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‘Ricardo III’, o la impostura del imperio del postureo

octubre 19, 2019

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Más allá de que contenga un puñado de versos que permanece en la memoria de todos y a pesar de que sube a escena con cierta frecuencia, podemos decir que el Ricardo III en su versión digamos ‘pura’ dista de ser uno de los trabajos más inspirados de Shakespeare. Pasada de metraje –la función íntegra duraría más de cinco horas-, y ateniendo a unos conflictos políticos difíciles de seguir –enmarcados, claro, en la Guerra de las Rosas- necesita incuestionablemente una profunda operación para resultar interesante al público. Y, sin embargo, su protagonista es uno de los villanos más apreciados de la literatura universal: contrahecho, poderoso, sanguinario, estratega, sin pudor alguno y con un sentido del humor sádico y ácido –casi enfermizo, de verdadero psicópata- Ricardo tiene un perfil incuestionablemente atractivo, tanto para los actores que se meten en su piel como para el público mismo. Es en la figura del protagonista donde seguramente radique gran parte del interés que provoca que esta obra siga subiendo a escena constantemente. Pero si además contamos con una versión capaz de asimilar y traer a la superficie todo el –mucho- humor negro que contiene el texto, el resultado puede ser verdaderamente explosivo. Para esta versión –que dirige Miguel del Arco, en su más redonda puesta en escena teatral en varios años- y protagoniza un inspirado Israel Elejalde, Miguel del Arco y Antonio Rojano versionan a Shakespeare potenciando, efectivamente, lo que de comedia negra corrosiva tiene el original. Y es que ¿qué pasaría si el tullido Ricardo III viviese rodeado de una corte de verdaderos mequetrefes –hijos del postureo y el imperio de la impostura actual: somos aquello que vendemos y vendemos aquello que quieren ver- que pueden llegar a ser en su deformidad moral más grotescos que él? ¿Y si pudiera manipular a propios y extraños sin despeinarse? Estas son algunas de las cuestiones que lanza esta versión, fiel al esquema pero irreverente en las formas, coherente hasta el final en su enfoque de comedia negra, ágil, cercana e inmediata como pocas que haya visto de esta obra. El resultado no sólo es uno de los mejores shakespeares que haya visto últimamente, sino también uno de los espectáculos más potentes de este año.

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La versión de Rojano y Del Arco condensa en un poco más de dos horas las más de cinco que podría haber durado la obra completa y es toda una declaración de intenciones. Al inicio de la función, un espectador furibundo intenta interrumpir el primer monólogo de Ricardo alegando que ha pagado por ver “el texto original de Shakespeare”. La respuesta del monarca no se hace esperar y lo abate de un tiro. Tras esto, nos advierte que “aquí vamos de este palo” y al que no le guste ya sabe lo que tiene que hacer. Es sólo el arranque de un montaje lleno de sorpresas, lleno de hallazgos; que mantiene el esqueleto –y gran parte del texto- de Shakespeare visto desde una óptica contemporánea en el que impera la inmediatez de la información. Los medios de comunicación, las fake news y la imagen que proyectamos al exterior son motores que mueven a todos los personajes. Efectivamente, en mayor o menor medida, toda la corte se convierte aquí en un reino dispuesto a salir en la foto cuando conviene, forzar la sonrisa y ofrecer la mejor –falsa- imagen de sí mismos. Como si el postureo impuesto les hubiese convertido en unos verdaderos idiotas, incapaces de ver cómo Ricardo –el único que todavía es capaz de pensar, de utilizar a los medios para su propio provecho- despliega sus tentáculos sobre todos ellos; y, al mismo tiempo, arma su propio show.

