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‘Paisajes para No Colorear’, o un grito rabioso y liberador

noviembre 29, 2019

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Las propuestas de la compañía chilena La Re-Sentida –La Imaginación del Futuro, Tratando de Hacer una Obra que Cambie el Mundo– ya empiezan a tener un lugar fijo en las carteleras de los más importantes festivales de teatro de nuestro país y el extranjero. Siempre con esa mirada irreverente, crítica y punk sobre el arte y la actualidad, el equipo que lidera Marco Layera –que no hace mucho colaborase con los gallegos Voadora escribiendo su versión trans y libertina de Sueño de Una Noche de Verano– presentó en el Festival de Otoño Paisajes para No Colorear, un espectáculo de teatro documento estrenado en 2018 y que, de acuerdo al programa de mano: “tiene como detonante los incontables actos de violencia cometidos contra adolescentes de sexo femenino en Chile y en el resto de Latinoamérica (…) resultado de un largo y metódico proceso de investigación (…) basado en los testimonios de más de un centenar de adolescentes chilenas, que ponen de manifiesto la violencia a la que se han visto expuestas a través de la narración de casos vividos en primera persona o de casos aparecidos en prensa”. Sobre el escenario, nueve jóvenes chilenas de entre 13 y 17 años se dejan la piel de manera literalmente rabiosa para denunciar y revisar no solo su situación como mujeres, sino la podredumbre ética, política y social que cubre el Chile reciente. El resultado es una suerte de collage escénico, en el que las fronteras entre realidad y ficción se diluyen –porque todo lo que se cuenta es, efectivamente, real; aunque no todo lo que se cuenta pertenece estrictamente a la vivencia de la persona que lo pone en escena- en el que la honestidad –verdad- del elenco se torna un grito de rabia desesperanzada que impregna no solo el escenario, sino también todo el patio de butacas.

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Puede que de hecho lo más impactante de Paisajes para No Colorear –uno de esos espectáculos que suceden rara vez y que contienen escenas que son un verdadero puñetazo al estómago del espectador- sea la rabia –unas veces contenida y otras soterrada con dificultad- que transmiten los cuerpos de las nueve jóvenes que suben a escena. De ver Paisajes para No Colorear se sale noqueado, no solo por la dimensión de la denuncia; sino por el desamparo y la necesidad rabiosa de alzar la voz que muestran todas las adolescentes que pueblan este espectáculo. Es el grito de nueve; pero al mismo tiempo es el grito de una sociedad entera. Y entonces surge el gran interrogante: ¿Quién asume las culpas de la sociedad pisoteada que puebla el Chile de hoy y el Chile del mañana? La cuestión queda en el aire; pero al mismo tiempo es central a la hora de repensar la función: las adolescentes de Paisajes para No Colorear –todas, no solamente estas nueve que se suben a las tablas- son víctimas del país en que viven, como gran parte de los ciudadanos chilenos. ¿Realmente les queda esperanza? Es otra de las grandes cuestiones que afloran cuando uno se enfrenta a este espectáculo… y la respuesta no tiene por qué ser estrictamente positiva.

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La dramaturgia que firman Marco Layera y Carolina de la Maza es sencilla en formas pero contundente en resultados. Mantiene el pulso punk que es marca de la casa de la compañía, y plantea un auténtico salpicadero de pequeñas historias individuales de las que las nueve intérpretes forman parte, con un pulso trepidante, rabioso, a veces incluso agresivo. Por el escenario, historias de madres adolescentes abusadas repetidas veces por caciques, ante el silencio generalizado, que patean con rabia muñecos que representan a sus hijos, jóvenes que reivindican el derecho a vestir como consideren oportuno y no ser miradas como meros objetos de deseo, hijas conscientes del abuso que ejercen sus padres sobre sus madres –y que buscan hacia la figura del padre no solo un momento de rabioso reclamo, sino también un poco de ese amor que no consiguen del que, al fin y al cabo, es su padre- o casos sociales, como el de Lisette Villa, una joven de apenas 11 años brutalmente asesinada de manera teóricamente “accidental”, escenificado desde un lugar en principio irónico que hiela la sangre, o desesperadas cartas de suicidio de niñas incapaces de soportar lo que se les viene encima; pero que animan a sus compañeras a seguir antes de terminar colgadas. También hay tiempo para reírse –casi con una ruptura brechtiana- de esas señoronas antiabortistas de visón y ultraderecha que esperan de la mujer que asuman los roles que les corresponden, aunque ello suponga la pérdida de cualquier tipo de dignidad o para revisar ciertos estereotipos sociales como roles de sexo y de género que han de aparecer por fuerza cuando nos enfrentamos a este tipo de espectáculo. La puesta en escena es profundamente contemporánea –a veces con una suciedad buscada-, que saca partido de la expresión física y corporal, de la música y del vídeo, tanto en directo –para amplificar en ocasiones lo que ocurre en el escenario- como recurriendo a material simbólico- Sobre el escenario, apenas una casa de muñecas a tamaño natural, una muñeca hinchable –que acaba siendo una más de ellas, un elemento del que abusar libremente- y una concatenación de estímulos que no dejan respiro.

