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‘La Función que Sale Mal’, o elogio del desastre

enero 25, 2020

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Desde su estreno en Londres en 2012 The Play that Goes Wrong –es decir, La Función que Sale Mal, que firman Henry Lewis, Jonathan Slayer y Henry Shields- se ha convertido en un clásico contemporáneo indiscutible y en un taquillazo. Algo por lo que todo buen espectador de teatro debería pasar al menos una vez en la vida, y una función que eleva el mero divertimento a categoría de arte: una de esas comedias tan sencillas en su recepción –porque tronchan de risa por igual a niños y mayores- como complejas en su ejecución; y ahí radica algo muy importante que puede pasar inadvertido. Es por ello que hay que celebrar la llegada a España –se estrenó el pasado septiembre en el teatro La Latina- en una producción que funciona como un tiro de esta obra que llena el teatro de carcajadas durante las más de dos horas que dura; al tiempo que se nos revela como una verdadera obra de orfebrería: porque este elogio del desastre es más complejo de sacar adelante de lo que uno pueda pensar.

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Así empieza la escenografía…

Cuando accedemos a la sala parece que a la compañía se le ha echado el tiempo encima y está terminando de preparar todo… pero no todo está donde debe: por lo pronto, se les ha perdido un perrito al que buscan sin descanso por la platea… Pronto se nos presentará el líder de la troupe y descubriremos que estamos ante una compañía amateur que ha recibido una beca para representar un policial inglés de misterio: aunque saben y confiesan que sus carencias han echado por tierra producciones anteriores –montaron títulos como La Fea y la Bestia, Cat o Dos Hermanas, entre otros…- creen que ahora lo tienen todo listo para capturar nuestra atención; esta les va a salir bien. Sin más dilación comienza la representación, con todos los tópicos imaginables de una pieza británica de misterio: hay un asesinato por resolver en una mansión, un detective que llega en el momento preciso, un hermético mayordomo, y relaciones prohibidas que podrían justificar el asesinato… Hasta que, efectivamente, como sugiere el título de la pieza, todo lo que puede fallar comienza a fallar: los actores demuestran una sobreactuación preocupante, al técnico de sonido no le entran las pistas a tiempo, la escenografía empieza a descoyuntarse y los accidentes se suceden para delirio del respetable que se troncha. Pero, como el show siempre debe continuar, la esforzada compañía se afana en terminar el asunto como sea… aunque lo peor está por venir; porque, cuando crean que nada más puede fallar, efectivamente pasará alguna nueva catástrofe. ¿Sobrevivirá la escenografía al desenlace? ¿Llegarán los actores vivos al final de la función? ¿Cómo se escenifica una pieza de misterio mientras las carcajadas del público inundan la sala? Solo viendo La Función que Sale Mal podrán saber las auténticas proporciones de este elogio del desastre; al tiempo que –se lo garantizo- se van a reír a mandíbula batiente.

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La Función que Sale Mal es, ante todo, un divertimento para todos los públicos. Pero, además, es un elogio del desastre que explora todo lo malo que puede ocurrir cuando se produce una función de teatro; al mismo tiempo que parodia un género perfectamente reconocible para el público –la pieza que se intenta representar es, con claridad, una revisión de La Ratonera, de Agatha Christie-. Cualquiera se reirá asistiendo a esta sucesión de imprevistos, desastres y accidentes; y a la desesperada carrera de estos pobres actores por salvar la situación e intentar quitar hierro a un panorama que va siendo más y más desalentador. Pero La Función que Sale Mal será sin duda especialmente divertida para aquellas personas que sepan qué se esconde tras una función de teatro, porque ahí se verá la verdadera dimensión de la parodia: desde los códigos altisonantes del elenco – lo que he dado en llamar el síndrome del primer actor-, hasta el desastre que puede suponer dar mal un pie de texto –hay una escena en bucle absolutamente gloriosa-, contar con covers de última hora –porque alguno de los actores titulares se accidentará gravemente a lo largo de la representación, claro y su suplente resulta ser una nulidad- absolutamente incapaces ya no de dar valor dramático a un texto sino de leer un texto teatral… y, por supuesto, toda una serie de portazos, golpes, caídas desafortunadas, elementos de atrezzo que pueden causar serios problemas – porque en la botella de whiskey, de la que todos deben beber de acuerdo al texto una y otra vez, hay aguarrás…-, pistolas que disparan a destiempo, muertos que caen en posiciones poco cómodas y deben ‘revivir’ momentáneamente para ‘acomodarse’, mutis problemáticos que se traducen en mamporrazos, entradas antes o después de lo previsto, o desequilibrios en la escenografía que empiezan como una mera anécdota y acaban suponiendo un verdadero riesgo físico para los actores. Y, a pesar de todo, ante la desesperación del elenco –y las carcajadas constantes y cada vez más sonoras del público- el show debe llegar al final.

