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‘O Meu Mundo Non É Deste Reino’, o el totalitarismo como farsa universal

diciembre 7, 2019

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Espectáculo en lengua gallega

Para su espectáculo de presentación, Teatro da Ramboia ha escogido recuperar Farsa de Bululú – icónica farsa antifranquista que le valiese a su autor el Premio Abrente en 1973 en la primera edición del certamen-. El presente proyecto –flamante vencedor del primer certamen Manuel María de Proyectos Teatrales que organiza la Casa-Museo Manuel María- llega en una versión libre que recupera el título original de la pieza –O Meu Mundo Non É Deste Reino- y que busca un bien sostenido equilibrio entre la farsa de marionetas original y una duplicidad más enfocada a lo histórico, por medio de la conversación entre los dos feriantes que deben dar vida –una y otra vez- a la farsa, lanzando una reflexión sobre la necesidad –o no- del arte como motor de cambio social, e incidiendo no solo en el daño que la Dictadura franquista supuso para España; sino en los peligros que puede suponer el auge de cualquier totalitarismo en cualquier contexto social. Así, la versión libre –que firma la directora María Peinado- excede el propio texto de Manuel María para armar una pieza que respeta el texto original –e incluso el código de farsa de marionetas- apostar con decisión por un código de denuncia social que mantiene, en su juego metateatral, el aroma de farsa negra que desprende el original.

En un ambiente oscuro y decadente –síntoma de los tiempos que corrían, pero también de los tiempos que aún corren- O Meu Mundo Non É Deste Reino nos presenta a Tomás y Camilio, una pareja de bululús que viaja por las ferias con su teatrito portátil para escenificar una y otra vez esa Farsa de Bululú, que viene a ser la historia de cómo el gran Rey Bululú –un títere de cachiporra- toma las riendas de su reino, amparado bajo la corruptela de toda una serie de secuaces –el Gran Canciller, el Ministro de Hacienda, el Médico Real y hasta su propia esposa, la Reina Facunda- que se apuntan sin dudarlo a reírle las gracias, quién sabe si simplemente para sacar tajada o tal vez para salvar el pescuezo. En cualquier caso, toda esta troupe de personajes –enfocados siempre desde el mundo de la marioneta- dan una idea clara de hasta dónde puede llegar la degradación del ser humano cuando caemos en un contexto totalitario. Evidentemente, la asociación entre los personajes de la alegoría y aquellos que formaban parte del entorno franquista no se hace esperar y es obvia, de modo que –en primera instancia- esta Farsa de Bululú es una manera que encuentra el autor para criticar lo que entonces era la realidad española –no olvidemos que la obra se escribe a finales de los 60 y se estrena a mediados de los 70- desde un código de marionetas que buscaba, seguramente, pasar de puntillas la censura; de modo que Manuel María plantea aquí un teatro claramente político desde lo satírico- Y, sin embargo, la presente versión va más allá, porque interrumpe aquí y allá la representación propiamente dicha para dejar conversar a Tomás y Camilo – las dos caras de una misma moneda- acerca no solo del valor que debe tener el arte sino también –y sobre todo- de la penosa situación vital y social que atraviesan. Uno de ellos busca resignarse mientras otro defiende la línea más combativa: ¿Para qué hacer teatro? ¿Se necesita el teatro en esos tiempos oscuros? ¿Son los tiempos tan oscuros como los pintan? Y así, la farsa –que parecen casi condenados a repetir- avanza casi como una bombona de oxígeno que separe a los dos comediantes de la oscura realidad que les toca vivir, una realidad salpicada de hambruna, cartillas de racionamiento, nacionalcatolicismo y, en suma, de un sistema totalitario que está hundiendo un país en la podredumbre más absoluta.

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Fotografías: No Majors.

