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‘Sedom. Un Pueblo Llamado Pecado’, o lo complejo de materializar un texto en escena

febrero 16, 2020

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Desde luego que la propuesta que presenta Julio Vargas –encargado de texto y puesta en escena- en Nave 73 resulta, como mínimo, ambiciosa de partida. Porque Sedom (Un Pueblo Llamado Pecado) es, en primera instancia, un trabajo surgido a partir de varios laboratorios grupales y que ahora se estrena en su forma final; pero, además, el material está trabajado a partir de la idea que esbozase Federico García Lorca para escribir La Destrucción de Sodoma y Gomorra, obra que tendría que haber cerrado una trilogía junto a Yerma y La Casa de Bernarda Alba, pero que el dramaturgo granadino ya no pudo escribir. Ahora, Julio Vargas asume el riesgo de intentar acercarse a ese material desde un lugar abstracto y por momentos performativo; que toma el aroma rural del espíritu lorquiano – e incluso ciertas imágenes que bien podrían haber salido de su teatro imposible– para crear una historia simbólica, compleja y que bebe de fuentes bien diversas. Por momentos puede recordar a la oscuridad tenebrosa de Dogville –cuya trama aparece, de alguna forma, invertida-, a veces trufada de un costumbrismo que se vuelve teatro cercano al absurdo –y aquí podrían entrar desde Buñuel (de hecho, hay un Ángel Exterminador corpóreo) hasta el José Luis Cuerda de Amanece que No Es Poco- juntos en un todo que se mueve a caballo entre el drama psicológico, el tremendismo y el absurdo. El resultado es algo que provoca un extrañamiento muy marcado –y buscado- incluyendo además algunas imágenes atractivas; pero que requiere todavía un mayor desarrollo –para asentar un texto interesante y con posibilidades como se merece- y, sobre todo, una puesta en escena que haga justicia a los requerimientos que plantea el propio texto: porque el montaje, tal y como está planteado ahora –con los mínimos recursos propios del teatro off- se queda corto. Una propuesta interesante pero en la que, por decirlo de alguna forma, el propio texto acaba jugando en contra de los medios con los que se cuenta para llevarla a cabo.

Un pueblo del interior de España. Ahí, una figura de cabeza familiar –se alternan un padre o una madre según la función- cuida con recelo de sus dos hijas, aquejadas de una extraña enfermedad inmunológica que hace que padezcan una severa alergia que les impide cualquier contacto con el mundo exterior, a riesgo de morir. De algún modo, el padre –o la madre- y sus hijas se han convertido en una especie de símbolo para un pueblo que les ha adoptado, trabaja para ellos y campa a sus anchas por su casa. Un día, el padre –o la madre- acoge en su casa a una extranjera, un elemento externo que se hace llamar Ángel y que, casi sin pretenderlo, prenderá la mecha de nueve incendios que acabarán poniendo en tela de juicio las extrañas costumbres de los lugareños; obligando además a la figura paterna a ponerse entre la espada y la pared, elegir, decidir, y ejecutar un siniestro sacrificio por obra y gracia de esa extranjera que, desde la distancia inquisidora, va entrando como una ponzoña en las cabezas de quienes con ella conviven. Sedom (Un Pueblo Llamado Pecado) aborda las terribles consecuencias que pueden tener los actos de supuesta buena voluntad disfrazados de egoísmo.

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La premisa y el arranque de Sedom llaman de inmediato nuestra atención, por el buen clima que se consigue con muy pocos elementos. Incluso el extrañamiento casi inmediato que provoca el contraste entre esa figura hierática del Ángel, la contención del padre y toda esa troupe de lugareños que mantienen una expresión más basta; o incluso la presencia de las hijas que, embutidas en una especie de bolsas, muestran una expresión entre grotesca y fantasmagórica, que va en consonancia con la duplicidad del montaje. Así, la propuesta textual bascula entre la frialdad de las escenas que tienen lugar dentro de la casa –siempre tamizadas por ese carácter rural que podría hacer saltar todo por los aires en cualquier momento- y el universo de vida en el campo –calor, toros resabiados, creencias, malos farios, cuentas pendientes entre los habitantes- que tiene lugar fuera de la casa, en el pueblo. Hay, efectivamente, momentos confusos, de extrañamiento –intuyo que buscado- que buscan poner al espectador en una duda razonable sobre la verdadera naturaleza de lo que está viendo; e incluso ecos performativos que, a veces, sirven de ruptura entre los dos mundos. Hay, en efecto, ecos de muchas cosas; y un universo en el que el propio texto sirve un puñado de imágenes de incuestionable interés que, sin embargo, no terminan de ser todo lo sólidas que se debería: los retratos –no siendo el del padre/madre y el Ángel- aparecen esbozados, y nos gustaría tener una mayor profundización en el conjunto para hacernos una idea más clara de lo que se cuece en ese pueblo: los secundarios –empezando por las hijas- necesitan mayor desarrollo. Reconozco que hay ideas interesantes –no del todo desarrolladas- y que ese collage es atractivo y pone en guardia al espectador en ese viaje hacia un desenlace que presenta una situación extrema pasada por el filtro de lo grotesco; aunque a veces el hecho de evocar una imagen se acabe imponiendo a la propia trama.

