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‘Los Hijos’, o de conciencia ecológica

diciembre 13, 2019

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De un tiempo a esta parte, David Serrano ha conseguido encontrar un cierto equilibrio entre una línea de teatro bastante comercial –con grandes nombres en cartel y montajes tan vistosos como clásicos- y la presentación en España de textos contemporáneos que venían aupados por grandes éxitos en sus países de origen. La Venus de las Pieles, Buena Gente o Los Universos Paralelos podrían ser tres buenos ejemplos recientes de ello. Presenta ahora en El Pavón Teatro Kamikaze –para posterior gira- Los Hijos, un texto de la joven autora británica Lucy Kirkwood (1984-) estrenado en Londres en 2016, con posterior temporada en Broadway y considerado por algunos críticos internacionales como uno de los textos más atrayentes de la década. Para su versión, Serrano se rodea además de un importante y sólido elenco actoral –Adriana Ozores, Susi Sánchez y Joaquín Climent, nada menos- con lo que, sobre el papel, podríamos estar ante uno de los pelotazos de la temporada. Y, sin embargo, de entrada nos encontramos con lo que podríamos llamar un “drama ecologista” que se sirve de la cuestión medioambiental para indagar además en las vidas de tres personajes maduros y su relación –personal e implicacional- con el mundo que les rodea. Un texto extenso para lo que va a contar, que apuntala alguna idea interesante; pero que sin embargo rechaza profundizar con mayor detenimiento en los conflictos personales de sus protagonistas, con lo que la acción es escasa y el interés acaba decayendo. Y, esto, ante el beneplácito generalizado de la crítica internacional, causa una cierta decepción: porque Los Hijos lo tenía todo para ser gran teatro; pero, sin embargo, reconozco que el texto mismo se me hizo bastante cuesta arriba, con menos alicientes de los que prometía a primera vista por una cuestión de su (no) desarrollo.

Robin y Hazel son un matrimonio maduro de científicos nucleares retirados, que vive en una cabaña cercana a una antigua central en la que una catástrofe nuclear ha arrasado el terreno hace algunos años. Ellos, sin embargo, viven muy cerca de la zona de exclusión, en un lugar “casi” seguro en el que, sin embargo, se notan los estragos de la catástrofe: los cortes eléctricos son constantes, la luz es escasa y han desarrollado un modo de vida sostenible que resulta oscuro y decadente; pero siguen con su rutina diaria, fingiendo normalidad. Él intenta reflotar un ganado muerto por la tierra baldía al tiempo que fabrica licores de hierbas, mientras ella lleva una vida aparentemente tranquila, con mucho de monótono; en algún lugar lejano, además tienen una hija ya adulta con la que hablan a menudo pero a la que ya hace tiempo que no ven. Será la visita inesperada de Rose –una colega del matrimonio a la que hace más de 30 años que no veían- la que ponga patas arriba los cimientos de esa casa. Porque, consciente de que son los jóvenes quienes intentan reflotar ahora la central –y considerándolo injusto-, la científica tiene un plan mejor en el que espera que sus compañeros se impliquen… Y es que ¿cuál es la responsabilidad de su generación con las venideras? ¿existe la conciencia de sacrificio? Y, por si fuera poco, Robin y Hazel deben enfrentarse no solo a la dicotomía de la propuesta de Rose; sino también a los conflictos personales que arrastran con ella como un lastre hace ya algunos años.

