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‘Próximo’, o ¿amor? en tiempos de Skype

diciembre 11, 2019

PRÓXIMOCARTEL

Desde que hace ya casi quince años estrenase La Omisión de la Familia Coleman –más que un clásico, una función que es pura historia del teatro mundial reciente, y que sigue de gira mundial después de todo este tiempo- Claudio Tolcachir ha revolucionado lo que podríamos llamar el sistema de teatro argentino de las últimas décadas. Antes y después vendrían muchos otros, pero no cabe duda de que Tolcachir escribió una página propia en letras mayúsculas; y por eso cada estreno de un nuevo texto propio ha de acogerse, como mínimo, con gran curiosidad. En el Festival de Otoño presentó Próximo, una pieza de cámara estrenada en 2017 –que sigue en gira desde entonces-, interpretada por Lautaro Perotti y Santi Marín, que reflexiona sobre cómo se construyen las relaciones y la comunicación en la era 2.0. ¿Puede existir el amor a través de Internet? ¿Pueden las redes unir a dos personas que, en otras circunstancias, jamás hubiesen coincidido? ¿A veces resultan más cercanos aquellos que están lejos? ¿Fluye del mismo modo una relación en la vida real que a través de Internet? Son algunas de las preguntas que plantea la trama que ha ideado Tolcachir, que presenta su obra como una historia de amor a distancia a través de la red. Pero, por encima de todo, después de ver Próximo surge una nueva pregunta sobre la que reflexionar: ¿Es esto realmente una historia de amor?

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Elián es un actor español que vive en Madrid y trabaja hace ya algunos años en una serie de médicos de poca monta que, sin embargo, le ha convertido en una cara conocida para el gran público: tiene éxito, tiene todo lo que quiere y se pasa la vida entre los platós y la cama en la que duerme las resacas. Pablo es un joven bonarense que vive como puede hacinado en Australia, encadenando trabajos basura y pendiente de su madre: es humilde, no tiene comodidades y pertenece a otra clase social. Por algún tipo de circunstancia –se sugiere que el hecho de que la madre de Pablo sea fan de la serie de Elián podría haber sido un motor- Elián y Pablo entablan una profunda amistad, primero en redes sociales y después a través de alguna herramienta de comunicación en red –seguramente Skype-. En el escenario apenas les separan unos centímetros; pero no pueden ni mirarse ni tocarse porque en la vida real les separa un abismo: el abismo que va de Madrid a Australia pasando por Buenos Aires. Ambos fantasean con el hipotético momento del encuentro físico, que se demora más y más. Mediante una serie de conversaciones progresivas, conocemos cómo su relación –que pronto se convierte en un amor a distancia con algo de platónico- progresa, al tiempo que profundizamos en los huecos de las vidas de unos personajes que no son lo que parecen a primera vista. Porque detrás de su pose de galán de televisión, Elián esconde una vida de soledad y una represión dependiente de la figura de su padre –un alto cargo político con todas las papeletas para verse inmerso en un caso de corrupción-; y, por supuesto, Pablo tiene una vida mucho más compleja de lo que nos pueda estar vendiendo, en su esfera de pobreza, soledad y lejanía. Ambos están, a fin de cuentas, muy solos. Quizá sea por eso por lo que dos personas tan aparentemente opuestas se acompañan, se reconfortan y se necesitan… a miles de kilómetros de distancia, claro. De algún modo, a través de la distancia, ambos pueden acompañarse en su soledad desesperada; pero también maquillar sus realidades a su gusto, hasta que la vida se impone. Así, Próximo se afana en dibujar la relación entre ambos personajes, y tensar las cuerdas cada vez que surge la posibilidad de pasar del plano cibernético al plano real. ¿Hay lugar para una relación –sea cual sea- entre ellos más allá de la pantalla del ordenador? La vida les pondrá a prueba.

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Desde luego que, más allá del ejercicio de estilo e interpretación que supone –porque no es fácil armar toda una obra sobre una distancia figurada que en escena no existe- Próximo no aporta demasiada novedad a un género –el de las relaciones a través de Internet- que ya se ha explorado con anterioridad –en cine hay muchos casos, pero nos podríamos remontar incluso a Tienes un E-Mail (1998); y en teatro hemos visto hace algunos años Contra el Viento del Norte, por poner un par de ejemplos-, y pretende ser una comedia entre dramática y ligera sobre la construcción de las amistades en la era de Internet. La trama se sigue con agrado, pero ni escapa a ciertos tópicos ni esconde una primera mitad en la que pasan pocas cosas y se nos insiste demasiado en datos que al autor le interesa que queden bien claros. En la segunda mitad –cuando las cosas empiezan a ponerse más oscuras-, el conflicto mejora; pero debemos asumir una serie de dogmas de fe, como que la relación perdure después de un feo que me parece imperdonable –y motivo más que suficiente para no volver a coger ninguna de esas llamadas-; o que la vida de ambos dé un giro casi consecuencia del karma que provoca que, de pronto, se miren como iguales ante la adversidad y tengan que jugarse todo – integridad física incluida- a una carta, con la esperanza de un futuro juntos como única solución a sus vidas. Para entonces, la relación –que hasta el momento podría definirse como recíproca- ya se ha convertido en un juego de dependencia con algo de tóxico que no sabemos cómo podrá acabar… Porque, a fin de cuentas, las vidas de Elián y Pablo son tan tristes que, en sus soledades, no tienen más que el uno al otro.

