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‘Acampada’, o la convivencia vista desde las personas

noviembre 27, 2019

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Espectáculo con fragmentos en castellano, euskera y valenciano

Dentro de la programación de la 37ª edición del Festival de Otoño, la compañía valenciana Pont Flotant –de la que se encargan Álex Cantó, Joan Collado, Jesús Muñoz y Pau Pons– presentó su último trabajo Acampada, una suerte de experimento teatral –o de experiencia teatral pasiva, si se prefiere- en torno al concepto de la diversidad; que –como era de esperar- mantiene muchas de las claves que han hecho del teatro de la compañía valenciana –recordemos sus espectáculos Ejercicios de Amor o El Hijo que Quiero Tener– algo siempre honesto, tierno y especial. Acampada es una experiencia inclusiva, que abraza al público que está en su butaca y que, en su sencillez, consigue sin embargo algo bien difícil: plantear un espectáculo visto siempre desde las persona y nunca desde la circunstancia personal. Puede que este matiz –tan obvio a primera vista, pero que tan pocas veces se consigue cuando se trata de espectáculos inclusivos- sea lo que más engrandece el espíritu de una propuesta que nunca esconde su carácter de querer ser sencilla pero cuya reflexión más profunda nazca probablemente al salir de la sala y repensar la representación: porque es ahí cuando efectivamente nos damos cuenta de que desde Pont Flotant han logrado algo tan sencillo y tan difícil al mismo tiempo como es el hecho de plantear un discurso sin distinciones.

Como se nos explica al comienzo de la representación, Acampada nace a partir de un taller –Otras InCapacidades- que la compañía desarrolla durante el año pasado. El resultado es un espectáculo que implica a intérpretes de diversas disciplinas, con y sin discapacidad, en una suerte de simulacro de acampada, una idea que surgió durante el proceso del taller. Así pues, lo que vemos en escena es, efectivamente, el devenir de una acampada que han planteado cinco amigos con sus particularidades a la hora de ver y afrontar el mundo; pero también a la hora de convivir. Durante aproximadamente 90 minutos –en los que tal vez parezca que no hay una acción activa propiamente dicha, salvo por un par de pequeños conflictos que surgen- asistimos a la rutina de la convivencia, desde un prisma en el que cada personaje tiene sus propias particularidades; y, sin embargo, como amigos que son, han conseguido armar un círculo de seguridad y confianza que puede chocar y detonarse puntualmente: porque –como en todo en la vida- lo que en principio iba a ser una bonita experiencia de acampada enseguida puede convertirse en un entorno en el que hay que desplegar algo tan delicado como la convivencia. Lo que se nos ofrece en Acampada se construye a partir de las pequeñas acciones, los pequeños diálogos de una reunión de amigos en la que muchas veces tiene más peso lo que no se ve que lo que se muestra propiamente dicho. Entramos, de alguna manera, en lo que podríamos llamar una escenificación de la rutina. Y, sin embargo, detrás de esa aparente pasividad argumental, surgen una serie de cuestiones en las que hay que detenerse porque ahí están los verdaderos valores del espectáculo.

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Quienes conozcan el trabajo del Pont Flotant por anteriores propuestas ya sabrán que su teatro siempre se ocupa de la persona, de las relaciones personales, y que gusta de proponer juegos de los que hacen partícipe al espectador. Es un teatro vivo, humano y cambiante. En este caso, efectivamente, no solo se ofrece una función inclusiva en las formas –en escena hay un intérprete de lengua de signos, se emplea la técnica de la audiodescripción, e incluso se invita a ciertas personas del público a probar a audiodescribir la función en tiempo real para espectadores ciegos-, sino que el asunto va más allá. Porque, atendiendo a ese gusto por las personas que es marca de la casa de la compañía, en ningún momento se hace hincapié en quiénes tienen o no tienen discapacidad, sino que se arma un conjunto –que sea una realidad más o menos utópica en el mundo en que vivimos ya es otra cuestión- en el que todos conviven y se expresan en igualdad de medios y condiciones. Es más, a absolutamente todos los personajes se les aporta algún rasgo concreto –que puede ser la cuestión lingüística: uno de los actores se expresa en valenciano, otra de las actrices hace en euskera; y la convención produce que el entendimiento entre todos sea pleno en lo que podría ser una verdadera Torre de Babel- como queriendo aportar a cada uno una circunstancia, que no pretende ser ni definitoria ni diferenciadora. El discurso de la función es no ya inclusivo sino completamente igualitario; logrando desde su sencillez no caer ni en cuestiones lacrimógenas –sea buscado o no, muchas veces encontramos un peroratas buenrrollistas demasiado evidentes al aunar teatro y diversidad: por fortuna, no ocurre aquí- ni en falsas condescendencias. La sencillez de lo que ofrece El Pont Flotant no elude poner ciertas cuestiones sobre la mesa, desde un punto de vista entre ácido y crítico –ahí está ese discurso tan certero y oportuno de Mónica Lamberti, por ejemplo, uno de los mejores momentos de la representación-; pero nunca pierde de vista que trabaja con personas, para las personas y desde las personas. Por eso no incide en las discapacidades, por eso normaliza las barreras lingüísticas y por eso evita conscientemente caer en una emoción obvia que nos lleve a la lágrima: esto –afortunadamente- va de otra cosa. Y, en este sentido, pocas propuestas en torno al mundo del teatro y la diversidad han trabajado con tanta honestidad desde las personas y no desde las circunstancias. Por pequeña que pueda parecer la historia a simple vista, lo que logra Pont Flotant con esta propuesta va mucho más allá de eso. La integración, efectivamente, empieza no sólo en la verdadera diversidad –y el hecho de que en esta propuesta haya intérpretes con y sin discapacidad explorados desde las personas que son, es una gran muestra de integración real- sino en el esfuerzo de minimizar la causa para centrarse en la persona – y qué pocas veces ocurre realmente esto, sin referirme estrictamente al ámbito del teatro-: ambas cosas están más que conseguidas con esta propuesta; y debemos felicitar a la compañía por su honestidad.

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También el aspecto estético de la propuesta aparece suficientemente cuidado, desde una escenografía desplegable que vaga por el escenario –Joan Collado- hasta los juegos lumínicos – Marc Gonzalo- que ayudan tanto a evocar el ambiente campestre como a plantear al espectador diversos retos: no en vano, algunas de las escenas se ofrecen a telón echado, en oscuro total, mientras se nos audiodescribe lo que está ocurriendo en el espacio –que no vemos-, acercándonos de primera mano a una de las realidades que pueblan la pieza. Las ilustraciones de Raúl Aguirre – de corte naif– aportan un plus a ese cierto aire de cuento en el que se mueve toda la representación. Mientras, en escena, Álex Cantó, Mónica Lamberti, Itziar Manero, Jesús Muñoz, Alberto Romera y Benito Lamberti se lanzan, en un buen trabajo grupal, a esa circunstancia tan compleja que es escenificar la rutina, cada uno desde sus medios, pero todos con honestidad por igual, con la singuilar colaboración – porque aquí la escena puede traspasar más allá del escenario mismo- de Lola Robles y David Blanco. Si el trabajo de todos es fundamentalmente grupal y coral – y, en este sentido, el trabajo de lograr que parezca rutinario algo que seguramente no lo sea, es muy complicado y está bien simulado- no puedo dejar de señalar un monólogo concreto de Mónica Lamberti, que ofrece una interesante y necesaria –por lo crítica- perspectiva de situación. Así y todo, se agradece que – como siempre ocurre en los espectáculos del Pont Flotant-, haya una intención clara de obtener un producto cuidado, atractivo en formas y resultados.

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Ocurre en todas las funciones del Pont Flotant que deben ser vistas como meras experiencias que lleven a cada espectador a lugares concretos de su ‘yo’; y, por lo tanto, exigen ser repensadas y revisitadas con mayor detenimiento que en el momento mismo de la representación. Podrá parecer a primera vista que en Acampada casi no pasan cosas; pero cuando uno llega a reflexionar hasta dónde llega el trabajo de normalización de la diversidad desde un lugar honesto y real que se alcanza en esta función vemos hasta qué punto es importante que compañías profesionales se lancen a propuestas así. No esperen encontrar en Acampada ni un atisbo de falsa autocomplacencia, ni un espectáculo lacrimógeno, ni algo que incida en lugares evidentes. Acampada es un juego experimental creado por personas, con personas, para personas y –lo que es más importante- desde las personas; y un espectáculo que, ante todo, simula y explora la dificultad de algo tan necesario como la convivencia: puede que en el campo, pero quizás también en la vida misma. Desde luego, es mucho lo que logra si nos detenemos a reflexionarlo.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

Acampada”, una creación de El Pont Flotant (Àlex Cantó, Jesús Muñoz, Joan Collado y Pau Pons). Con: Álex Cantó, Mónica Lamberti, Itziar Manero, Jesús Muñoz, Alberto Romera y Benito Valverde. Colaboración especial: David Blanco, Lola Robles y Raúl Aguirre. PONT FLOTANT / XXXVII FESTIVAL DE OTOÑO.

Sala Cuarta Pared, 23 de noviembre de 2019

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