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‘¿Hamlet… es Nombre o Apellido?’, o a rey muerto, rey puesto

septiembre 21, 2017

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Ya he dicho en anteriores entradas de este blog que el Hamlet de Shakespeare es uno de los textos más recurrentes que se representan actualmente; y que es difícil encontrar una lectura del clásico que aporte algo verdaderamente novedoso. Y en estas llega ¿Hamlet… es Nombre o Apellido?, un texto original de Ozkar Galán que toma como punto de partida el clásico de Shakespeare para crear una mordaz farsa que, de paso, aprovecha para recordarnos que toda historia cambia según quién nos la cuente. Dicen que toda buena comedia nace a partir de una gran tragedia, y eso es más o menos lo que se nos ofrece aquí: el Hamlet de Shakespeare convertido ahora en comedia por obra y gracia de Claudio, un buen hombre en una corte enajenada, que se mete sin comerlo ni beberlo en una espiral de crímenes que ni él mismo sabe cómo gestionar… porque después de todo, el bueno de Claudio sólo hizo lo mejor para Dinamarca y no tenía otra opción ¿verdad? Claudio… ¿salvador de la patria o inconsciente caudillo sanguinario?

Después del discurso de abdicación de Juan Carlos I reproducido en bucle mientras aguardamos el inicio del espectáculo en sala -toda una declaración de intenciones de lo que veremos- se presenta ante nosotros Yorick, el bufón convertido en la célebre calavera del “Ser o no Ser”, pero esta vez vivo y coleando. Nos anuncia que, pese al título, no vamos a ver Hamlet, porque uno de los personajes le ha pagado una generosa suma para poder contarnos la historia desde su punto de vista. Irrumpe entonces Claudio, para hacernos partícipes de una desgracia que se torna en parodia. Un buen hombre que ha de enfrentarse a la manipulación de su cuñada – como si de una Lady Macbeth rediviva se tratase, aquí es Gertrudis quien le aconseja callar el asesinato de su esposo, cuando él se quiere entregar- y a la carga de un Hamlet erigido en una especie de gangster sin oficio ni beneficio, que no parece muy convencido de ocupar el trono que su tío le ofrece sin duda alguna porque tiene otros intereses. Ante este panorama, debemos entender que Claudio se ha convertido en uno de los más célebres villanos de la literatura dramática universal poco menos que por la fuerza. Él no quería, pero todos hemos visto cómo Gertrudis le coacciona y cómo el príncipe heredero no estaba preparado para asumir el cargo. Y, ante este panorama ¿toma Claudio la mejor decisión para la prosperidad de Dinamarca? Eso defiende él hasta el final ante Yorick, que -ofendido por el papel mínimo al que le relegó Shakespeare- se convierte aquí en narrador y maestro de ceremonias de una especie de gran reality-show en el que el público deberá juzgar si la historia es realmente como nos la contaron.

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Sobre la base de un texto suyo anterior –Claudio, Tío de Hamlet– Ozkar Galán no pierde en absoluto la esencia de la tragedia shakesperiana, para reconvertirla aquí en una original comedia de morcillas, canciones y crítica social, que se cuestiona no sólo la veracidad de los hechos contados por el bardo, sino también la validez de los sistemas de reinado actuales que, tristemente, se pueden entender y ver en un texto de hace 400 años. En el universo que imagina Galán, Claudio parece el único ciudadano regio y honesto de entre toda una troupe de personajes más o menos pervertidos, corruptos y codiciosos, que parecen no dejarle al tío de Hamlet otra opción que la de actuar. “Maté a un estadista queriendo estabilizar al Reino (…) libré al pueblo del tirano” dice sobre el asesinato de su hermano; a lo que alguien le responde “sois tan caudillo como lo fue aquel”. Así, Galán nos demuestra que optar por la comedia como fórmula para recontar esta historia no es un mero ejercicio de autocomplacencia con el público; sino una crítica mordaz que va mucho más allá como pronto veremos. No en vano, la función está narrada desde un lenguaje circense, en ocasiones cercano al clown; que permite plantearse algunas cuestiones que van más allá del mero divertimento y nos demuestran no sólo que hay mucho que rascar en esta historia, sino su absoluta vigencia.

Toda esta trama -una comedia que pone patas arriba una de las más célebres tragedias del teatro universal- sirve al dramaturgo vasco para escribir algo que, más allá de parodiar Hamlet, sirve también como una mordaz sátira de la política actual: la política como circo, como ese circo que dirige el bufón Yorick -que termina siendo el más franco de los personajes- y en por el que deambulan el resto de los implicados sin otra opción que entretener al respetable. Estado, pan y circo a fin de cuentas, el pan nuestro de cada día. Así las cosas el tono ácido, en ocasiones casi corrosivo que emplea Galán en unos diálogos aquí rebajados hasta parecer una comedia amable, deja claro que el espíritu del Hamlet shakesperiano no es más que un mero vehículo conductor para tratar cuestiones políticas que permanecen tristemente de plena vigencia en la España actual. No solamente el “a Rey Muerto, Rey Puesto” que se plantea en Hamlet y con el que juega Galán no sólo tiene plena vigencia en los procesos monárquicos españoles recientes; sino que incluso la guerra latente entre Dinamarca y Noruega bien puede recordar a algún proceso convulso que está teniendo lugar en España en tiempo presente: felices casualidades, la sátira de Galán se torna, como digo, de plena actualidad casi sin pretenderlo.

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Más allá del imaginario del dramaturgo -que permite incluso incluir la técnica del guignol para cubrir la ausencia de Ofelia, o una cita musical de El Rey León con total naturalidad- puede que la gran virtud de este texto sea la de contener pequeñas dosis de ironía en sus réplicas que cada puesta en escena ha de saber cómo gestionar. Una diferencia de enfoque sobre el mismo texto -recordemos que este texto se ofreció años atrás como tragedia- puede mover de la sonrisa a la carcajada según el tono escogido. Pocas propuestas presentan esa capacidad de versatilidad, y ese carácter casi poliédrico -extensivo al contenido de lo que se cuenta, que va creciendo y creciendo como una matrioshka- pone de manifiesto el acierto principal de una propuesta que es comedia -pero podría ser drama-, es una relectura de un clásico -pero podría ser puro teatro contemporáneo de crítica política- y es un ajuste de cuentas no sólo con Shakespeare, sino con la sociedad en la que vivimos. Todas esas capas caben en el texto y será cada espectador quien decida hasta cuál quiere llegar, con cuál prefiere quedarse.