La puesta en escena, sin embargo, no termina de llenar todo el universo que sugiere la pieza. Entendemos que estamos ante un montaje off, que ha de suplir con pocos elementos todo lo necesario en una obra en la que se evocan mediante el texto imágenes poderosas –motines, abusos, toros bravos…- que aquí el espectador tendrá que completar con su imaginación, porque rara vez se materializan en escena con la claridad necesaria; del mismo modo que la idea de leer introducciones, títulos y acotaciones en off tiende a ralentizar el ritmo de un montaje que, durando apenas 70 minutos, se prolonga en demasía. Nadie firma la iluminación y, sin embargo, es de los aspectos que mayor juego dan dentro de la propuesta, con fines más expresivos que útiles a modo de separar espacios. El elenco –lo forman Isabel Arenal, Abraham Arenas, Marta Escurín, Emilia Lazo, Jerónimo Salas, Ana Serna, Mario Velasco y Raquel Ventosa– se emplea a fondo en sostener unas interpretaciones sólidas y creíbles e incluso que hay un trabajo corporal interesante por parte de todos –el modo de integrar esa corporalidad en el discurso no siempre me parece pertinente, pero eso es otra cuestión…-; aunque es imposible no pensar que el propio texto pide una puesta en escena más compleja, que beba más del símbolo y que separe con mayor claridad algo tan fundamental como es el universo interior –la casa, el zulo donde aguardan las hijas- y el exterior –el resto del pueblo-. No hay, digamos, una correspondencia entre lo que el texto evoca y lo que se ve en escena; de modo que consideramos que tal vez los pocos recursos con los que se cuenta no siempre se hayan usado adecuadamente para llevar a escena un texto que, en su complejidad, tiene un buen puñado de dificultades de las que la puesta en escena no sale a bien. Con todo lo revisable que pueda ser el texto, la verdad es que tiene elementos de interés; el escollo en el que se convierte una puesta en escena insuficiente, que muchas veces juega en contra del espíritu de la propuesta, es insalvable. Y es una pena, porque el texto tiene posibles y el elenco hubiera podido sacarlo adelante mejor con otro tipo de propuesta escénica. Aquí, sin embargo, nos queda la sensación de que el texto contiene más de lo que el montaje puede abarcar. En otro orden de cosas, se nos hace especial hincapié en el hecho de la alternancia de la figura de Padre o Madre según la función –en la del estreno, a la que hace referencia esta reseña, tuvimos un Padre- sin que alcancemos a dilucidar con claridad ni cómo cambia la cosa de una combinación a la otra ni qué peso real tiene cambiar el símbolo de una figura materna a paterna, estando siempre la otra ausente. En otras palabras, este hecho al que se le da bastante peso, parece más bien una mera anécdota puntual dentro del conjunto.

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No debemos perder de vista el espíritu experimental del texto como lo ambicioso que resulta al tomar como base las fuentes que toma. Por un lado, aplaudo que –en su marcado extrañamiento- Julio Vargas haya levantado un texto revisable, aunque con puntos de interés; por otro, la magnitud del imaginario del texto acaba jugando en contra de una puesta en escena que se queda corta, pese al buen hacer del elenco. Lo cierto es que Sedom (Un Pueblo Llamado Pecado) sienta una interesante base sobre la que, de momento, habrá que seguir trabajando para darle el acabado que, sin duda, merece.

H. A.

Nota: 2/5

Sedom. Un Pueblo Llamado Pecado”, de Julio Vargas. Con: Isabel Arenal, Abraham Arenas, Marta Escurín, Emilia Lazo, Jerónimo Salas, Ana Serna, Mario Velasco y Raquel Ventosa. Dirección: Julio Vargas.

Nave 73, 7 de febrero de 2020

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