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‘1879. Casa de Muñecas’, o crónica de un portazo anunciado

noviembre 18, 2019

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Para hacer temporada en la sala Off Latina llega desde Galicia 1879. Casa de Muñecas, primer trabajo de la compañía Estudo Momento –de cuya versión de Macbeth, sobre revisión de Manuel Lourenzo dimos cuenta en este blog hace unos meses-, enmarcado en un ciclo denominado “Clásicos Nunha Hora” – Clásicos en una Hora- y que propone una doble vuelta de tuerca sobre el clásico de Ibsen: por un lado, concentrando la trama exclusivamente sobre el matrimonio de Nora y Torvald –eliminando todos los demás personajes y tramas-; y, por otro, aportando una lectura más oscura de la trama, poniendo en el ojo del huracán la progresiva anulación que Torvald va ejerciendo sobre su esposa, de manera que el desenlace quizá se vuelva más drástico y necesario. Todo ello, enmarcado en una honesta propuesta de cámara que gana en los espacios íntimos –como es este- y que tal vez requiera para su completo disfrute conocer previamente algunas de las claves de la obra original –cosa nada difícil en Madrid, donde el título sube a escena, de alguna forma u otra, casi cada temporada-.

Condensada en apenas 55 minutos, 1879. Casa de Muñecas respeta en esencia –por escenografía y vestuario- las coordenadas de la época en la que la función fue montada, y ofrece todas las escenas que implican directamente al matrimonio, como un cuento que viaja de la extrema felicidad a la decadencia y el definitivo final. La versión –de Xoán Carlos Mejuto- aparece unida por una voz en off que trata de contextualizar, a modo de fábula poética, aquellos asuntos fundamentales para entender la trama que, sin embargo, no aparecen aquí –el más claro, el asunto del prestamista Krogstad, evocado como una sombra y necesario para que estalle el conflicto Pero, desde luego, está claro que Mejuto busca poner el foco no solo en la intimidad del matrimonio, sino más bien – y esto es quizá lo más interesante de la propuesta- en una relación condenada a muerte de antemano; porque aquí incluso la felicidad inicial resulta falseada e impostada, como si ambos personajes se vieran obligados a cumplir con roles preestablecidos. Desde las primeras escenas, de hecho, se nota a la legua –más que en otras versiones- que el aparente pacifismo que destila Torvald tiene algo de macabro, y que Nora se está limitando a cumplir con su función de mujer florero sin pensar más de la cuenta: calma chicha hasta que uno de ellos ose salirse de esas coordenadas… entonces, claro, estallará por los aires el conflicto sin poder evitarlo. De esta forma, en el planteamiento que propone Mejuto –más strindbergiano (como sugiere el programa), o incluso bergmaniano si se quiere, de lo que estamos acostumbrados a ver en esta pieza- la tensión y el oscurantismo crecen de manera progresiva hasta que, efectivamente, llega ese portazo anunciado, esa marcha, ese despertar consciente que evita que Torvald termine por fagocitar a Nora. En este sentido, puede que la versión de Xoán Calos Mejuto provoque que, de algún modo, el personaje masculino cobre mayor relevancia –por ese tono oscuro tan atractivo que adquiere- que encuentra con ese clasismo rancio tan acentuado sus momentos de peso casi al mismo nivel que Nora a lo largo de la función. El resultado, desde luego, es un acercamiento mucho más turbio al original: aquí Nora no parece tanto una heroína, sino una mujer con la necesidad real de salvarse de la tela de araña que –inconscientemente- le va tejiendo su marido.

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Desde luego que despojar Casa de Muñecas de todo lo que no son las escenas fundamentalmente de matrimonio podría generar algunos inconvenientes a la hora de seguir la trama. Por eso sugiero que es aconsejable tener una idea –al menos sucinta- de las subtramas de la obra antes de ver la función para su completo disfrute. Así y todo, por más que la sombra de Krogstad sea alargada –y aquí en concreto literalmente- no veo clara la funcionalidad de las transiciones en off, que aportan al espectador menos de lo que parece a nivel de despejar algunas dudas que pueda generar el argumento. Tal vez una alternativa posible –sobre todo de cara a focalizar más el conflicto con el prestamista, que aquí es lo que interesa a fin de cuentas- sea incluir alguna escena concreta de nueva creación en la que los personajes –mediante diálogos o monólogos- den al espectador las claves que necesita para contextualizar qué ha pasado con Krostag –tal vez tampoco esté de más alguna mención a la señora Linde, para razonar debidamente el súbito cambio de opinión del prestamista-. Así y todo, no se puede negar que el mayor punto de interés –más incluso que la idea de reducir todo al matrimonio en sí mismo- seguramente esté en ese tono oscuro tan distinto que destila la pieza; por más que el asunto de las transiciones –y algún detalle eludido que creo que debería mencionarse- todavía sea susceptible de revisarse. Llama la atención, también, que el archifamoso portazo de Nora no se escuche en esta versión –que se cierra con la inesperada desesperación de Torvald, incapaz de comprender que, en efecto, ha ocurrido lo que para el público era inevitable-. Así y todo, es digno de señalar cómo un mero enfoque de lectura, de dirección –porque todo lo que se dice sigue perteneciendo a Ibsen- puede cambiar de forma tan drástica e interesante el tono de lo que se nos está contando: seguramente ese sea el mayor triunfo de la propuesta: la importancia seguramente no esté tanto en las palabras como en cómo se digan esas palabras. Para muestra, esta versión.

La puesta en escena que firma el propio Xoan Carlos Mejuto –sobre sucinta escenografía-, enmarcada en lo que podríamos llamar teatro de cámara, confía todo el peso de la propuesta al texto, mediante el duelo interpretativo que mantienen ambos intérpretes; en un código comedido –y de escuela fundamentalmente clásica- que casa bien con el espíritu de la propuesta. En este sentido, Xoan Carlos Mejuto e Iria Ares –ambos con el suficiente empuje- buscan durante buena parte de la obra enfatizar el clima de falsa armonía que impera en el matrimonio –la opción tiene un sentido bastante claro-; para estallar definitivamente hacia un código más decididamente realista de cara al final: tanto él –cuando, de alguna manera, se quita la máscara de marido amantísimo y saca a relucir su verdadera cara- como ella –en el empuje de su extenso reconocido monólogo final- encuentran sus mejores momentos cuando la tragedia ya no tiene vuelta atrás; por más que esa cierta contención buscada que destilan las primeras escenas de la pieza sea necesaria para dar sentido al tono que se propone. Ambos juegan sus cartas con honestidad, y aportan la necesaria temperatura a la función.

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A fin de cuentas, 1879. Casa de Muñecas es un espectáculo honesto en su sencillez, que encuentra su mejor baza en la idea de ofrecer un enfoque más oscuro y macabro de cara a un texto que se ha subido a escena con frecuencia. Maneja bien la opción de deconstruir la pieza –aunque convendría aclarar algunos conceptos y replantear unas transiciones que no suman a la trama y hacen perder algo de tiempo sin demasiada necesidad- y tiene interpretaciones bien sostenidas. Con todo su mayor virtud, desde luego, es que el enfoque ayuda a replantearse ciertas cuestiones relativas a la – falsa- estabilidad del matrimonio y a de dónde surge la – aquí verdadera e inmediata- necesidad de Nora de cortar por lo sano: es, de algún modo, la crónica de un portazo anunciado.

H. A.

Nota: 3/5

1879. Casa de Muñecas”, Versión libre de Xoán Carlos Mejuto sobre la obra de Henrik Ibsen. Con: Xoán Carlos Mejuto e Iria Ares. Dirección: Xoán Carlos Mejuto. ESTUDO MOMENTO.

Off Latina, 8 de noviembre de 2019

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