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‘Doña Rosita, anotada’, o cuando Remón reinventó a García Lorca

diciembre 26, 2019

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Cerrar una temporada en la que el teatro de Federico García Lorca ha estado tan presente en la cartelera madrileña con funciones tan diferentes entre sí con un acercamiento como Doña Rosita, anotada –el más reciente estreno de Pablo Remón- es una verdadera inyección de adrenalina. Primero, porque estamos ante una propuesta potente y llena de personalidad; segundo, porque explora una vía tan lícita como infrecuente de acercarse al teatro lorquiano; y tercero porque demuestra que Pablo Remón es un dramaturgo en plena forma, un autor que tiene siempre buenas ideas y sabe cómo llevarlas a cabo. Porque ¿qué es Doña Rosita, anotada? Considerarlo una mera versión, revisión o reescritura de Doña Rosita la Soltera sería, más que quedarse corto, mentir. Aquí tenemos un nuevo texto propio de Pablo Remón que se sirve de motivos, ideas y textos de la obra de Lorca para crear un todo nuevo, con entidad propia. Una pieza que intenta de algún modo explicar la trama de Doña Rosita la Soltera, pero que al mismo tiempo la evalúa desde aquí y desde ahora, conectándola con dos motivos universales muy presentes en el original: el paso del tiempo, el recuerdo y la memoria; y cómo ese tiempo puede incidir en el recuerdo. Y, por encima de todo, una gran pregunta que flota en el ambiente: ¿cómo acercarse a Doña Rosita… hoy? Un enigma que Remón trata de resolver y que nos da como resultado un montaje fresco e inmediato; que –por una vez- mira a García Lorca sin miedo, de tú a tú y con un punto de irreverencia que le sienta como un guante. Pero, más que una versión de García Lorca, Doña Rosita, anotada podría definirse como un texto original de Pablo Remón con paratextos de García Lorca. Y, desde luego, como una de las más agradables sorpresas de la temporada: Pablo Remón se la juega, arriesga y da en la diana de nuevo.

La función comienza con el Anotador –alter ego del autor- confesando al público cómo nació lo que están a punto de ver. Recibe un encargo del teatro para versionar Doña Rosita la Soltera y, al hincar el diente al texto, se ve asaltado por las dudas: le resulta farragoso, ve un abismo entre Rosita y la forma de expresarse y relacionarse de la actualidad, no sabe cómo abordarlo y, sobre todo, no está seguro de poder crear algo que interese al público de hoy; incluso su mujer –filóloga de profesión- le sugiere “meter a Rosita en Tinder” como un modo de abordar la pieza. En cualquier caso, el Anotador confiesa que comenzó rechazando el encargo hasta que, mientras fríe croquetas, recibe la providencial llamada de sus tías del pueblo pidiéndole que haga una Rosita, porque ellas fueron Rositas… Una casualidad que estaría bien si no fuera porque sus tías, efectivamente, llevan varios años muertas. Y, sin embargo, este toque de realismo mágico le da al Anotador la clave para abordar la pieza: Doña Rosita… trata del recuerdo y de cómo el tiempo distorsiona nuestros recuerdos. Así que el Anotador se decide a acercarse a la pieza desde sus recuerdos y desde su tiempo; en una versión en la que estarán presentes sus tías –las dos condensadas en una, aquí como tía de Rosita- y hasta una criada rumana que sirve en la casa y que, aunque se aleja de la imagen de Florinda Chico en Cría Cuervos que el personaje original le sugería al Anotador, resulta mucho más práctica y realista para sus propósitos. Y así, el Anotador comienza a contar una Rosita ambientada entre 1988 y 2008, ordenada a la inversa –se empieza por el tercer acto y se acaba por el primero- e impregnada de sus recuerdos de infancia y familiares, al tiempo que apuntala el todo con alguna nota al pie de algún estudioso. Y todo ello, con solo dos actrices y un actor. Es entonces cuando empieza un juego en el que se mantienen la historia, los motivos y algunos textos de García Lorca para crear una obra nueva en la que Pablo Remón da rienda suelta a sus recursos, juega como un niño curioso y convierte el clásico de Lorca en un homenaje al recuerdo: saldrán sabiendo perfectamente cómo funciona Doña Rosita la Soltera –y habiendo escuchado el gran monólogo del tercer acto, por supuesto- pero lo que hay aquí va mucho más allá y bordea la genialidad en no pocas ocasiones. Porque, en apariencia, estamos ante una pieza de cámara que va a revisar un clásico lorquiano… pero pronto entendemos que el autor tiene intenciones mucho más ambiciosas y acierta de pleno a la hora de materializarlas.