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Paisajes para No Colorear llama indudablemente a la memoria al espíritu de aquella inolvidable Materia Prima de La Tristura –que tendría una continuidad luminosa con Future Lovers-, e incluso a la irreverencia de la más que discutible Los Bancos Regalan Sandwicheras y Chorizos, de José y Sus Hermanas –que vimos este mismo año-. En las cuatro funciones, diferentes generaciones de jóvenes se ocupan de revisar tanto el mundo en que viven como sus expectativas de futuro. Y, sin embargo, puede que esta propuesta chilena sea el ejemplo más contundente entre todas ellas, por estar inevitablemente ligada a una sociedad –la chilena- que se desmembra por momentos de manera progresiva sin que podamos hacer nada por evitarlo –vemos esa degradación cada día en las noticias- y puesta en boca de una generación concreta a la que le toca no solamente sufrir su realidad, sino posiblemente pagar en el futuro por los errores del presente. Se nota con claridad que las intérpretes de la pieza han tomado –ya a su corta edad- plena conciencia como mujeres; al tiempo que de la necesidad de cambio de un país a la deriva. Se nota, efectivamente, que el horror que relatan lo han vivido en sus propias carnes.

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Como en todos los espectáculos fragmentarios, habrá momentos mejores y peores en Paisajes para No Colorear, incluso algunos perfiles algo clicheados de los que quizá se podría prescindir; e incluso podemos preguntarnos hasta dónde el relato nace puramente de las jóvenes o está más o menos determinado u ordenado por los dramaturgistas –que de ambas cosas habrá, seguramente-. Sin embargo, al mismo tiempo contiene un gran número de escenas poderosas ante las que hay que contener por fuerza la respiración. Sabemos que hay un elemento de ficción, pero el momento donde escenifican la muerte por placaje de la joven Lisette Villa tiene una extensión y una furia rabiosa que acaba por hacernos apartar los ojos del escenario – es sin duda uno de los momentos más duros que haya presenciado en un escenario nunca-, del mismo modo que el monólogo de la niña reclamando impasible a un padre oculto tras un periódico –un espectador del público escogido al azar- y el viaje de la furia a la desesperad reclamación de cariño tiene una emocionalidad sincera ante la que es muy complejo quedar impune. También la carta de suicidio situada casi al final de la representación es de cortar el aliento; y tal vez por ello el espectáculo debería terminar ahí: porque el alegato generalizado final cae en temas de menor peso, que casi parecen baladí ante lo tremendo de los relatos anteriores. Ese final, al menos a mi modo de ver, sobra. Pero hay que insistir: Paisajes para No Colorear contiene, en su ira y rabiosa verdad, algunas de las escenas más incómodas y demoledoras que hayamos visto en un escenario últimamente. Solo por eso ya es una experiencia tan dura como honesta y memorable.

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Sobre el escenario se dejan literalmente la piel Ignacia Atenas, Sara Becker, Paula Castro, Daniela López, Angelina Minglietta, Matilde Morgado, Constanza Poloni, Rafaela Ramírez y Arwen Vásquez. Hay en la intensidad –sincera, sucia, rabiosa- de sus trabajos esa frontera morbosa que nos impide dilucidar con claridad dónde termina lo marcado y comienza su propia ira, su propia necesidad de vomitar lo que les ocurre a ellas, a su sociedad y a su país. Ante esto, poco importa el hecho puramente teatral: esta ira y esta rabia son de las que no se actúan, de las que se llevan en las entrañas. Parte de la emoción que se siente al ver está función nace precisamente de ahí: de la verdad –¿verdad real o actuada? Poco importa-. Sin esta verdad trágica, rabiosa, dolorosísima, posiblemente Paisajes para No Colorear no sería el pelotazo que es.

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La función –que a veces bordea ciertos lugares comunes, que mantiene una potencia rítmica salvaje que por momentos puede llegar a estresar, y en la que hay instantes mejores y peores- se sigue siempre con interés; haciendo además que el público deba contener la respiración en un puñado de momentos de altísima tensión emocional y dramatúrgica que quedan para el recuerdo. Dudo que tres o cuatro de estas escenas desaparezcan de mi cabeza en largo tiempo. El resultado, por encima de las irregularidades, tiene rabiosa honestidad en fondo y formas; y hace salir del teatro noqueado. Porque, efectivamente, es una dura ficción sobre la realidad, o una dura realidad puesta en un – falso- universo de ficción. Hay, desde luego, que agradecer a La Re-Sentida este espectáculo, y desear el mejor futuro posible a todas aquellas jóvenes –al centenar, no solo a las nueve que se suben al escenario- que forman parte de esta propuesta. Y recordar que, tras esta gira, regresan a sus casas, a su realidad. Porque, efectivamente, aquí no existe la frontera entre la realidad y la ficción: mientras ellas gritan desesperadas, el tumulto continúa. Y pensar en ello también es otro de los grandes golpes que deja esta función. En muchos momentos, Paisajes para No Colorear resulta sencillamente demoledora.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

Paisajes para No Colorear”, creación colectiva basada en los testimonios del elenco y más de cien adolescentes chilenas. Dramaturgia: Marco Layera y Carolina de la Maza. Con: Ignacia Atenas, Sara Becker, Paula Castro, Daniela López, Angelina Minglietta, Matilde Morgado, Constanza Poloni, Rafaela Ramírez y Arwen Vásquez. Dirección: Marco Layera. TEATRO LA RE-SENTIDA.

XXXVII Festival de Otoño. Teatro de la Abadía, 24 de noviembre de 2019

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