De entre los caminos que el texto propone, opta esta versión que firma Gorka Martín por el de la carcajada, exponiendo unos personajes muchas veces cercanos al grand-guignol, y huyendo de cuanto de realista pueda tener la trama. Es un camino perfectamente válido y da como resultado muchos momentos francamente divertidos; pero tengo la sensación de que la apuesta ganaría enteros si se terminase de exagerar el código cómico hasta sus últimas consecuencias, o incluso si se jugase sobre el equilibrio que sugiere el texto mismo: esto es, el texto como tal, permite romper con escenas serias el ambiente cómico, y creo que esto podría dar lugar a una mezcla verdaderamente explosiva que aún se puede explorar en favor de sacar todo el jugo a la obra. Así y todo, Gorka Martín ha apostado por una propuesta escénica ágil -en escena apenas un trono gigante y una H luminosa de grandes proporciones-, que apuesta por lo cómico y no rehuye lo coreográfico; pero sin embargo sí evita sobremanera caer en el esperpento o en una caricatura que creo que, dada la naturaleza de la apuesta, presiento que le irían como anillo al dedo. No quiere decir que el camino escogido esté mal; pero sí que -en consonancia con la duplicidad de todos los aspectos del texto- jugar esa duplicidad ayudará a hacer que el resultado final crezca -tenemos un ejemplo de esto en la cartelera madrileña con el particular código que jugaba Los Atroces, de Vanessa Martínez-. Así y todo, en la propuesta de Gorka Martín hay que aplaudir el sentido del ritmo, la agilidad e incluso su pulso cómico como valores muy a tener en cuenta en una propuesta que apuesta por la comedia y es justo eso lo que ofrece.

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Cuatro actores se reparten diversos personajes, siendo los principales Claudio, Hamlet, Gertrudis y Yorick. Laura García-Marín se encarga de dar vida al bufón, maestro de ceremonias, narrador y presencia casi constante; y debo decir que realiza un trabajo admirable tanto en el manejo del código -puro clown- como en una parte física ciertamente exigente que resuelve con aparente comodidad incluso estando lesionada: su trabajo es digno de aplaudir. También a Eva Bedmar le queda simpática esa Gertrudis que aquí es casi una parodia de la villana de culebrón de sobremesa -de esas mujeres que, de aburridas que están, casi las matan callando por obligación sin que nadie se dé cuenta-: es un tono acertado -nunca pierde de vista la parodia- y la actriz lo juega bien. Como el Hamlet -aquí erigido en héroe casi por accidente- de Ricardo Cristóbal, que irrumpe casi como un mafioso malote de segunda fila; pero enseguida deja traslucir a un inútil despreocupado de la vida. Nos queda, en fin, el Claudio de Antonio Nieves, que sale a bien de la ardua tarea de reconvertir al villano en un hombre que, a fuerza de querer mantener su dignidad, acaba convertido poco menos que en un pelele sin que ni él mismo sepa cómo: Nieves -salvando alguna intervención un punto dubitativa con el texto- se las ingenia para suavizar el tono paródico de su personaje en favor de convertirle en lo que es: la víctima, no el hombre corrupto sino el hombre obligado a corromperse. Un acierto.

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La propuesta tiene interés indudable, porque se vale de la comedia para revisar el clásico; pero también -y puede que eso sea lo más interesante- para realizar una mordaz crítica a la actualidad que cogerá quien sepa cómo coger… Pero, sin duda, es una comedia de fuerte voluntad política que va muy bien a los tiempos que corren. Distorsionar conscientemente los tonos del texto en la propuesta escénica -tanto por arriba como por abajo- seguramente terminará de sacarle todo el jugo al texto en un montaje que, para ser off, tiene la suficiente entidad como para ser visto. Un último apunte: no es necesario conocer Hamlet para gozar de la trama y entender la dimensión de la parodia; pero sin embargo creo que sí es conveniente. El público de mi función la celebró con sonoras carcajadas y generosos aplausos.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

¿Hamlet…es Nombre o Apellido?”, de Ozkar Galán. Con: Antonio Nieves, Ricardo Cristóbal, Eva Bedmar y Laura García-Marín. Dirección: Gorka Martín. TARAMBANA ESPECTÁCULOS.

Sala Tarambana, 14 de Septiembre de 2017

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‘Venus’, o tiempo de cuentas pendientes

septiembre 20, 2017

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Presenta el ambigú del Pavón Teatro Kamikaze -un espacio íntimo y agradecidísimo en el que se han visto algunas de las propuestas más sugerentes de la pasada temporada- Venus, la primera obra como autor del director Víctor Conde. Una función sencilla en el fondo, que se agarra con fuerza a una posible distopía -o tal vez sencillamente a algunas reglas de realismo mágico- para dejar que toda una serie de personajes que pertenecen a diferentes generaciones; pero que están interrelacionados entre sí puedan ajustar algunas cuentas pendientes que se han dejado en el camino y que todavía hoy -desde el más allá o el más acá- les pesan como una losa.

Transcurre toda la acción en un pub que resiste el paso del tiempo. El pub en el que Venus, grupo pop nacido a mediados de los 70, con la generación adolescente de la Transición Española, da ahora su último concierto antes de que el destino de Paula -la joven, liberal y liberada cantante de la banda, que ha encontrado no sólo una ocasión para cantar, sino también las dos caras del amor en un triángulo amoroso de difícil resolución junto a Mario y Jaime- quede tal vez sellado para siempre. Pero también el pub en el que Jorge y Alicia se conocen y se enamoran siendo jóvenes; y en el que se reencuentran por una casualidad fortuita ya en la treintena, con sus vidas rehechas -¿o quizás deshechas?- pero también con muchas cosas que se quedaron en el tintero y que aún deben decirse ahora que él regresa a la ciudad para enterrar a un padre con el que nunca tuvo una relación precisamente fluida. Así, estos cinco personajes pertenecientes a dos tiempos distintos, pueden confluir en tiempo y espacio en el pub. Personas cuyos destinos ya están escritos -aunque ellos no lo sepan- y que, ignorantes del hilo que les une, conviven al calor de cervezas, canciones de gramola y acordes de guitarra, intentando hacer un esfuerzo por reconocerse… Será finalmente Jorge -hilo vertebrador de todas las tramas- quien descubra que algo extraño ocurre con el tiempo en ese lugar: algo que hace que tiempo y espacio se congelen, y algo que sirve a los cinco personajes como una suerte de instante libertador para descargar ante los otros todo su peso sentimental. Diálogos imposibles, tal vez improbables; que aquí sirven sin embargo para que todos los personajes puedan cerrar sus cuentas pendientes con su pasado, desahogarse, explicarse, pedir perdón o justificarse, en una especie pausa temporal que actúa casi como una redención sanadora, aunque el pasado ya no se pueda cambiar.