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Uno no sabe qué admirar más a la hora de afrontar esta función. Si la valentía de Pablo Remón a la hora de no tenerle a García Lorca más respeto del debido –sabiendo que probablemente los puristas pondrán el grito en el cielo-, la capacidad para condensar la esencia de Doña Rosita… en apenas 85 minutos o el acierto de armar una función propia, casi se diría que paralela, a la que injertarle los elementos convenientes de la obra de Federico. Porque Doña Rosita, anotada es ante todo teatro en estado puro, por la economía de medios desde la que está realizada, por los juegos que establece y por el gran número de pactos que pide al espectador, en este trabajo que es mucho más que una mera deconstrucción de la obra de Lorca. A estas alturas, ya todos conocemos el particular estilo narrativo de Remón, que aúna con frecuencia técnicas teatrales y cinematográficas; aquí, además, logra ensamblar un híbrido de géneros que van desde el metateatro hasta casi la edición crítica, armando una historia con tanto de Doña Rosita como de nueva historia propia, que además demuestra –nuevamente, y en esto, de algún modo, podríamos llegar a emparentarla con El Tratamiento– el gusto de su autor por escarbar en sus raíces para armar una historia. Así, Remón impregna todo su relato de una serie de guiños que mueven a la nostalgia –la misma nostalgia que está tan presente en Lorca- colectiva desde lo personal; e invita al público a realizar a jugar con él: porque, lo sabemos, el teatro puede que sea el único lugar donde poder conjurar a nuestros fantasmas. Remón llama a la memoria a sus tías, a su madre, a las tradiciones de su pueblo – invitando a Doña Rosita a formar parte de una fiesta popular que, a buen seguro, reside en la memoria del autor- y, en definitiva, sus recuerdos. Como si, de alguna manera, estuviese regalando sus recuerdos al espíritu de García Lorca para armar algo a medio camino entre el original y aquello que el propio Remón tiene la necesidad de contar. En Doña Rosita, anotada –más allá de la bendición que supone atreverse a jugar con Lorca sin que tiemble el pulso,por una vez- hay ecos de todas las técnicas que han ido construyendo el teatro de Remón a lo largo de estos años; y quizá por eso –más allá de la aparente sencillez de su realización- estemos ante uno de sus trabajos más complejos y ambiciosos. Y, lo cierto, es que a Rosita le sientan bien las croquetas, los porros, los puros, las motocicletas y la melancolía de la música brasileña –porque de todo eso hay aquí-: casi se diría que mejor que las coplillas tradicionales. Pablo Remón ha sabido rejuvenecer a Rosita, y a Rosita le sienta la mar de bien sentirse joven: es la misma melancolía de la espera desde otro momento y desde otro lugar.

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El montaje dirigido por el propio Pablo Remón –en ese constante juego de diálogo con el espectador para recordarnos el pacto- es de una factura impecable en su sencillez. Desde la sorprendente escenografía de Mónica Boromello –una especie de sets de cine que se despliegan (literalmente) a la vista del espectador-, sin duda uno de los hallazgos del montaje; hasta el uso de ese equipo de música con tocadiscos que va reproduciendo en directo toda una serie de canciones que sirven de apoyo a la propuesta. Desde lo pequeño, desde el detalle, todo es puro juego teatral en este montaje que demuestra lo mucho que su autor y director puede hacer con los pocos elementos con los que cuenta. Porque, como acostumbran, Remón y sus personajes invitan al público a soñar, a imaginar, a completar; e incluso a observar fijamente elementos corpóreos e imaginarios que ayudan a que, entre todos, completemos la ilusión del teatro; esa ilusión en la que se sostiene gran parte del espíritu de esta propuesta. No se necesita más.

