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‘Hacer el Amor’, o ¿amar es repetir?

noviembre 13, 2019

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Aquí estoy pues en medio del camino / intentando aprender a utilizar las palabras / y es cada intento un comienzo totalmente nuevo / y un fracaso de orden completamente distinto / porque solo se aprende a dominar las palabras / para decir lo que uno ya no quiere decir / o para decirlo como a uno ya no le gustaría decirlo. / Así, cada empresa es comenzar de nuevo.” (T. S. Eliot).

***

Por una temporada limitada de tres funciones se pudo ver en la Sala Cuarta Pared Hacer el Amor, un espectáculo de creación experimental –y entiendo que en constante proceso de crecimiento- en el que Francesco Carril, Ángela Boix y Juan Ollero se adentran en lo que podríamos llamar las fronteras de la construcción del amor. ¿Cómo se ama? ¿Qué es el amor? ¿Cómo se hace el amor? Son algunas de las preguntas que lanza esta función en la que nunca está del todo claro hasta dónde llega la autoficción y hasta dónde la ficción pura. ¿Qué tenemos realmente en escena? ¿Actores jugando a interpretarse? ¿Personajes que sencillamente se llaman como esos actores? En primera instancia, esa duda –a la que todos juegan de forma consciente- supone el primer atractivo de una función que, además, lanza algunas reflexiones interesantes sobre la (de)construcción del amor. Una pieza por la que además planean los ecos del cine de Bergman –con citas a Zarabanda– y T. S. Eliott, o un universo musical de gran fuerza simbólica. Una función tan abierta –y susceptible por lo tanto de redondearse- como atractiva en las sensaciones que deja.

Una pareja en lo que podría ser su estudio. Esperan, se miran, ejecutan su rutina. Él, Francesco, un actor encantado de conocerse, que cree que desde niño estaba encaminado a esto, con un punto narcisista –lee la carta de una profesora que ya de niño estaba enamorada de él, o eso es lo que nos cuenta…- y que, de algún modo, necesita la novedad, encontrar cosas nuevas, porque lo repetido parece perder interés para él. Ella, Ángela, por el contrario, parece una mujer bastante más metódica que intenta agarrarse a lo común, a lo pequeño; incluso a la repetición rutinaria como forma de vida, como forma de construir el amor y la relación con su pareja. Así, asistimos a un juego en el que avanzamos y retrocedemos en lo que ha podido ser –y es- la relación de pareja de Ángela y Francesco, mediante tensiones que intentan relajar, conexiones que nos muestran una cierta dependencia que la que ni una ni el otro pueden desprenderse y episodios de su pasado que intentan repetir, reconstruir, recordar; quién sabe si para avivar la relación o para mantenerla como el único clavo ardiendo al que pueden agarrarse. En las pequeñas cosas se construye y se destruye la relación, muchas veces ligada a ejemplos prácticos –ambos se enfrentan por ejemplo a la anécdota de los corazones y las cruces y los corazones de Bergman y Liv Ullman como metáfora del final del amor- La finalidad expresiva de las músicas que ellos mismos seleccionan a lo largo de la función; e incluso las citas literarias tomadas de libros terminan de armar el universo poético de la pieza. De alguna manera, asistimos a un ejercicio casi ritual de construcción del amor, tensando las cuerdas para pasar del aspecto más pasional al más doloroso, en una especie de viaje de ida y vuelta –siempre con la complicidad, directa e indirecta, del espectador- condenado a repetirse una y otra vez, porque aquí los círculos viciosos del amor solo se cierran para volver a abrirse. Y, por encima de todo, la función parece hablarnos a gritos de la necesidad de amar y ser amados; de la necesidad de tener al otro: ¿Cómo si no se puede entender el empeño de la pareja por mantener a toda costa una unión que transita de la pasión a la toxicidad, cuando las diferencias entre ambos y su manera de entender la vida y el amor son más que notorias? ¿Es verdaderamente el amor repetir, como sostiene Ángela; o necesita reinventarse para seguir vivo? ¿Puede y debe el amor construirse?

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Desde luego que en Hacer el Amor –una función de apenas 55 minutos; pero no exenta de fuerte intensidad- hay elementos desconcertantes y elementos interesantes casi a partes iguales. Puede que el inicio –que se apoya en la rutina más fría- nos genere la duda de una expectativa que no sabemos hacia dónde irá. Y, sin embargo, conforme la función avanza, se produce una especie de conexión emocional entre lo que ocurre en el escenario y los que estamos en la platea que nos termina cautivando. Porque, efectivamente, reconocemos a esa pareja en los pequeños detalles, en todos nosotros, todos hemos estado ahí; y la construcción a veces casi robótica de lo que podríamos llamar la ficcionalización de una relación consigue generar en los espectadores –al menos en mí- un cierto grado de ansiedad desoladora que seguramente nos lleve a hurgar en nuestra propia basura. Desde ese lugar abstracto e inconcreto desde el que se aborda la situación, sin embargo, hay algo emocional que no deja de crecer, tanto en escena como con el público. Hay en todo lo que rodea Hacer el Amor un cierto aire de melancolía –la relación con el cine de Bergman Y es a esa emocionalidad creciente a la que nos agarramos, sin saber hasta qué punto podrá llegar a tensarse la cuerda de la dependencia entre los dos actores-personajes. Porque esa es otra cosa que jamás se nos aclara y que, de algún modo, produce un cierto morbo atractivo… se nos dice que es una función abierta, cambiante cada noche; y entonces vienen las preguntas: ¿Qué hay de cierto en lo que vemos? ¿Son recuerdos o perfiles reales o no? ¿Son los propios actores desnudando sus almas o están jugando a construir personajes, más cercanos o más lejanos de sí mismos? ¿Cuánto hay de estructura preparada y cuánto de improvisación en la función? ¿Es pura ficción, juego de realidad o ficción sobre la realidad? Y aún más… En base a lo que se nos advierte en el programa de mano ¿Cómo incide el estado de ánimo diario de los intérpretes en lo que vemos? Con muy buen criterio, el montaje nos genera esa duda razonable sin llegar a ofrecer una respuesta clara nunca; pero obligando al espectador a cuestionarse cosas. A esto hay que sumar el juego de entrar y salir constantemente del universo ficcional, implicando incluso directamente al público en dos momentos concretos, cuando ya estamos integrado en el juego. Así las cosas ¿es Hacer el Amor una función de autor, con bastante de desconcertante? No cabe la menor duda; y, sin embargo, engancha de manera progresiva, sobre todo por lo progresivo de su atrayente atmósfera.

No se puede negar que Francesco Carril y Ángela Boix se dejan la piel en el escenario, logrando que parezca real –de forma consciente- lo que, a buen seguro, es mucho más ficción de lo que parece. Ambos actores desprenden una confianza ciega que es necesaria para llevar adelante una ficción que podría ser destructiva; pero que camina desde la rutina más burda e intrascendente hasta la emocionalidad más encendida. Pero siempre desde una contención expresiva que provoca que la emoción transite mucho más en los cuerpos de los actores que en sus voces: aquí vemos caer dos torres desde la esfera de lo corporal, un opción mucho más interesante desde luego. Ya conocemos las capacidades actorales de ambos intérpretes; pero cabe decir que no cualquier actor sería capaz de afrontar con garantías una experiencia tan particular como esta: ellos lo son. La dirección de Juan Ollero es de esas que no se ven –en el buen sentido- pero que, indudablemente, han de estar ahí.

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Con todo lo desconcertante que pueda resultar la función, la verdad es que la atmósfera melancólica que destila acaba resultando muy atractiva. ¿Dónde están los límites de lo que vemos aquí? Es imposible saberlo. ¿Podrá crecer la función fijando algunas cosas o desarrollando más algunas otras, con una estructura más cerrada? Con toda seguridad; pero, a la vez, tal vez perdiese algo de la frescura que tiene ahora. En un primer momento, me planteé Hacer el Amor como una especie de work in progress pendiente de crecer. Con el tiempo, sin embargo, al regresar a ella para redactar estas líneas, entiendo que algo de lo que la hace especialmente atrayente y fresca precisamente sean esos recovecos desconcertantes que posee. No se puede negar que no deja indiferente y que crece con el pensamiento: no es fácil.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Hacer el Amor”. Una creación de Francesco Carril, Ángela Boix y Juan Ollero. Con: Ángela Boix y Francesco Carril. Dirección: Juan Ollero.

Sala Cuarta Pared, 6 de noviembre de 2019

2 comentarios leave one →
  1. noviembre 15, 2019 10:38

    Poucas veces me deches tantas ganas de ver un espectáculo. Tómao como o eloxio que quere ser, por favor. Queda co de “tantas”!

    • noviembre 15, 2019 15:40

      Eu penso que nalgún momento ten que volver, porque tres funcións son moi poucas para un proxecto de indudable interese. Ademáis, é algo moito máis fácil de ‘ver’ que de ‘explicar’ con palabras. Grazas por lerme, coma sempre 😉

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