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El gran pecado de todos estos personajes seguramente sea subestimar el intelecto de Ricardo porque están demasiado ocupados en figurar. La estúpida desidia de casi todos los que le rodean – porque para cuando primero Lady Ana y después Isabel se dan cuenta de la magnitud de la situación, ya es tarde para evitar la hecatombe…- hace precisamente que el público conecte directamente con ese Ricardo que no puede evitar reírse de la ineptitud de los que le rodean. Porque es más listo que ellos, y por tanto los demás merecen ser castigados, por más que el perfil del protagonista que se ofrece en esta versión sea implacable: una mezcla entre un charlatán de pueblo y un político corrupto con el guion perfectamente estudiado… un parásito, en resumen. De hecho, precisamente en el humor sádico –inalcanzable para los demás- que despliega este Ricardo está su mayor potencial como villano: entre chiste y chiste, puede matarte sin contemplaciones.

Además, Rojano y Del Arco plasman literalmente las guerras políticas en una sociedad contemporánea y cercana, que cae como un guante a la pieza: no faltan referencias claras a la España pasada y actual, y nadie teme en azotar en una y otra dirección: todos –pero todos, todos- los políticos españoles tienen su sitio aquí, ya sea con reconocibles referencias, muletillas o exhumaciones tan inesperadas como celebradas por el respetable. No faltan tampoco ni asesinos chapuceros –¡qué momento glorioso!-, ni caras pixeladas ni proyecciones a medio codificar, que demuestran que, efectivamente, la información puede no sólo manipularse sino directamente construirse. Aquí caben desde los programas casposos de corazón hasta los publirreportajes pagados; y, estilísticamente, se pasa de la comedia –siempre negra, tarantiniana, gamberra, punky- al drama – las cosas se ponen feas cuando llega la Guerra-. El realismo no siempre se pretende, y el mismo texto nos advierte de que la grandiosidad de la guerra debemos completarla, del mismo modo que los roles de infantes los asumen imprevistas marionetas, y un rol femenino central –Lady Margaret- corre a cargo de un actor, en un juego puramente shakesperiano. Así pues, la versión es a partes iguales irreverente y fiel –porque todo lo que sucede en la historia está contado, otra cosa es el cómo-; y consigue un delicado equilibrio entre la ironía negra tan presente en el texto original y la tragedia de ambición que acecha. Llama la atención cómo el replanteamiento de la trama da más peso a algunos personajes –Lady Ana tiene más recorrido del habitual- y se lo quita a otros –la Duquesa de York es más puntual-; pero no tiene por qué ser mala señal: se ha seleccionado lo que interesaba. ¿Podrán recortarse algunas morcillas? Es posible –hay tantas-, pero pocas veces nos han contado Ricardo III con esta frescura e inmediatez.

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Un espacio escénico prácticamente vacío –apenas el sillón del trono, mesas y sillas-, apoyado en un potente entramado de proyecciones y vídeos sirve a Miguel Del Arco para armar un montaje ágil, que abraza toda la extensión de la platea del teatro –ya saben, como sucede en el Globe…- y da mucha importancia a la imagen, a lo visual: cámaras de vídeo, focos, flashes fotográficos están a la orden del día en un montaje que parece querer traer a primer término el imperio de la información. Consciente de que maneja figuras encorsetadas –porque han de ser lo que pretenden aparentar- no teme Del Arco a transitar por escenas de verdadero grand-guignol –hay algunas desternillantes: el programa televisivo, los asesinos gallegos-, otras de un humor más fino –las conversaciones de Ricardo con sus inferiores, claramente incapaces de pillarle la retranca al asunto- y un puñado de ellas enfocadas desde la más absoluta seriedad: sorprende por ejemplo, ver emerger en la platea a Lady Margaret –un actor travestido- para, acto seguido, escuchar su maldición desde la verdad más absoluta. Del mismo modo, en este montaje lleno de concesiones irónicas, la cosa se vuelve seria y rotunda en el desenlace bélico, donde incluso Ricardo deja de ser Ricardo para convertirse en el estratega de guerra que siempre ha sido: un tipo fuera de sí, al que hay que temer. El ocasional diálogo con otras disciplinas –las marionetas- está muy bien planteado, los innumerables cambios de vestuario se suceden con vertiginosa precisión –Ana Garay ha preparado un sinfín de modelos: desde trajes militares a tocados de luto o elegantes vestidos de noche, hay un trabajo conienzudo en la elaboración de los trajes que sería pecado no mencionar- y las más de dos horas pasan en un suspiro. Puede que alguna escena – la de la falsa campaña publicitaria a favor de Ricardo- se prolongue en demasía, e incluso que me hubiese gustado ver una batalla más desarrollada; pero son sólo dos sugerencias en un montaje plagado de aciertos y plagado de buen ritmo. Desde luego que es difícil que montaje y versión –y más cuando es una versión de tono tan particular como esta- vayan en la misma dirección como sucede aquí; y, sin embargo, texto y puesta son coherentes con el enfoque hasta sus últimas consecuencias.

