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‘Quitamiedos’, o la burocracia de morir

febrero 3, 2020

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Desde luego que Kulunka Teatro se ha convertido en apenas una década en una de las compañías más importantes de España gracias a sus espectáculos de máscaras –¿cómo olvidar André y Dorine o Solitudes?- que giraron con gran éxito por todo el mundo. Y, sin embargo, con bastante buen criterio, la compañía no ha querido encasillarse en el género de la máscara, presentando además espectáculos de teatro de texto francamente interesantes. Hace unos años gustó mucho Edith Piaf: Taxidermia de un Gorrión, sobre texto de Ozkar Galán; y ahora apuestan nuevamente por el teatro de texto con Quitamiedos, una de esas comedias de caricia escrita por Iñaki Rikarte que, bebiendo quizá de algunos clásicos del humor, se ocupa de la vida después de la muerte; o, mejor dicho, de un episodio más concreto: del que se da entre el momento de la muerte y el momento en el que el cuerpo se enfría definitivamente. En ese tiempo de tránsito, Quitamiedos plantea un improbable encuentro entre el más allá: tal vez una historia de amor imposible que tendrá, claro, consecuencias.

Estamos en una curva de alguna carretera comarcal. Ante nosotros, un hombre entre arreglado y desastrado escucha You’re the Devil in Disguise de Elvis Presley. Canturrea. De pronto, un frenazo. Bruma espesa y un quitamiedos roto. Nuestro hombre intenta levantarse, con una notable brecha en la cabeza; y pronto se encuentra con un sujeto que se alegra de conocerle y le pone en antecedentes de lo que acaba de ocurrir: ha muerto en un accidente de tráfico a los 39 años; y él es su ángel custodio, su ángel de la guarda que lleva a su lado desde el momento de su nacimiento y conoce su vida al dedillo, porque la ha visto desde la distancia. Ahora, mientras el cuerpo del accidentado se enfría para morir definitivamente, el Ángel deberá cubrir con él alguna documentación relativa a su vida; al mismo tiempo que le advierte que debe prepararse para ser ángel de la guarda de un bebé por nacer. Para aprender su nuevo oficio, nuestro hombre accidentado tan solo tendrá el tiempo que su cuerpo tarde en enfriarse… pero está en las mejores manos para aprender. Sin embargo, tras la perplejidad inicial por su nueva situación, el accidentado empezará a bucear en su vida de la mano de su ángel custodio para descubrir algo como mínimo curioso: su vida no es como el la sentía; o al menos su ángel custodio –que, claro, ha velado por él todo este tiempo- no la cuenta de la misma manera. ¿A qué se deben estas contradicciones? Y, lo más importante: si el accidentado tiene un ángel custodio ¿cómo ha podido ocurrir esta muerte accidental? ¿No se supone que el ángel debería cuidar de él? Todas estas cuestiones complicarán una conversación que, en esencia, sólo iba a ser una iniciación al universo del cielo; pero acaba por convertirse en un thriller de amor.

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La frontera entre la vida y la muerte vista desde una esfera de comedia no es, ni mucho menos, novedad en el mundo del teatro –ahí están Un Espíritu Burlón, Un Marido de Ida y Vuelta, Tal Vez Soñar… y tantas otras-. Con todo, no cabe duda de que, en su sencillez, la comedia que ha escrito Iñaki Rikarte es ingeniosa en el planteamiento de sus situaciones y en la manera de trabajar un humor de situación, fundamentalmente blanco, que evoca de algún modo las sombras del lenguaje de Jardiel Poncela o Mihura, salvando las distancias. En este sentido, el acierto del texto de Rikarte es haber sabido construir un universo accesible a cualquier público, que mira a la muerte con normalidad y que no se ríe de ella, sino de ese universo entre amable y disparatado con el que se imagina el más allá. Un más allá en el que hay ángeles que cargan alas que pesan, toda una serie de elementos para que los custodios puedan medir las ganas de vivir –y las líneas de la vida- de sus custodiados, e incluso complejas gráficas que ayudan a contar lo que ha sido la vida de los que se van de este mundo. Un más allá, en suma, en el que existe la burocracia, como en el más acá; y donde los custodios no parecen ser más que funcionarios, eso sí, bien entregados a la causa de seguir de cerca la vida de sus custodiados.

