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‘La Medida Exacta del Universo’, o ¿basta con querer para poder?

enero 28, 2020

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Hace apenas un par de temporadas, Juan Jiménez Estepa llamó poderosamente la atención de todos con su pieza Los Hombres Tristes que, a pesar de que quizá no tuviese toda la exhibición que se merecía en el circuito off –yo mismo me la perdí, por ejemplo-, sí que cosechó un triunfo unánime de público y crítica: alguien debería reponerla. Ahora presenta un nuevo texto, La Medida Exacta del Universo, que está realizando temporada en Nave 73, llenando la sala cada domingo y, de nuevo, llamando la atención de todos. En esta ocasión, Jiménez Estepa nos presenta una pieza a caballo entre la comedia romántica y el drama existencial, que revisa el horizonte de expectativas de dos de esos jóvenes que, ante la falta de oportunidades en España, han tenido que irse a Londres a buscarse el pan para comprobar al mismo tiempo si aquel futuro que soñaban se materializó o no; en un entorno en el que cualquier tiempo pasado nos parece mejor y en el que tal vez no baste con querer para poder.

Lucas y Zoe se conocen de forma fortuita en una de las pausas del lugar donde trabajan en Londres. Ambos son españoles. No sabemos si por lo solos que están o por que la casualidad lo quiere así, pronto acaban quedando para tomar algo, tirándose los trastos y entablando una de esas relaciones amorosas en las que todo parece color de rosa; pero que, al mismo tiempo, tiene como fecha de caducidad lo que dure su estancia en Londres. En sus expectativas de futuro, parece que Zoe se empeña en vivir el momento; mientras que Lucas fantasea con poder dedicarse algún día a la física cuántica que le apasiona. ¿Qué porvenir real tiene su relación? ¿En qué se habrán convertido en el futuro los sueños que tenían de jóvenes? Pronto lo sabremos; porque la función nos presenta también las vidas de Lucas y Zoe 17 años después de conocerse. Pareciera que siguen unidos pro alguna especie de hilo invisible –porque se dejaron, se reencontraron más tarde en Madrid, volvieron a enamorarse y ahora tienen un hijo en común y una crisis matrimonial de las que parecen insalvables-; pero, efectivamente, sus vidas distan de tener ese color de rosa con el que soñaron cuando eran jóvenes. Y, en plena crisis, el recuerdo de una promesa hará que quizá Lucas tenga que sumergirse de lleno en su pasado para entender qué está pasando con sus vidas, volviendo al lugar donde todo empezó. ¿Todavía se puede dar marcha atrás? ¿Existen las segundas oportunidades? ¿Cómo se puede seguir adelante cuando los sueños que uno tenía se han roto en mil pedazos? La Medida Exacta del Universo se adentra en todas estas preguntas a través de personajes que enfrentan su presente mientras miran a su pasado con nostalgia.

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En apenas 80 minutos, Jiménez Estepa encuentra tiempo para plantear tanto una comedia romántica de manual como –y sobre todo- un drama existencial y generacional. Porque La Medida Exacta del Universo se ocupa tanto de lo dramático que puede ser que los horizontes de expectativas no se parezcan en nada a los que uno tenía; como de la dificultad para comunicarse entre personas de distintas generaciones: ahí está, pegada al teléfono móvil, esa madre de Lucas empeñada en estar a la última y hacer una vida de señora moderna, pero incapaz de mostrar empatía alguna por su hijo. Desde luego que Jiménez Estepa es hábil a la hora de organizar su relato; e incluso de usar ciertos tópicos que funcionan con el público para metérselo en el bolsillo –será difícil ver la función y no pensar de inmediato con qué parte irresoluta de nuestro pasado nos conecta-. Funciona a la hora de trenzar pasado y presente, e incluso cuando emplea goteos de realismo mágico permitiendo que el ‘yo’ de ahora se encuentre con el ‘yo’ del pasado, para ver si entre ambos aún pueden solucionar algo de lo que viene y es honesta en su sencillez: no se va por las ramas y sabe justo qué historia quiere contar, por sencilla que parezca.

