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‘El Gran Mercado del Mundo’, u otro teatro clásico es posible

septiembre 27, 2019

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Resulta como mínimo curioso el doblete calderoniano que se puede hacer estos días en la Compañía Nacional de Teatro Clásico: en la sala pequeña Helena Pimenta dirige a la Joven Compañía de Teatro Clásico en una versión de La Vida es Sueño que pretende ser moderna y termina siendo demasiado conservadora; mientras que en la sala grande Xavier Albertí presenta una coproducción entre la Compañía Nacional de Teatro Clásico y el Teatre Nacional de Catalunya en el que convierte un auto sacramental de Calderón –El Gran Mercado del Mundo– en una fiesta grandilocuente que mantiene todo el texto original pero lo sazona con números de revista. Sí, han leído bien: un auto sacramental de Calderón con ecos del Paral-ell. La cara y la cruz de Calderón en un mismo tiempo y en un mismo teatro. Y toda una declaración de intenciones: si los montajes de la directora saliente Helena Pimenta podrían adolecerse de ser demasiado clásicos, que la etapa de Lluís Homar comience con este espectáculo transgresor, atrevido y divertido –que mantiene, sin embargo, el texto de Calderón- parece ser señal clara de que otro tipo de teatro clásico es posible, sin faltarle el respeto al texto.

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Género complejo donde los haya, el auto sacramental consiste siempre en una especie de alegoría religiosa que pretende sentenciar algún pecado de la fe católica y acaba elevando la gloria eucarística: todo ello envuelto en la época en oropel, exceso y opulencia. La dificultad de llevar este género a escena – más allá de cómo trasladar esa grandiosidad que pide- seguramente esté en unos textos complejos, sin más conflicto real que el que permiten unas figuras más o menos acartonadas colocadas para lanzar un mensaje de exaltación religiosa claro y lejos de estar demasiado vigente a día de hoy. Así las cosas, no es de extrañar que cuando se decide subir uno de estos autos sacramentales –el más representado seguramente sea El Gran Teatro del Mundo- se opte por soluciones más o menos extremas: sobre El Gran Teatro del Mundo ahí están, por ejemplo, las versiones de Carlos Saura o Bárbara Risso. Ahora, Xavier Albertí no se amilana y propone un auto sacramental menos frecuente – El Gran Mercado del Mundo- poniendo las convenciones de vuelta y media, y ofreciendo en esencia lo que debe ser un auto sacramental: un espectáculo vistoso, excesivo… En este caso, una gran revista que a los versos calderonianios une un ramillete de cuplés, vedettes y hasta chascarrillos operísticos. Todo ello en apenas 70 minutos. Desde luego que un purista se rasgará las vestiduras ante este panorama –más viniendo de la etapa ultraconservadora de Pimenta-. En la propuesta de Albertí hay irreverencia, espíritu netamente catalán –ecos claros no sólo del Paral-lel, sino también del teatro de Els Joglars y hasta de La Cubana por momentos- y una vuelta de tuerca como hacía mucho que no se veía en el Clásico. ¿Tal vez podemos reprochar que el verso no sea la piedra angular de este montaje y que el nutrido elenco de artistas multidisciplinares no siempre sea homogéneo a la hora de decirlo? Seguramente. Pero, sin embargo, hay muchos motivos para dejarse llevar por esta gran gamberrada festiva.

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En El Gran Mercado del Mundo la Fama convoca un Mercado al que los hombres deben ir a probar suerte, con virtudes que deben saber cómo manejar. El Pater Familias manda a sus dos hijos – el Buen Genio y el Mal Genio- a ese mercado prometiendo el favor de la Gracia a aquel que mejor administre sus virtudes. En el camino, los hermanos se verán influenciados por la Culpa, la Lascivia y la Malicia, dispuestas a llevarles por caminos de perdición. Y, efectivamente, uno de los dos hijos se pervertirá mientras el otro acabará regresando triunfador de la gesta. La Fe católica hará el resto, propiciando el final clásico de este tipo de género.

