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‘Man Up’, o continente y contenido

diciembre 19, 2019

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Hace ya algunos años que Teatro en Vilo –la compañía que codirigen Andrea Jiménez y Noemi Fernández, flamantes vencedoras del Premio El Ojo Crítico de RNE en este 2019- llamó la atención de todos con aquella propuesta imponente de teatro físico y de objetos que era Interrupted. Después de tan personal debut, presentaron la simpática pero menos compleja Generación Why, mostrando una nueva línea de trabajo que, sin dejar de lado el teatro físico se movía más en el terreno de la autoficción; de manera que uno podría preguntarse hacia dónde iría la naturaleza del grupo. Tras esto, dos nuevos espectáculos –Locos de Amor y Miss Mara, que no pude ver- parecían indicar que, efectivamente, Teatro en Vilo empezaba a dejar atrás aquel germen de su primera propuesta para lanzarse a un teatro más abierto, bioficcional o autoficcional, siempre con lo corporal como gran elemento expresivo. Ahora, ya consolidadas como una de las grandes compañías jóvenes del panorama nacional, presentan un mes en la Sala Francisco Nieva del Centro Dramático Nacional Man Up, un espectáculo que –en clave de farsa- reflexiona sobre el género, y particularmente la masculinidad, preguntándose cómo se construye y hacia dónde evoluciona la identidad de género masculino. Para ello, las dos directoras han invitado a cinco actores y han planteado una serie de encuesta por whatsapp preguntando a gente qué les gustaría ver hacer a hombres en un escenario. Del resultado de estas encuestas nace Man Up, una función que bebe de lo autoficcional, lo performativo y hasta el carnaval kitsch. La pieza parte de un prometedor arranque para irse deshinchando progresivamente hacia una propuesta más convencional en la que la factura visual se acaba imponiendo claramente a una capacidad crítica que acaba siendo demasiado epidérmica y amable, como si las autoras y directoras no pretendiesen ofender ni asustar a nadie, tratando como están tratando un tema espinoso. Y, a la vista, de la espléndida escena inicial, cabría esperar un desarrollo más crítico, que nunca termina de llegar en una función que no es precisamente corta.

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El espectáculo se abre ante una improbable jungla artificial presidida por un cuadro de una catarata –estupenda recreación surrealista de Mireia Vila Soriano- y con Andrea Jiménez embutida en una especie de traje de Barbarella rosa, erigida en maestra de ceremonias, explicando que, efectivamente vamos a hablar de masculinidades trasnochadas y la reformulación del concepto de lo masculino; mientras los cinco actores la rodean y representan a algunos iconos de la masculinidad contemporánea –aparecen McEnroe, John Wayne, Humphrey Bogart, Batman, un astronauta y hasta un oso polar barbudo tras el que se escondela siempre camaleónica Noemí Rodríguez-: son esos iconos de lo masculino con los que hay que terminar, el rol de hombre como símbolo. Tras esto, la maestra de ceremonias plantea una serie de preguntas a los concursantes –porque el conjunto tiene un aire de concurso televisivo americano ante el que es imposible no reírse- sobre tópicos de la masculinidad para que se agrupen conforme estén muy de acuerdo, algo de acuerdo o nada de acuerdo. Hasta aquí, bien, el todo tiene un tono delirante, socarrón e irónico que es lo mejor del espectáculo y que, desde luego, nos plantea una alta expectativa, porque como comienzo es verdaderamente poderoso. Con ese inicio, uno espera que Teatro en Vilo saque toda la artillería para, efectivamente, poner los tópicos de vuelta y media… y, sin embargo, esa crítica acidísima del comienzo se diluye al poco de empezar. Es una lástima, porque si todo hubiese transitado en esta línea, el resultado hubiese sido otra cosa.

Entonces entra en juego la verdadera naturaleza del montaje: se ha pedido a una serie de personas que digan qué quieren ver hacer a hombres sobre un escenario; y estos hombres estarán dispuestos a hacer lo que se les pida, en favor del espectáculo. Se nos muestran, efectivamente, grabaciones, de gente sugiriendo que quiere ver a los hombres pedir perdón por aquello que representan, ejecutar una coreografía de cheerleaders o ver a un hombre bañando a otro hombre… y todas esas imágenes van tomando forma en escena con mayor o menor fortuna; bien para dar al hombre roles que no son los que socialmente se supone que les correspondan o bien para hacer cierto escarnio –ahí vemos, por ejemplo, a Juan Paños, tras perder una competición que es algo así como un pulso de masculinidad, someterse al delirio de un público que le tira manzanas mientras él aguanta estoicamente en pelota picada…-. Son una serie de sketches que, desde luego, pierden mucha fuerza con respecto al arranque porque, efectivamente, esa crítica –que se esperaba corrosiva- casi nunca logra pasar del lugar común, de una mascarada buenrollista que nunca busca hacer sangre. ¿Con qué quedarse de toda esta sección central? Tal vez con las imágenes, e incluso con un movimiento coreografiado bien planteado, en un espectáculo que tiene momentos visualmente atractivos, pero en el que lo plástico se acaba tragando el mensaje de la dramaturgia.