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El conjunto actoral –siete intérpretes- está afinado como pocas veces se ha visto en un reparto. Hay una clara sensación de trabajo en equipo, donde nadie pretende destacar por encima de nadie; pero donde todos están dando lo mejor de sí mismos. Israel Elejalde hila fino en la composición de Ricardo, porque se lo toma en serio: nunca pretende convertirlo en un ser más decrépito de lo que realmente es e integra bien el aspecto físico en el conjunto. Además, hay momentos de alta comedia en el gesto – por momentos se acerca al payaso-, momentos de sutil ironía en las puyas que mete – esta es su mejor arma- y momentos de cruda y violenta fiereza en sus estallidos. Todo equilibrado y variado, en su justa medida; en una interpretación irreprochable: su villano es divertido, pero nunca zafio; tiene ironía y sutil elegancia, y a la vez por eso es constante amenaza. El resto de los intérpretes se reparten diversos roles. Hay que destacar que posiblemente este sea el mejor trabajo que le haya visto nunca a Manuela Velasco, que matiza bien tanto los momentos más hipócritas – tanto en la realeza como en la piel de una periodista rosa- como los estallidos más dramáticos: hay escenas de gran empuje conforme avanza la representación. Verónica Ronda pasa de ser el pequeño príncipe heredero a una Lady Ana que crece en rotundidad progresivamente, aupada por el peso que cobra el personaje en esta versión. Cristóbal Suárez lo mismo es un sólido Buckingham que una Lady Margaret travestida que se toma muy en serio y resulta muy creíble: son sólo dos ejemplos, pero el contraste entre uno y otro no puede resultar más acentuado, y en ambos acierta. Chema del Barco y Alejandro Jato se llevan un momento de desopilante comicidad en la escena de los asesinos que es imposible de olvidar –pero hay que recordar también a Del Barco dando vida al consejero caído en desgracia por su supuesto vicio, o la poderosa arenga final que pronuncia Jato como Richmond-; mientras que Álvaro Báguena seguramente encuentre su mejor momento de lucimiento como Eduardo IV. Con todo, en una función tan coral es difícil encontrar un reparto tan conjuntado con el que vemos aquí: nadie desentona.

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Desde luego que este irreverente Ricardo III lo tiene todo para convertirse en uno de los espectáculos del año. Riesgo, coherencia con ese riesgo y desarrollo hasta sus últimas consecuencias. Un Shakespeare leído desde hoy, pero sin perder de vista la esencia del original; un montaje ágil y un reparto francamente inspirado. Reconociendo el poco entusiasmo que me produjo el anterior acercamiento a Shakespeare de Del Arco –con un Hamlet a mi modo de ver bastante discutible- no escondo mi sorpresa ante el rotundo éxito que supone este montaje, que nos vuelve a mostrar a Del Arco en su máximo esplendor. Podrá escandalizar a algún purista; pero nadie puede discutir que este espectáculo tiene momentos de gran teatro en todas sus vertientes. Incluso muchos.

H. A.

Nota: 4.5 / 5

Ricardo III”, de William Shakespeare. Versión libre de Antonio Rojano y Miguel del Arco. Con: Israel Elejalde, Manuela Velasco, Cristóbal Suárez, Chema del Barco, Verónica Ronda, Alejandro Jato y Álvaro Báguena. Dirección: Miguel del Arco. EL PAVÓN TEATRO KAMIKAZE.

El Pavón Teatro Kamikaze, 10 de octubre de 2019

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