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‘Firmado Lejárraga’, o saldando cuentas pendientes

diciembre 20, 2019

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Después de su éxito durante la pasada temporada en la pequeña sala El Mirlo Blanco, el Centro Dramático Nacional repone en estos días en su sala grande Firmado Lejárraga, el texto de Vanessa Montfort que, a medio camino entre el teatro documental y la comedia de fantasmas, revisa el legado de María de la O Lejárraga (1874-1974) esposa de Gregorio Martínez Sierra (1881-1947) y autora a la sombra de su marido, lanzando al aire una pregunta: ¿Escribió realmente María Lejárraga –o María de Martínez Sierra- gran parte de la producción literaria del autor de Canción de Cuna? Es el punto de partida de un montaje que indaga en una figura que ha permanecido en segundo plano durante largo tiempo. Ahora es su momento.

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Cuando accedemos a la sala, María Lejárraga se mueve con libertad por el espacio escénico. Pero pronto entendemos que no estamos ante la verdadera María Lejárraga, sino ante su fantasma que, años después de su muerte, supervisa –en la sombra, como siempre- una investigación en la que cuatro profesionales están a punto de dilucidar si, realmente, la autora ha sido algo más que una mera mujer a la sombra y podría estar detrás de toda la copiosa producción de Gregorio Martínez Sierra. Así, asistimos a dos planos de acción: el del presente, en el que los investigadores avanzan en sus pesquisas; y el del pasado, en el que conocemos de primera mano la relación de María Lejárraga con su esposo y con grandes personalidades de su tiempo con los que mantuvo estrecha amistad, a saber, Manuel de Falla –con quien habría cooperado en la creación de El Amor Brujo o Noches en los Jardines de España-, Joaquín Turina –para el que habría escrito el libreto de su ópera Margot-, Juan Ramón Jiménez –que se habría convertido en uno de sus mayores confidentes- o Federico García Lorca –a quien el matrimonio Martínez Sierra habría dado su primera gran oportunidad, impulsando el estreno de El Maleficio de la Mariposa-. Entre documentación real –convenientemente proyectada en el espacio escénico- y escenas de ficción, Vanessa Montfort propone un viaje al mismo tiempo personal e histórico, en el que podemos comprobar cómo el matrimonio que formaron Martínez Sierra y Lejárraga empezó siendo una dupla sólida y funcional –siempre impulsada por el ímpetu de María Lejárraga, que propició relaciones laborales con Cándido Lara o Jacinto Benavente, sin las que el nombre de Gregorio Martínez Sierra no hubiese llegado a ser lo que fue-. Un matrimonio útil y equilibrado, tal vez hasta que Martínez Sierra empezó a ser consciente de esa cierta autonomía que estaba adquiriendo su esposa en sus –plural, claro- creaciones literarias, precipitando el fin del matrimonio; del mismo modo que observamos ese abnegado segundo plano que la Lejárraga creadora asumió de buen grado, como si su rol fuese el de una buena esposa que tuviese que quitarse importancia ante los éxitos de su marido, sin poder evitar por ello la extraña fascinación que María ejercía en aquellos hombres que la rodearon. Al mismo tiempo, los investigadores discuten, se contradicen, aumentan datos e información y están resueltos a llegar al final de la cuestión: ¿Se limitó la Lejárraga a impulsar la carrera de su esposo o estamos ante un verdadero genio a la sombra por voluntad propia? En cualquier caso, el mensaje que nos lanza Firmado Lejárraga parece bastante claro: el legado mismo que ha dejado Lejárraga va más allá de su propia producción literaria; y se expande hasta la huella imborrable que dejó en aquellas personalidades que la rodearon.

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La pieza de Vanessa Montfort ofrece respuestas clarividentes, al mismo tiempo que recorre la vida cultural de una España marcada por la nostalgia y el exilio, dibuja todo el viaje de una verdadera adelantada a su tiempo y, en fin, revisa el periplo de un nombre clave de las letras españolas, que tal vez nunca ha tenido el reconocimiento que –verdaderamente- merecía. Podríamos decir, por lo tanto, que ante todo Firmado Lejárraga es un acto de justicia; pero, al mismo tiempo, se agradecen dos esfuerzos que la autora ha logrado con buena nota: por un lado, el de traer a primer término la historia de una mujer que merece ser contada –porque la función nos revela en María Lejárraga a una personalidad realmente fascinante- y por otro el haber armado una pieza de teatro armada de forma ingeniosa y agradable de ver más allá del mero documental, porque Vanessa Montfort sabe armar una dramaturgia tan sencilla como efectiva, que equilibra con inteligencia lo instructivo y la progresión dramática, conjugando el mundo de los vivos, el mundo de los muertos, el presente –el tiempo que corresponde a la investigación- y el pasado –la realidad del tiempo de María Lejárraga- sobrevolado siempre por la técnica de la presencia del fantasma, un recurso tan utilizado en el mundo del teatro como práctico para los fines que Vanessa Montfort quiere conseguir. Así, podemos decir que en Firmado Lejárraga la autora del texto no aspira nunca a quedar por encima del mensaje del legado que tiene que transmitir –parece consciente de que la verdadera protagonista es y ha de ser Lejárraga-, pero tampoco renuncia a armar un interesante juguete cómico. Como resultado, efectivamente, la función se ve con agrado.