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El texto de Lucy Kirkwood plantea, desde luego, una reflexión ecologista acerca de la concienciación medioambiental que debemos tener en los tiempos que corren; pero, desde luego, plantea el conflicto –el único conflicto central, el que corresponde a la petición de Rose- demasiado pronto. Desde ahí, el debate se vuelve al tiempo árido y sencillo; al tiempo que la autora dibuja sucintamente retratos de sus personajes para que entendamos qué mochilas llevan, cómo les ha afectado su pasado como científicos nucleares y De entrada, con la llegada de Rose a la casa, hay un ambiente de falsa cordialidad que esconde un mar de fondo que nos mantiene en la expectativa de que algo más va a ocurrir, y de que lo verdaderamente importante de la pieza va a estar no tanto en el conflicto de conciencia medioambiental, sino más bien en los conflictos entre los personajes. Los roles están bien dibujados: desde la aparente vida tranquila de Robin y Hazel hasta el carácter más combativo de Rose; por más que en el fondo los tres sean –por decirlo de alguna manera- una suerte de mutilados de guerra. Kirkwood tiene piezas en el tablero como para jugar una buena partida; y, sin embargo, de pronto la acción se diluye, el conflicto se queda en asuntos demasiado evidentes y la concienciación del público a través de los personajes acaba siendo el motor de una pieza que pierde interés toda vez que hemos entendido de lo que nos está hablando. A Los Hijos –una función de texto y de estructura fundamentalmente convencional- le sobra metraje y puede llegar a aburrir –sobre todo en un sector central que no alza el vuelo lo suficiente-. Siento que el texto mismo es la base de que no consiga establecer una conexión más directa con la pieza; porque el montaje que aquí se ofrece tiene las suficientes garantías. Así las cosas, es inevitable no preguntarse de dónde nace el éxito internacional innegable que está obteniendo… ¿es una pieza que aborda cuestiones de las que conviene hablar ahora? El mensaje es tan actual como sencillo en sus formas; y quizá por eso esperásemos algo más. ¿Por qué Kirkwood dibuja personajes interesantes, pero renuncia a desarrollarlos más? ¿Basta con lanzar este mensaje ecologista de compromiso con las generaciones venideras porque es un asunto en boga a día de hoy? ¿Conviene escribir hoy sobre lo que hay que escribir y por eso se encumbra esta obra? Surgen todas estas preguntas; pero el teatro debería ser algo más, y Los Hijos tenía herramientas para ser algo más. A mi juicio, el texto mismo se queda corto; aunque habrá un público que quizá piense que esto es más sesudo de lo que parece a primera vista.

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David Serrano ha encontrado desde hace ya algunos años la fórmula del éxito que equilibra un teatro sencillo y bien hecho, sin mayores complicaciones que las de contar la historia, al mismo tiempo; y nuevamente vuelve a mostrar esas credenciales aquí. Vistosa escenografía de Mónica Boromello, que reproduce una habitación de la cabaña haciendo buen hincapié en la falta de tecnología – con expresiva iluminación centelleante de Cornejo-; a la que, sin embargo, se le acaba sacando menos uso del que se podría a primera vista. Sobre este espacio –que sin duda es la gran baza de la propuesta-, el director saca partido del trío actoral que tiene. Y, desde luego, Susi Sánchez – adecuadamente rotunda, aunque quizá algo constreñida en el traje de Hazel, esa ama de casa apática que gana cuando por fin parece que va a explotar-, Adriana Ozores –en una Rose que evita, con buen criterio, convertir sus proclamas en arengas; y que tiene con Hazel, a solas, los que quizá sean los pulsos más interesantes de la pieza cuando aún no sabemos por dónde respirará el asunto- y Joaquín Climent –que acierta de pleno en el dibujo de la pachorra de un Robin que, a priori, parece intentar mirar para otro lado ante la debacle en la que viven- echan el resto para que la función alce el vuelo. Hay temperatura, escenas bien sostenidas y tensión encubierta bien dibujada; pero la morosidad del texto mismo acaba lastrando de algún modo su trabajo: hacen lo que pueden con lo que tienen, pero no siempre es suficiente para mantener la atención. Del mismo modo, Serrano ha planteado un epílogo extraño –esa última escena es confusa y dibuja, de nuevo, una falsa expectativa- en un momento en que quizá esperemos un estallido definitivo que nunca llega. Intuyo que aquí el texto es un lastre en sí mismo: queda, en cualquier caso, la sensación de que con los mimbres que hay en este espectáculo, bien merecería contarse una historia más interesante que esta.

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Los Hijos es, desde luego, un texto que tenía que llegar a España; aunque solo sea por la repercusión internacional que está teniendo. Y, sin embargo, parece una pieza hija de su tiempo en la que la autora ha preferido anteponer el mensaje al desarrollo de unos personajes que, al menos a primera vista, resultaban interesantes. El espectáculo, sin duda, es bueno; pero, a la vista de los antecedentes con que se nos presenta el texto, cabría esperar bastante más de lo que realmente nos cuenta. Puede que haya un público que se quede satisfecho, pensando que la pieza va más allá de lo que parece; pero si uno se detiene a examinar el texto, no cabe duda de que la cosa debería tener más chicha de la que verdaderamente tiene. Este gran equipo merecería un mejor espectáculo para ellos.

H. A.

Nota: 2.25 / 5

Los Hijos”, de Lucy Kirkwood. Con: Susi Sánchez, Adriana Ozores y Joaquín Climent. Versión y dirección: David Serrano. PRODUCCIONES ABÚ / MILONGA / SEBASTIÁN BLUTRACH / GOSUA / KLEMARK.

El Pavón Teatro Kamikaze, 5 de diciembre de 2019

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