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‘O Mozo da Última Fila’, o repensar un clásico contemporáneo

julio 15, 2020

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Espectáculo en lengua gallega

Después de presentar la versión en gallego de I.D.I.O.T.A. –que había tenido una vida anterior en castellano, pero no había llegado a Galicia- Redrum Teatro propone esta vez la primera adaptación a la lengua gallega del que posiblemente sea uno de los dramaturgos más reseñables de su generación en castellano, Juan Mayorga, presentando un texto que, en apenas quince años desde su estreno, seguramente se haya alzado por derecho propio como el título más relevante de la literatura dramática española de este siglo. O Mozo da Última Fila –o, lo que es lo mismo, El Chico de la Última Fila- es lectura obligatoria en institutos, ha sido objeto de una transposición cinematográfica –Dans la Maison (François Ozon, 2012) y sube a los escenarios con cierta frecuencia –no en vano, esta es mi cuarta producción de este título, a la espera de una quinta que veré en los próximos meses-. Por todo esto, hemos de asumir el título como un verdadero clásico contemporáneo; y siempre es interesante que se recupere, máxime si –como sucede aquí- se tiene algo que aportar al original. Así pues, la presente producción introduce a Juan Mayorga en el canon del teatro en lengua gallega, ofrece una nueva mirada sobre un clásico contemporáneo y lo acercará seguro a lugares en los que puede que el nombre de Mayorga todavía suene como algo remoto.

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Aborda la pieza no solo la cuestión de la creación literaria –cómo armar un relato para que interese al lector-, sino también –y sobre todo- las relaciones tóxicas ya sea entre iguales –aparecen dos matrimonios aparentemente estables; pero que que se van al garete por sendas faltas de comunicación entre ellos- o de poder – una vuelta de tuerca a la relación discípulo-maestro: ¿quién enseña a quién? ¿quién domina a quién?-; así como el asunto del gusto que unos y otros encuentran en el hecho de observar y manipular la intimidad ajena. Lo que comienza como un extraño ejercicio de clase de lengua y literatura en el que Claudio –el alumno en el que nadie se fija, el chico de la última fila- le cuenta a su profesor Germán cómo es un día en la casa de un compañero de clase, con la promesa de que continuará- acaba por tejer una trama de la que ni el profesor –quién sabe si un novelista frustrado- ni su esposa –una especie de lectora cero- ni el alumno pueden despegarse; y que podría acabar por estallarles a todos en la cara. ¿Cuáles son las consecuencias de intentar manipular la realidad para obtener una ficción que merezca la pena?

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Desde luego que una de las mayores virtudes del texto de Mayorga es, efectivamente, la capacidad de mantener alerta al espectador y de generar expectativa ante lo que va sucediendo: más allá de la capacidad del autor por trenzar una historia en la que no hay un cabo dejado al azar existe también esa curiosidad morbosa que arrastra a personajes y público de igual forma, características más que suficientes como para hacer de la pieza un texto capaz de suscitar el interés de tantas apuestas diferentes. Además, el hecho de jugar a la creación de un relato dentro de un relato –y la estructura de matrioshka que mantiene a lo largo de todo su desarrollo- permite amplias posibilidades de juego a la hora de subirlo a escénico: ¿qué tan realista debe ser la visión sobre el relato que construye Claudio? ¿qué debe saber el espectador acerca de unos personajes –la familia Artola- a los que solo ve desde el punto de vista del protagonista, por más que formen parte de la pieza? ¿tiene el protagonista –que, después de todo, acaba por ser casi un psicópata en potencia- algún tipo de piedad por aquellos a los que retrata? Desde luego que el hecho de decidir cómo solucionar todos estos asuntos es un cúmulo de dificultades que, al mismo tiempo, aporta riqueza e interés ante la idea de una nueva propuesta escénica –no en vano, todas las que he visto hasta ahora toman soluciones diferentes, unas veces más acertadas que otras-.