Es cierto que, para asumir que esta historia pasa como nos la cuentan, hay que comprar una serie de improbables casualidades más propias de cierto tipo de cine –hay algo que llama inevitablemente al Medem de Los Amantes del Círculo Polar, sin la pátina trágica que tenía aquella; y, por supuesto, la sombra de Love Actually es alargada, como en casi todas las historias de amor que se nos cuentan últimamente-. Pero, desde luego, no se puede negar que el autor sabe cómo tocar según qué resortes para garantizar que el público conecte de inmediato con esta realidad que está salpicada de detalles de –aquí oportuna- ficción. ¿Hubieran podido darse las cosas así en el mundo real? Parece improbable; pero lo compramos, porque a veces la labor de la ficción ha de ser la de ayudar a la realidad a construirse. En otras palabras: Jiménez Estepa apuesta por escribir una historia de corte y tintes realistas, con un –o unos cuantos- empujoncito(s) de fantasía. A juzgar por la cálida respuesta del público, el asunto da resultado; y hay que insistir en la honestidad de una pieza a la que quizá solo le pese un inicio quizás demasiado explicativo de quiénes y cómo son/eran los personajes que creo que no se necesita –porque se sobrentiende de lo que viene más adelante-; y unas intervenciones telefónicas en off de la madre de Lucas que acaban robando foco cada vez que aparecen –no sé si demasiado foco para ser un off-. Más allá de eso –y de lo inevitable que resulta pensar en la ausencia de cualquier mención al Brexit en el tiempo presente: está claro que está escrita antes de que todo esto pasase- la función es honesta y sabe qué quiere contar y qué herramientas utilizar para conectar con el público: podrá tener trucos –los tiene- pero están bien empleados.

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Con muy pocos elementos, el autor arma una puesta en escena perfectamente válida, ordenada y que deja claros los tiempos y los espacios, apoyada en un tono esencialmente oscuro; que además construye paralelismos que no por obvios dejan de ser de agradecer –el Lucas joven y el adulto han copiado, muy oportunamente, tics y movimientos; algo menos que la Zoe joven y la adulta, que apenas llegan a cruzarse en escena-. Desde luego que es muy de valorar la capacidad de Jiménez Estepa para contar con claridad y con pocos elementos una historia que, por cómo está escrita, podría haber provocado problemas de continuidad –ya saben: Madrid/Londres, presente/pasado- que aquí siempre se resuelven bien, encadenando escenas y haciendo que la trama fluya sin descanso.

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Es, ante todo, una función de actores; y, en este punto, el conjunto respira absoluta honestidad. Carlos Algaba y Carlos Guerrero se reparten a Lucas –adulto y joven respectivamente- y, más allá de la solidez que ambos demuestran en escena; es muy de agradecer el hecho de que parezcan trabajan constantemente en paralelo, conscientes de que, efectivamente, son el mismo personaje a la hora de plantear la construcción: nunca lo pierden de vista, como debe ser. Guerrero tiene, además, una química más que palpable con Teresa Mencía (notablemente resolutiva como Zoe joven) logrando entre ambos que sus escarceos amorosos londinenses no resulten demasiado azucarados –y, enfocándolos de otra manera, se podría haber caído ahí: bien por ambos por haberlo evitado-. En fin, Elisa Berriozabal se encarga de Zoe adulta –un personaje superado por sus propias circunstancias-, un personaje difícil: porque el personaje tiene menos peso en comparación a los otros tres –por estructura- y porque, efectivamente, en esta ocasión no puede parecerse tan claramente a la Zoe joven –la adulta no es ni la sombra de aquella…-: puede parecer algo apagada respecto al resto; pero creo que es lo que pide el personaje, al menos hasta cierto punto. Ahora bien, todavía debe manejar mejor su emoción – bastante excesiva para el tono de la pieza- en una peliaguda escena que el autor le coloca hacia el final. La voz en off de Pilar Gómez como la madre de Lucas –hay unas cuantas llamadas telefónicas- se roba la atención del respetable en cada intervención, por la naturalidad con la que expone los momentos más cómicos y costumbristas de la función. Pero hay que dejar claro que el conjunto actoral tiene los suficientes aciertos como para sacar adelante la función con las debidas garantías.

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No es de extrañar que La Medida Exacta del Universo esté gustando tanto; porque el autor ha tenido la habilidad de saber qué teclas pulsar para conectar emocionalmente con el público y asumir que cuenta una historia directa y sencilla, que emplea sin embargo algunos trucos propios del universo de ficción que aquí cumplen con su cometido. Además, la sencilla puesta en escena cuenta bien la historia y los actores están en su punto justo. Será una función sencilla, pero no se le puede negar su honestidad.

H. A.

Nota: 3.25/5

La Medida Exacta del Universo”, de Juan Jiménez Estepa. Con: Carlos Algaba, Carlos Guerrero, Teresa Mencía y Elisa Berriozabal. Voz en off: Pilar Gómez. Dirección: Juan Jiménez Estepa. LA TEATRA / ESTINGA PRODUCCIONES.

Nave 73, 12 de enero de 2020

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