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Para poner a Jorge, su protagonista, cara a cara con toda su vida y hacer que la entienda, como si se mirase en un espejo, Víctor Conde se apoya en algunas premisas narrativas muy en boga en los últimos tiempos en diversos géneros de ficción -en la particular línea narrativa que plantea Venus hay ecos más o menos claros de El Ministerio del Tiempo, o incluso de Todo el Tiempo del Mundo, de Pablo Messiez-. Puede que no logre por ello la sorpresa que pretende una vez que se nos desvela el meollo de la cuestión -nos lo vemos venir a leguas-, pero sin embargo sí acierta al perfilar a unos personajes frescos y cercanos, apoyados en unos diálogos que fluyen y son ágiles las más de las veces. Esta cualidad -y el hecho de saber insertar bastante bien la música en la narración- hace que sigamos la trama con el suficiente interés como para que nos resulte agradable pasar un rato en ese pub, rodeados de esos personajes. Hay en el texto de Conde dos tipos de escenas claramente diferenciadas: aquellas que hacen avanzar la narración y aquellas en las que los personajes desnudan su alma ante los otros y ante el público. En un universo lleno de figuras icónicas propias de varias épocas son las primeras -las meramente narrativas- las que mejor funcionan, porque la escritura resulta fresca y directa, sin artificio. Sin embargo, cuando los personajes buscan esos instantes de intimidad con el público y con los otros -para revelar sus secretos, sus miedos, sus ansias, su manera de ver el mundo…- el discurso se vuelve por momentos algo más ampuloso, hacia un camino más poética no siempre del todo logrado, que creo que tampoco hace falta, porque los personajes podrían habernos contado lo mismo manteniendo el tono más coloquial de la mayoría del relato, que es a fin de cuentas el que mejor funciona; y la emoción y la complicidad con el espectador surgen más de las situaciones que del texto mismo. En otro orden de cosas, parece como si debido a la compleja línea temporal que plantea la historia, Conde quisiera incidir en una serie de cuestiones que se ven duplicadas o sobre las que se hace especial hincapié para que el público no se pierda y asuma todas las conexiones -las llamadas telefónicas de Paula y Alicia son ejemplos claros-: no se necesita, porque la historia se sigue con la suficiente claridad como para no tener que poner el foco sobre nada. Además, si Conde tiene el acierto de dejar preguntas centrales en el aire -la más obvia ¿qué está sucediendo realmente?, que muy acertadamente nunca se aclara- creo que no hay por qué insistir en según qué cosas de la línea temporal.

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Pero, a fin de cuentas, hay que aplaudir en esta obra novel que Conde haya sabido diseñar una historia sencilla, con la capacidad de dejar atrás lo que parece una trama adolescente para adentrarse en temas más trascendentales sin perder nunca de vista el camino al que se dirige. La premisa no será novedad, y seguramente la historia aún puede equilibrarse -el tiempo que el autor emplea en ciertas repeticiones lo podría emplear sin embargo en contarnos más cosas de algunos personajes que quedan más desdibujados-; pero nadie duda de que con esta sencilla comedia dramático-fantástica se pasa un rato agradable -que, por otra parte, parece justo lo que su autor pretende-.

La puesta en escena que firma el dramaturgo novel se aprovecha de forma muy oportuna de situar en un bar el espacio en el que transcurre la acción. El espacio del ambigú ayuda decisivamente a crear una puesta de inmersión casi total, capaz de crear ambientes con muy pocos elementos escénicos que propone Ana Garay, que se lleva sin embargo la palma en un diseño de vestuario muy variado -recordemos que la historia transita por tres décadas- que tiene su punto más fuerte en los pintorescos diseños que luce el personaje de Paula. Sencilla -por momentos puede que demasiado- la iluminación de un Juanjo Llorens que seguramente habría podido jugar con puntos de luz para separar espacios y tiempos. El movimiento escénico que plantea Conde para su puesta en escena tiene la requerida agilidad que exige el hecho de tener que jugar en un espacio tan reducido y con el público a tres bandas, procurando que los espectadores nunca pierdan visión -de hecho intuyo que el espectáculo se verá con mejor perspectiva desde las bandas laterales que desde la banda central-.

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El elenco actoral está bastante entonado. De los cinco personajes que pueblan esta obra, son claramente tres -Jorge, Alicia y Paula- quienes cargan con el peso de la trama, quedando tal vez los de Jaime y Mario algo menos perfilados en la escritura misma. Antonio Hortelano es cada día un actor más sólido, sea en comedia y en drama, y se está reinventando con mucha inteligencia: la versatilidad de registros con que dibuja a este Jorge, sin excederse en el lado más bufonesco ni en el más serio es buena prueba de ello. Frente a él, puede que la Alicia de Ariana Bruguera resulte un poco más apagada e impersonal, pero esto también puede interpretarse como una prueba de que no sabemos hasta qué punto los hechos del pasado han sentenciado su vida: la proyección de la voz, en una sala pequeña como esta, es solamente justa y es un aspecto que debe revisar. Arropada por una gran capacidad para el canto -le caen en suerte Forever Young y Time After Time-, y un diseño de vestuario que permite que se luzca, Nuria Herrero saca todo el jugo de su Paula, llevándose algunos de los mejores momentos de la función -la escena de su casting es de un lucimiento personal incuestionable-. En fin, Carlos Serrano-Clark y Diego Garrido -los dos amores del personaje de Paula- sirven sin problemas unos personajes que siento que seguramente no tengan todo el recorrido que sería deseable.

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El ambigú del Pavón estaba prácticamente lleno en la función -de jueves por la tarde- que presencié; y el público dio muestras de disfrutar de una función que tiene la gran virtud de saber exactamente a dónde quiere llegar: la estructura seguramente aún pueda redondearse; pero la historia tiene la suficiente honestidad como para generar algo tan difícil como es esa complicidad emocional con el público: no es poca cosa para un primer texto.

H. A.

Nota: 3/5

Venus”, de Víctor Conde. Con: Antonio Hortelano, Ariana Bruguera, Nuria Herrero, Carlos Serrano-Clark y Diego Garrido. Dirección: Víctor Conde. VANIA PRODUCCIONS.

El Pavón Teatro Kamikaze (Ambigú), 14 de Septiembre de 2017

‘El Cíclope y otras Rarezas de Amor’, o cruces de escasa profundidad

agosto 28, 2017

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El autor, actor y cantante Ignasi Vidal nos sorprendió a casi todos hace no mucho tiempo -primero en La Pensión de las Pulgas y después en El Pavón Teatro Kamikaze, que fue donde tuve oportunidad de verla- con El Plan, una función redonda y sin fisuras que comenzaba como una comedia casi costumbrista para avanzar al terreno del thriller y acabar revelando una espeluznante comedia dramática que arrojaba además un polémico dilema moral final puesto en manos del espectador. Me fascinó aquella función por lo perfecto de la escritura -no había un solo cabo suelto-, por lo logrado del tono y por el mensaje final. Es por ello que me acerqué, con mucha curiosidad, hasta Avilés, para presenciar el estreno absoluto de El Cíclope y otras Rarezas del Amor, nuevo texto de Vidal. Igualar los resultados de su anterior propuesta estaba complicado; pero a pesar de todo no puedo evitar sentir cierta decepción ante esta obra. Porque en El Cíclope Ignasi Vidal parte del texto del capítulo 7 de Rayuela de Cortázar -que se lee en off al comienzo de la función- para armar una historia que bascula entre la comedia y el drama -sin decidirse nunca por ninguna de las dos cosas…- y que aprovecha un esquema tal vez manido pero que podría haber dado juego -las historias cruzadas de amor- pero termina quedándose en eso: en un intento; en una obra inofensiva de enredo que se deja ver pero queda muy lejos de la genialidad que Vidal ya ha demostrado que puede alcanzar y que no aparece exenta de alguna laguna e incongruencia narrativa.

