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‘La Mujer Más Fea del Mundo’, o la honestidad de exorcizarse

octubre 31, 2019

MUJERCARTEL

Por un puñado de funciones llega al ambigú del Pavón Teatro Kamikaze La Mujer Más Fea del Mundo, un espectáculo de cámara creado conjuntamente por las jóvenes actrices Bárbara Mestanza y Ana Rujas, en el que esta última interpreta a modo de monólogo un texto que –según nos cuentan- recoge experiencias vitales de ambas intérpretes. La Mujer Más Fea del Mundo –que comparte título con una cinta de Miguel Bardem (1999) aunque nada tenga que ver con ella- es, a fin de cuentas, un grito de rabia; una vomitona que cuestiona los cánones de belleza de la sociedad de consumo en la que vivimos, una queja por haber sido objeto de esos cánones y una disculpa por ayudar –seguramente de modo involuntario y por fuerza- a perpetuar lo que esos cánones representan: “Lo siento por ser un producto falso. Lo siento por contribuir a que te sientas imperfecta” se excusa Ana Rujas después de una hora descendiendo a su propio infierno; cogiéndonos de la mano para bajar con ella a lo más bajo de su ser, a lo más bajo de sus vivencias. Y es que en este espectáculo, Rujas se lanza sin red a una especie de exorcismo sucio, desgarrado y honesto del que nos hace partícipes. Y en este ejercicio de apertura en canal no sólo vemos en escena a una actriz sólida y entregada hasta el paroxismo a la causa; sino que también –y sobre todo- asistimos a un verdadero ejercicio de honestidad, en el que la actriz muestra algo que puede llegar a ser más morboso que la desnudez física: su desnudez moral. Ahí, en la honestidad que rezuman intérprete y espectáculo, puede que esté la mayor virtud de esta propuesta.

Al entrar en la sala, Rujas nos recibe en el centro del espacio, encaramada a un altar y ataviada como una virgen. Al fondo, en una pantalla, se proyecta:“Mi cuerpo no es mío, sino que es tuyo / mi cuerpo no es mío, sino que es vuestro / Mi cuerpo no es mío, sino que lo regalo / estoy llena de huecos”. De algún modo, este prólogo nos puede hacer pensar que lo que sigue es una especie de epifanía. Pero pronto, Rujas se despoja de su atuendo, y se coloca una camiseta con el lema “Todo irá bien” para contarnos su historia desde el principio. La historia de una actriz en los treinta que se ha pasado la veintena haciendo papeles determinados por su imponente físico, y renunciando a algunos que le hubiera gustado –y hubiera podido- hacer (“nunca fui Adela porque no parecía lo suficientemente virginal”, nos revela en un momento del espectáculo). Desde este punto, desde esta frustración, retrocedemos hasta sus inicios: vallecana, modelo desde muy joven –casi por accidente-, se vio impulsada al mundo de la actuación. Pero, al menos en su caso, el mundo de la interpretación se vio inmersa en una zona oscura de la que es difícil salir –hay experiencias personales duras, verdaderamente traumáticas: abusos, trastornos alimenticios…- en las que a la belleza exterior va unida, al menos desde su propio punto de vista, una fealdad interior que es la verdaderamente preocupante para ella. La imagen que se vio obligada a proyectar –entendemos que en una verdadera contradicción entre lo de fuera y lo de dentro- puede que la haya convertido en un ser humano corporalizado – y ella parece bien consciente de la losa que supone esa dictadura del físico- Y toda esta presión, esta dicotomía entre lo que querría ser y lo que se espera que sea hace que estalle: ¿Cuánto puede aguantar un ser humano viviendo así? No se hace esperar un pozo de sexo, drogas y alcohol que en absoluto la ayudó a llenar el vacío y la soledad que sentía. Un vacío que le produce un dolor punzante que termina por dejarla tirada, al borde del abismo, en el baño de un bar. En uno de esos puntos en los que, efectivamente, no hay vuelta atrás. Renovarse o morir. Y, al fondo de este buceo a los infiernos, la figura de la madre, tal vez lo único a lo que agarrarse cuando bajamos hasta el último de los sótano. Lo que nos recuerda que, a fin de cuentas, Rujas también es – o quizá podríamos decir sobre todo es- humana.