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El montaje –que seguramente habrá crecido en su traslado a la sala grande desde el pequeño espacio de la Mirlo Blanco, por más que el escenario se haya adelantado aquí por encima de las primeras filas- no ha escatimado en lujos. La escenografía de Isis de Coura es hiperrealista en la reproducción de los diferentes espacios por los que transita la acción –biblioteca, escritorio, jardín con terraza, salón…- reproducidos en un todo sólido con todo lujo de detalles –pocas de esta envergadura se han visto en el Centro Dramático Nacional este año, es de ley señalarlo-, con la iluminación de Rodrigo Ortega ayudando a definir con claridad espacios y tiempos, y un buen número de adecuado vestuario de época que también firma Isis de Coura. Desde luego, no se puede negar que la factura del montaje es muy atractiva.

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La puesta en escena de Miguel Ángel Lamata apuesta de algún modo por un tono fundamentalmente clásico, que de algún modo podría ser deudor de lo que hubiesen sido las obras de la dupla Lejárraga/Martínez Sierra en su tiempo; pero enfocado siempre desde la sabiduría y la elegancia: en otras palabras, se siente como teatro clásico, pero nunca como teatro antiguo. Es, desde luego, una opción inteligente y coherente con todo el espíritu de la propuesta; puesto que el aroma de Lejárraga también se adueña del montaje. Cuenta además Lamata con un afinado elenco – desdoblados todos en presente y pasado, de una u otra manera- que ayuda a hacer de la propuesta algo verdaderamente interesante en su contexto. La doble María Lejárraga –real y espíritu- de Cristina Gallego lleva gran parte del peso de la propuesta y, en un hermoso trabajo, adopta una expresión poética, cálida y sosegada, atravesada en ocasiones por la nostalgia de ese pasado que mira desde el más allá; personificando bien la lucha interna que nace entre la creadora inquebrantable y la mujer de su tiempo, transmitida en una especie de luz contenida que desprende su mirada franca y que amenaza con salir a borbotones en cualquier momento: desde luego, es un trabajo muy sólido. A su alrededor, la elegante contención que aporta Miguel Ángel Muñoz a Gregorio Martínez Sierra da un enfoque poliédrico del escritor, dibujando a la perfección la imagen de ese hombre dispuesto a dar alas a su esposa, pero siempre y cuando a él le convenga: Muñoz no llega a dar vida a un villano, pero siempre hay algo adecuadamente impostado en su bonhomía que da muchas de las claves del rol; también gran trabajo. A Jorge Usón, por su parte, le corresponde personificar a Manuel de Falla, exacerbando lo suficiente una personalidad excéntrica de la que, sin embargo, renuncia con buen criterio a hacer caricatura. Alfredo Noval aporta humor contenido a su Juan Ramón Jiménez –y encuentra su mejor momento en su definitivo encuentro con María Lejárraga-, mientras que Gerald B. Filmore se desdobla entre el compositor Joaquín Turina y el poeta García Lorca, ofreciendo de este último una composición tan atrayente como arriesgada por lo inesperada que resulta, sacando juego a su marcada vis cómica. En cualquier caso, hay que señalar que todo el elenco se ve bien compenetrado, remando siempre a favor de un espectáculo que llega a buen puerto, entre otras cosas, por la convicción que demuestran todos ellos hacia lo que hacen.

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La función que presencié se saldó con un grandísimo éxito de público. Y no es para menos, porque Firmado Lejárraga es un espectáculo tan sencillo como bien ejecutado, con lujosos mimbres y la capacidad de poner en primer término una historia que merece ser contada por justicia, al tiempo que consigue armar espectáculo de teatro tan sencillo como perfectamente válido y bien presentado. Son, desde luego, elementos más que suficientes para justificar su visión; al tiempo que esta propuesta salda una cuenta pendiente desde hace mucho tiempo con la figura de María Lejárraga.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Firmado Lejárraga”, de Vanessa Montfort. Con: Cristina Gallego, Miguel Ángel Muñoz, Jorge Usón, Alfredo Noval y Gerald B. Filmore. Dirección: Miguel Ángel Lamata. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán, 14 de diciembre de 2019

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