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Hay todavía una tercera sección en la que los cinco hombres se enfrentan a sus miedos, a sus carencias, a aquellos agujeros negros de sus personas que no deberían mostrar en público por ser hombres… con lo que el espectáculo entra más de lleno en el terreno de la autoficción. Vemos entonces a Alberto Jo Lee abrirse en canal mientras rememora la relación con su padre –se expresa en coreano y a través de las artes marciales; y, con todo, es el momento de emoción más sincera de la propuesta-, o a Fernando Delgado-Hierro cagarse en la autoficción, de la que afirma estar harto –curioso, solo unos meses después de haber hecho la estupenda Los Remedios-, abandonando la sala de un portazo –había un momento semejante en Generación Why- mientras hace un esfuerzo descomunal para decirle –¡por fin!- por teléfono a su hermana que la quiere. Baldo Ruiz conjura a sus demonios y los expulsa expresándose a través de la danza; mientras que Pablo G. Boutou consigue transmitir en su relato un aire de ternura que genera una conexión inmediata con el público. Y, para el final de la función, Noemi Rodríguez –que ha ido ejerciendo de comentarista socarrona aquí y allá, en otros de los mejores momentos de la pieza- entona un mea culpa de agradecimiento; porque, efectivamente, ha visto – como hemos visto todos- que hay algo más allá del concepto de hombre machirulo, que queda esperanza y que hay hombres buenos a los que se puede querer. La pieza termina, nuevamente –recuperando algo a lo que ya se había recurrido en Generación Why– con una declaración de amor entre Andrea Jiménez y Noemi Rodríguez, que aquí resulta más sucinta y menos emocionante –¿quizá porque ya la habíamos visto antes?- de lo que resonaba en la función anterior. Con todo, cabe decir que este derroche emocional de esta tercera sección tiene algo de impostado que va a lo más fácil –personalmente, solo Alberto Jo Lee me transmitió emoción verdadera: desde luego, aplauso para él-.

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Llegados a este punto –después de una función de una hora y cincuenta minutos que acaba resultando muy larga para lo que nos tiene que decir- uno se pregunta dónde ha quedado la crítica que se prometía en aquel prólogo. Porque cuando, hacia el inicio, Rodríguez y Fernández nos pedían perdón por abordar esta temática, uno piensa que es parte de esa ironía que va a derrochar el montaje y que luego solo llega con cuentagotas. La sensación es que, desde luego, se ha querido hacer un montaje divertido –lo es por momentos-, bonito –la estética es su mayor baza- y que no hiera sensibilidades más de la cuenta, igual precisamente porque –como insisten en varias ocasiones- estamos en el Centro Dramático Nacional. El caso es que uno se queda con la sensación de que la cosa va a medio gas; y que podría haber dado más de sí si realmente se hubiese apostado por un tono más farsístico irreverente, como prometía el prólogo. Pero no ocurre: se apela a lugares comunes, se apela a la emotividad del espectador mediante discursos que a veces resultan bastante facilones y nunca se entra de lleno en el que debería ser el quid de la cuestión, ni en una moraleja que vaya más allá de que, efectivamente y contra todo pronóstico, existen los hombres buenos y sensibles, aunque parezca que está mal visto. ¿Dónde se empieza a tambalear un montaje que recupera el pulso en la tercera parte? ¿No ha funcionado bien la técnica de las encuestas por whatsapp a la hora de crear material verdaderamente interesante? Puede, porque es esa parte central la que encuentro más innecesariamente larga; y creo que el montaje ganaría en una agilidad que ahora es necesaria si esta sección se recortase; incluso más allá de que las tesis que se defienden me parezcan demasiado sencillas porque, efectivamente, la parte final autoficcional, recupera el pulso – por más que emplee un par de recursos que ya hemos visto antes en Generación Why-.

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En favor de  Teatro en Vilo –cuyo talento está sobradamente demostrado y fuera de toda duda- hay que decir que la factura formal del montaje –escenografía de Mireia Vila, vestuario de Yaiza Pinillos, iluminación de Miguel Ruz Velasco, dominio de los elementos para crear una plástica atractiva, trabajo corporal con los intérpretes…- es impecable, y sin duda se erige en el máximo atractivo de una propuesta que también gana a la hora de comprobar la comunicación clara y directa que las directoras establecen con el público, metiéndoselo en el bolsillo y haciendo que sea cómplice y partícipe de cuanto sucede en escena. Es de ley reconocerlo, y posiblemente lo más interesante del espectáculo resida precisamente ahí: en la organización de un puñado de buenas imágenes y en la inmediatez con la que se dialoga con el público, dos virtudes que aportan esa frescura marca de la casa.

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Así y todo –incluso más allá de que parezca que la línea de trabajo que iniciaron con Interrupted queda cada vez más lejos…- considero que en este Man Up el buen continente acaba devorando a un contenido que se pretendía ácido y no puede evitar caer en algunos lugares comunes en vez de rascar más profundamente. Hay que reconocer que gran parte del público se volcó con la propuesta y disfrutó de lo lindo. Yo, por mi parte, encontré momentos frescos junto a otros caídos de tensión, casi a partes iguales. Y si pedimos más a Teatro en Vilo es porque sabemos que nos lo puede dar. Desde luego, que este sea –en mi opinión- su trabajo menos redondo en absoluto me hace perder la curiosidad hacia futuras propuestas, deseando – eso sí- que la senda de Interrupted vuelva a asomar pronto.

H. A.

Nota: 2.25/5

Man Up”, dramaturgia de Noemi Fernández y Andrea Jiménez, a partir de improvisaciones con los intérpretes. Con: Andrea Jiménez, Noemi Fernández, Fernando Delgado-Hierro, Pablo Gallego Boutou, Alberto Jo Lee y Baldo Ruiz. Dirección: Andrea Jiménez y Noemí Rodríguez. TEATRO EN VILO / CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva), 14 de diciembre de 2019

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