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‘Freak’, o cómo liberarse de la frustración

noviembre 12, 2019

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(…) Piensan que soy la cosa más bonita del mundo. Y a mí no me importa ser una cosa. No quiero su respeto, tan solo quiero su deseo animal.” (Freak, Anna Jordan).

***

Desde luego que Freak –texto que la joven dramaturga británica Anna Jordan estrenase en 2014- no es una propuesta fácil. No pretende ser un texto amable ni cómodo –no lo es-, y posee tal cantidad de capas de lectura que es casi responsabilidad de cada espectador decidir hasta dónde quiere bucear. Pero por eso mismo, Freak es un texto valiente que propone muchos desafíos a la hora de enfrentarse a él. No cabe duda de que posee un mensaje potente; y de que se trata de un mensaje parcialmente velado, en el que muchas veces debemos evitar ser impresionados por la crudeza y claridad descarnada del lenguaje para escarbar en lo que hay debajo, en el subtexto, quizá en lo que no se dice. Pero uno confía en la inteligencia del espectador como para entender que el verdadero drama aquí está más allá de las palabras. En cualquier caso, hay que aplaudir que un equipo joven pero de probada solvencia haya apostado con fuerza por un texto que, siendo cualquier cosa menos fácil, tiene alicientes más que suficientes como para captar nuestra atención. Y si Freak es un desafío en sí mismo, no hay que negar que la opción de puesta en escena –sobre la que volveremos más adelante- es igualmente radical, difícil; pero confiando con fuerza en las que posiblemente sean las dos mejores armas de la pieza: la potencia del texto y la potencia del mensaje. Ante nosotros, en esta versión de Freak que dirige Paula Amor apenas dos actrices y un gran texto en crudo. Tampoco se necesita mucho más.

Cristina, de 37 años, y Lucía, de apenas 15, aguardan sentadas en un sofá. Visten vestidos de blanco vaporoso –vestidos que las hacen transparentes a nuestros ojos: atención que este parece un detalle importante- y, en principio, se van alternando en sendos monólogos, sin que sepamos bien qué hacen ahí ni qué podría unir las dos historias. Lucía nos habla del descubrimiento de su cuerpo, del nacimiento de su deseo sexual, y de cómo el sexo empieza a formar parte de su mundo y el de sus amigas. También de su primera vez: una primera vez que, por supuesto, podría ser decepcionante, no pasar de una mera curiosidad que provoca que la adolescente se pregunte qué interés real le ven todos a esa cosa llamada sexo. Por su parte, Cristina viene de una ruptura y –tras narrarnos un sueño recurrente en el que se siente objeto generalizado de deseo en plena Puerta del Sol- se entrega a una experiencia alocada y liberadora, sintiéndose plena, entregando su propio cuerpo al placer y llevando ese placer a los límites… a unos límites que puede que ni siquiera ella sepa ni controlar ni gestionar del todo, a pesar de que en apariencia al comienzo llevaba las riendas de la situación. Los dos relatos crecen y se solapan y nos llevan a conocer no solamente dos caras de la sexualidad femenina y cómo vivirla; sino también –y casi diría que sobre todo- dos caras de la frustración de dos mujeres en distintas épocas de sus vidas. Porque sí, tanto Lucía –incapaz de encontrar el placer en sus iniciaciones sexuales- como Cristina –incapaz de equilibrar y frenar un desfase que, desde luego, viene provocado por una carencia emocional importante que no puede rellenar- experimentan frustraciones crecientes, a distintos niveles. Pero ¿acaso no son dos mujeres libres de sentir y experimentar el sexo y sus cuerpos como consideren conveniente? Entonces ¿de dónde nace esa frustración que hace que se sientan incompletas, agujereadas? Y, sobre todo ¿Qué puede unir los destinos de dos mujeres tan distintas? ¿Qué pueden aportarse la una a la otra? Desde luego, más de lo que ellas –y el propio espectador- creen a priori.

Freak nos presenta, entonces, a dos mujeres de hoy, dos mujeres liberales y liberadas; pero al mismo tiempo oprimidas por sendas frustraciones que deberán aprender a gestionar si quieren seguir adelante como lo que realmente son. En Freak se habla de sexo, pero no sólo de sexo: también de (re)construcción de la identidad, de los límites que ponemos a nuestros propios límites y de la capacidad de reinventarnos. Y, por supuesto, de mujeres hechas a sí mismas. Hay que decir que el texto de Anna Jordan es crudo tanto en la dureza del lenguaje –y en la franqueza absoluta con la que ambas mujeres se expresan-. Aquí no hay tapujos ni tabúes, ni para la autora ni para los personajes ni para el espectador; quizá es por eso que hay mucho lugar para la risa en el tono desenfadado que tienen ambos relatos –sobre todo el de la pequeña Lucía-. Sin embargo, conforme el texto avanza, los relatos mantienen esa crudeza pero el tono humorístico y desenfadado camina con paso firme hacia terrenos mucho más oscuros; y ahora la narración mueve al escalofrío porque mantiene la franqueza pero nos muestra algo mucho más desagradable: ¿Quién decide cómo nombrar las cosas que pasan? ¿Cuáles son los límites? Una vez que Freak comienza a plantearnos todas estas preguntas –sin otras respuestas que las que cada espectador quiera darle- empezamos a darnos cuenta de que, efectivamente, aquí hay mucho más de lo que parece; y en el momento en que ambas historias confluyen –porque, claro, lo hacen, aunque no se trate de desvelar el nexo- terminamos de ver la verdadera grandeza de lo que se nos cuenta. Desde la franqueza más cruda, Anne Jordan no nos cuenta otra historia de empoderamiento; sino algo que va mucho más allá. A primera vista, podemos dejarnos impresionar por el relato de dos mujeres liberadas hablando de sexo –¿habrá alguien que todavía se deje impresionar por algo así?- pero a nada que escarbemos un poco más descubriremos asuntos mucho más profundos, como la incapacidad de ambas para gestionar sus frustraciones; y la necesidad de la otra para aprender a convivir con esas frustraciones, reformularlas e integrarlas. Seguir, en definitiva. Conocemos a Cristina y a Lucía en momentos determinantes de sus vidas; y hay algo de confesionario en la función que nos hace entender la verdadera naturaleza de necesidad de la relación que establecen: llegan a abrirse en canal la una con la otra –aunque desconozcan toda la dimensión de sus problemas- probablemente porque no pueden hacerlo con nadie más. Y ¿qué podría llevar una mujer de 37 años y una chica de 15 a desnudar sus almas la una con la otra? Seguramente la soledad, o la incapacidad de comunicarse con un universo del que no se sienten parte. De eso va esta obra; de eso, incluso más allá de la directa crudeza del lenguaje.

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Un texto potente, dos estupendas actrices y un sofá. Poco más necesita Freak para convertirse en un gran espectáculo.

Desde luego que Freak es un puñetazo al estómago en sí mismo, por muchas cosas. Por su lenguaje directo e implacable, por la dimensión dramática que la situación adquiere progresivamente y por las cosas que puede remover en quien la vea. Excesos sexuales y excesos de sustancias conviven aquí con pérdida de confianza, dudas en sí mismas e incluso con la extraña sensación de sentirse basura sin saber por qué algo que iba a ser bueno termina volviéndose en contra. Habría mucho que decir de Freak; pero en cualquier caso es un texto con una potencia más que suficiente como para sostenerse por sí mismo. Así las cosas, hay dos opciones de montaje posibles: convertirlo en una rave desenfrenada en la que la corporalidad se desborde como lo hacen los personajes; o fiarlo todo al texto y las actrices, haciendo que el espectador centre toda su atención en el mensaje y, de paso, profundizar en toda la verdadera significación del texto. La primera –la visión más punky– es la más evidente; pero la segunda –la sosegada, la que se agarra al texto- es la más difícil, la más arriesgada. Se nota que Paula Amor confía ciegamente en el poder del texto, y en la inteligencia del espectador; porque –contra cualquier pronóstico- opta por la segunda opción: la que elimina casi cualquier accesorio y se la juega todo al poder del texto y las actrices. Amor coloca a ambas intérpretes sentadas en un único sofá del que no se levantan en los 95 minutos que dura la representación; pero las enfrenta directamente al público –ya no solo por la cercanía del ambigú, sino también por mantener las luces de la sala encendidas durante gran parte de la representación-. Aquí, Lucía y Cristina buscan al público, miran, increpan; sin moverse de su sitio pero sin que el público pueda escapar de lo que cuentan. De algún modo, nos convertimos casi en una mirada indiscreta, en una suerte de voyeurs ante los que estas dos mujeres no tienen vergüenza de exponer sus vergüenzas. Es una opción extrema, desde luego; pero termina funcionando porque consigue captar toda nuestra atención, en las buenas –las risas son francas- y en las malas –a mi derecha, la tarde del estreno, una espectadora temblaba literalmente mientras intentaba frenar el llanto por impotencia-. Efectivamente, Amor acierta; porque el texto tiene tal fuerza que no se necesita más. Ni siquiera usar como cortinilla de transición el tema “Run the World (Girls)” –que se escucha casi entero, en una declaración de intenciones que no se necesita, porque el mensaje de la obra es claro-, única concesión a la galería. El puñetazo llega directo al estómago; y el hecho de que la directora no ponga las cosas fáciles al público dice bastante a su favor: confía en el texto y no pretende impresionar con accesorios, porque no hacen falta. Resulta como mínimo llamativo el vestuario, blanco y vaporoso como si estuviésemos ante dos princesas de cuento –que no son-; o ante dos mujeres transparentes, porque nos lo van a mostrar todo sin pudor alguno: no les queda nada por mostrarnos, porque al acabar conocemos sus secretos y sus frustraciones más íntimas. Es cierto que a la traducción del texto –que firma la propia Paula Amor junto a Luis Sorolla- todavía se le ven algunas costuras –intuyo varias construcciones literales y dobles negaciones erróneas en castellano que podrían revisarse-; pero lo importante es que la propuesta escénica nunca descentra del poder del texto. ¿Que tal vez este camino haga la propuesta más árida? Sin duda; pero hay mucha valentía en el hecho de no haber tirado por el camino más fácil: pasado el impacto inicial, sería injusto no reconocerlo.

Y si el texto ya es complejo de por sí, cuánto más es para las actrices sostenerlo en una propuesta como esta, en la que se les exige contención y hablar de asuntos muy duros con absoluta franqueza, como quitando hierro al asunto, como si el texto ya fuese demasiado crudo como para forzar más las cosas. Estamos además ante un texto largo y complicado. No es fácil encontrar un perfil de actriz que haga justicia al personaje de Lucía: porque debe aparentar con claridad los 15 años que tiene, y es importante para la trama que lo que vemos en escena tenga esa inocencia que no se puede impostar ni prefabricar: si nos pasamos de edad o la actriz tiene una sexualidad más o menos evidente en escena, algo del efecto se va a perder. Desde luego, Alicia Cuéllar lo clava, por figura, por timbre de voz –tan adecuado a una niña de 3º de la ESO- y por la franqueza casi descarada con la que afronta asuntos que todavía superan al personaje; pero ante los que el espectador ya está de vuelta: Cuéllar es un tremendo acierto de casting, se maneja bien y jamás llegamos a saber dónde empieza la actriz y termina el personaje. Creo que tiene elementos más que suficientes como para que esta función –que además no es fácil por lo incómoda- sea el primer gran paso de su incipiente carrera. A su lado, no vamos a descubrir ahora a Lorena López –la recordarán seguro por aquel impresionante y desolador monólogo final de Un Tercer Lugar que permanece en mi memoria dos años después de verlo como si hubiese sido ayer-: aquí es Cristina, un personaje límite y con un cuadro psíquico bastante marcado –curiosamente como lo eran la Olivia de Los Temporales y la Matilde de Un Tercer Lugar– al que consigue darle el empaque suficiente desde el descaro inicial hasta su progresivo derrumbe interno: da credibilidad al arco de su personaje –y no es un personaje sencillo-; pero, al menos en la función que presencié, todavía debe afianzar el texto, no siempre seguro. En esto todavía podrá crecer con el paso de las funciones; pero el carácter del personaje – complejo- ya lo tiene bien asentado.

Freak tal vez no sea apta para todos los públicos y no pretende eludirlo. Porque el espectador debe saber escarbar en la verdadera intención de un texto aparentemente –pero solo aparentemente- escandaloso; y porque la apuesta de dirección exige concentración al espectador, cuando podría facilitar las cosas jugando al despiste: así y todo, se va por la opción más valiente y más difícil. Puede que sobre la música, que la traducción todavía sea revisable y hasta que el trabajo actoral todavía pueda crecer con el paso de las funciones -asistí al estreno-. Sin embargo, en esta función hay un texto potente e interesante en una propuesta valiente porque es compleja en su aparente sencillez. Independientemente de que el espectador deba hacer el trabajo de escarbar para no quedarse en lo evidente, esto es teatro comprometido e interesante.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

Freak”, de Anna Jordan. Con: Lorena López y Alicia Cuéllar. Versión y dirección: Paula Amor.

El Pavón Teatro Kamikaze (Ambigú), 6 de noviembre de 2019

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