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‘Invisibles’, o marcadas (una cuestión de conciencia)

noviembre 6, 2019

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Espectáculo en lengua gallega

Posiblemente desde su sorprendente golpe en la mesa en la última edición de los Premios María Casares –donde obtuvo la nada despreciable cifra de tres galardones: mejor dirección, mejor adaptación y mejor iluminación- Invisibles –el espectáculo de Redrum Teatro que adapta la novela de Montse Fajardo y que ya había obtenido el II Premio Luisa Villalta de Proyectos por la Igualdad- llamó por derecho propio la atención de todos los aficionados al teatro en Galicia. Y es que no es sencillo convertir en teatro un material tan sensible como el de la novela de Montse Fajardo –que se ocupa de distintos casos reales de maltrato y violencia de género- haciendo que además alcance un valor teatral intrínseco. Desde luego que la virtud principal del espectáculo es –puede que por encima del espectáculo mismo- dar visibilidad a una lacra presente en nuestra sociedad, que se perpetúa –se sigue perpetuando- casi como un círculo vicioso. Ante todo, el equipo de Invisibles –primero Fajardo con la novela y ahora todos los que hacen posible esta obra- se limita a poner sobre la mesa la cruda realidad; y preguntarse –y preguntarnos- por qué se sigue mirando hacia otro lado ante ciertas cosas que pasan. Y, efectivamente, el mero hecho de exponer la realidad al público – desnuda, sin filtros, obligando a que el propio espectador se interrogue cómo hemos podido llegar a esto- es un valor que justifica la visión de este espectáculo.

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Cuando se inicia la función, las tres actrices –ocultas en la oscuridad del patio de butacas- se someten a lo que podríamos llamar un casting de cámara para un espectáculo en torno a Invisibles: sugieren sus carreras, proponen aquellos perfiles en los que creen que encajarían mejor; que se sentirían más cómodas. Desde este inicio metateatral –que enlazará de algún modo con el desenlace- asistimos a las historias entrelazadas de siete mujeres de diversas edades y niveles sociales que enfrentan todo tipo de violencias machistas: desde la clásica joven inconscientemente anulada por su pareja hasta que quizá ya sea tarde, hasta mujeres que han conseguido dar el paso del divorcio y ahora viven señaladas por una sociedad que no entiende lo que ocurría de puertas adentro en esa casa; de mujeres que luchan por librarse del lobo feroz pero es feroz venganza lo que reciben hasta mujeres que arrastran como una losa experiencias de la infancia que les han marcado para siempre: da igual los años que pasen, la marca permanece ahí. Incluso la difícil relación intergeneracional, ese silencio comunicacional que aquí podría tener duras consecuencias. Son siete historias con nombre propio; pero bien podrían ser historias universales que ofrecen una visión panorámica sobre la realidad. Y, como la realidad misma, no todos sus desenlaces tienen por qué ofrecer un rayo de luz o una mirada de esperanza; porque son historias reales y la vida no siempre tiene finales felices… más aún si somos conscientes de que –por ejemplo- el número de mujeres asesinadas por crímenes de violencia machista crece cada año. Invisibles ofrece, como digo, una mirada panorámica bastante implacable –porque es real-; y se plantea –desde el juego metateatral que abre y cierra la obra- algo más que la mera visilibilización, que es la universalidad: en escena hay tres actrices contando sí, las historias de otras tantas mujeres; poco importa que sean ellas o que sean otras, lo importante efectivamente son las historias que contiene la pieza y su valor de concienciación. A fin de cuentas, todas las historias que pueblan esta obra acabarán dejando marcas –físicas, mentales, morales…- en aquellas personas que las padecen: no solo en las víctimas directas, sino también –inevitablemente- en sus entornos. De algún modo, podríamos decir que esas marcas –porque, muchas veces, el hecho de poder y querer seguir navegando no implica que la sombra no nos persiga- son el hilo conductor por el que transita la historia general que une cada historia particular. Y la única manera de evitar que esas marcas existan es, sencillamente, trabajar con conciencia para que ciertas cosas dejen de suceder. Porque, después de todo, estas historias pasaban, pasan y –desgraciadamente- siguen pasando, siguen siendo actuales –ojalá algún día dejasen de serlo- y por eso es necesario que este tipo de teatro se haga y siga existiendo: no en vano resulta casi macabro encontrar esta función apenas unos días después de ver Chicas y Chicos de Dennis Kelly –por el paralelismo claro que, desgraciadamente, mantiene una de las historias de Invisibles con la trama de aquella función: desde luego que la realidad supera a la ficción y es implacable-.

