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‘Terrenal: Pequeño Misterio Ácrata’, o milonga (bufa) de dos hermanos

octubre 29, 2019

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Después de causar verdadera sensación cuando se presentó por un puñado de funciones hace dos ediciones del Festival de Otoño, regresa para hacer temporada en el Teatro de la Abadía Terrenal: Pequeño Misterio Ácrata, una pieza escrita y dirigida por Mauricio Kartun (Argentina, 1946-) que arrasa por donde va desde su estreno en 2014. No sin razón. Pieza complejísima –por el texto, tan lleno de referencias como inasible en una única escucha; por el código escogido e incluso por lo cerrado del lenguaje argentinísimo en el que se expresa- puede que Terrenal: Pequeño Misterio Ácrata no resulte accesible a cualquier público. Sin embargo, no podemos negar que, hoy por hoy, Terrenal es algo casi único en su género, y tiene todos los ingredientes para ser una velada de teatro de primer orden: texto inteligente en su complejidad y su multitud de capas; comedia inteligente en su planteamiento –por momentos absurda, otras veces crítica y crudamente social- e interpretaciones e primer orden en unos códigos nada fáciles de sostener. Desde luego, Terrenal: Pequeño Misterio Ácrata –bienvenido sea su regreso a España- es algo que no se parece ni remotamente a nada de lo que se está haciendo ahora en teatro en nuestro país; y ya solo por eso merece toda nuestra atención… pero hay muchos otros motivos para sentir que estamos ante algo verdaderamente especial.

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El telón de un teatro de variedades oscuro, sucio, decrépito –como rescatado de otra época- nos recibe. Asistimos primero a una larga conversación entre dos hombres trajeados pero ya algo avejentados, tanto en los físicos como en las vestimentas: pronto sabremos que se trata de Caín y Abel, que esperan el regreso de Tatita, una especie de deus ex-machina que les ha dejado ahí, a su suerte, desde hace ya ni se sabe cuánto tiempo. Suponemos que algún día volverá. Durante un buen rato, entendemos las dos formas de vida de dos hermanos condenados a soportarse en ese espacio: Caín que ha desarrollado una variante de capitalismo casi especulatorio; mientras que Abel se dedica a disfrutar de los pequeños placeres que le aporta la vida. Uno de ellos cree en la necesidad de ser nómada, y otro se apoya en el más cómodo sedentarismo como forma de vida. Caín espera ansioso la venida de Tatita mientras que Abel, sin embargo, se ha resignado a que no regrese nunca más; y mientras uno de los hermanos cultiva pimientos morrones, el otro se afana en viajar para vender lombrices a los pescadores –que no han de estar muy cerca del lugar, a juzgar por la tierra árida que gobierna el espacio que vemos-. La desidia generalizada –o vida relajada, mejor- de Abel ante un estilo de vida que le funciona; pero que está despojado de cualquier tipo de ambición, saca de quicio a Caín, que a punto está de llegar a deshacerse de ese parásito al que no puede soportar. En primera instancia, de hecho, es el asunto del capital y la propiedad la que casi hace que la relación entre los dos hermanos salte por los aires. En el fondo, este Caín y este Abel son dos payasos –ya saben: la clásica pareja del payaso listo y el tonto- entrados en años, y todo en la propuesta se salpica del universo del clown; por eso convivencia se ve impregnada de una serie de diálogos irónicos, absurdos e impregnados de onomatopeyas y juegos de palabras; que enseguida nos hacen pensar por ejemplo en el Beckett de Esperando a Godot –si bien Caín y Abel se ocupan aquí de asuntos más mundanos-. Pero, de pronto, cuando parece que Caín va a perder la paciencia y quitarse de en medio a su hermano, ocurre el milagro: del fondo del escenario –donde, hasta ese momento había permanecido semioculto, poniendo el espacio sonoro a esta astracanada- surge, efectivamente, Tatita, una figura enorme –pero igualmente decrépita- que viene a poner orden y se horroriza de ver el desorden que se ha armado entre los hermanos. El esperanzado Caín –el trabajador, el que esperaba- se dará de bruces con la realidad cuando vea que este Dios defiende la forma de vida –digamos más socialista y liberal- de Abel, y se entregará con él a los placeres más mundanos. Será entonces cuando a Caín se le caiga el alma a los pies y, despojado de cualquier creencia, consume venganza. El resto de la historia, ya la conocen; o tal vez no, porque nuestro Caín acabará recibiendo de Tatita/Dios una lección que jamás va a olvidar; aunque ahora ni siquiera logre comprenderla.

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Es complejo evaluar todos los aspectos que contiene este espectáculo. Por un lado, el texto mismo. Al margen de que la variante argentina pueda poner una cierta barrera para el público español, hay que reconocer que Mauricio Kartun realiza una verdadera demostración de ingenio al actualizar el mito primero que todo en clave de farsa absurda y de sátira social; y después al situarlo en un contexto tan político y económico como puede ser la lucha entre socialismo versus capitalismo o la esfera de lo público versus la esfera de lo privado: cuestiones aplicables a cualquier país, y a cualquier momento, por lo que la obra siempre va a mantener vigencia crítica pasen los años que pasen. Pero, además, Kartun no busca aleccionar ni dar clases magistrales de nada: Terrenal es, ante todo, una gran comedia; donde el mítico autor argentino mira a la realidad con un punto de vista ácido, corrosivo; pero siempre irónico. No hay más que ver de parte de quién se pone Tatita –que, en el carácter simbólico de la pieza, seguramente deba leerse como un diminutivo de la “Tata”, la que cuida de Caín y Abel- para entender la capacidad de crítica a la sociedad que promulga Kartun. Lo que desquicia a Tatita/Dios, de hecho, es que los dos hermanos han aplicado la Biblia al pie de la letra; y él anima sin embargo a releer, reinterpretar, a ajustar las escrituras a la necesidad de los tiempos.