Pedro y Amanda han sido pareja pero lo dejaron hace años y ahora se reencuentran en un bar tras mucho tiempo sin verse. Aunque nunca ha conseguido olvidar a Amanda y reconoce sin pudor que ha sido la mujer de su vida, ahora Pedro está anclado en un matrimonio en crisis y tiene una hija con Marta -que trabaja en una inmobiliaria junto a Paz, una joven con pareja que vivirá un extraño flechazo mientras enseña un piso a Sergio, un hombre que le dobla la edad-. Estos puntos de partida trazarán una historia de vidas cruzadas en la que los cinco personajes tratarán de emprender una especie de huida hacia delante que no todos lograrán, y que para algunos de ellos podría tener un alto precio.

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Como digo algo más arriba, Vidal escribe un enredo de vidas cruzadas con lo improbable e imprevisible del mundo del amor como núcleo temático, en el que en general el espectador siempre tiene más información que algunos de los personajes. Las premisas tal vez estén ya muy vistas -ante este planteamiento me es inevitable no pensar en Closer, de Patrick Marber-; pero, con un buen desenlace, puede que la trama hubiese dado juego. Y, sin embargo, tengo la sensación de que el autor intenta contar demasiadas, sin llegar a profundizar realmente en ninguna: el precio a pagar es el de unos personajes que rara vez escapan del cliché -el matrimonio de Marta y Pedro es una honrada excepción- y una trama en la que hay que asumir demasiadas cosas improbables, para desembocar en un final que resulta precipitado, con un golpe de efecto algo sacado de una chistera -porque, a diferencia de lo que sucedía en El Plan (donde había datos encubiertos casi desde la primera frase, aunque no cobrasen sentido hasta conocer el desenlace) aquí no hay pista alguna que sugiera o justifique el acontecimiento final- y que tengo la sensación de que no golpea a los personajes lo suficiente -hay supuesta conmoción en un primer momento, pero parece que enseguida pueden pasar página; y esto no deja de ser un poco chirriante…-. Quiero insistir en una cuestión que me parece importante: con un desarrollo diferente, este planteamiento hubiese tenido muchas posibilidades -he hablado de un cierto aroma a Closer; ¡y vaya si Closer se redondeaba!-. Pero para cuando llegamos al desenlace nos quedamos con la sensación de que es demasiado camino para llegar solamente ahí, de que tal vez falta evaluar la profundidad de las consecuencias de un acontecimiento grave en los personajes, mostrar una cierta etapa de reflexión antes de que sigan con sus vidas; por más que la trama posea una circularidad casi perfecta que demuestra que eso y justo eso es lo que Ignasi Vidal ha querido contarnos.

Al margen de esa sensación de cierta precipitación, creo que Vidal no ha acertado del todo esta vez en el tono de los diálogos, que se mueven entre lo cotidiano y lo poético. El tono costumbrista y tan de verdad que se respiraba en su anterior obra sólo aparece aquí en algunas ocasiones -un conato de discusión entre Marta y Pedro que seguramente sea la escena mejor escrita- para dejar paso a unos diálogos que pretenden alcanzar un aroma de trascendencia que no siempre procede y no siempre se corresponde al tipo de personajes que hablan, lo que -al menos en mi caso- me produce un cierto distanciamiento, una falta de empatía hacia ellos; tal vez también señal de que no están todo lo perfilados que sería deseable.

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Por otro lado, hay en la historia situaciones que sencillamente no resultan del todo creíbles. Veamos alguna sin hacer spoilers: sabemos que Pedro y Amanda han tenido una relación sólida de años, pero sin embargo en un momento de la función él parece desconocer que ella tiene un hermano -¿pero no es la mujer de su vida?-; Sergio busca un nuevo local para restablecer su negocio después de separarse -entendemos que la separación es reciente…-, pero sin embargo más adelante afirma que se ha separado hace varios meses; la escena de Sergio y Paz está escrita desde un tono tan pretendidamente azucarado que le quita toda credibilidad… El resultado es, efectivamente, una historia inofensiva, con sus agujeros; pero de la pluma de Ignasi Vidal cabría esperar algo más ambicioso, porque ya ha demostrado que lo puede hacer.

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Firma el propio autor la puesta en escena, y hay que decir que es bastante ingeniosa en su sencillez. Para cubrir los múltiples espacios por los que transita la trama, Vidal ha ideado un dispositivo en de tizas y pizarras sobre un suelo que evoca un tablero de la rayuela. Los propios actores -como actores no como personajes, puesto que además a menudo esperan su turno en las esquinas del escenario- van modificando los nombres de los lugares donde transcurre cada escena en las pizarras, quedando la escenografía reducida a lo mínimo y un espejo refleja la acción, creando un efecto de profundidad y perspectiva bastante interesante a nivel visual. Es una buena idea la escenografía de Curt Allen Wilmer; e incluso encuentro acertada la música incidental; pero a la vez creo que se pierde demasiado tiempo en las transiciones, lo que perjudica sobremanera la continuidad de la trama: la vi en estreno, pero el ritmo de las transiciones todavía debe ajustarse.

Partiendo de que los personajes no siempre escapan de ciertos estereotipos, encontré sin embargo bastante entonado al elenco. Que los que más se luzcan sean el matrimonio que forman Eva Isanta y Manuel Baqueiro probablemente obedezca también a que son los personajes mejor construidos. Así y todo, Sara Rivero se ve perfectamente consciente de lo cargante que debe resultar su personaje, y juega muy bien sus armas para resultar adecuadamente empalagosa: y no estaba la cosa fácil. Daniel Freire consigue aportar cierta dignidad en un personaje difícil por cómo está escrito -algunas de sus escenas son complicadas de defender…- y Celia Vioque está mucho más entonada en esta Amanda que en otras funciones que le haya visto. En resumen, el reparto es sólido y bien escogido por más que algunos personajes resulten a veces demasiado superficiales.

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No nos engañemos: El Cíclope no es una mala función y convencerá a más de uno. Es un texto que se promete ambicioso; pero que acaba prometiendo más de lo que realmente da. Inofensiva, fácil; de esas propuestas que pretenden llegar a cualquier tipo de público. Hemos visto -y seguiremos viendo- muchas funciones así. Pero después del golpe en la mesa que supuso El Plan, la verdad esperaba bastante más de Ignasi Vidal, esperaba otra experiencia impactante. Pero no es eso lo que pretende El Cíclope, una obra menor defendida con aplomo por su reparto. Una y otra son dos tipos de texto diferentes -seguramente ambos válidos, pero dirigidos a distintas audiencias-: yo, personalmente, me quedo de largo con aquella; pero gran parte de los no pocos que se sintieron molestos viendo El Plan encontrarán en la sencillez de El Cíclope -de corte decididamente comercial- algo casi balsámico. Para gustos…

Un último apunte. Al día siguiente de los terribles atentados de Barcelona y Cambrils; mientras en muchas ciudades de España se suspendían diversos actos lúdicos, esta compañía decidió sin embargo levantar el telón tras guardar un respetuoso minuto de silencio: aplaudo su seriedad y su valentía, puesto que creo que seguir adelante es la forma más indicada de sobrellevar la tragedia, sin tener por ello que perderla de vista. Bravo por ellos.