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Más allá de valorar la adaptación de un material a priori tan difícil de llevar al teatro –algo para lo que habría que entrar en profundidad en la novela original- sí se puede decir que Santiago Cortegoso y Marian Bañobre deciden encadenar historias, y –desde un vacío escénico casi total- establecer un diálogo limpio con ciertos recursos audiovisuales que complementan la propuesta: desde grabaciones en directo hasta proyecciones de espacios o recursos que nos recuerdan lo que podríamos llamar la comunicación 2.0, presente claro en el devenir de la pieza. Seguramente que la función luzca mejor en espacios más recogidos que el escenario del Rosalía Castro –porque la fusión con el audiovisual no siempre permite traer a las actrices a la corbata del escenario, y eso en espacios grandes como éste puede pasar factura-; pero, sin embargo, más allá del montaje y sus recursos –que unas veces dan mejor resultado que otras: las transiciones todavía deberían agilizarse- el mayor valor de la propuesta seguramente sea, sencillamente, el de la desnudez de la palabra misma; por más que, desde el montaje, se haya buscado integrar no sólo lo visual, sino también el símbolo –se recurre con bastante pericia al cuento en alguna ocasión-. ¿Hasta qué punto el montaje –que no deja de ser de cámara y de texto- precisa del aparato audivisual, de la imagen y de recursos cinematográficos –hay escenas que se ven en plano/contraplano- para crecer? No estoy seguro; no porque el montaje moleste – que nunca lo hace-, sino porque el material textual es tan potente que podría sostenerse por sí mismo con los cuerpos de las actrices. Entiendo que Bañobre –consciente de la aridez teatral del texto- ha pretendido vestir de algún modo la propuesta con su montaje, afortunadamente sin ser muy invasiva; pero no sé si los textos lo piden; por más que se haya querido cuidar el aspecto más estético de la propuesta.

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Bien las tres actrices –son Mela Casal, Sheyla Fariña y Nieves Rodríguez– porque aparecen bastante convencidas de una premisa que aparece en el contexto de la propia adaptación: no son sus historias, no les pertenece, y lo importante es darles voz y cuerpo a las historias de otras. Así, las tres deciden optar por una cierta sobriedad interpretativa, una oportuna contención que pone el foco en el drama de los textos mismos, sin aspavientos; sencillamente porque lo que se cuenta es verdad. Por las historias de Invisibles viajan el desasosiego, la rabia, la frustración, el miedo e incluso a veces la esperanza; pero las actrices aciertan al no enfatizar especialmente ni unas ni otras emociones, digamos al no teatralizarlas en exceso, precisamente para poner el foco del espectador en la escucha del drama que llega desnudo, desde la verdad; desde una verdad que excede al teatro mismo. Y es por eso por lo que este camino –sobrio, generoso, que deja a las personas (que no personajes) en el centro del conflicto; por encima del lucimiento actoral mismo- es acertado y dice mucho de la implicación personal de las tres actrices en una propuesta que, como digo, excede con mucho lo meramente teatral.

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Seguramente a Invisibles le sobre algo de metraje y que, en cuanto a la puesta en escena, las transiciones todavía debiesen fluir a mayor velocidad. Y, sin embargo, creo que el valor central de Invisibles, su razón de ser, seguramente vaya más allá del mero hecho teatral. Si hay que ver Invisibles es precisamente para tomar conciencia individual y colectiva de que hay cosas que están ocurriendo que deben dejar de ocurrir. Si ver esta pieza ayuda mínimamente a crear conciencia, ponerla en escena ya habrá servido para algo útil: cuando hablamos de algo de esta dimensión, lo teatral llega a pasar a segundo plano con razón y facilidad. Necesaria.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

Invisibles”, una dramaturgia de Marian Bañobre y Santiago Cortegoso a partir de la novela de Montse Fajardo. Con: Mela Casal, Sheyla Fariña y Nieves Rodríguez. Dirección: Marian Bañobre. REDRUM TEATRO.

Teatro Rosalía Castro, 26 de octubre de 2019

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