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‘Fariña’, o de narcos, retranca y entidades propias

noviembre 4, 2019

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Espectáculo en gallego (con fragmentos en castellano)

Con el estreno de la versión teatral de Fariña seguramente estemos ante la producción más ambiciosa del año en Galicia, por varios motivos. Primero, porque después del éxito de la novela de Nacho Carretero –publicada en 2015 y de peculiar estructura, casi siempre cercana al ensayo periodístico- parecía complicado que la serie que planteó Bambú Producciones arrasase como lo hizo; y, sin embargo, el éxito fue bastante rotundo. Segundo, porque ante la idea de subir Fariña a las tablas –después de la novela y después de la serie…- uno podría preguntarse si realmente había más que aportar a esta historia, como para darle un nuevo formato –el teatral-. Tercero, porque estamos ante un equipo de rompe y rasga a todos los niveles, en el que no se ha escatimado en nada: elenco actoral de primer nivel, dirección de prestigio, música original a cargo de Novedades Carminha. Desde luego que la apuesta era tan potente como arriesgada; y el resultado estaba en el punto de mira de todos. El resultado, desde luego, es algo que ha conseguido tener entidad propia –no se limita a calcar el libro ni pretende traer la serie a la memoria- y que ha encontrado un delicado equilibrio entre lo que quizá podríamos llamar una vertiente más comercial y otra más profunda, con una factura de calidad. En fin, un teatro accesible a un público muy amplio, bien hecho y en el que la esencia de la historia que cuenta la novela sobrevuela constantemente el espectáculo. No es poco.

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Se ha encargado para la ocasión un texto original a Jose Prieto, a partir de la novela de Carretero. Sin pudor y con bastante pericia, Prieto ha optado por alejarse de lo que podrían ser las estructuras esperables y crear un nuevo todo para el teatro: seguramente sea el único camino posible para que el resultado funcione. El primer detalle en el que hay que incidir es la particularidad de una adaptación que juega ocasionalmente al metateatro para introducir algunos datos más técnicos y estadísticos por boca de los actores; pero que, en general, ha optado por plasmar la esencia de la evolución del narcotráfico en Galicia mediante una serie de sketches que ofrecen una visión panorámica de la cuestión, con distintos tintes entre unos y otros. Por el escenario –y, ocasionalmente, también por la platea, que sirve para simular una descarga en la playa hacia el inicio- vemos desfilar, entre otras a una pareja de niñas que ocultan sus primeras experiencias con el tabaco el día de su primera comunión; al cacique de un pueblo que ha pagado la verbena de la Virgen del Carmen –y que no duda en conceder favores y untar al que se le ponga por delante-, a guardias civiles de todas clases –unos más honestos que otros-, las primeras –y torpes- negociaciones con el cartel de Colombia, o a dos jóvenes que dudan si tener su primera experiencia con la cocaína o los porros en un cuadro de gran carga cómico-simbólica. Así, toda la primera sección del espectáculo son pequeñas escenas que se sirven del humor ácido –la retranca gallega- para hacer avanzar una acción que, en general, elude dar nombres propios y se vale en un principio del humor para dar agilidad a la narración y buscar una conexión clara e inmediata con el público. El retrato de toda esta primera parte del espectáculo –salpicada aquí y allá por datos que ayudan a contextualizar el avance del tráfico de drogas en la costa gallega se apoya además en una potente base musical en directo; e incluso tira del mundo de la tradición para que lo musical adquiera un carácter más simbólico: en ocasiones se usa la técnica de la regueifa –canto popular gallego en el que varias voces se enfrentan alternativamente siguiendo el mismo ritmo- para que la historia avance.

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Sin embargo, este tono más desenfadado, casi diríamos que esperpéntico algunas veces –porque los personajes aparecen conscientemente deformados hacia la risa- se va volviendo más y más oscuro conforme la historia avanza y no hay vuelta atrás: con la droga extendida en Galicia, llegan los primeros picos, las reivindicaciones de Carmen Avendaño –seguramente el personaje real que más claramente referenciado aparece-, o la ya mítica foto del Juventud F. C., el texto apuesta por un tono más oscuro que le aporta algunos de sus mejores momentos, precisamente por valiente e inesperado. El giro podrá desconcertar a algunos, pero personalmente me parece uno de los mayores hallazgos del relato: introducir al público a través de la comedia; pero obligar a no perder de vista que lo que estamos viendo es una historia dramática de corrupción, que puede estallar en cualquier momento. Seguirán el nacimiento de la Operación Nécora –sugerida aquí, siempre desde un punto de vista de retranca, serie de altos cargos políticos que tienen serios problemas con el gallego para encontrarle un nombre al asunto-, las sentencias judiciales –pero no el juicio, que se elude- y un epílogo que viene a decirnos que podrán cambiar los tiempos y los estilos, pero la corrupción siempre va a estar ahí y, por lo tanto, el círculo solo se cierra para abrirse de nuevo. Además, el texto mantiene, con buen criterio, ciertos aspectos de bilingüismo diglósico que aportan autenticidad a la trama –seguramente el espectáculo podrá presentarse con éxito fuera de Galicia, pero creo que no debería traducirse-. En definitiva, Prieto tira en general por la vía del humor y la retranca para contar la historia; pero no elude incluir algunas escenas de carácter más turbio. Seguramente se podrá hacer más sangre en algunos episodios –aunque no creo que sea lo que busca el montaje- pero, efectivamente, la visión panorámica queda clara; en un tono generalmente amable que tiende una mano como digo a un sector muy amplio del público.