H. A.

Nota: 2.5 / 5

El Cíclope y otras Rarezas de Amor”, de Ignasi Vidal. Con: Manu Baqueiro, Celia Vioque, Daniel Freire, Sara Rivero y Eva Isanta. Dirección: Ignasi Vidal. OLYMPIA METROPOLITANA S.A. / EMILIA YAGÜE PRODUCCIONES / UNAHORAMENOS PRODUCCIONES.

Centro Niemeyer (Avilés), 18 de Agosto de 2017

‘Rien à Dire’, o el clown convertido en arte

agosto 27, 2017

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Dentro de la XVII edición del Festival Manicómicos -que englobó, al aire libre y de forma gratuita diversas actuaciones de pequeño, mediano y gran formato en torno al mundo del circo, siendo este su plato fuerte y su propuesta más exitosa- el clown Leandre Ribera presentó en la coruñesa Plaza de las Bárbaras su espectáculo Rien à dire, una reflexión en clave de comedia acerca de la soledad, la necesidad de compañía y el poder de la imaginación para paliar esa soledad.

Arrastrado por el viento hacia el lugar, como si portase una gran carga sobre sus hombros un hombre visiblemente cansado, hastiado, espera en una casa destartalada. Hay una mesa que cojea, un armario que pareciera tener vida propia, toda una serie de bombillas que desobedecen y hasta lavadora. Y ahí, en ese espacio, el hombre -el payaso- lucha contra su propia rutina. Una rutina que le condena a la más estricta soledad; una soledad que sólo consigue tapar desde la imaginación, desde el sueño… y una soledad que, a fin de cuentas, sólo puede curarse saliendo de ese espacio que atenaza al clown hacia la rutina. Porque nuestro payaso -que recibe cartas de improvisados carteros que intenta retener en la casa lo más posible- parece no tener quien le visite; y lucha contra el tedio, contra la rutina y hasta contra esa necesidad de escapar.

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Leandre Ribera -uno de los clowns más reconocidos del panorama nacional- tiene el acierto de hablar, desde la comedia, de temas muy serios; y de basarse para su propuesta en las reglas más clásicas del mundo del clown, sin renunciar por ello a contar una historia que avanza, con una trama que va desde un inicio hasta un desenlace cerrado. Así, Rien à Dire puede leerse bien desde la comedia de gags más pura -con salidas tan clásicas como bien encajadas y perfectamente ejecutadas- o bien desde ese poso fundamentalmente dramático que esta historia de soledad irresoluta parece esconder. Este doble fondo -sin perder nunca de vista la comedia- es una importantísima virtud del trabajo del clown catalán, que consigue ir más allá del mero payaso, tanto a nivel narrativo como a nivel de contenido y ejecución. Hay, en cualquier caso, una firme voluntad de hacer teatro sin palabras: buen teatro.

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Además, Leandre ha levantado un espectáculo vistoso que aprovecha mil y un recovecos técnicos para que jueguen a favor de la sorpresa. Todo el dispositivo escénico de Xesca Salvà -muy sencillo en apariencia, pero del que pronto descubrimos que esconde sin duda una serie de juegos que requieren mucho trabajo- está puesto al servicio de ser una atracción más en Rien à Dire, de manera que el espectáculo va mucho más allá del soliloquio: ir descubriendo las sorpresas que encierra la escenografía -ese armario parece no tener fondo, y aún no he entendido el secreto a día de hoy…- es un plus en el juego que encierra todo este espectáculo. Un juego que se ve sin duda realzado por el hecho de que esta vez, Rien à Dire se ofrece al aire libre: una opción que deja al descubierto algunos aspectos -sobre todo sonoros-; pero que, en mi opinión, potencia la teatralidad de la función, al mismo tiempo que hace que nos planteemos cómo una función como esta -que tiene una dificultad técnica indudable- puede sacarse adelante con esta soltura. Como sucede muchas veces en este tipo de espectáculos planteados en espacios no pensados originalmente para el teatro, puede que Rien à Dire siga funcionando en un teatro al uso; pero en esta ocasión el particular entorno añadió incuestionable encanto.

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Y, a fin de cuentas, Leandre Ribera demuestra con Rien à Dire por qué es uno de los grandes en su género. Por recurrir a lo más clásico, al hombre, al payaso con la cara lavada, al payaso que no necesita más que su propio gesto para hacer reír. Pero también por la sutil administración de lo físico -siempre expresivo, pero sin perder nunca la elegancia ni caer en el exceso gratuito-. Leandre trabaja con soltura no sólo la idea de su espectáculo; sino también la interacción con el público -fundamental- y -sobre todo- una capacidad para la improvisación que no deja pasar ni una sola oportunidad de brillar. Al margen de su dominio indudable de la técnica del clown, cautiva comprobar cómo cualquier imprevisto -y ya se imaginarán que en una función al aire libre surgen cientos de cosas…- es aprovechado por el payaso para que juegue a favor del resultado final. Así, esta tarde vimos a Leandre dialogar con perros que ladraban, con bebés que lloraban, con risas escandalosamente sonoras e incluso convertir la accidentada entrada de un espectador en escena en un nuevo gag perfectamente integrado. Todo para fomentar ese humor auténticamente absurdo -en el buen sentido, claro- que es la base de la idea que plantea Rien à Dire: el absurdo del hombre contra los elementos, el absurdo del hombre contra su propia existencia, una gran tragedia para construir una desternillante comedia gestual. Y ese es otro de los grandes valores de esta propuesta: la capacidad de Leandre como clown de primera categoría está fuera de toda duda, y bastan apenas unos minutos para que reluzca; pero el hecho de hacer crecer la función con cualquier cosa que suceda va mas allá de cualquier técnica, y creo que es aquí donde reluce el verdadero artista con mayúsculas.

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Siempre es un gusto asistir a espectáculos de clown de esta categoría, que no pierden de vista su cualidad de género teatral -esto pretende desde el primer momento ser y es mucho más que una mera serie de payasadas- y que descollan por su elegancia en la concepción y el dominio técnico que demuestran. Espectáculos como este dignifican el género el clown, llegando a convertirlo en un verdadero arte al alcance de unos pocos: Leandre Ribera es sin duda uno de ellos. La plaza -llena hasta los topes de público de todas las edades- disfrutó, rió, colaboró gustoso, celebró los gags con aplausos y acabó ovacionando al clown en pie. Un lujo y un éxito.

H. A.

Nota: 4/5

Rien à Dire”, de Leandre Ribera. Interpretado y dirigido por Leandre Ribera. Escenografía: Xesca Salvà. INSTITUT RAMÓN LLULL / AGNÉS FORN.

XVII Festival Manicómicos. Plazuela de las Bárbaras (A Coruña), 12 de Agosto de 2017

7 años de Butaca en Anfiteatro

agosto 10, 2017

7 años

Hoy, 10 de Agosto de 2017, Butaca en Anfiteatro cumple nada más y nada menos que 7 años en la web. Una vez más, tanto el volumen de espectáculos que he podido cubrir -unos 120 en la última temporada- como el volumen de visitantes -que se acerca a las 195.000 visitas- ha crecido de forma considerable durante este año con respecto a los anteriores, demostrando que está más vivo que nunca.