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Podemos decir hasta cierto punto que, de lo que se nos cuenta en La Mujer Más Fea del Mundo, se deduce que Ana Rujas ha sido una esclava de la imagen, de los prototipos que la sociedad misma ha creado; y que esos prototipos –que no ha podido vencer hasta ahora- casi terminan por aniquilarla. Y, sin embargo, ahora y aquí es el momento de redimirse, de renovarse, de disculparse; de gritarnos a la cara toda su verdad del modo más honesto que puede, para descargarse de esa losa y tratar de seguir adelante. Durante una hora de duro y descarnado monólogo, Rujas no solo nos muestra lo más bajo de su ser, sino que nos hace partícipes de esa podredumbre interior –no tanto creada por ella sino por ese entorno-, la avergonzada cochambre que vive bajo ese manto de belleza aparente; para quitarse de una vez el peso de encima. Y, desde luego, en el grito rabioso que Rujas lanza a modo de penitencia de confesionario, hay una buena dosis de honestidad. Parece gritar “no forméis parte de esto, no caigamos más en esto”, a pesar de que sabe –como todos nosotros- que ese círculo vicioso siempre va a existir, no solo en torno a ella, sino en tantos lugares. No es culpa de nadie, sino –y esto es lo más triste, lo que más señala la pieza- de la sociedad misma.

Vamos por partes. Sabemos que La Mujer Más Fea del Mundo es una pieza coescrita por Ana Rujas y Bárbara Mestanza –ambas actrices jóvenes- y conformada por experiencias por las que han pasado tanto una como la otra. Esto nos hace pensar que, efectivamente, cuanto oímos por boca de Rujas o le ha tocado vivirlo o le ha tocado de cerca –no en vano ambas actrices compartieron piso durante un tiempo-. Primera certeza: esta caída al vacío –en la que no se cortan a la hora de hablar a las claras de nada- puede ser su historia, pueden ser sus historias; pero, por desgracia, también son las historias de tantas y tantas personas lanzadas al mundo en que vivimos, particularmente en esa profesión. No estas cosas puedan ocurrir, es que –desgraciadamente- ocurren. Al exponer todo esto con la claridad con la que lo hacen, Mestanza y Rujas no sólo están cuestionando los cánones de belleza –de los que, efectivamente, forman parte-; sino también la degradación moral propia de la sociedad occidental contemporánea soltando verdades como puños: verdades dolorosas, sí; pero que sabemos que están presentes. Segunda certeza: La Mujer Más Fea del Mundo desborda verdad y honestidad. Podríamos pensar, a la vista de la estructura de la función, que estamos ante una vuelta de tuerca del género in-yer-face –de hecho, aquí, la sombra de Sarah Kane es bastante alargada-; y, sin embargo, el espectáculo va por otros derroteros. Porque, como si se riesen de su propia desgracia, Rujas en escena –y Mestanza por extensión- crean una propuesta directa, distendida, que requiere y obtiene la complicidad del público, invitado a participar aquí y allá de la rave física y emocional a la que se lanza la actriz; como en una especie de ejercicio por tratar de normalizar los golpes y los excesos a los que se ha lanzado Rujas: aquí se invita a bailar, a beber chupitos de Jagger; y hasta se rocía a uno de los espectadores con – falsa, claro- coca. Y, sin embargo, en este grito de rabia que es La Mujer Más Fea del Mundo no hay tanto una explosión furibunda –como quizá sí hubiera pasado con otras artistas que practican este género-, sino que lo oscuro se mira desde una ironía ácida y dolorosa que permite tanto un rápido entendimiento de la dimensión trágica del relato como una mayor complicidad y empatía del público con la actriz/personaje. Aquí la suciedad se ve, se palpa, como también se palpa la rabia –que va por dentro pero puede estallar en cualquier momento-; pero, de algún modo, pareciera que Rujas desde su espacio –que rompe constantemente- nos señala como si supiera que cada uno de nosotros ha caído en esa sociedad que la ha prejuzgado, y que seguramente nosotros también tengamos nuestras zonas oscuras. Por eso tenemos el deber y el derecho de participar de esa suerte de exorcismo en el que Rujas se sumerge. Desde luego, crear un ambiente de complicidad casi festiva –porque el discurso casi nunca cae en el lloriqueo o en el “pobrecita yo”- ayuda, y es una de las claves de la propuesta; por más que nunca nos haga perder de vista la verdadera dimensión de lo que se nos está contando.

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La propuesta escénica –que dirige Bárbara Mestanza– tiene muchas señas de identidad de lo que podríamos reconocer como teatro contemporáneo. Tanto en el diálogo cercano e inmediato con el público, como en la radicalidad y la corporalidad siempre muy marcada con la que se afronta la interpretación, o en el hecho de que el mensaje global de la propuesta deba completarse con proyecciones que contextualizan – nunca mejor dicho- el por qué de algunas situaciones. Incluso en la estética más o menos transgresora de la ambientación –el blanco impoluto contrasta con los juegos de iluminación-. Puede que la imagen inicial –con Rujas reconvertida en virgen- nos pueda hacer pensar en una propuesta algo pretenciosa, pero pronto se rompe esa imagen; y, de hecho, la puesta en escena no cae en lugares comunes de este tipo de teatro –no hay micrófonos o cuerpos desnudos embadurnados de pintura, por poner dos ejemplos claros: se agradece-. También es de agradecer que el personaje –más allá de que la mayoría de lo que se diga sea real- asumimos que hay algo de personaje no caiga en el tópico tantas veces visto de estar enfadada con el mundo –que sería el camino más fácil- y consiga equilibrar el reírse con nosotros de su propio exceso al tiempo que es perfectamente consciente del agujero que existe en su vida: así es mucho más interesante.

Sosteniendo este espectáculo se encuentra Ana Rujas, dejándose la piel en escena durante la hora y diez que dura la función. Desde luego que Rujas –lanzada a un ejercicio de honestidad escénica- nos entrega cuanto tiene con una generosidad de esas que rara vez se ven. Hay que ser sincera y resolutiva para afrontar este espectáculo –de intensidad explosiva- con esa sinceridad salvaje, enfrentando al público cara a cara y haciéndonos cómplices de cuanto pasa. Más allá de la dureza del relato –aminorada por la descarada ironía que aporta Rujas-, la actrices consigue convertir la función casi en una sucia fiesta de complicidad; y esto nos dice bastante de la cantidad de registros que puede manejar una actriz que da muestras de no amilanarse en las distancias cortas. Desde luego, la interpretación es respetable –si todavía dudan del potencial interpretativo de Ana Rujas más allá de su físico, échenle un vistazo al largometraje Diana (Alejo Moreno, 2018), uno de los casos más escandalosos de no nominación al Goya como actriz revelación que recuerdo en tiempos recientes-. Desde luego que este espectáculo supone para ella no solo un ejercicio de sincera honestidad; sino también una prueba de que estamos ante una actriz con resortes interpretativos más que respetables.

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Ana Rujas y Bárbara Mestanza. Fotogafía de Carlos Pino.

Puede que La Mujer Más Fea del Mundo no haya descubierto la pólvora ni tampoco lo pretenda. Hemos visto este tipo de formato antes, sí. Y, sin embargo, tiene elementos más que suficientes como para ser una propuesta interesante: el más evidente, un equipo joven y valiente. El relato que plantean Ana Rujas y Bárbara Mestanza tiene honestidad más que suficiente –y demuestra que no hay un mero lloriqueo, esto es algo más- y a una actriz dejándose las tripas en un ejercicio honestísimo de verdadera desnudez moral. Todo ello hay que valorarlo. Además, es un espectáculo bastante más gamberro y combativo –siendo formatos muy distintos, podríamos emparentar este espectáculo con Y El Cuerpo se Hace Nombre, visto hace unos meses en esta misma sala- de lo que se suele programar en el Ambigú del Kamikaze: hay que aplaudir que se le haya dado aquí el lugar que merece. No se queden con la imagen de la virgen –que puede ser lo menos atractivo de la propuesta- y denle una oportunidad: lo que hay aquí es algo bastante más serio, capitaneado por una actriz a la que conviene seguir de cerca y sin prejuicios. Si buscan artículos y reseñas, somos muchos los que incidimos en el término “honestidad” para referirnos a este espectáculo. No puede ser casual. La tiene.

H. A.

Nota: 3.35 / 5

La Mujer Más Fea del Mundo”, una pieza de Bárbara Mestanza y Ana Rujas. Con: Ana Rujas. Dramaturgia y dirección: Bárbara Mestanza. LA OTRA BESTIA / AMICI MIEI PRODUCCIONS.

El Pavón Teatro Kamikaze (Ambigú), 23 de octubre de 2019

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