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Probablemente, en un principio, el tono escogido –e incluso la manera más panorámica y no tan personalizada de contar los hechos- pueda coger con el pie cambiado a más de un espectador, que quizá esperase un acercamiento de tintes más oscuros a la historia. Y, sin embargo, no se puede negar que el enfoque de Prieto maneja un humor fácil pero nunca chabacano, en el que es difícil no acabar por entrar – y en el que el público quizá más profano entrará de cabeza-; y que, sin embargo, se atreve a incluir instantes más poéticos y más oscuros conforme el avance del narcotráfico se hace mayor. Se la juega desde luego Prieto; y acierta porque –más allá de entrar más o menos en el tono muchas veces humorístico de la propuesta- uno siente, sencillamente, que la esencia de la historia está presente. No hace falta citar a los Oubiñas, Miñancos, Charlines y demás –nombres que apenas aparecen un par de veces, siempre desde el genérico-, sino que aquí hay una mirada global, que seguramente haga mayor hincapié en el impacto del narcotráfico en la población que en los narcos mismos. Como en todo espectáculo de sketches, hay altibajos; y momentos muy logrados –la verbena de la Virgen del Carmen, toda la desopilante escena del porro y la cocaína, la inesperada pero muy bien encajada parodia de Falcon Crest para sugerir el ambicioso ascenso de los narcos; o la letanía de nombres que convierten a una única madre en escena en la madre universal- conviven con otros que, más que pasarse de cómicos – cosa que nunca ocurre-, quizá se prolonguen en exceso. Pero de todo esto hay que concluir que Prieto ha logrado no hacer una fotocopia de nada; y que consigue realizar un recorrido general sucinto por una historia muy amplia y compleja accesible aquí a casi cualquier público. ¿Que tal vez nos hubiera gustado que la cosa tuviese tintes más oscuros aquí o allá? Seguramente, pero eso en absoluto le resta mérito a lo que ha conseguido Prieto aquí: no hay más que ver cómo el respetable se deja llevar para entender que el objetivo está logrado.

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Desde luego que el montaje no ha escatimado en medios. La escenografía que ha diseñado José Faro Coti –dos alturas, puertas practicables y una tarima móvil; que, en general, sirve para acoger la parte musical- puede parecer muy sencilla; pero sin embargo se vuelve tremendamente útil en términos de ritmo por los recovecos que va descubriendo. También el aparato audiovisual dialoga en buena sintonía con la parte teatral, estando siempre presente –hay vídeo pregrabado, vídeo editado, vídeo grabado en directo…- pero sin llegar a volverse invasivo, sino más bien complementario; muchas veces aportando la parte más puramente teórica –datos, fotos reales…-. Bastante expresiva la iluminación de Laura Iturralde –la escena de la descarga integra muy bien escenario y platea, precisamente gracias a el buen uso de las luces- y generosos –mucho, puede que demasiado- los efectos de humo. Hay, por supuesto muchísimo y variado trabajo de vestuario y caracterización –desde trajes regionales hasta trajes chaqueta, modelos pesqueros, vestimentas de orquesta…- a cargo de Ruth D. Pereira.