A la vista de las estadísticas crecientes; y con la ilusión por mantener esta bitácora informativa teatro más viva que nunca, no puedo más que dar las gracias a cada una de las personas que durante este último año ha empleado su tiempo en leer los contenidos del blog, en comentar o en hacerme llegar cualquier tipo de feedback, convirtiendo este blog en el gran foro de debate que me gusta que sea. También a todos los teatros, compañías y departamentos de prensa que tienen en cuenta Butaca en Anfiteatro y, con su colaboración, hacen mi labor mucho más fácil. Sin unos -los que leen- y otros -los que facilitan la información- Butaca en Anfiteatro no sería posible. La familia que forma Butaca en Anfiteatro es cada vez más y más grande. ¡Gracias!

De cara a esta octava temporada que ahora empieza, seguiré intentando divulgar el mundo del teatro en la medida de lo posible; con la misma ilusión y con la misma pasión. Espero que todos -cada uno de los que forma parte de un espectáculo teatral que me provoque cualquier tipo de emoción y cada uno de los que lee estas páginas- sigáis estando ahí. Porque, a fin de cuentas, este blog es algo que construimos entre todos.

Una vez más, muchas gracias por leerme. Por vuestra fidelidad y por hacer que este pequeño proyecto que es mi blog cobre pleno sentido gracias a la respuesta que recibe. Vamos a por otro año, y brindo con vosotros para que la temporada 2017-2018 que está a punto de comenzar nos deje grandes momentos teatrales que pueda compartir con todos y cada uno de vosotros a través de esta bitácora que es vuestra casa.

Muchísimas gracias por estos 7 años.

Nos vemos en el teatro.

Hugo Álvarez

‘Bado Meistras [El Artista del Hambre]’, o un teatro de sensaciones

julio 28, 2017

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Espectáculo en lituano

No dejó indiferente a nadie la visita a la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia de la compañía lituana MenoFortas, capitaneada por el director Eimuntas Nekrosius, donde ofrecieron su particular acercamiento al cuento corto de Franz Kafka Un Artista del Hambre, una historia sobre el apogeo y caída de un ayunador profesional -primero como atracción itinerante por los pueblos, luego como parte de un circo; y finalmente en el olvido, desde donde reclama su dignidad de artista- que los lituanos emplean como mero punto de partida para crear un espectáculo impecable en la realización, complejo, sugerente y repleto de imágenes que llevan directamente a sensaciones. Toda una experiencia teatral en el más amplio sentido de la palabra, que cautivará a algunos y distanciará a otros; pero que muy difícilmente dejará frío a nadie.

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Un tapiz representa una habitación burguesa. En escena, apenas unas sillas dispuestas como si ese tapiz del fondo fuese a cobrar vida sobre el escenario. Llega una mujer vestida de sobrio negro. Inspecciona la estancia. Anuncia por tres veces ‘hambre’ en unas pizarras el Menú del Día e insiste repetidas veces en que “La Cena está Servida”. Primero como aseveración, luego visiblemente nerviosa y finalmente directa hacia una neurosis en la que rebusca una respuesta inexistente en el público, como reclamando su atención. Parece que nadie acudirá a esta extraña cena, así que la mujer opta por servirse a sí misma en una bandeja de plata. Con la llegada de tres hombres maquillados, con sombrero y gabardina, la mujer da comienzo a la lectura del relato de Kafka El Ayunador; mientras que los hombres empiezan a ejercer como extraños servidores de escena. De partida todo es sobrio, todo es distante; y la mujer se afana en avanzar en el relato como si la vida le fuese en ello, desde un lugar tan íntimo como elocuente. Los tres hombres interrumpen el relato para dar una especie de estrafalaria conferencia sobre los intestinos y los procesos de digestión: es la primera pausa en el trabajo de la mujer; que a partir de aquí deberá enfrentarse a la influencia de estos tres hombres: a veces la ayudan a seguir y a veces dificultan su entendimiento; lanzando a nuestra narradora a un reto físico, emocional y expresivo de primer orden, hasta límites poco imaginables…

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Tiene esta propuesta de Nekrosius mucho de extraño; y seguramente esa extrañeza que produce sea una de las claves de lo fascinante que resulta. Porque, el relato de Kafka parece casi una excusa, un punto de partida para ofrecernos una experiencia física, gestual y sensorial de primera magnitud; con una cantidad de imágenes fascinantes creadas desde un potencial imaginativo que ataca directamente a los sentidos por lo sugerente que llega a resultar. Casi se podría decir que es un espectáculo en el que conviene dejarse llevar por la entrega del elenco -en la fuerza de Viktoryja Kuoditè tenemos a una de las más formidables actrices que haya visto esta temporada- y por lo sugerente de todo lo -mucho- que ocurre en escena. Y con ello basta para que este espectáculo nos deje marcada huella. El relato de Kafka -apenas un puñado de páginas- cae en la reiteración con frecuencia, y una vez que hemos entendido cuál será el devenir de su personaje principal, casi se puede dejar de leer los subtítulos y centrarse en lo que las imágenes que vemos en escena nos sugieran en un espectáculo que cuestiona por una parte la cuestión de la oralidad y sus dificultades; pero que a la vez deja gran espacio en sus imágenes para el humor, lo circense y lo complejo del oficio de artista: todo ello a una velocidad implacable; que hace que sea casi imposible observar todo cuanto ocurre en escena, pero que a la vez deja sin aliento por la cantidad de sensores que lo que vemos activa en nuestra mente, y por la ejecución impecable de un trabajo exigente en lo físico y en lo expresivo.

Digo en el párrafo anterior que solo ver el espectáculo como ejercicio actoral ya le aporta un interés incuestionable. Pero, una vez que hemos abandonado el teatro, siempre podemos hacernos preguntas acerca de cuál es el mensaje que Nekrosius y su equipo nos han querido transmitir con esta adaptación. En el relato de Kafka se tocan temas como el sensacionalismo mediático, o la lucha por el honor del artista; pero también se traza una metáfora de la cárcel que puede suponer el éxito para un artista, ese deberse al público, esa necesidad de aplauso y de éxito como espiral de la que ni puede ni quiere escapar. Se dice en el cuento de Kafka que el ayunador pasa gran parte de su tiempo en una jaula; y aquí la narradora-personaje se pasea libremente por la estancia. Más allá de la idea de reconvertir al hombre mujer; sí que hay que hacer hincapié en la idea de esa mujer libre -pero al mismo tiempo presa- en esta habitación burguesa: aparece de alguna manera sometida a la influencia de sus tres ayudantes de escena, que a veces completan su trabajo; pero otras tantas obstruyen la narración. Y, al contrario que ellos tres -que entran y salen del escenario, bajan a la platea y se dirigen al público…- la mujer nunca puede abandonar la habitación, y parece casi forzada a continuar el relato, a acabar con él y a ser casi ‘herramienta de juego’ de los tres hombres. Además, nunca llegamos a saber qué es esa cena -que jamás se sirve…-; pero el hecho de que la mujer entre en escena proclamando que “la cena está servida” deja claro desde un primer momento un cierto estado de sumisión, que se verá reforzado a lo largo de la representación. Todas estas circunstancias -y los ecos entre expresionistas y surrealistas que aparecen en esta puesta en escena-, llevan a pensar directamente en el espíritu del mensaje de El Ángel Exterminador de Buñuel -con el que esta propuesta tiene no pocas similitudes si se analiza un poco más en profundidad-. También parece haber sido intención de Nekrosius trazar una parábola -como la que se sugiere en el relato de Kafka- acerca de lo ingrato del oficio del artista, puesto que los tres hombres no sólo no parecen apreciar el sobrehumano esfuerzo de la mujer por terminar el relato; sino que además llegan a parodiar en primera línea de platea ciertos comportamientos recurrentes de esos espectadores que tienden a incordiar las representaciones; sólo otro más de los obstáculos que parecen ‘proponer’ a la narradora. Así, podríamos decir que en esta propuesta también se reflexiona sobre lo difícil que resulta para un artista captar la atención del espectador. En cualquier caso, son sólo interpretaciones acerca de un espectáculo que, como comento, resulta críptico, sugerente y más pensado para sentir que para comprender en toda su extensión.

