Saltar al contenido

‘Artaud’, o la expectativa de la nada

noviembre 30, 2019

artaudcartel.jpg

El nombre del autor y actor Sergio Boris es, hoy por hoy y desde ya hace algún tiempo, uno de esos que revolucionan la escena alternativa argentina siempre con un tipo de espectáculos concentrados en el actor. En España ya pudimos ver hace unos años su trabajo Viejo, Solo y Puto dentro del ciclo Una Mirada al Mundo; y ahora regresa con su compañía –esta vez en el marco del Festival de Otoño- con Artaud, una compleja pieza de corte experimental que toma el apellido del dramaturgo francés –y también, al menos de modo sucinto, trazos de la correspondencia con su médico- para trazar de algún modo una particular visión corrosiva acerca de la degradación social ligada a los sanatorios mentales, en un futuro en crisis que resulta, sin embargo, más o menos presente. El resultado es –casi como ocurría con Viejo, Solo y Puto– un espectáculo en el que Boris juega más a plantear una situación que a desarrollarla; recreando un ambiente. Desde luego, el extraño ambiente es atractivo, los actores superlativos y la situación planteada permitiría muchas líneas argumentales que nunca llegan a explorarse del todo; pero, sin embargo, cierta sensación de apatía nos acaba invadiendo ante una falta de conflicto claramente buscada. Hay violencia –implícita y explícita-, tensión y sensación de que todo podría saltar por los aires en cualquier momento… y, sin embargo, Boris se limita a la escenificación de la rutina.

artaud1

Un psiquiátrico en decadencia que ahora se usa como aparcamiento. En él conviven internos, trabajadores e incluso un antiguo interno reconvertido ahora en personal trabajador; pero el trabajo de todos ahora no es otro que mover, recolocar y aparcar los coches de los clientes de una sala de fiestas que hay enfrente. Las terapias de electroshock han dejado hace tiempo de ser una realidad para pasar a convertirse en una constante amenaza. Al poco de iniciarse la acción, en un entorno decadente y destartalado del que se han apoderado la crisis –económica pero también de valores-, la pobreza y la apatía, irrumpe el estrafalario Doctor Nacho, que acaba de declarar en comisaría después de que unos camiones intentasen limpiar la zona de locos durante la noche anterior: Nacho será el doctor, pero su estrafalario carácter nos hace dudar de inmediato de su verdadera cordura dada la relación dominadora y sexualmente liberada que mantiene con todos los demás personajes. Estos son Fabio, un enfermo con una marcada incontinencia defecaria que le hace pasarse gran parte de la función desintegrándose –de modo literal- en el retrete, mientras se afana en escribirle al Doctor lo que parece una suerte de declaración de amor poética que nunca consigue terminar; o César –reconvertido de antiguo paciente a trabajador del hospital, un chico para todo dispuesto a dejarse explotar por todos si fuese necesario, luchando además por mantenerse en para dormir en un cuchitril del hospital para evitar terminar durmiendo en una pensión o en la calle-. También se pasean por el lugar Mónica –que, entre otras cosas, ha sido amante tanto de Nacho como de Fabio y ahora trabaja como camarera en la sala de fiestas de enfrente- y la enfermera de lugar que, en su carácter silente, parece ser la única que tiene las claves de todo lo que pasa. Y así, obligados a convivir en un entorno francamente decadente en el que cordura y locura se solapan y las relaciones se extreman, asistimos al devenir de la vida de estos personajes en cierto real durante algo más de hora y media. Hay buen clima dramático, ambiente atrayente en su extraña violencia, y diálogos entrecortados a medio camino entre la comedia acidísima y el peligro de violencia inminente. Y, sin embargo, Sergio Boris –que sirve el espectáculo con un elenco de actores verdaderamente excelente- renuncia a desarrollar los conflictos, no los hace estallar; generando una expectativa constante en el espectador que nunca se colma del todo.

artaud2

¿Cómo debemos acoger Artaud? Es sin duda difícil valorarlo. El conjunto tiene un aire atractivo –por lo extremo y a veces casi paranoico de sus personajes, por la oscuridad sucia de la escenografía y la puesta en escena; pero también por las muchas situaciones que podrían darse en escena y sin embargo nunca se llegan a dar- y las interpretaciones –siempre a caballo entre la apatía y la violencia agresiva- son de altísimo voltaje. Todo capta de entrada nuestra atención, e incluso las ráfagas de humor del texto –uno de esos textos que parecen no estar escritos de antemano, aunque seguramente nada sea al azar- resultan atractivas. Y, sin embargo, la acción no avanza, nada ocurre y nunca hay una explosión que nos indique qué dirección toma la trama. Así, todo –el ambiente recreado en el espectáculo, pero también la ausencia de trama propiamente dicha- nos invade con un extrañamiento salvaje y extremo; pero seguramente buscado que acaba haciendo que observemos el espectáculo desde un punto de vista mucho más técnico, toda vez que hemos comprendido que nada va a ocurrir pero los actores son, efectivamente, extraordinarios. Es un camino, es un tipo de teatro; pero es casi inevitable no pensar que vale mucho más por lo que promete que por lo que da; y no terminar mirándolo como un ejercicio de interpretación de alto voltaje. ¿Una lástima? Puede que hasta cierto punto, porque las posibilidades expuestas eran muchas, pero el desarrollo no termina de ser satisfactorio, incluso si al final hay una cierta explosión de violencia que hace que recuperemos el interés que habíamos perdido hace algún tiempo. ¿Demasiado metraje para lo que no pasa? También puede que esta sea otra debilidad del espectáculo.

artaud3.jpg

Las interpretaciones –en escena Federico Liss, Pablo de Nito, Elvira Onetto, Verónica Schneck y Rafael Solano– son de altíosimos vuelos, especialmente en los casos de Liss –Fabio, el antiguo enfermo en un grado de enajenación desesperada, extrema- y de Nito –ese doctor que podría estar más loco que muchos de los internos-, dos roles de rica expresividad y al buen hacer de todos los intérpretes nos agarramos con fuerza para sobrellevar ese cierto tedio que nos produce una trama que no es que sea lenta, es que muchas veces ni está ni se espera. También la asquerosa –en el mejor de los sentidos- escenografía destartalada que firma Ariel Vaccaro y la iluminación de Matías Sendón ayudan sobremanera a introducirnos en un ambiente incierto, desagradable, extraño… En un lugar donde conviven cordura y locura en el que no resulta apacible quedarse: otro hallazgo del espectáculo. Desde luego, la calidad superlativa de las interpretaciones y lo evocador de la puesta en escena son las mayores virtudes de un montaje que es más atractivo como ejercicio técnico, actoral y expresivo en sí mismo que como trama.

artaud4.jpg

Teniendo como tiene muchos puntos de interés, Artaud no resulta una propuesta redonda; quizás porque Boris –como ya ocurría en el anterior espectáculo que tuve ocasión de ver- ha preferido plasmas un ambiente con todo detalle que armar una narración clara y contundente. Y esto en un espectáculo no especialmente breve puede jugar una mala pasada al conjunto. Las interpretaciones, la tensión y el ambiente son de primer nivel; lástima que la falta de desarrollo pueda llegar a lastrar el conjunto, por más que esa ausencia de trama sea a buen seguro justo lo que busca Boris con esta propuesta.

H. A.

Nota: 3/5

Artaud”, de Sergio Boris. Con: Federico Liss, Pablo de Nito, Elvira Onetto, Verónica Schneck y Rafael Solano. Dirección: Sergio Boris

Sala Cuarta Pared, 26 de noviembre de 2019

No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: