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‘Pulmones’, o el árbol de la vida (en pareja)

noviembre 28, 2019

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Ya nos hemos detenido varias veces en estas mismas páginas en torno a la figura del dramaturgo británico Duncan Macmillan –del que comentamos en su momento las interesantes Personas, Lugares y Cosas y Las Cosas Extraordinarias– ahora, el Centro Dramático Nacional presenta una producción de cámara de Pulmones, el primer gran éxito de su autor y posiblemente su obra más representada y reconocida hasta la fecha. Estrenada en 2011, Macmillan disecciona en la función la complejidad del amor y la vida en pareja siguiendo la ruta de dos personas que se quieren pero encuentran el que seguramente sea su primer gran escollo a la hora de decidir si formar o no una familia… aunque ese sea solamente el punto de partida.

A. y Z. –las iniciales de los actores que dan vida a los personajes- forman una pareja incipiente que, aparentemente, comienza a estabilizar su relación. Conviven y se quieren –qué duda cabe-, se necesitan y se complementan. Él es un músico que –¡aún!- espera su momento, pero cuya carrera no termina de despegar; y ella está dando las últimas pinceladas a su doctorado. Pero los problemas comenzarán cuando, en lo que podríamos llamar la primera fase de la relación más estable de sus vidas, él le proponga a ella que tal vez haya llegado el momento de tener un hijo. ¡Su hijo! El optimismo de él contrasta de pronto con la reticencia de ella, que sorprendentemente –en una inesperada implicación ecológica y medioambiental- argumenta que la venida de su hijo al mundo supondría toneladas de CO2. Evidentemente, esta excusa ecológica de mujer comprometida y responsable no es más que el punto de partida de una gran crisis existencial en la que confluyen dos factores: la diferencia –que no necesariamente incompatibilidad- de personalidades –porque mientras él ve la vida con positivismo, ella parece ver siempre el vaso medio vacío, y esa obsesión puede terminar por atraer la mala suerte a su(s) vida(s)- y, sobre todo, la sensación de que una pareja joven debe hacer lo que la sociedad plantea y espera de ella: ¿Para qué y por qué traer un hijo al mundo? ¿Capricho o necesidad? ¿Puede la sombra de un hijo desestabilizar una relación normal y aparentemente sólida?

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Duncan Macmillan, con su escritura siempre incisiva, plantea una historia sobre la construcción de las relaciones de pareja, la necesidad de amor y lo difícil que es sentirse comprendido y escuchado por el otro: ese otro al que siempre se necesita. Sorprendentemente, lo que en un principio parece que va a ser una comedia sobre la crisis de la primera madurez y el mundo en pareja acaba abordando algo mucho más amplio; porque el autor sigue la peripecia de la pareja desde que les conocemos hasta el final de sus vidas, haciendo que cualquier espectador –en cualquier edad, en cualquier situación- pueda empatizar con lo que les va pasando. Son dos personajes llenos de contradicciones, que intentan buscar su lugar en el mundo y comprenderse mutuamente. Tienen claroscuros, dudas, actúan con torpeza y tal vez sean más conscientes del daño que reciben que del que producen. Y, sin embargo, basan sus vidas en una necesidad intrínseca el uno del otro: da igual cuánto tiempo pase, que se pierdan o se dejen… siempre están condenados a volver a buscarse y a volver a encontrarse. La grandeza de lo que plantea Macmillan en Pulmones seguramente sea su capacidad de trascender desde un conflicto puntual hasta una serie de conflictos mucho más universales; y por eso tal vez observemos la parte inicial de la función –que dura unos 90 minutos- desde un prisma algo más aséptico. Sin embargo, en cuanto la situación se vuelve más oscura, en cuanto vemos que a estos personajes no les queda otra que asomarse a sus abismos, la conexión con el espectador será inmediata y la historia se nos va revelando en toda su verdadera grandeza: Pulmones es, después de todo, la historia del árbol de la vida de dos seres humanos enfrentados ya no al mundo, sino a la proeza de vivir en sí misma.

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Desde luego que estamos ante un texto largo y complicado, que exige que sus dos actores atraviesen un viaje emocional muy complejo; tanto por la inmediatez con la que se suceden las escenas –que avanzan en el tiempo sin solución de continuidad, de manera que es el contexto del texto el que nos sitúa ante un salto temporal o espacial-, sino por la progresiva oscuridad y sinceridad que va alcanzando el texto. La capacidad de ambos personajes para equivocarse –más allá de los conflictos de la edad en la que arrancan ambos- va provocando consecuencias más serias conforme su vida avanza –conforme maduran más y más-; y la incapacidad de comprenderse es muchas veces proporcional a la necesidad que tienen de escucharse. Porque, por lo que sea, pareciera que solo se tienen el uno al otro y por eso siempre acaban volviendo ahí.

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En una sala pequeña, José María Esbec plantea un montaje neutro con tintes futuristas en cuanto a la iluminación, en el que reinan dos cintas de andar –con frecuencia utilizadas por los intérpretes durante sus textos, con el esfuerzo físico pertinente; y a veces frenadas por ellos mismos- y unas pizarras transparentes que los dos actores usan para dibujar símbolos o frases de texto, o para ocultarse y generar distanciamiento. Además, hay proyecciones y aspersores para efectos de agua. Tal vez la historia pueda abordarse desde un lugar menos neutro y más realista –en no pocas ocasiones parece ser lo que pide-; pero lo cierto es que la propuesta escénica no llega a molestar, porque fundamentalmente no descentra de la escucha del texto. El trabajo de Alberto Amarilla y Zaida Alonso es digno de admiración, porque han de apoyarse en una propuesta neutra –por tanto, no siempre realista- para dar vida a los viajes de dos personajes extremos en un texto que exige máxima concentración e implicación emocional. Ambos consiguen que todos acabemos emocionándonos con su historia, expuesta desde la inmediatez que permiten las salas pequeñas; y la conexión final con el público salta a la vista. Como la historia es extensa, habría mucho en lo que detenerse –Amarilla tiene un par de monólogos para el recuerdo- pero digamos solamente que hay una discusión plagada de reproches dolorosos – lástima que no se pueda contar qué sucede en ese momento- en la que ambos están para enmarcar; y que la sensación que producen las escenas finales – expuestas a ritmo frenético- es desoladora. Desde luego, el trabajo actoral es notable en una función nada fácil ni para el público ni para los intérpretes.

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Por más que la puesta en escena pueda sorprender –no termino de comprender qué ha llevado al director a apostar por este enfoque quizás tan científico-, Pulmones tiene elementos más que suficientes como para resultar interesante: porque el texto abarca con lucidez las relaciones personales en la inmensidad de una vida – que se dice pronto-, porque la trama crece en interés progresivamente y porque los actores –bien dirigidos en un espacio escénico algo desconcertante- echan el resto y dan lo mejor de sí. Es, desde luego, una propuesta interesante.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Pulmones”, de Duncan Macmillan. Con: Alberto Amarilla y Zaida Alonso. Dirección: José María Esbec. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán (Sala El Mirlo Blanco), 24 de noviembre de 2019

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