Hay, por lo tanto varios tipos de gags en la función: los que surgen de la incapacidad actoral o de las dificultades para decir el texto, los que surgen de la precariedad propia de una compañía amateur – que ha de solventar con lo que sea todo lo que falte- y los accidentes fortuitos –escenográficos o técnicos- que se producen a lo largo de la función. En suma, cuando pasadas más de dos horas haya acabado la función, el público habrá asistido a un verdadero catálogo de todo –¡pero todo!- lo malo que puede ocurrir cuando se levanta una función: no queda un desastre por pasar. Hay también, por lo tanto, varios niveles de risa posibles: habrá quienes se rían por el cúmulo de despropósitos que se van sucediendo –como si estuviésemos asistiendo a una payasada, a una astracanada- y esto es accesible absolutamente a cualquier público; y habrá quienes se rían por reconocer el desastre en la técnica teatral, quién sabe si incluso por reconocer desastres en funciones serias reales –les aseguro que me ocurrió un par de veces el poder emparejar una catástrofe ficticia con alguna real que me haya encontrado por los escenarios adelante…-. En cualquier caso, lo que no se puede negar es que la función es un goce, un festival de la risa que vuela muy alto e invade de alegría a todos los espectadores. Solo el intermedio –entiendo que hay que respetar la estructura en dos actos propia del tipo de pieza que se está parodiando; pero una pausa relaja la temperatura en un momento en el que el público ya está volcado con la pieza, y esa temperatura ha de volver a recuperarse- me parece un error a la hora de mantener el ritmo de la comedia. Del tirón hubiese sido irresistible. En cualquier caso, el teatro ríe a carcajadas, aplaudiendo gags a escena abierta, e incluso impidiendo el correcto seguimiento del texto por el volumen de las carcajadas. Rara vez pasa eso como ocurre con esta función.

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Podemos pensar que estamos ante una payasada circense, una astracanada farsística y un juguete para todos los públicos. Y, sin embargo, la ejecución técnica y actoral de esta función es de una dificultad extrema, que podría pasar desapercibida –erróneamente- por la apariencia blanca de la función. Todo, cada mínima cosa en La Función que Sale Mal, ha de estar medido a la perfección, con una coreografía milimétrica que haga que cada accidente parezca natural, al mismo tiempo que mantenga intacta –lo más intacta posible- la integridad física de los actores. Si algo falla en la puesta en escena de Mark Bell –respuesta para España por Sean Turner- no solo se perdería la ilusión de desastre, sino que además con toda seguridad el elenco podría recibir algún mamporrazo no deseado. Si todo sale como debe salir es, en parte, gracias al equipo técnico del teatro –no me quiero imaginar lo que debe ser la labor de regiduría de esta función…- y a una coordinación milimétrica de los actores para que todo esté en su sitio. Pocas funciones se habrán visto, de hecho, que tengan este nivel de riesgo y exigencia en la ejecución, máxime cuando se trata de un espectáculo extenso y con un reparto bastante más numeroso de lo que es habitual. Todo lo que uno puede decir cuando ve lo bien que marcha todo en La Función que Sale Mal es que este tipo de espectáculos dignifican el tan a menudo menospreciado género de la comedia vodevilesca: porque ofrecen un divertimento garantizado al alcance de cualquier público, ocultando bajo la apariencia de desastre algo que requiere muchísimo esfuerzo por parte de todos para provocar algo tan necesario como es la risa.