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Con muy pocos elementos; y con una implicación extrema de su elenco, Eimuntas Nekrosius levanta un espectáculo impecable; que va directo a golpear los sentidos y la recepción de quien lo observa. Es una propuesta que no da un segundo de respiro. La capacidad del creador lituano para generar imágenes a través del cuerpo y la expresión de los actores es casi se diría infinita; como lo es ese poder de hermanar sobriedad con absurdo y expresionismo con humor ácido. Porque en este Ayunador hay mucho espacio para la ironía; y casi se diría que Nekrosius observa esta difícil situación del artista sobre la que habla Kafka desde una ironía casi melancólica y dolorosa que mueve a la risa: la degradación del artista para que el espectáculo continúe. No es fácil contar todo lo que sucede en escena, pero podemos afirmar que estamos ante una propuesta escénica que requiere de sus cuatro intérpretes un trabajo físico y gestual casi alocado, por momentos excesivo en la expresión, por momentos minucioso y atento al detalle. Un trabajo que podría tener algo de posdrama, ligado al mismo tiempo a la mejor escuela alemana actual en la manera de montar y expresar. Hay imágenes e ideas absolutamente brillantes -la del taxi, la del reloj que se escurre simulando la delgadez extrema del personaje, la lucha con la ceguera, el número circense con la escalera y la cuerda son pura emoción en sí mismas…-.

Es, a fin de cuentas, un teatro lleno de riesgo en fondo y formas, un teatro de sensaciones, un teatro para dejarse llevar. Y un teatro extremo, pero ejecutado con una limpieza, una seguridad y una precisión difíciles de encontrar en un escenario: en esta propuesta todo parece caminar en la cuerda floja; pero nada falla y todo está perfectamente calculado. La suma del riesgo y la tensión con la seguridad que aporta observar un trabajo tan limpio y tan minucioso, es seguramente una de las grandes armas de este espectáculo.

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Tiene Nekrosius un conjunto de colaboradores impagables en ese elenco que se entrega hasta las últimas consecuencias. El extenuante trabajo de Viktoryja Kuoditè es, sin exagerar, de los más intensos que haya visto en bastante tiempo: transita desde la sobriedad expresiva del comienzo -en el que se va desmebrando hasta alcanzar casi la locura- hasta unos niveles físicos y emocionales difíciles de explicar -la van a ver comer velas que escupe sin pudor, formar parte de un número circense o enfrentarse a la pérdida de la visión en una escena plena de neurosis…- sin perder nunca esa capacidad de narradora, esa expresión capaz de cautivar al auditorio que hace que no podamos apartar la vista de ella, teniendo lugar una simpática ironía: de la misma forma que sus compañeros parecen no prestar atención a su cuento; nosotros no podemos apartar la vista de ella, por nada ni por nadie y sin importar lo que tenga alrededor. Encontrar a una intérprete dispuesta a enfrentar cara a cara este tour de force nunca es fácil; pero lo que más fascina de su trabajo seguramente sea el hecho de comprobar cómo aquí tenemos a una actriz completa, integral: impecable en lo físico, pero también -y esto es casi lo más importante- en su capacidad narrativa, en transmitir el mensaje sin descuidar nunca la expresión, con todo lo que se le viene encima… Admirable: sólo por verla ya merece la pena asistir a este espectáculo. Junto a ella, el trío que forman Vigandas Vadeisa, Vaidas Vilius y Genadij Virkoski -que son una extraña mezcla entre la comicidad de unos Hermanos Marx redivivos con un toque de sugerente perversión- son el complemento perfecto para un espectáculo en el que sobrepasan con mucho la idea de un mero complemento: porque son una presencia constante que se lanza al vacío tanto como la de la actriz principal, y realizan con limpieza esa difícil tarea de obstruir a la narración, aportando al mismo tiempo.

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De ver Bado Meistras se sale admirado ante la perfección técnica, la entrega del equipo y lo sugestivo de algunas imágenes. También lleno de preguntas que seguramente no tengan respuesta. Ni la barrera del idioma ni el hecho de que la estructura del montaje impidiese la lectura de los sobretítulos durante buena parte de la segunda mitad de la representación impidieron que me dejase llevar por la potencia indudable de lo que estaba teniendo lugar ante mis ojos, y creo que esta es una de las principales razones que justifican el éxito. Porque observar este delirio tan bien realizado cautiva, atrapa y hace imposible apartar la vista: puede que incluso se lo trague todo -el texto de Kafka, el seguimiento de la trama…-; pero quien se deje llevar por la fuerza de las imágenes emprenderá un viaje que quedará clavado en sus retinas por una larga temporada. Una propuesta compleja, con seguridad más para sentir que para entender… pero un trabajo fascinante en su exposición e impecable en su concepción: la clave está en dejarse llevar… Un teatro de sensaciones; y, por lo tanto, un teatro sensacional, en toda la extensión del término. Viendo el repertorio que esta compañía tiene ahora mismo en programa –Hamlet, Divina Comedia…- sólo cabe esperar que esta sea  la primera colaboración de la Mostra Internacional de Ribadavia con este equipo, que nos ha regalado una estimulante experiencia.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

Bado Meistras [Un Artista del Hambre], sobre el cuento de Franz Kafka. Con: Viktoryja Kuoditè, Vigandas Vadeisa, Vaidas Vilius y Genadij Virkoski. Dirección: Eimuntas Nekrosius. MENO FORTAS.

XXXIII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Auditorio do Castelo), 22 de Julio de 2017

‘A Galiña Azul’, o lo infantil desde el rigor y el respeto

julio 24, 2017

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Espectáculo en lengua gallega

El género del teatro infantil -uno de los que más y mejor se exportan en la actualidad- es de los más complejos que existen. No sólo porque el público infantil seguramente sea el más implacable y sincero -o mantienes su atención o no la mantienes…-, sino porque además hay muchos ‘infantiles’ que se escudan en esa etiqueta para generar algo sólo dirigido a los niños, a lo que tal vez se le pueda exigir -erróneamente…- menor calidad o menor ambición a que una función para adultos: de esto último se han visto varios casos. De hecho, seguramente, el buen teatro infantil sea ese que hace justicia a la famosa etiqueta ‘para todos los públicos’: un teatro que llegue al público infantil; pero que tenga a su vez la calidad suficiente para atraer también al público adulto como producto teatral. Y es ahí donde hay que ubicar esta versión de A Galiña Azul -célebre cuento del añorado escritor y periodista Carlos Casares, autor homenajeado en las Letras Gallegas 2017-, a cargo de Tanxarina Títeres. Un espectáculo destinado a público infantil, pero con una factura lo suficientemente sólida y cuidada como para interesar a otros públicos, por su voluntad de ser ante todo buen teatro.