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Decía algo más arriba que la pieza puede resultar muy compleja –lo es-; pero Kartun pone todas las facilidades sobre la mesa. Porque a pesar de que la crítica social es corrosiva, no cabe duda de que ha querido escribir –y ha escrito- una comedia: Terrenal (Pequeño Misterio Ácrata) es una pieza muy divertida, que mantiene la sonrisa en la cara durante la hora y tres cuartos que dura. Hay diálogos del más puro absurdo, peroratas grandilocuentes que mueven a la hilaridad en su exceso y un inteligente uso del lenguaje en favor tanto de la comedia como del uso del símbolo. El trío de payasos –un clásico del mundo del circo- tamizados por el filtro de lo decrépito, de que han vivido tiempos mejores, es toda una metáfora en sí misma y el código escogido obliga a los actores a trabajar en un código de clown que dificulta las cosas tanto a nivel interpretativo como a nivel de seguimiento. Porque asistiendo a Terrenal nos reímos, sin duda, de las caricaturas desfiguradas en las que el autor ha convertido a los tres personajes; pero, entre toda esa risa, Kartun va introduciendo unos temas y un trasfondo que son mucho más áridos de lo que uno pueda pensar. De hecho, en entrar en la risa e ir descubriendo progresivamente –casi sin darnos cuenta- la verdadera complejidad de capas que posee el texto está una de las grandezas de la idea de Kartun. Terrenal (Pequeño Misterio Ácrata) parece una cosa de partida –una comedia de teatro del absurdo-, pero pronto evoluciona a una farsa política y social, sin perder de vista que está haciendo comedia: es, desde luego, un texto profundamente inteligente. Es verdad que, por la cantidad de temas que toca –y lo complejo del lenguaje- es difícil captar todo lo que encierra en una única visión; pero quizá por ello sea un material en el que conviene detenerse con la necesaria atención – consultando el texto, o incluso revisitando la pieza después de un tiempo-: lo merece, aquí hay algo grande.

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Hay que incidir en la voluntad de que el espectáculo sea lo que es: una comedia de payasos. Como buena pieza de contrastes, la oscuridad decrépita de la escueta escenografía contrasta con el tono bufo que se exige a unos actores que se entregan a fondo. Además, hay otro fuerte contraste entre la aridez simbólica del texto y el tono bufo que adquiere la propuesta. De hecho, la gran dificultad del formidable trabajo del trío actoral posiblemente sea esa: la de hacer un texto muy serio muy en broma. No es fácil. En un estilo que bascula a medio camino entre el absurdo y el clown, los tres actores se encuentran perfectamente cómodos. La gestualidad desaforada del Caín de Claudio Martínez Bel –que no escatima en muecas- es un mecanismo de risa inmediata, que crece cuando se desespera al ver que las cosas no son como él creía; en perfecto contraste con la parsimonia que demuestra el Abel de Claudio da Passano que, efectivamente, desesperaría a cualquiera con algunas luces: es la clásica lucha entre el payaso tonto y el payaso listo, con el matiz de que aquí quizá sea el payaso listo quien lleva las de perder –qué injusta es la vida a veces-. Y, entre ambos, el Tatita enorme – en todos los sentidos- de Rafael Bruza que es al mismo tiempo mesiánico, decadente, incapaz de comprender las motivaciones de Caín para hacer lo que hace; pero un punto sádico a la hora de disfrutar del castigo que le infringe –cuya dimensión el pobre Caín no alcanza a comprender-: un verdadero bufón, en el mejor sentido del término. El sencillo espacio sonoro que se plantea –escueto, a la vista y con aires de tira cómica- termina de redondear el particular espíritu de esta propuesta. Desde luego que es un goce asistir a interpretaciones de este calibre tan bien equilibradas y ejecutadas; en una propuesta compleja en la que la suma de tantos aspectos tan diversos –texto, tono, discurso- podría llegar a cortocircuitar. Por fortuna, nunca lo hace; mérito en buena parte de este formidable trío actoral.

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Con todos los inconvenientes que pueda tener, Terrenal: Pequeño Misterio Ácrata es algo que no se ve frecuentemente en España; y no se parece a nada que yo haya visto aquí. Tiene estilo propio, riesgo; y conjuga con pericia lo bufo y lo dialéctico. Es, desde luego, inabordable en una única visión; pero deja el poso más que suficiente como para seguir navegando en la profundidad de sus aguas con el paso de los días. Y –por la ejecución técnica y la capacidad de introducir en una comedia algo que es mucho más que eso- es un ejemplo de por dónde debería ir el teatro inteligente. De lo mejor que se puede ver ahora mismo en la cartelera española; y, desde luego, algo único que tiene pocas cosas con las que comparase ahora mismo. Además, es de esos pocos espectáculos que admiten una segunda, una tercera, una cuarta visión: siempre va a crecer, siempre nos vamos a fijar en nuevos detalles, en más matices, en aristas a las que no habíamos llegado la vez anterior. Yo no me lo perdería.

H. A.

Nota: 4.5 / 5

Terrenal: Pequeño Misterio Ácrata”, de Mauricio Kartun. Con: Claudio Da Passano, Claudio Martínez Bel y Rafael Bruza. Dirección: Mauricio Kartun. MAURICIO KARTUN.

Teatro de la Abadía, 22 de octubre de 2019

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