento en el que debe afrontar una situación límite referente al mundo del lenguaje, que arroja una reflexión hermosa y deja los momentos más sinceramente emocionantes: el personaje deja esta arista un punto más compleja –diría que tal vez el masculino sea más plano-, y la actriz sabe sacarle todo el partido. En cualquier caso, hablamos de un espléndido trabajo actoral de dos intérpretes que salen más que airosos de una función muy complicada. Bravo a ambos.

La función la dirige Fernando Soto desde el minimalismo escénico, dejando terreno a los actores y poniendo atención al detalle, marcando los cambios con sutiles golpes de iluminación y mediante un curioso juego de cambios de zapatos para situar las… distintas realidades. Es una dirección de esas que casi no se ven –porque ha dejado todo el protagonismo al texto y a los intérpretes-, pero que asegura muchísimo trabajo concienzudo previo con los actores, que ha dado un magnífico resultado.

Una función difícil y fascinante al tiempo, de esas que requieren toda la atención del espectador –porque se gasta energía…-, pero que regala muchas satisfacciones una vez que se ha conseguido entrar en el juego. Ahora bien, creo que no favorecen ni el horario –no es en absoluto una función “nocturna”, porque es recomendable verla fresco…- ni el espacio –tuve la sensación de que la sala grande del Lara es un espacio demasiado amplio para este montaje y de que el escenario plantea una barrera importante con el patio de butacas: un espacio más íntimo ayudaría mucho…-. Se podrá terminar la función extenuado –se termina, y eso que solo dura 75 minutos…- pero el ejercicio que plantea la pieza es interesantísimo por todo lo que remueve, y está llevado a cabo de manera impecable.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Constelaciones”, de Nick Payne. Con: Fran Calvo e Inma Cuevas. Dirección: Fernando Soto. KENDOSAN PRODUCCIONES.

Teatro Lara, 19 de Febrero de 2015

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