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Albertí, efectivamente, tira la casa por la ventana y convierte las alegorías en una parodia arrevistada que asienta sus bases ya desde el comienzo, cuando la Fama emerge desde el aire en tonos dorados mientras suena la Tocata del Orfeo de Monteverdi y una ruidosa máquina de viento agita a la actriz de lado a lado de la escena –no es difícil pensar en una parodia consciente del icónico montaje que de la ópera de Monteverdi presentase Gilbert Delflo hace unos años, vista en Madrid y Barcelona y registrada en DVD-. La parodia es el hilo conductor de un espectáculo en apariencia sencillo en sus primeras partes, con música en directo, números de vedettes y ecos de vicetiples, con todos los personajes traídos a la actualidad y vestidos a medio camino entre la elegancia que destila la Culpa y lo grotesco que destilan algunos personajes –gran trabajo de dirección de Marian García Milla- con un color que, efectivamente, recuerda al de ciertas compañías catalanas. La primera mitad del espectáculo –que alterna el texto calderoniano con varios números insertados de revista y crece cuando llegan estos números- transcurre ante un telón negro, con apenas un sillón en escena. Albertí se guarda para la segunda mitad la artillería pesada: el telón se alza y deja ver un tiovivo gigante –a modo de una gran ruleta de la fortuna- que gira sin parar –espectacular dispositivo escenográfico de Max Glaenzel-. Ahí, la propuesta alza el vuelo, se vuelve vistosa y el exceso –en la música, en la caracterización, en la entrega actoral a la parodia- se convierte en una gamberrada irresistible que aún alcanza sus máximas cotas en ese desenlace –con “Il Mondo” entonado a coro y un Nazareno incluido en el centro del tiovivo- tan kisch como atractivo visualmente.

Desde luego que un purista podrá desmayarse ante esta osadía, que sin embargo mantiene la espectacularidad propia de los autos sacramentales y consigue mantener el interés del espectador ante un texto que tal vez no haya envejecido bien del todo. Hay múltiples chascarrillos, y quien guste del género de la revista seguramente se lo pasará en grande en un montaje que va al grano –dura 70 minutos- y personalmente yo veo como un soplo de aire fresco en la trayectoria reciente del Clásico. Es cierto que tiene altibajos, que unos chascarrillos –hay tantos, pero hay que destacar la lengua juguetona de la Culpa, el darle a un contratenor profesional el rol de la Herejía, los guiños operísticos y la memorable versión de dos de los cuplés entre todos los que suenan (“Cocaína” y “Régimen Severo”) – funcionan mejor que otros y que va conscientemente pasado de revoluciones en muchos momentos; pero es entretenido y tiene osadía: ya es algo. Habrá quien diga que esto no es Calderón de la Barca –y no sería cierto, porque el texto original está completo- o que la propuesta de Albertí ‘desacraliza’ de alguna manera la función del original –y esto puede ser cierto… pero ¿cómo mantener a día de hoy un texto de carácter tan fundamentalmente religioso sin que se resienta el asunto?-; pero desde luego que el carácter festivo que destila tiene más que ver con el espíritu de los autos de lo que uno pueda presuponer; y que el resultado final –con los altibajos propios del exceso que tienen estas propuestas de riesgo- termina siendo tan atractivo que uno sale con ganas de cantar.

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Otra cuestión es la administración del verso, que no es desde luego el punto fuerte de la propuesta –porque tiene otros-. Para llevar a cabo esta particular revisión musical, Xavier Albertí ha tenido que reunir a un elenco que cante y baile, y en muchos casos esa ha sido prioridad sobre la estilización al decir el verso. Al comienzo en algunos casos puede resultar inquietante –quizás se sorprendan, como yo, revisando la métrica con los dedos-; pero debemos entender lo que busca Albertí: artistas multidisciplinares, porque la propuesta ha de verse como un todo donde el verso es un elemento más. ¿Es esto especialmente grave en la CNTC? No tendría por qué, simplemente es otra forma -puede  que poco purista y poco ortodoxa- de acercarse al verso y al clásico. No veo el problema por entender que otros caminos son posibles.

