BUTACA EN ANFITEATRO

‘Las Bárbaras’, o maneras de (sobre)vivir

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Todo nuevo texto de Lucía Carballal –todavía joven pero ya sobradamente consolidada dramaturga que ha dado sobradas muestras de su habilidad para armar diálogos y personajes de enjundia- suscita siempre un lógico interés. Apenas unos meses después de haber presentado La Resistencia, estrena ahora Las Bárbaras, una pieza sobre el derecho a la realización de las mujeres aun a una edad determinada –digamos a partir de los 60 años- que se sirve de mujeres del presente para, tal vez, lanzar una mirada al mundo de la mujer y su reciente evolución. Así, los personajes que pueblan Las Bárbaras quizá no hayan sido capaces de convertirse en aquello que querían ser –de un modo un otro, todas han conseguido realizar una vida propia; pero todas mantienen anhelos incumplidos-, pero quizá este sea el momento de darse cuenta de que que aun no es tarde para intentar cambiar las cosas. Todavía no.

Susi, Encarna y Carmen son tres amigas de toda la vida en torno a los 60 años. La muerte prematura de Bárbara –una amiga común, de 35 años con la que todas tenían una relación sincera y estrecha- provoca que, por expreso deseo de la finada, las tres amigas tengan que pasar un tiempo en el Hotel Juventud. En un principio, la petición que les deja Bárbara es la de que echen la vista atrás, que revisen sus vidas; aunque puede, claro, que haya algo más en este afán de reunirlas. Así, en ese clima de (in)cómoda y sincera amistad que se produce cuando tres personas se conocen bien y están de vuelta de todo, iremos conociendo las motivaciones y contradicciones de las tres mujeres, sus modos de vida, los motores que las mueven y la naturaleza de su relación con Bárbara. Sabremos que Carmen es una arquitecta que lo ha dejado todo –el formar una familia, el tener una vida propia- para levantar su propio negocio y llegar a triunfar en un mundo de hombres, por más que la crisis del ladrillo la haya puesto en un momento más que delicado. Que Susi se ha dejado por el camino una prometedora carrera como concertista para vivir a la sombra de su marido –también músico-, por más que se empeñe en negar que así son las coas. Y que Encarma –quizá la más diplomática del trío- se conforma con ejercer su papel de feliz abuela; aunque sea más por obligación que por otra cosa. Ante puntos de vista tan diferentes, la confrontación no se hace esperar; al tiempo que una cantante –de algún modo testigo mudo de cómo la situación se va caldeando- va desganando una serie de temas que transitan entre Mari Trini y Alaska y los Pegamoides.

Desde luego que Las Bárbaras aprovecha lo que en esencia podría ser una comedia dramática de situación para plantearse asuntos como cómo puede –o no- una mujer evolucionar con los tiempos y (re)hacerse a sí misma; o cuál es el verdadero papel que la mujer debe asumir –o ya está asumiendo- en la sociedad actual. Los tres personajes que pueblan la obra han crecido en otro momento, en otra realidad; pero, de algún modo, el personaje ausente –Bárbara- pertenecía más a un presente que sabe que se pueden y se deben cambiar las cosas. Quizá sea por eso que obligue a sus amigas a mirarse de una vez al espejo, a reconocerse con sus contradicciones y a coger de una vez la sartén por el mango. Porque pueden. Porque deben. Desde luego que hay en la pieza una base clara en torno a lo que podríamos llamar conflicto generacional; pero por encima de todo eso sobrevuela el poder de una amistad que ha durado tantos años que es sincera y ya no va a romperse: Susi, Carmen y Encarna pueden ser distintas en sus modos de afrontar la vida; pero saben que ahora están unidas primero por el dolor –el dolor lógico que la pérdida- y después por el verse en un momento en el que es ahora o nunca: la hora de dar el golpe en la mesa. Tal y como están sus vidas ahora mismo – quizá en un inpass– se necesitan, necesitan de la fortaleza de las demás para salir adelante; pero también saben que se tienen, y seguramente ese sea el gran núcleo central de la función. Hay en las tres mujeres una voluntad –más o menos pronunciada- de evolucionar, de cambiar las cosas; y, aunque puede que unas lo logren más que otras, en el fondo saben que en el círculo de seguridad que forman tienen un oasis de paz al que volver. Poco importa si surgen reproches nacidos del dolor o la diferencia: a la hora de la verdad, se tienen. Por eso podemos decir que Las Bárbaras acierta al poner sobre la mesa un debate plenamente actual y vigente; pero al mismo tiempo lo hace desde un lugar más luminoso y vitalista que propagandístico o combativo: y se agradece.

