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‘De Mutuo Desacuerdo’, o funciones cumplidas

febrero 25, 2015

Dicen que toda comedia ha de nacer de un gran drama. Y el divorcio como motor de arranque de las comedias de enredo y vodevil ha sido y es un filón explotadísimo en materia de teatro. De Mutuo Desacuerdo es una comedia de Fernando J. López -autor de aquella exitosísima función que era Cuando Fuimos Dos, en la que revisaba el amor homosexual con una naturalidad que rara vez se ve en un teatro- que aborda el (des)amor a través del divorcio y que ya ha sido vendida internacionalmente. Una de esas comedias que cumplen con su función de entretener y divertir al espectador, y que probablemente no tengan otra pretensión que esa. Comedias de esas que necesitan de dos cómicos de primer orden, conocedores del género y de cómo meterse al público en el bolsillo. En esta producción, también los hay. Pero dada la temática, quizá hubiese sido deseable equilibrar un poco más la balanza hacia la reflexión: una reflexión que en el texto de López parece que por momentos va a aflorar, y sin embargo no acaba de aparecer…

Sandra e Ignacio son una pareja divorciada –en este caso sabemos que ella le puso los cuernos a él y ahora es él quien tiene pareja estable…- unida por un hijo de 9 años que no termina de encajar bien la separación de sus padres y que se comporta de manera rebelde en el colegio de monjas al que asiste. Un altercado inicial irá dando lugar a una serie de encontronazos entre el ex-matrimonio, a través de los cuales iremos conociendo –siempre en clave de comedia de situación- los pormenores de la relación entre los protagonistas; pero también una cierta crítica a la situación social que supone un divorcio tanto para implicados como para allegados. Sobre este esquema –a través de escenas planteadas en continuidad- López ha escrito como digo una comedia de índole comercial, de humor blanco y directo y con un público muy claro que acude al teatro para divertirse y desengrasar.

Asumiendo que, aunque hay un poco de todo, el humor es en general más previsible que verdaderamente ingenioso –muy de sitcom, en general- sí hay que decir que sabiendo cuál es el producto que se nos vende, la cosa cumple perfectamente con los objetivos que se propone. Lo simpático –más que en los diálogos en sí mismos-  está en la capacidad de convertir situaciones perfectamente reconocibles en la tónica de un divorcio en generadoras de comedia: es ahí donde el autor acierta de pleno. Puede que en ciertos guiños más claramente hacia lo dramático por momentos parezca que el texto va a optar por transitar por unos derroteros que inviten más hacia la reflexión, López no se mete –supongo que porque, conscientemente con el producto que ha escrito, no ha querido hacerlo- en berenjenales, y no profundiza en cuestiones que quizá podrían haberle dado al conjunto un tono que –aunque no sea el que aquí se busca- hubiese sido más redondo, más valiente y más interesante. Pero aquí, después de todo, parece mandar el todo por la risa, y es en ese camino en el que se avanza con paso firme. Como en toda buena comedia de estas características no faltan ni su poquito de crítica social a la realidad del momento ni su ración de casualidades francamente improbables ni su tono más o menos amable dentro de la temática… Donde acierta más López -además de en lo perfectamente reconocible de algunas situaciones- es al dibujar dos personajes con virtudes y defectos casi a partes iguales, al no tomar partido por ninguno ni pretender que sea el público quien lo tome -este partido debe acabar en justas tablas…- y, sobre todo, al plantear un final que huye del happy-end convencional –que hubiese estado cogido por los pelos…- y prefiere simplemente dejar caminos abiertos antes que dar respuestas tajantes: después de todo, la vida sigue y el futuro ya se verá… Quizás sí o quizás no… ¿Quién sabe? Acierto.

Tenemos pues sobre la mesa, como decía, un material correcto, honesto, de comedia sencilla y sin otra pretensión que el divertimento. Así las cosas, la elección de los actores es un factor determinante para el éxito de la propuesta, y aquí se ha acertado: Iñaki Miramón y Toni Acosta –que además arrastrarán al teatro al público de ese filón televisivo que fue Con el Culo Al Aire, quienes probablemente encontrarán aquí un producto a su medida- están sobradamente probados en este tipo de comedias y saben cómo meterse al público en el bolsillo porque son sobre todo buenos comediantes: sirven las situaciones desde lo cotidiano -dan vida a personas normales, y a pesar de estar haciendo comedia huyen de histrionismos gratuitos- sabiendo bien cómo exprimirlos tiempos y los gags para sacarles todo el partido posible y demostrando que conocen perfectamente tanto el lenguaje sobre el que trabajan –tan televisivo, por muchas cosas, pero sobre todo por una cuestión de ritmo- como la manera en la que establecer esa comunicación directa con el público. Las carcajadas invaden el teatro –prueba de la complicidad entre platea y escenario- porque parece fuera de toda duda que estamos ante dos cómicos de primer orden, de esos que a base de tablas, salero y oficio consiguen engrandecer un texto que igual en otras manos no hubiese conseguido despuntar como aquí lo hace. Puede parecer un trabajo fácil, pero no lo es.

La puesta en escena de Quino Falero –sobre una escenografía neutra y no especialmente atractiva ni funcional de Mónica Boromello- se nota que sabe el tipo de comedia que está trabajando -también es un habitual del género, en el que ha dejado grandes pelotazos recientes como por ejemplo El Manual de la Buena Esposa-, y en este sentido consigue consigue dotar de ritmo a una función de dos intérpretes y medir bien la administración de ritmos, réplicas y tempos para subrayar según qué cosas del texto sin que se note, a fin de provocar la carcajada; aunque quizá tendría que delimitar de forma más clara los diferentes espacios en que transcurre la trama –la idea escenográfica no ayuda, pero habría que tener elementos básicos que contribuyesen a diferenciar el espacio más allá de la situación en sí misma- y suavizar algún cambio de iluminación que no termina de ser clara en cuanto a su función dramatúrgica.

Gran éxito de público para un producto que cumple perfectamente con el cometido que se espera de él: divierte y entretiene en unos códigos muy claros y con un equipo que sobre el escenario sabe cómo servir el producto. Puede que entrar en derroteros más profundos hubiese ayudado a crear un producto más sesudo que contribuyese a la reflexión, pero intuyo que no es lo que se buscaba. Como lo que es –una comedia simpática- funciona perfectamente, y como tal hay que encajar este espectáculo.

H. A.

Nota: 3/5

 

“De Mutuo Desacuerdo”, de Fernando J. López. Con: Toni Acosta e Iñaki Miramón. Dirección: Quino Falero. PENTACIÓN ESPACTÁCULOS

Teatro Colón, 14 de Febrero de 2015

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