Viendo Próximo –una pieza de visión agradable pero demasiado sencilla en fondo y formas como para salir de todo un Tolcachir- surgen algunas preguntas claras: ¿Por qué debemos suponer que estamos ante una historia de amor y no ante una historia de dependencia tóxica? Es cierto que los personajes podrán tener cybersexo y que hay un vínculo muy fuerte creado… pero cuesta entender la relación entre Elián y Pablo como una historia de amor propiamente dicho –incluso por más que el desenlace tense mucho la cuerda de la dependencia- salvo que queramos verlo como un amor platónico, y por tanto irrealizable. De hecho, con bastante pericia, Tolcachir propone un desenlace abierto – en una tensa escena que se cuenta entre lo mejor de la función- para que cada espectador decida el futuro de estos personajes. Un futuro que, al menos desde mi punto de vista como espectador, no promete ser especialmente halagüeño. Hay de hecho algo artificial en la relación entre ambos hombres –quizá buscado, por la comodidad que produce la distancia- que nos hace mirarla con frialdad: parece que, en algún momento ambos llegan a jugar con el otro; de manera que podemos llegar a plantearnos cuál es la verdadera naturaleza de lo que vemos. ¿Hay un vínculo sincero y real entre ambos más allá de la necesidad de llenar un vacío? Es complejo afirmarlo con claridad; pero la lectura que hago de la obra dista bastante de la historia de amor que es en apariencia. Y tal vez en la ambigüedad con la que se arma la relación esté otro acierto de la pieza, que puede no ser una historia de amor, sino más bien algo distinto que nos hace plantearnos la realidad –o no- de las relaciones que establecemos a través de la red. ¿Podemos poner la mano en el fuego por Elián y Pablo? Dependerá de cada uno, pero a mí personalmente me parece complicado. ¿Tienen futuro? Tocará al espectador decidirlo. Pero insisto en la gran pregunta sin respuesta que me deja esta función: ¿Es Próximo verdaderamente una historia de amor? Y, si la respuesta es afirmativa ¿A qué tipo de amor nos estamos enfrentando? ¿Tal vez a ese amor líquido que definiese Bauman y que tanto tiene que ver con las temáticas que se abordan en esta función? Posiblemente. Por otro lado ¿Sigue siendo Skype la principal herramienta de comunicación en Internet desde que se estrenase esta pieza hace ya casi tres años? Es otra pregunta que surge. En cualquier caso, la pieza de Claudio Tolcachir, aunque crece conforme avanza, es bastante más sencilla de lo que se espera en un primer momento; y vale más por las preguntas que nos llevamos a casa que por lo que realmente vemos en escena, por más que los diálogos sean a menudo ingeniosos y despierten la sonrisa –el momento, por ejemplo, Annie es de un delirio cómico tremendo que funciona muy bien-.

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En el escenario se disponen los dos espacios, con mobiliarios desperdigados –en una de esas escenografías auténticamente argentinas- y, al fondo, una especie de cruce de caminos de carretera que genera una expectativa y se queda en un mero símbolo, porque nunca se usa del todo. Así las cosas, el espectáculo se sustenta básicamente en el más que interesante trabajo de ambos intérpretes. Santi Marín (Elián) y Lautaro Perotti (Pablo) se entregan a un trabajo casi coreográfico en el que comparten escenario y espacio; pero nunca llegan a mirarse a los ojos, ni mucho menos a tocarse, para evocar los miles de kilómetros de distancia que separan a sus personajes. Mantener la tensión dramática en estas condiciones no ha de ser sencillo, y sin embargo ambos realizan un trabajo individual de altos vuelos, en un montaje que Claudio Tolcachir dirige con sencillez pero buen pulso. El ejercicio teatral al que asistimos y lo bien resuelto que está por los intérpretes seguramente sea lo más interesante de un espectáculo que ha de verse como un texto más o menos menor dentro de la producción de Tolcachir. Así y todo, interpretativamente hablando estamos ante un espectáculo bastante interesante.

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En suma, Próximo es un espectáculo interesante en las formas, que exige un complejo trabajo de sus actores al que responden con entrega y acierto. Deja en el aire interesantes preguntas que, sin embargo, no siempre corresponden al núcleo central de lo que se cuenta –¿es esto una historia de amor?- ; y, en esencia, es menos compleja de lo que parece a primera vista. Un Tolcachir menor pero entretenido.

H. A.

Nota: 3/5

Próximo”, de Claudio Tolcachir. Con: Santi Marín y Lautaro Perotti. Dirección: Claudio Tolcachir. COMPLEJO TEATRAL DE BUENOS AIRES / MAXIME SEUGÉ / JONATHAN ZAK / TIMBRE 4.

XXXVII Festival de Otoño, Teatro de la Abadía, 4 de diciembre de 2019

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