El cuento de Casares -la historia de un niño que tiene por mascota a una gallina azul que pone huevos de colores; perseguida y condenada por el alcalde del pueblo por el mero hecho de ser azul; y las argucias del chaval para zafar a su gallinita de la condena impuesta- aparece aquí contada con claridad, en un montaje que alterna muñecos de las más diversas índoles -el concepto del títere en una acepción muy extensa- con teatro de actores, consiguiendo un equilibrio que va muy a favor del resultado final.

En la versión, clara y concisa, que firma Cándido Pazó, conviven lo narrativo con el diálogo; y los tres intérpretes son alternativamente narradores/actores -que dialogan con las marionetas- o manipuladores. Teatralmente hay diversos juegos interesantes -tanto para los cambios de escenografía, varios (bonitos diseños con muchos elementos del día a día de Pablo Giráldez); como para los cambios de código de la narrativa al diálogo, resueltos aquí con un pequeño símbolo que denota la mano de un hombre de teatro como es Pazó-. Hay, además, bastante de retranca en el retrato de este pueblo entero que acaba apareciendo sobre el escenario, desde ese viejecito que vive entre el sueño y la realidad dormitando en su mecedora, hasta el tonto del pueblo que acaba sacando las castañas del fuego o un acertado retrato de la política corrupta, ya sea por medio de ese alcalde tirano o de esa pareja de policías que sueñan respectivamente con medrar o jubilarse; pero que bordean constantemente la más insolente incompetencia, indispensable para que se genere la comedia. E incluso hay en la versión de Pazó varios signos de crítica social a ese mundo de lo diferente que denuncia el cuento; con un guiño que liga ciertamente la trama al público adulto: el alcalde de la localidad -un corrupto- el que quiere expulsar a la gallina, mandarla fuera por diferente, tiene un parecido asombroso con Donald Trump; en un juego que es la prueba más tangible de que este espectáculo trasciende la etiqueta de ‘teatro familiar’, de forma completamente consciente.

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A lo largo de A Galiña Azul se observa, como digo, un gran mimo y cuidado por la manera de hacer las cosas. Puede que visualmente sea menos compleja que, por ejemplo, Trogloditas; pero hay una atención incuestionable por el detalle, por lo minucioso: tanto en la puesta en escena cuidada -por lo variado y funcional de la escenografía, por la cuidada iluminación- como en la variedad de muñecos que acompañan a los tres actores -de un atractivo y una simpatía inmediatos-, y en esa voluntad de hacer un teatro de títeres que trascienda con mucho el género del guiñol, por la variedad de las formas y técnicas de manipulación de los distintos muñecos -que dan mucha agilidad visual a la pieza- y por la voluntad de hacer teatro, un teatro que cuente cosas y que tenga cuidado con el texto, a pesar de ser infantil -o precisamente por ello-: aquí hay una dramaturgia sólida, tal vez para niños; pero que habla a los niños de tú a tú, de igual a igual y no como si fuesen tontos… -y no siempre se puede decir lo mismo de otros infantiles-; y que, por supuesto, habla también al público adulto. La función acaba, por cierto, con un tema que se vuelve tremendamente pegadizo; en el mejor sentido de la sencillez que impregna este tipo de músicas del teatro infantil.

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Algunas de las simpáticas marionetas que aparecen en la función

En este montaje los muñecos no se vuelven un elemento que obligue a esconder la naturaleza teatral ni actoral del espectáculo; sino que aportan, suman y conviven en perfecta armonía -casi se diría que al más auténtico estilo de una suerte de Barrio Sésamo en miniatura: es un elogio, claro- con los actores -sobre el escenario Miguel Borines, Andrés Giráldez y “Tatán”, tres intérpretes de dilatada experiencia no sólo en el mundo del títere, sino también en el mundo del texto, cosa que se nota sobremanera- que transitan por los diferentes planos narrativos con fluidez, y se mueven con soltura en las distintas técnicas de manejo de los muñecos. La sensación final es, desde luego, la de miniatura de orfebrería hecha con rigor y gusto.

Puede que no todos los pequeños que había en la sala entrasen al juego como nos gustaría -siempre es difícil poner un límite o una edad adecuada a partir de la que se pueda disfrutar del espectáculo-; pero sin embargo un buen número de ellos fueron bien cómplices con gusto y se lo pasaron pipa. Y, desde la óptica del adulto, se siente que estamos viendo un espectáculo riguroso, elegante, bien planteado y concienzudo de idea, realización y ejecución. Debería ser la tónica de los infantiles, pero cada vez es más difícil verlos de esta calidad.

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La función se encajó en la Mostra Internacional de Ribadavia con doble pertinencia: como homenaje a Carlos Casares dentro del marco de las Letras Gallegas 2017; y como recuerdo póstumo y emocionado al titiritero Miquel Gallardo, alma de la compañía Pèlmanec, premio del público el pasado año en la Mostra Internacional de Ribadavia 2016 con Don Juan: Memoria Amarga de Mí,  y que aparece en ‘Mis Funciones Memorables de 2016 con su versión de El Avaro -miren qué coincidencia: otro espectáculo infantil que, como ocurre con este, trascendía con mucho esa etiqueta- y fallecido desgraciadamente de forma prematura e inesperada el pasado Junio, mientras preparaba El Traidor un espectáculo de títeres para adultos que debía haberse estrenado este mismo día en la MIT Ribadavia. Estoy seguro de que a Gallardo -que tenía una forma plural de entender el mundo del  bastante cercana al espíritu de Tanxarina- le hubiese gustado este espectáculo, y con eso creo que está todo dicho.

Felicidades a Tanxarina por tratar el teatro infantil con este rigor y por atreverse a innovar en el mundo de los títeres, dándole al público infantil justo lo que merece: un producto de gran calidad.

No quisiera terminar este escrito sin sumarme al homenaje con mi recuerdo cariñoso a Miquel Gallardo, sin duda la más añorada presencia en las calles de Ribadavia en el transcurso de este Festival en el que, aún sin estar ya entre nosotros, estuvo bien presente en la memoria de quienes le conocimos y admiramos su trabajo: Descanse en Paz.

H. A.

Nota: 3/5

A Galiña Azul”, de Carlos Casares. Adaptación teatral y supervisión escénica: Cándido Pazó. Con: Miguel Borines, Andrés Giráldez y Eduardo R. Cunha “Tatán”. TANXARINA TÍTERES.

XXXIII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Auditorio Manuel María da Casa da Cultura), 22 de Julio de 2017