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‘Inquilino (Numancia 9, 2ºA)’, o 38 metros cuadrados (un pequeño acto de resistencia)

diciembre 21, 2019

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A la pequeña Sala de la Princesa del teatro María Guerrero llega Inquilino (Numancia 9, 2ºA), un monólogo de autoficción escrito e interpretado por Paco Gámez, que se alzó con el Premio Calderón de la Barca 2018 y en el que el autor –e intérprete- narra la peripecia de su propio proceso de desahucio del primer piso en el que vivió en Madrid, una vivienda de 38m² a partir de una comedia ácida, negra, absurda  e irónica; demostrando que, a veces, la única solución para asimilar la desgracia –y un desahucio es, por supuesto, un drama contemporáneo de máxima actualidad- está en luchar contra ella o en reírse de ella. Y en Inquilino hay de ambas cosas.

El inquilino. Nuestro hombre. Un hombre de provincias que se ha mudado a Madrid hace ya algún tiempo, que sobrevive dando clases de inglés –porque con esto del teatro ya se sabe…- y que al fin ha logrado mimetizarse con su vivienda alquilada de 38m² que posee en el céntrico barrio de Chamberí. Pongamos que está en la calle Numancia, pero el nombre de la calle es tan hipotético como el resto de los nombres que aparecen en la narración –para preservar la intimidad y para aumentar la convención teatral-. Un día de finales de mayo, recibe un e-mail alertándole de una subida en el alquiler de casi un 75%, a aplicarse en poco más de un mes. Pero sólo es un e-mail, así que nuestro hombre, incrédulo, decide dejarlo ahí y seguir con su rutina de piscina, gimnasio y clases… Hasta que comprende que, efectivamente, debe plantar cara a la situación y ponerse en contacto con la inmobiliaria, si es que lo consigue. Además, seguro que es un error…. Pero ¿Y si finalmente consiguiese que alguien que no sea la voz de Pavarotti le atienda al otro lado del teléfono y sus peores temores se confirmasen? ¿Cómo se las ingeniará nuestro hombre para hacer frente a la crisis del ladrillo? ¿Dónde debe dejar su dignidad? ¿Quiénes están verdaderamente dispuestos a ayudarle? La cuenta atrás para salir de lo que ya son sus 38m² ha comenzado y tal vez nuestro protagonista deba decidir entre celebrar su propia desgracia o asumir un acto de resistencia –de ahí que la acción se sitúe en la calle Numancia, simpático hallazgo del texto-. ¿O acaso una celebración podría ser un acto de resistencia en sí mismo? Será cuando Francisco Gámez tenga que empaquetar su vida en imprevisibles lotes, a punto de tirar la toalla, cuando el inquilino prepare una última –y, en principio, disparatada- salida.

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Desde luego, la mejor baza de Inquilino seguramente sea el retrato humorístico que el autor e intérprete logra armar a partir de una situación en esencia dramática. En apenas una hora de función, Gámez consigue contar una historia de lo cotidiano, de lo pequeño; que muchas veces también incluye una suerte de microretrato social de un Madrid plenamente reconocible. Es una historia pequeña que engloba una gran tragedia; pero que, por lo tanto, hace bien en detenerse en las pequeñas cosas, ocupándose de las personas que le rodean –y su relación con ellas- y mirándose a sí mismo desde un lugar a medio camino entre lo que podríamos llamar un sainete de corrala contemporáneo y el esperpento mismo. El Gámez autor se ríe de sí mismo y de su entorno sin miedo, y por tanto nosotros nos reímos con él –pero nuca de él-. Porque a veces, efectivamente, no queda otro camino que la risa. ¿Cómo logra el autor convertir lo que bien podría ser un drama generacional en una comedia sainetística, absurda y esperpéntica? Lo consigue a través del tono del relato –salpicado de inteligente acidez- y del retrato de toda una serie de personajes que aparecen o bien en la narración o bien como voces en off, cuyo conjunto dibuja perfiles fácilmente reconocibles: desde la madre que habla desde el pueblo –y que quiere para su hijo una vida más estable, aunque esto implique regresar a la casa familiar-, hasta esa pareja que se cansa de ser un clavo ardiendo al que agarrarse, o la variopinta vecindad que rodea al protagonista –con perro ladrador incluido- o toda esa serie de voces mecánicas de teleoperadores que van cogiendo las llamadas –insisto, cuando no es la voz de Pavarotti la que responde-, Inquilino presenta perfiles y situaciones con los que todos habremos tenido que bregar alguna vez. Eso la hace tan divertida, tan real; y al tiempo tan dramática. Además, Gámez juega con habilidad en su relato ciertas convenciones teatrales, rehusando a dar referentes reales para mantener anonimatos, pero dándolos al mismo tiempo en una nueva carambola que muestra su capacidad de reírse de la situación. Y, mientras tanto, por supuesto, la situación –real, no lo olvidemos- aumenta implacable en su viaje hacia el surrealismo, para rematar en una especie de hecatombe final que agrupa a todos los estratos de la sociedad, y en la que el grito parece lanzar un mensaje claro: fiesta contra la injusticia, fiesta contra el desastre.