La mirada del mundo real desde el más allá –del que no estamos tan alejados como parece en un principio- permite a Rikarte mantener un texto tan sencillo como útil para sus propósitos, por lo simpático de sus chistes y por el hábil retrato de los dos personajes: el accidentado, que empieza perplejo ante una situación que le supera y se acaba enfrentando a lo que parece una existencia de pobre diablo –con un matrimonio fallido, episodios de depresión y demás…-, siempre manejado por ese ángel custodio tan metódico, tan de alta comedia, con un hermetismo, y una lucha para evitar cierta torpeza a la hora de seguir sus métodos, que resulta bastante atrayente: el personaje del ángel custodio es todo un acierto de personalidad y escritura. El contraste entre ambos personajes resulta atractivo y fomenta ese ambiente de comedia blanca en el que se mueve con bastante acierto el conjunto. Al mismo tiempo, en su mirada a la vida del accidentado, el autor sabe ser entrañable sin caer nunca en la cursilería ni en el exceso lacrimógeno: esa mirada – un punto melancólica- a la vida del accidentado se agradece, y va muy bien en el espíritu del conjunto. También es cierto que, por una serie de cuestiones que quedan bastante a la vista –paralelismos físicos, de vestuario…- esperamos un giro, un golpe que nos haga cuestionarnos la verdadera naturaleza de lo que estamos viendo. Si bien es cierto que el giro llega, se aleja deliberadamente de opciones que hubiera podido esperar; y quizá sea el punto más flojo del conjunto: cuesta asumir ese giro –máxime cuando estamos en una obra sobrenatural, en la que por tanto cualquier cosa podría haber pasado…- y siento que ese desenlace, algo más oscuro que el resto, no está del todo en consonancia con el conjunto de la propuesta que podría haberse abierto a opciones más interesantes; porque aquí se pierde un poco ese aroma blanco para tirar más a la comedia negra de pronto, pero parece improbable ese comportamiento en base a lo que hemos visto antes. A pesar de todo, no podemos negar que la función es muy agradable de ver y está bastante bien escrita, con un tono que llegará a casi cualquier tipo de público y que acierta a la hora de mirar a ciertos clásicos del pasado desde el hoy, el aquí y el ahora. En este sentido, es entretenida, nada pretenciosa; y su humor funciona bien con el público.

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Sobre una sencilla escenografía de Ikerne Giménez –la cuerva polvorienta con el quitamiedos roto- y con una música muy bien puesta –es de ley reconocerlo- compuesta por Luis Miguel Cobo, los dos actores rinden a gran altura, complementándose a la perfección para dar un gran espectáculo. Desde luego que a Jesús Barranco –uno de esos actores que nunca fallan- se le regala un personaje a su medida del que hace una verdadera creación: su ángel custodio es al mismo tiempo pintoresco, apocado, entrañable, incisivo y redicho; como si estuviéramos ante una mezcla del marido muerto de Un Marido de Ida y Vuelta y el Don Sacramento de Tres Sombreros de Copa. Barranco hace una verdadera construcción, casi como si estuviésemos ante una cuidada viñeta que se ha escapado de un comic, y sabe dibujar bien una importante dualidad: podrá parecer un tipo entrañable; pero es el que conoce las reglas del juego, luego tiene la sartén por el mango. Ante tan buen trabajo, el Accidentado de Luis Moreno podría haber quedado en segundo plano; pero, afortunadamente, el actor encuentra el perfecto equilibrio para servir otro gran personaje de alta comedia, que se mueve bien desde la perplejidad inicial y la posterior melancolía del recuerdo hasta las discusiones finales con el ángel cuando los puntos de vista difieran. Moreno no se amilana, y planta cara a Barranco con otra gran interpretación, cargada de matices y sabiendo con qué suavidad debe jugarse este tipo de comedia. Desde luego que el reparto –que dirige el propio autor consciente de la importancia actoral de la función- es uno de los mayores aciertos de Quitamiedos; y ambos actores saben cómo brillar y aportar peso a la propuesta.

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En esencia, Quitamiedos es una comedia blanca y amable, con un puntito de ironía, en la que Rikarte sabe sacar adecuado juego del desarrollo de su anécdota para escribir una pieza tan sencilla como accesible a cualquier público; que, sin embargo, no termina de redondear un desenlace que se aleja de ese espíritu. En escena, dos actores implicados de esos que garantizan una gran tarde de teatro. Sin que sea especialmente compleja, se pasa un rato estupendo.

H. A.

Nota: 3.35 / 5

Quitamiedos”, de Iñaki Rikarte. Con: Luis Moreno y Jesús Barranco. Dirección: Iñaki Rikarte. KULUNKA TEATRO.

Madferia 2020. Naves de Matadero, 24 de enero de 2020

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