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Puede que la mayor baza del montaje de Redrum, que dirige Álex Sampayo, sea precisamente una apuesta estética que juega con muy pocos elementos escénicos –en ambos extremos de primer término del escenario, apenas un sillón para la casa de Juana y Germán y un pupitre para sugerir el aula- y apuesta por la videocreación para separar los acontecimientos reales de aquellos que tienen lugar en el relato que construye Claudio. Así, el universo de los Artola –la casa- aparece acotado en un espacio central semicerrado completado por toda una serie de proyecciones que aportan a la narración un cierto aire de irrealidad que conviene mucho al resultado final, en una más que interesante apuesta estética de José Manuel Faro “Coti”, que firma escenografía y luces: esta disposición convierte por momentos a los personajes en una especie de marionetas de guignol de cuerpo entero.

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La idea desde luego es atractiva visualmente y, aunque pueda dar la impresión de que por momentos los actores pueden quedar supeditados a –y hasta tragados por- el juego de la videocreación –e incluso de que el conjunto se pasa de oscuro en algunos momentos- prefiero pensarlo como que, sencillamente, muchas veces los actores aparecen integrados como un elemento más que completa la apuesta estética que, insisto, para mí es el punto fuerte de una propuesta que transmite la historia al espectador de forma suficientemente clara. Su apuesta además opta por normalizar a los personajes y enseñar su cara más humana –no hace sangre de la familia Artola, a pesar de que el relato de Claudio llega a ser despiadado en más de una ocasión- y subraya una cierta tensión sexual de Rafa hijo hacia Claudio, un rasgo que empieza a ser recurrente en los montajes de la pieza desde que Ozon lo usase para su película –pero que, bajo mi punto de vista, no termina de aparecer del todo en el texto-.

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Tiene además el montaje un ramillete de intérpretes sobradamente conocidos por el público que sostienen el espectáculo con la solidez acostumbrada. Así, al Germán de Roberto Leal –que evita en su retrato erigirse en pontífice de nada y parece querer resaltar la vertiente más humana del personaje- solo se le puede reprochar un texto que todavía debe fijarse mejor –vi la segunda función, con toda seguridad esto se arreglará con el rodaje-, mientras que la Juana de Belén Constenla da al personaje toda la presencia y profundidad que requiere, desde la incredulidad inicial ante el relato que se le presenta hasta un desenlace en el que acaba siendo parte implicada e importante. Es una presencia casi constante y sabe bien cómo jugar su rol de observadora, que acaba siendo principal dadas las características de este montaje. Machi Salgado y Mónica García –que encarnan al matrimonio Artola- juegan bien la papeleta de tener que integrarse de algún modo en el aspecto más puramente visual de la pieza –y esto dice mucho de ambos en cuanto a la generosidad que demuestran como intérpretes: pueden parecer un cierto segundo plano; pero yo les veo más bien como piezas que completan un todo.

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Queda pendiente un asunto sobre el que conviene detenerse: tener no uno sino dos personajes principales adolescentes es siempre un problema a la hora de tomar toda una serie de decisiones. Por el peso de los roles, es habitual que recaigan en actores que sobrepasan con mucho la edad de sus personajes; y ante esto hay que decidir cómo enfocarlos. Guillermo Carbajo –un Claudio que quizá brille más en los rotundos cara a cara con su profesor, cuando aflora ese pequeño psicópata, que cuando forma parte de la narración en casa Artola- y Rubén Porto –Rafa hijo- parece habérseles pedido que actúen enfatizando de algún modo el componente adolescente y ambos mantienen el tipo, lo cual no es poco decir: quizá hubiese sido una opción más redonda prescindir de la caracterización adolescente –sin alejarnos de Mayorga, recuerden al niño que hacía Alberto San Juan en la producción de Hamelin que dirigiese Andrés Lima- y dejar que este dato quedase implícito para el público y dejar que los actores enfrentasen sus personajes desde ellos mismos, a pesar de que aquí ambos intérpretes cumplen con lo que parece una apuesta de dirección bien plausible. Pero, en cualquier caso, el trabajo actoral es notable en líneas generales.

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En suma, podemos considerar esta producción de O Mozo da Última Fila como un trabajo honesto, con intepretaciones sólidas y una apuesta estética de interés, que seguramente acercará a rincones insospechados la que posiblemente sea la obra teatral más importante que se haya escrito en España en lo que va de siglo.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

O Mozo da Última Fila”, de Juan Mayorga. Con: Roberto Leal, Guillermo Carbajo, Belén Constenla, Machi Salgado, Mónica García y Rubén Porto. Dirección: Álex Sampayo. REDRUM TEATRO.

Teatro Principal, 8 de julio de 2020

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