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Pero, sobre todo, el espectáculo lo sostiene un formidable trío actoral que, desde sus propios cuerpos, van construyendo y reconvirtiéndose en toda una serie de personajes lorquianos y remonianos. Puede que estemos –y esto es mucho decir- ante uno de los más cincelados trabajos que nos haya dejado Fernanda Orazi en España: ella es Doña Rosita –con ese monólogo final, aquí expuesto casi al comienzo e impregnado de una melancolía casi naturalista-, pero también su tía –memorable creación histriónica fumando en el sofá mientras juega al bingo-, e incluso una de las tías del Anotador –en una escena impresionante, recién salida de las mejores comedias teatrales de los años 50, en la que alcanza cotas de perfección bien secundada por Manuela Paso-. Hay, además, una hermosa contradicción: la de mantener su acento argentino para un personaje que espera a ese primo que está, efectivamente, en Argentina; dándole al conjunto un toque de absurdo que va muy bien a la pieza; del mismo modo que, hacia la mitad de la pieza, tiene una escena de poética intensa cuando se topa con el hijo de una amiga –un hijo a medio travestir, que intenta ocultar su vergüenza ante la máscara-. Es mucho y muy variado lo que Orazi tiene que hacer en este montaje; y en todo se muestra ciertamente impecable. No vamos a descubrirla a estas alturas, ni mucho menos; pero lo de esta función es de premio. Por su parte, el siempre sólido Francesco Carril es el Anotador, con lo que mantiene un gran peso textual y establece las bases del pacto con el público; pero también es el primo de Rosita, la tía de Rosita –en aquellas escenas en las que Rosita intervenga-, un pretendiente, o el hijo travestido de una antigua amiga de la protagonista: quedémonos con este último momento, que tiene una dificultad directamente comparable a la naturalidad con la que el actor lo acomete. Podría parecer que Manuela Paso es un mero comodín; y, sin embargo, arranca la función en lo alto, haciendo dúo con Orazi como las fantasmagóricas tías del Anotador, en la que seguramente sea la escena más memorable del espectáculo: ¡cómo están ambas en este momento de puro sainete! Pero además, se aleja con sabiduría de la parodia para encarnar a Petra, esa criada rumana que carga con el peso de la casa; y cierra el espectáculo como la Madre del Anotador en un bello momento de emoción contenida muy bien gestionado. Desde luego, el nivel actoral que tiene esta función es de altos vuelos: ¡sólo tres actores sí; pero qué tres actores brillantes!

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Pocos peros se le pueden poner a este espectáculo –quizá el desenlace se precipite en demasía, dejando algunas cuestiones abiertas; por más que la escena final sea toda una declaración de intenciones- en el que Remón se ha atrevido a servirse de Lorca para armar un todo nuevo y personal. Y, a juzgar por el resultado, la fórmula le sale bien: hay que ser muy inteligente para reconvertir la idea original en algo tan fresco, tan juguetón y tan inmediato. Desde luego que este tipo de operaciones se llevan haciendo años y años con todos los grandes autores; pero, el día de mi función, entre los muchos entusiastas todavía se podía localizar algún purista escandalizado ante la osadía de Remón al intentar “apoderarse” de la obra de Lorca. ¿Se imaginan tales afirmaciones si esto se hace con Chéjov, Shakespeare o Valle-Inclán? Posiblemente no tan furibundas: mientras este tipo de público siga existiendo, este tipo de montajes serán necesarios. Porque –el programa no engaña- esto es Doña Rosita, anotada de Pablo Remón. Una obra original de Remón con ideas y paratextos de García Lorca. Ni más ni menos. Y, ante todo, una más que agradable sorpresa que confirma a Pablo Remón como uno de los autores españoles  más interesantes de su tiempo. Gran teatro, qué duda cabe.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

Doña Rosita, anotada”, de Pablo Remón. Con: Fernanda Orazi, Francesco Carril y Manuela Paso. Dirección: Pablo Remón. COMUNIDAD DE MADRID / BUXMAN PRODUCCIONES / LA_ ABDUCCIÓN.

Teatros del Canal (Sala Negra), 17 de diciembre de 2019

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