Puede que lo más interesante de la dramaturgia que firma María Peinado sea no solo el hecho de poner en primerísimo término esa corriente política y social que emana el texto original en sí mismo, sin perder por ello ni el carácter de farsa de la pieza ni el género original del títere; sino también –y sobre todo- realizar una lectura menos concreta y más universal, elevando la lacra de una Dictadura a cualquier totalitarismo, en cualquier país y en cualquier momento. Así, los títeres de esta Farsa de Bululú son figuras que portan fotografías no sólo de personajes del franquismo, sino de otros líderes de totalitarismos varios –junto a Franco aparecen aquí Mussolini, Hitler e incluso Margaret Thatcher-, de manera que la crítica que lanza el espectáculo se eleva con bastante inteligencia, quizás haciendo hincapié en la actualidad que tiene –que sigue teniendo- la pieza a día de hoy, tantos años después. Porque, desgraciadamente, siempre habrá líderes despóticos y el totalitarismo seguirá: da igual dónde, da igual cuándo; pero algo de eso parece desprender la visión – tan pesimista como certera- de la directora. Del mismo modo, es un acierto trufar el ambiente tanto del aroma de la decadencia de la España franquista por un lado como de lo que podríamos llamar el opio del pueblo: al aroma del incienso, al hambre y a la polvorienta pobreza hay que sumar aquí los ecos de Manolo Escobar, Massiel o Raphael, entre otros, en un claro signo de que hay que provocar que el pueblo mire para otro lado para olvidar la que está cayendo fuera. Vuelve entonces –siempre en ese tono de farsa que impregna todo el espectáculo- la gran pregunta: ¿Para qué sirve el arte en tiempos de crisis? Es uno de los debates que mantienen los dos titiriteros durante la función; pero en la propuesta de Peinado el símbolo se eleva mediante toda una serie de elementos –sobre todo musicales-que ayudan a confrontar la gran pregunta: ¿Es conveniente armar una gran ficción para evadir la realidad? ¿No queda otra? En cualquier caso, creo que la propuesta dramatúrgica es audaz puesto que engrandece el mensaje y el valor del original sin traicionar nunca su esencia.

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Estamos ante un espectáculo de cámara, que crecerá en las distancias cortas –en algunas plazas, incluso, se dispuso público en escena, con muy buen criterio- y que tiene gusto por el detalle, por lo pequeño. Así, el teatrillo de despliegan a los ojos del espectador –es la propia María Peinado quien ha diseñado la escenografía y las marionetas-, resplandece en escena gracias a la audaz iluminación de Germán Gundín, que ayuda a enfatizar el detallismo de la escenografía. Hay en la puesta en escena, como digo, gusto por lo simbólico; y, sobre todo, buen uso de los recursos de que se dispone, de manera que el espectáculo puede verse como una especie de matrioshka en la que se van descubriendo más y más capas sorprendentes en el juego entre teatro de actor y teatro de marioneta en el que se equilibra constantemente la apuesta. No es fácil hacer que ambas disciplinas dialoguen en perfecto equilibrio como ocurre aquí. Con todo, sí creo que el espectáculo pide una cercanía con el público y una inmediatez que quizá no se da en el Teatro Rosalía como se dará en otras plazas, y me parece importante tener en cuenta el factor de la cercanía –para ver el detalle, pero también para el diálogo directo que la pieza establece con el público- de cara a próximas funciones. El espectáculo ganará en las distancias cortas, porque es lo que pide y necesita.

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El trabajo de Anxo García y Fran Lareu es de equipo y plural; porque –dado que la propuesta dialoga constantemente entre el teatro de marionetas y el teatro de texto- ambos deben entrar y salir no sólo de códigos –la escenificación de la farsa, la lucha dialéctica de lo real…-, sino también de técnicas –la manipulación de marionetas, la farsa de texto en sí mismo…-, con todas las dificultades que ello conlleva. Ambos sostienen sobradamente el peso del espectáculo, en una propuesta compleja por su dificultad, en la que tal vez no puedan lucirse de modo individual, sino más bien servir al conjunto del juego de la puesta en escena, al tiempo que deben mostrarse hábiles en varias disciplinas bien distintas: lo hacen con generosidad, y el resultado es una propuesta ágil, que se sigue con claridad y se ve con agrado a lo largo de los 90 minutos que dura.

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A fin de cuentas, debemos mirar O Meu Mundo Non É Deste Reino como un buen debut; porque es original en las formas y consigue mantener el mensaje del original llevándolo incluso más allá, hacia un terreno más universal, al mismo tiempo que encuentra un buen equilibrio entre el teatro de marionetas y el teatro de texto mismo. No son pocas virtudes. Precisa, eso sí, de una cercanía quea buen seguro hará crecer los efectos, y que quizá no todos los escenarios puedan darle. Es un detalle a tener en cuenta para un espectáculo interesante: más aún al tratarse de una nueva compañía dentro del panorama teatral gallego, algo que siempre es una buena noticia.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

O Meu Mundo Non É Deste Reino”, dramaturgia de María Peinado a partir de “Farsa de Bululú”, de Manuel María. Con: Anxo García y Fran Lareu. Dirección: María Peinado. TEATRO DA RAMBOIA.

Teatro Rosalía Castro, 29 de noviembre de 2019

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