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‘Fiesta, Fiesta, Fiesta’, o hijos de la pública

febrero 4, 2020

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Casi tres años –se me escapaba constantemente; pero al fin tuve mi oportunidad en el felizmente recuperado Teatro Galileo, que la mostró por un par de semanas- me costó encontrarme por fin con Fiesta, Fiesta, Fiesta, el celebradísimo montaje en el que el Cross Border Project –compañía que capitanea la dramaturga y directora Lucía Miranda- se vale del género del teatro verbatim –teatro basado en transcripciones de declaraciones reales- para trazar una amplia panorámica del momento que atraviesa la enseñanza pública –en concreto, la Enseñanza Secundaria Obligatoria-, la función que cumple y la riqueza social que constituye el crisol de personas –estudiantes, familiares, empleados…- que se benefician de ella. Para lograrlo, Lucía Miranda entrevistó a todo un conjunto de personas relacionadas con un instituto de secundaria; y, a partir de sus declaraciones, creó este espectáculo en el que cinco actores interpretan casi una veintena de personajes. Como se nos advierte antes de empezar, todo lo que escuchamos son las palabras de las personas que se sometieron a las entrevistas. El conjunto da, efectivamente, una visión general de todo lo que se cuece en la enseñanza pública: desde sus dificultades hasta su función diversa e integradora, las problemáticas sociales de los jóvenes que la forman e incluso la implicación directa e indirecta de los trabajadores para con los alumnos ante sus problemas personales. Puede que no sea nada que sorprenda a los que, a mucha honra, hemos crecido con –y gracias a- la escuela pública; pero al mismo tiempo es una función que, sobre todo, pone de manifiesto no sólo su utilidad sino sobre todo su verdadera necesidad; y que, de paso, aprovecha para abarcar toda una serie de cuestiones sociales diversas – de clase, de raza…- que, efectivamente, se funden en una sola cosa gracias a las escuelas públicas. Cuestiones que suman, que hacen crecer y que pueden resultar, efectivamente, obviedades para los que formamos parte de ella en su día; pero, al mismo tiempo, algo que no nos debe hacer perder de vista que algunas cuestiones de igualdad y hermandad que presenta el espectáculo solo son posibles, en efecto, en la escuela y la enseñanza pública.

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Si hay algo que poner en valor ante Fiesta, Fiesta, Fiesta es, seguramente, la función instructiva, educativa y social que desarrolla con su existencia. En este sentido, quiero comenzar resaltando algo que da sentido a todo. Vi la función un viernes por la tarde –fuera del horario lectivo- en un teatro repleto –como ha estado cada día siempre que se ha representado en Madrid- y con un buen número de estudiantes entre el público –luego sabríamos que, algunos de ellos, en efecto, habían participado de las entrevistas sobre las que se construye el espectáculo-. Pocas veces he visto a un auditorio tan joven tan atento, tan conectado con lo que se cuenta, aplaudiendo intervenciones y siguiendo con máximo interés cuanto sucedía en un espectáculo no precisamente breve –1 hora y 40 minutos-. Solo por esto, la función ya ha tenido sentido: porque es con ellos con quienes pretende conectar en primera instancia –y, a juzgar por el resultado de mi función, vaya si lo hace-, porque elude etiquetas como “teatro para jóvenes” o similares –con muy buen criterio: el buen teatro debe ser universal- y porque, con toda seguridad, conseguirá que ese grupo de adolescentes fascinados por lo que están viendo se interesen por el teatro y regresen, convirtiéndose en futuros espectadores potenciales. Todo esto, que puede parecer una curiosidad, es la esencia misma de lo que busca –y consigue- este espectáculo; y ante un triunfo de este calibre, poco más hay que decir: Fiesta, Fiesta, Fiesta podrá hacer que los adultos reflexionemos –y recordemos-; pero consigue algo tan complicado como que los adolescentes se reconozcan con claridad en lo que están viendo –que, además, tiene, luego lo veremos, un gran componente de teatralidad-. No hay más que decir, el – importantísimo- valor social que busca la función está sobradamente logrado.

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Lucía Miranda, organiza el material reproduciendo con claridad el bullicio de los pasillos y las aulas de un instituto de secundaria, donde la rutina se repite una y otra vez; y hay una sensación generalizada de hermandad que convierte los problemas de uno en los de todos. Los ojos del espectador son los ojos de Alma, la conserje que ha trabajado allí toda su vida –y que, por supuesto, terminará su vida laboral durante el espectáculo-. A través de Alma iremos conociendo los diferentes perfiles del alumnado, y la idea de que parte de un aula de compensatoria de 3º de E.S.O. – alumnos con un cierto desfase curricular, que se agrupan en Lengua y Matemáticas- formen parte del llamado Proyecto Fiesta, en el que deberán trabajar sobre las fiestas y tradiciones de cada uno de sus países. Por el escenario desfilan desde estudiantes dominicanos, musulmanes, chinos o negros – cada uno de ellos con sus pequeños/grandes conflictos, que nos ayudarán a entender la dificultad real de vivir en una sociedad que, supuestamente, pero solo supuestamente acepta la diversidad racial- y hasta el prototipo de esos estudiantes con menos recursos, que se afanan en intentar conseguir otro y otro bocadillo a lo largo de la mañana –¿cómo no identificar este perfil de inmediato con un puñado de personas con las que yo mismo haya compartido aulas en su momento?-. Podrá ser cierto que las historias –que implican a muchos personajes- se sirven de modo excesivamente fragmentado algunas veces –seguramente para evocar el barullo propio del recinto en el que transcurre la acción- e incluso podrá sorprender ver cómo el proyecto inicial – el Proyecto Fiesta- acaba por convertirse en una mera excusa para ocuparse de los casos personales del alumnado y la influencia que en estos casos tienen los adultos; pero lo que hay que destacar también es que hay un buen puñado de perfiles reconocibles –todos hemos tenido algún conserje como esa entrañable Alma o algún compañero como Hugo- y casos con los que es imposible no empatizar de momento –el de Xirou que, pese a sus grandes dotes para la música, se ve obligada a trabajar once horas y media al día en el restaurante chino que regentan sus propios padres-. También que algunos perfiles de corte más distendido son muy de agradecer para relajar la tensión. ¿Acaba siendo demasiado extensa? Puede. ¿Serán los números musicales –una obertura en forma de haka cuya función dramatúrgica se me escapa- y la insufrible Gozadera de Gente de Zona y Marc Anthony expuesta a modo de catarsis colectiva con la platea- susceptibles de recortarse? En mi humilde opinión, sí. Y, sin embargo, Fiesta, Fiesta, Fiesta logra triunfar en las pequeñas cosas: en el dibujo de los perfiles, en la visión global de la necesidad de la escuela pública y, sobre todo, en la formidable manera que tiene de conectar con el público adolescente. Podrán parecer pequeñas cosas, pero son las más complejas y las que cubren de sobra la funcionalidad del espectáculo. Con todas las objeciones que se le puedan poner, Miranda y su equipo pueden darse por satisfechos con lo que consiguen.