Se nota que Lucía Carballal –que, por edad, pertenece más a la generación de Bárbara que a la de Carmen, Encarna y Susi- cree en estos personajes; simpatiza con ellos y está convencida de las posibilidades y la fuerza que tienen para salir a la superficie como triunfadoras hechas y derechas que son. A partir de los tres roles aporta un fresco poliédrico de las maneras posibles de ser mujer – puede que a los 60, pero también antes y también después-, y, efectivamente, empodera a sus personajes para que enfrenten su propio camino. Y todo esto salpicado de un ramillete de canciones perfectamente reconocibles – “Dramas y Comedias”, “¿A quién le importa?” etc- que adquieren un valor simbólico muy claro. Y, hay que insistir, Las Bárbaras se diferencia de otras obras de Lucía Carballal en que, a pesar de un cierto poso de melancolía en su mirada al pasado, aquí hay luz, hay vitalidad y hay un positivismo muy claro que tal vez no aparecía en otras piezas suyas. Hay, además, una voluntad clara apelar a la empatía de las emociones, ese terreno que tanto gusta a la autora y en el que con tanta comodidad se mueve. Así y todo, Carballal apuesta aquí con firmeza por el tono de comedia clásica y amable, sustentada en unos diálogos ágiles, punzantes y muy sólidos –a estas alturas ya todos deberíamos saber lo sumamente hábil que resulta la autora a la hora de escribir diálogos, que muchas veces resuenan de corte televisivo; en el buen sentido-, que seguramente sean la mejor baza de la función, además de su ritmo implacable. En el debe, quizá un cierto desequilibrio entre el peso de los personajes –desde luego Carmen parece el mejor delineado, Susi estaría situada en un punto central; y Encarna (puede que quizá por su actitud más pasiva) todavía sería susceptible de un mayor desarrollo- y la sensación de que la pieza –no muy extensa- aun da más de sí a la hora de desarrollarse. Parece claro que Carballal no ha querido entrar en conflictos muy hondos –fiel al tono y al género escogido para la pieza-; pero, hasta cierto punto, tal vez eche en falta que ahonde un poco más en rescoldos más oscuros de los personajes: el más claro, el vacío que les ha dejado la muerte de Bárbara, siento que no del todo explorado… incluso el nexo mental que ejerce entre las tres mujeres la figura de la cantante con la de la propia Bárbara; un dato que acaba teniendo menos importancia de la que parece que tendrá en un principio.

Firma la puesta en escena Carol López –la autora de la inolvidable Germanes, cuya espléndida producción catalana pude admirar hace –si no recuerdo mal- ya una década en gira; bastante antes de que un nuevo equipo la reinventase también con éxito en Madrid- y ha ideado un montaje en el que prima la inmediatez: los diálogos fluyen briosos, verdaderos y la propuesta tiene la necesaria agilidad. Además, las diferencias entre las tres mujeres aparecen muy bien diseñadas; y ha conseguido integrar la parte musical más como un apoyo que como una mera exigencia – y esto no es sencillo de lograr-. Quizá convendría relajar el ritmo y hasta el tono de algún pasaje, para que la melancolía aflore con mayor claridad. Me gustó mucho la escenografía –a la vez práctica y hermosa- de Antonio Belart, bastante prolija en detalles.

La función está sostenida por un trío actoral de verdadera altura, y es otra de las claves de que se vea con gran interés. Desde luego que a Mona Martínez le conviene ese cierto aire a medio camino entre la falsa superioridad y la decadencia que respira Carmen –siempre ha sido una maestra en la construcción de este tipo de perfiles- y obtiene de la Susi de Ana Wagener –a un tiempo rotunda y simpática- el contrapunto de luz necesario para que ambas puedan llegar a completar algo así como las dos caras de una misma moneda. Hay una escena hacia el final entre ambas que es, desde luego, el momento estrella de la representación, porque respira una franqueza apabullante. En fin, la Encarna de Amparo Fernández se mantiene hasta cierto punto en segundo plano –porque el carácter del personaje así lo demanda-, más amable en el tono; pero nos deja a la espera de una explosión que nunca termina de llegar –por más que, desde el principio, ella tenga más información que sus dos amigas sobre la verdadera razón de la reunión-. María Rodés –que alterna funciones con Tulsa- ofrece hermosas versiones musicales de los temas que le tocan en suerte –su voz tiene un suave poso de dulce amargura que conviene muy bien a la naturaleza de la función- y se integra con facilidad en los requerimientos actorales que se le solicitan a lo largo de la representación.

Hay muchos motivos para ver Las Bárbaras. Lo amable y afinado del enfoque de una temática que se podría haber quedado en un panfleto –nunca ocurre-, la decisión de elevar la amistad por encima de todo, lo punzante de sus diálogos y una puesta en escena bien vestida pero nunca pretenciosa; al servicio de un equipo actoral bien entonado. ¿Que quizá sea una pieza más amable y menos árida que otras de Carballal? Es muy posible. ¿Que la historia aceptaba mayor desarrollo, aún a fuerza de navegar en terrenos más dramáticos? También parece una certeza. Y, sin embargo, Las Bárbaras muestra armas más que suficientes como para entender por qué Lucía Carballal se ha ganado en apenas unos años el lugar que le corresponde como una de las voces jóvenes más importantes de nuestro país. Y, sobre todo, es una comedia amable, una función bonita: esto, a veces, también debe ser virtud.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Las Bárbaras”, de Lucía Carballal. Con: Ana Wagener, Mona Martínez, Amparo Fernández y María Rodés. Dirección: Carol López. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL / LA ZONA.

Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva), 22 de octubre de 2019

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