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‘¡Ay, Carmela!’, o revisitar un clásico

febrero 9, 2020

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Desde luego que ¡Ay, Carmela! probablemente sea el texto más notorio de la bastante abundante producción de José Sanchis Sinisterra y se ha convertido, desde su estreno en 1987, en uno de los textos fundamentales del teatro español contemporáneo. Por la importante nómina de actores y actrices que han dado vida a Paulino y Carmela a lo largo del tiempo, porque ha permanecido en cartel de forma casi constante –raro es el momento en que no sube a las tablas un montaje de la obra, en algún formato u otro- y porque forma parte de la memoria colectiva de todos, sobre todo gracias a la transposición cinematográfica que estrenase Carlos Saura en 1990. Pero, además, se ha representado en diferentes países, en varias lenguas; y hasta ha sido objeto de una celebrada versión musical (Andrés Lima/Andrés Vicente Gómez, 2013). No es de extrañar por lo tanto que la actriz Cristina Medina se haya liado la manta a la cabeza para coproducir –junto a ComeyCalla- y protagonizar la función en esta versión estrenada en 2017, cuando se cumplían justo 30 años de la primera representación de la pieza. El hecho de que en pleno 2020 la gira todavía continúe nos da una idea no solo del éxito de la propuesta, sino del interés constante que tiene el público por volver a escuchar las andanzas y desventuras de Carmela y Paulino.

Desde luego que la historia de Carmela y Paulino –una pareja de cómicos que cae presa y acaba teniendo que actuar para los franquistas para salvar su vida, con dramáticas consecuencias- tiene mucho de teatro político y social; así como de teatro de la memoria. A la visión nostálgica de los desastres de la Guerra Civil –y la desesperanza republicana- se suma la unión del mundo de los vivos derrotados – representados por Paulino- con el de los muertos –a donde pertenece ahora Carmela- que, de algún modo, observan esos estragos desde la distancia, como si la muerte supusiese la única liberación posible a la que está cayendo, y como si los derrotados encontrasen la paz en ese cielo en el que no caben todos. Así, las visitas de ultratumba de Carmela a Paulino no sólo sirven para aclarar qué ocurrió entre ellos, sino para ofrecer ese punto de vista melancólico y triste sobre la realidad del país; del mismo modo que se homenajea a la función del cómico ambulante. ¿Es entonces ¡Ay, Carmela! una pieza de corte social y político? Sin duda. ¿Toma el propio texto partido de algún modo por la valentía libertaria de Carmela contra la cobardía de Paulino, ese agachar la cabeza, pese a que él no sea más que otra víctima de sus propias circunstancias? Posiblemente. Y, en última instancia: ¿Tenemos todos una imagen dibujada de lo que esperamos ver cuando asistimos a una representación de ¡Ay Carmela!? Seguramente. Y, entonces… ¿Cómo abordar la pieza desde hoy, cuando han pasado más de tres décadas de su estreno?

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La puesta en escena de Fernando Soto no se anda por las ramas y no pretende inventar la pólvora. Se vale de una escenografía sucinta de Mónica Boromello, que evoca bien el ambiente polvoriento de una etapa en la que, a la pobreza de esas compañías itinerantes hay que sumar lo decadente del ambiente de un mundo a punto de derrumbarse. La música de Mariano Marín y las bien aprovechadas luces de Felipe Ramos hacen el resto para separar tiempos, espacios, esfera de los vivos y esfera de los muertos en un montaje impregnado de una oscuridad que nos recuerda la tiniebla en la que vivió nuestro país. Sin embargo, la propuesta de Soto tiene la particularidad de apartarse de las connotaciones socio-políticas del texto para centrarse en el dibujo de los personajes, buscando humanizarlos, suavizarlos y tamizarlos. Así, en esta versión Carmela y Paulino dialogan de igual a igual, como dos seres que lo tienen todo por perder y, en ese clima de tensión constante, tienen derecho a equivocarse. Así, probablemente este Paulino –personaje tantas veces árido y antipático- parece más un hombre incapaz de ver la dimensión de la que se les viene encima. Con este enfoque, desde luego, el pulso entre resistir o rebelarse –que es uno de los grandes temas que plantea la función- está más equilibrado, y posiblemente esa búsqueda de la humanidad sea el mayor acierto de una propuesta que ha optado, por ejemplo, por mantener el texto íntegro. Un texto que quizá, visto a ojos de hoy, resulte demasiado largo por la reiteración de algunos conceptos – afortunadamente hemos avanzado y la alegoría queda clara a la primera de cambio- y al que no le vendría mal algún que otro recorte para quedarse con lo central. En cualquier caso; lo que no se puede negar es que el montaje es honesto, eficaz y se agarra con convicción a un texto por el que apuesta fuerte, con actores de fuste.

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En la interpretación actoral está, sin duda, el punto fuerte de este regreso de la obra a las tablas. Se nota que todo el equipo es consciente de la importancia del papel del actor en la pieza, y que la dirección se ha centrado en construir unos perfiles creíbles y complejos. Tanto Cristina Medina como Santiago Molero echan el resto en una versión en la que encuentran un delicado equilibrio entre los instantes más jocosos –aquellos que forman parte de la representación ante las tropas- y los de mayor impulso dramático, situados en el tiempo presente. En este sentido, la Carmela de Cristina Medina muestra entrega para con su personaje y bascula entre el gracejo de la parte más folclórica y el empuje de su cara más reivindicativa, sin temor incluso a abordar aquellas cosas que el texto le pide, al mismo tiempo que se aleja de cualquier imagen preconcebida que podamos tener de ella: aquí hay una actriz con riqueza de registros, y basta ver unos minutos de este espectáculo para darse cuenta. De la misma manera, el Paulino de Santiago Molero evita a toda costa caer en caricaturas excesivas –sus borracheras nunca caen en la payasada y la tensión nunca se pasa de rosca- de un personaje complejo al que, efectivamente, el actor consigue llenar de peso y dignidad, refrescando bastante algunas anteriores que pudiésemos tener de este personaje. Desde luego, el trabajo interpretativo de ambos y el equilibrio que alcanzan es francamente notable; y es en contar con dos actores entregados donde radica el mayor interés de esta versión que pone de manifiesto la importancia de contar con una pareja sólida para abordar esta obra.

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Teniendo en cuenta el interés indudable que siempre produce volver sobre este texto, hay que señalar que esta nueva producción cuenta con interpretaciones notables y una puesta en escena que asume que algo ha cambiado a la hora de recibir esta historia, concentrando el relato más en los personajes que en unas circunstancias que, desde el presente, se perciben con mayor distancia que en el momento de su estreno. Convendría quizá aligerar algo un texto que, tal y como se presenta, resulta demasiado extenso; pero desde luego que esta función tiene todas las herramientas para hacer justicia al clásico.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

¡Ay, Carmela”, de José Sanchis Sinisterra. Con: Cristina Medina y Santiago Molero. Dirección: Fernando Soto. COMEYCALLA PRODUCCIONES / LA MEDINA PRODUCCIONES.

Teatro Rosalía de Castro, 1 de febrero de 2020

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