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Inquilino tiene, en su sencillez, un buen número de virtudes. Dura lo que debe durar –poco más de una hora-, de manera que entra ligera y nunca se vuelve reiterativa, y consigue ser una comedia consistente sobre un tema social de primer orden, porque está escrita desde la sinceridad; de manera que el tono –que en un principio puede dejar perplejo por su irreverencia- acaba funcionando muy bien, y dando con la clave para que el público conecte con el relato, con el autor y con el personaje. Además, siendo teatro autoficcional –con todos los problemas que pueden surgir- consigue no caer en lo que podríamos llamar esa pornografía emocional que con tanta facilidad podría llegar a adueñarse de este tipo de ficciones y no perder de vista que está haciendo una comedia pensada por y para el público, honesta e inmediata; por más que el hecho de escribir Inquilino haya podido nacer de la necesidad existencial de su autor. Se pasa un rato estupendo, sin duda alguna.

Respetando la máxima fundamental de la buena autoficción, es el propio Paco Gámez quien se mete en la piel de ese inquilino que aquí es personaje –pero que, por supuesto, no es otro que él mismo-, en un montaje que además codirige a seis manos junto a Judith Pujol y Eva Redondo. Dice mucho en su favor haber querido contar con una visión externa para armar un espectáculo que es tan personal, pero que aquí consigue no contaminarse de esa visión personalista que habría podido tener la puesta de haber quedado exclusivamente en manos de su autor. Aquí, sin embargo, se ha armado un montaje dinámico que, sobre un espacio en plano ligeramente inclinado y lleno de recovecos agujereados –Xesca Salvá-, bien iluminado por David Picazo, que permite unos cuantos hallazgos dramáticos a nivel expresivo; empleando además recursos audiovisuales y de teatro físico para contar una historia sencilla que, sin embargo, sabe cómo mantener ritmo e interés.

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Y, en el centro de todo esto, el Paco Gámez actor, con esa capacidad de conectar con el respetable contando la historia desde la sincera incredulidad que confiere al personaje un aire más cómico que patético, mostrando cómo la tragedia se convierte en el fondo en una comedia de corte surrealista; en una de esas historias en las que cuanto más superado se ve el héroe por las circunstancias, más disfruta ese público al que el personaje habla directamente. En el estilo directo, lleno de pachorra cómica y sincero que ha encontrado Gámez para contar su historia está otra de las virtudes de un espectáculo breve que, sin embargo, se ve con mucho gusto.

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Por su justa duración, por su inteligente forma de mirar con humor una tragedia personal y contemporánea y por la cómica honestidad de la interpretación Inquilino (Numancia 9, 2ªA) es un espectáculo que se disfruta como la experiencia camerística que es. Además, tiene la voluntad de trascender una historia tan personal para convertirla en un acto de teatro capaz de acercarse a todo el público: no todos los espectáculos de autoficción lo logran: Inquilino (Numancia, 9 2ªA) pasa sobradamente esta y otras pruebas.

H. A.

Nota: 3.35 / 5

Inquilino (Numancia 9, 2º A)”, de Paco Gámez. Con: Paco Gámez. Voces en off: Trinidad Blázquez, Fernando Epelde, Lucía Martínez Iglesias, Judith Pujol, Miquel Ángel Raió, Eva Redondo y Mikele Urroz. Dirección: Paco Gámez, Judith Pujol y Eva Redondo. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 15 de diciembre de 2019

2 comentarios leave one →
  1. Cncha permalink
    diciembre 22, 2019 13:20

    Hace días que he decidido dejar las redes temporalmente y ha coincidido con tus últimos post de butaca de anfiteatro por lo que mi comentario se quedará en tu blog.
    De todo lo que has visto y comentado en este mes solo he podido ver Juana pero me he leído todos.
    Me encanta como escribes y describes y, en muchos casos, me ayudas a entenderme a mi misma como en Juana.
    Un fuerte abrazo y felices fiestas.
    Nos vemos en el 2020!!

    • diciembre 22, 2019 15:57

      Feliz Navidad para vosotros también, Concha! Espero que tu baja de las redes sea solo algo temporal. En cualquier caso, seguro que nos seguimos encontrando en la vida. Gracias por tomarte el tiempo de leerme y comentar.
      Un fuerte abrazo y Feliz Año.
      Hugo.

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