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En escena cinco actores adultos se reparten 20 personajes –alumnado, profesorado, familiares y hasta imanes y policías-. Se ha optado –creo que con bastante tino- por no forzar el hecho de que finjan ser adolescentes –es decir, casi nunca hay ni parodia ni excesos de brocha gorda-; a pesar de que estén empleando lenguaje adolescente en muchas ocasiones, y creo que esta decisión ayuda a no cargar las tintas, y a construir la ilusión de lo teatral: los perfiles se sugieren con la claridad suficiente, del mismo modo que las múltiples diferencias raciales y étnicas de las que se ocupa el texto – muchas, tantas que la función podría perfectamente armarse con un amplio elenco multicultural- vienen, en general, implícitas en las palabras y no en los rasgos de los propios actores: en cualquier caso, todo queda perfectamente claro. Una ilusión que se multiplica cuando, con apenas pequeños gestos, los actores entran y salen de sus personajes potenciando una parte ficticia –una especie de juego- dentro de lo real. No será una sorpresa para el público habitual de teatro; pero fascina ver cómo el público más joven asume el juego sin el menor problema y se entrega a él, celebrándolo con verdadero alborozo. En este sentido, hay que decir que la función está francamente bien dirigida por Lucía Miranda y bastante bien interpretada por el conjunto. Un conjunto en el que la conserje de Saturna Barrio –sustituye a Miriam Montilla, que creó el personaje- está para llevársela a casa, porque provocará de inmediato conexiones claras con las realidades de cada uno de nosotros, y nos de algún modo y por un momento llevará a aquella profesora de la que aprendimos tal o cual cosa que aun nos acompaña hoy. En el resto del grupo – sin poder detenernos como merecería en cada caso para no eternizar este escrito- hay que señalar la hábil contención interpretativa de Huichi Chiu, el sincero impulso que Ángel Perabá insufla a Hugo, el gracejo cómico de Anahí Beholí a la hora de perfilar a la dominicana Kamila, capaz de ser una muralla infranqueable ante todo el desprecio que le tiran encima y la prepotente potencia que Efraín Rodríguez aporta a sus personajes.

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Siendo un proyecto teatral bastante sólido –tal vez hubiésemos deseado que se focalizase más en casos concretos, aunque la propia naturaleza del género verbatim aplicada al teatro social lo impide; y nos sorprende que la anécdota del Proyecto Fiesta como tal acabe pasando a segundo plano- siento que la mayor grandeza de Fiesta, Fiesta, Fiesta está, más allá del hecho teatral en sí mismo, en la conexión que establece con el patio de butacas: en cómo unos se identifican, otros recuerdan y otros –que de estos también los habrá- descubrirán la riqueza y el valor de la enseñanza pública. Genera público joven activo y cumple, con buen criterio, una función social muy importante. Cuando ocurren estas cosas –como aquí- de algún modo, se alzan por encima del teatro mismo; y para eso está el teatro al fin y al cabo. De visión obligada para estudiantes y trabajadores de enseñanza; pero interesante también para quienes nos hemos criado en la pública y para los que la desprecien injustamente en favor de la enseñanza privada, considerando a esta última como algo superior. Porque, a fin de cuentas, Fiesta, Fiesta, Fiesta da voz a los hijos de la pública, de ayer y de hoy.

H. A.

Nota: 3/5

Fiesta, Fiesta, Fiesta”, dramaturgia de Lucía Miranda. Con: Anahí Beholi, Huichi Chiu, Saturna Barrio, Ángel Perabá y Efraín Rodríguez. Dirección: Lucía Miranda. CROSS BORDER PROJECT.

Teatro Galileo, 25 de enero de 2020

One Comment leave one →
  1. febrero 6, 2020 20:30

    Totalmente de acuerdo Hugo.
    Me pareció una función imprescindible y me interesó muchísimo esa técnica documental/teatral que desconocía hadta que Lucia nos lo contó en el encuentro con el público.
    Por cierto que también el encuentro con el público me pareció imprescindible para entender cómo se desarrolló técnicamente la asignación de papeles y la conexión de los actores con las personas reales que desconocen totalmente.

    Un abrazo.

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