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Jugando con todos estos elementos, Tito Asorey arma una puesta en escena que tiene el requerido dinamismo, tanto a la hora de encadenar escenas –el ritmo es implacable; y apenas se resiente en un par de transiciones que aún se podrían aligerar- y que juega siempre a favor del texto: a la hora de perfilar los personajes –reales o imaginarios-, Asorey se maneja con habilidad en la delgada línea entre la comedia y el esperpento, sin miedo a desbarrar cuando las escenas así lo necesitan –la aparición de la cocaína, tan extrema que produce risa- y riéndose abiertamente –y haciendo que el público se ría- de ciertos tópicos reales y extendidos –el ambiente de verbena de pueblo con orquesta es tan real que es imposible no caer rendidos a la risa- y hasta de ciertos estereotipos que los actores tampoco temen en potenciar –los corruptos varios de Xose A. Touriñán son de carcajada inmediata, y da la impresión de que todos los saben-. La parte musical –que es mucha- está bien integrada en el conjunto –hay que aclarar aquí que esto no es en absoluto un musical, sino una obra con mucha música en directo-, y en ocasiones alcanza también fuerte simbología expresiva –ese solo de batería hacia el final de la pieza-. El diálogo –directo e indirecto- con el público es fluido; y, así y todo, puede que el mejor momento de la propuesta sea lo bien encadenada que está la letanía de los nombres de las madres con las escenas que ocurren paralelamente. Lo que no se puede negar es que Asorey es un director con ideas, que no duda en utilizar todos los medios a su alcance –tiene unos cuantos- para armar un gran espectáculo por pulso, sentido del ritmo y diálogo de estilos. La factura visual de esta Fariña es, incuestionablemente, muy atractiva.

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Cinco actores de sobra conocidos por el público gallego –que además son hábiles músicos- se reparten un sinfín de personajes en un montaje que no les da respiro alguno. Se trata de un trabajo coral en el que todos rinden a buen nivel y encuentran su momento de lucidez. Xosé A. Touriñán hace gala de esa comicidad intrínseca para llevarse de calle al público en un buen ramillete de corruptos que hacen que la corrupción parezca un simpático accidente: conoce la fórmula, sabe que le funciona con el público y se entrega a ella, para el delirio del respetable. En diversos papeles de corte más auténticamente gallego, Marcos Pereiro también sabe cómo manejar unas parodias que a veces se acercan al esperpento; pero que se meten al público en el bolsillo, siendo los momentos puramente cómicos los que le otorgan mayor lucimiento. Conocía la sólida vena dramática de María Vázquez –y aquí la saca a relucir como Carmen Avendaño-; pero quizá por eso me sorprendió más verla entregada a la comedia más desaforada, ya sea como atolondrada niña de comunión, corista de orquesta junto a Cristina Iglesias; o en esa personificación indescriptible de la cocaína recién llegada de Colombia: admirable. Tremendamente versátil, Cristina Iglesias, transita con comodidad entre los perfiles de corte más decididamente cómico a distintos niveles –la corista, la mujer corrupia dispuesta a quedarse con todo, recién salida de un culebrón…-, los más dramáticos –hay un careo con Vázquez para enmarcar-, los que exigen una mayor fisicidad –la joven que se sumerge en el mundo de las drogas- y hasta una importante parte musical, que culmina en un entregado solo de batería que es otro de los momentos memorables del montaje. En fin, Sergio Zearreta –que, además de desdoblarse en múltiples roles como sus compañeros, carga con gran parte de la vertiente más- puede que encuentre su mejor momento de lucimiento en una larga regueifa que entona hacia el final y que es una declaración de intenciones. En cualquier caso, el montaje es sin duda agotador para los actores, y el quinteto responde aportando a la propuesta el milimetrado trabajo en equipo sin el que sería imposible sacarla adelante.

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La noche del estreno, el público –tremendamente cálido- decretó un gran éxito para un espectáculo que era arriesgado de partida; y que tiene los ingredientes necesarios para ser la propuesta teatral del año en Galicia. Desde luego, no se parece a ninguna idea preconcebida que tengan si les dicen que se trata de una adaptación teatral de Fariña, y puede que precisamente esa sea su mayor virtud. Porque, bajo el ambiente festivo que respira gran parte del espectáculo, la esencia de lo que se cuenta sigue perfectamente presente; y porque en este espectáculo el teatro de tintes más comerciales dialoga en armonía con un teatro de corte más contemporáneo, ofreciendo un producto muy bien acabado y ejecutado al alcance de cualquier público. ¿Que tal vez hubiera estado bien una apuesta por retratar un mundo más oscuro? Puede; pero entonces nos estaríamos enfrentando a una propuesta completamente diferente. Esta Fariña no depende de nada ni de nadie y vuela alto por sí sola. No traerá a la memoria ni la estructura de la novela ni el tono de la serie –ni falta que le hace-; pero tiene todos los elementos necesarios para ser lo que es por derecho propio: un muy buen espectáculo que aúna disciplinas diversas para armar un todo con entidad propia que, o mucho me equivoco, o comienza un largo y exitoso camino.

H. A.

Nota: 4/5

Fariña”, un texto de José Prieto sobre la novela original de Nacho Carretero. Con: Xosé Antonio Touriñán, María Vázquez, Marcos Pereiro, Cristina Iglesias y Sergio Zearreta. Dirección: Tito Asorey. AINE / UNDODEZ / O QUE TEÑO MEDIA

Teatro Colón, 25 de octubre de 2019

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