Del elenco lo primero que hay que señalar, más allá de la ya comentada dificultad física que exige a todos la función, es la capacidad de fingir ser mal actor. Pocas cosas más complejas hay en el mundo de la actuación que aparentar ser un perfecto inútil. La mayoría de las actuaciones de esta función, efectivamente, parecen un desastre, porque están salpicadas de tics de diversas índoles: falta o exceso de intención en el decir, vocalizaciones deficientes o soniquetes cantarines que restan cualquier tipo de credibilidad a la acción –y la cosa se vuelve más ridícula al tratarse de un drama- están a la orden del día; y todos hacen el payaso con una seriedad encomiable, que es la única manera de enfrentarse a algo así. No falla ni uno. Desde el detective/director de la compañía que se marca Héctor Carballo –que, en el papel de líder, debe aguantar el tipo ante el desastre; y quizá sea el que esté obligado a interpretar más en serio su papel, ocasionando un exceso en el tono que mueve de inmediato a la hilaridad-. Junto a él, Carlos de Austria –en su papel de sospechoso número uno- protagoniza uno de los momentos más celebrados de la pieza, cuando ambos luchan por no matarse en el piso de arriba al desplomarse una de las columnas: un tándem de muchos quilates. Alejandro Vera se marca un mayordomo de manual; con todos los tópicos gloriosos del mayordomo británico, envarado y hermético, del mismo modo que David Ávila construye un jardinero –que se ve envuelto en el fregado por contar lo que no debe- desternillante en grandilocuencia, mientras que Carla Postigo y Noelia Marló se reparten el mismo personaje por un desafortunado accidente; y acaban convirtiéndose en dos divas empeñadas en triunfar y quitarle el trabajo a la otra: las peleas por retomar las cosas como empezaron provocan momentos verdaderamente desternillantes. A César Camino le toca ser el técnico de sonido que intenta –inútilmente, claro- mantener el control; y Felipe Ansola se encarga de ser el asesinado…. lo que sería un papel sencillo, si no fuese por el cúmulo de problemas que suceden a lo largo de la función: se lleva unos buenos mamporrazos, claro. La función funciona como un reloj y cada miembro del reparto se entrega, tanto en los excesivos códigos actorales como en las exigencias físicas. Una especie de ballet de cachiporra ejecutado con maestría. Todos se merecen fuerte aplauso en una función que, bajo la apariencia de comedia, posee una exigencia y una dificultad extremas.

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Sábado por la noche, teatro hasta la bandera, público de todas las clases –desde niños hasta tercera edad- y carcajadas constantes. Dos horas y cuarto –que se dice pronto- que pasan en un suspiro para una función de extraordinaria exigencia técnica y actoral que podría pasarse por alto en su apariencia de comedia. Tiene pinta de larga estadía en los escenarios madrileños –no sería sorprendente teniendo en cuenta que así ha sido en cada país en el que se ha estrenado la función- porque este elogio del desastre –al que sólo el intermedio le pesa- dignifica el arte de hacer comedia.

H. A.

Nota: 4/5

La Función que Sale Mal”, de Henry Lewis, Jonathan Slayer y Henry Shields. Versión libre: Zenón Recalde. Con: Héctor Carballo, Carlos de Austria, Carla Postigo, Alejandro Vera, Noelia Marló, César Camino, David Ávila y Felipe Ansola. Dirección versión original: Mark Bell. Reposición para España: Sean Turner. SOM PRODUCE / NEARCO PRODUCCIONES / COBRE PRODUCCIONES / OLYMPIA METROPOLITANA.

Teatro La Latina, 11 de enero de 2020

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