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Cada uno en el nutrido elenco se lleva su momento de gloria, pero seguramente la más completa del conjunto sea una espléndida Silvia Marsó, que eleva a la Culpa de hilo conductor a verdadera protagonista de la función. Primero porque es de las pocas intérpretes del conjunto que encuentran un equilibrio entre decir bien el verso –el mejor verso viene de ella-, cantar y bailar –desde luego que su interés por revisitar ahora el mundo del musical me parece un giro fascinante-; y porque se entrega al juego con total confianza: en el gesto, en el baile, en la picardía y sin perder de vista que está diciendo Calderón. Todo eso es posible –ella lo demuestra- y si todo el elenco rindiese a su altura podríamos estar hablando de un montaje redondo. Desde luego que es muy estimulante ver a una estrella de su categoría entregarse a propuestas de este riesgo y salir triunfante. De entre los demás, Mont Plans (la Malicia) descolla por derecho propio en su memorable número musical –¡cómo se nota que ha trabajado con La Cubana!- en el que está para enmarcar, Roberto G. Alonso aporta gracioso exceso a la Lascivia y Oriol Genís ofrece una Gula llena de carisma que se luce también en lo musical. Encontrar a dos profesionales del canto lírico como son el tenor Antoni Comas –cuya trayectoria al lado de Carles Santos le deja mucho camino hecho para sentirse cómodo en este montaje como la Inocencia- y el contratenor Jordi Domènech –simpático en Herejía, ofreciendo todavía algún intervalo estimable- da una idea del equipo multidisciplinar que ha reunido Albertí: cada uno de su padre y de su madre; pero todos remando para sacar esto delante de la mejor manera. Jorge Merino se enfunda su traje americano para dar vida al pater familias, mientras que los hijos que interpretan Alfonso Bordanove (Buen Genio) y David Soto Giganto (Mal Genio) aún pueden y deben mejorar en el manejo del verso; donde mejora algo la Gracia de Aina Sánchez en un cometido mucho más breve. Lara Grube (la Fama) y Rubén de Eguía (la Fe) se enfrentan a sendos momentos complejos: ella volando entre las alturas para abrir el montaje, diciendo además bastante bien el verso, y él como ese Nazareno vendado que lo cierra. Cristina Arias (la Soberbia) y Elvira Cuadrupani –resulta como mínimo llamativo encontrar doblando rol en esta propuesta tan arriesgada a una habitual de Nao d’Amores: otra muestra de que Albertí sabe bien el grupo del que se rodea- se manejan sin problemas en sus cometidos. Con contadas excepciones podríamos decir que el equipo aparece más preparado para cantar y bailar que para decir el verso –y que Silvia Marsó está sobradamente preparada para lo que le echen-; pero es que lo musical se acaba imponiendo con fuerza.

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Ecos de Carles Santos, de La Cubana, de Joglars y del Paral-ell presiden esta propuesta arriesgadísima que desde luego poco o nada tiene que ver con lo que se ha visto en esta casa en los últimos años. Pero a veces es necesario mirar a Calderón sin miedo, sin demasiada reverencia, quitarse los corsés y tirarse a la piscina. El espíritu del auto sacramental está ahí –otra cosa es convertido en qué- y, en un cómputo global, a uno le dan ganas de salir cantando. Efectivamente, otro teatro clásico es posible.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“El Gran Mercado del Mundo”, de Calderón de la Barca. Con: Silvia Marsó, Alejandro Bordanove, David Soto Giganto, Cristina Arias, Antoni Comas, Elvira Cuadrupani, Jordi Domènech, Roberto G. Alonso, Oriol Genís, Lara Grube, Jorge Merino, Mont Plans y Aina Sánchez. Versión y dirección: Xavier Albertí. TEATRE NACIONAL DE CATALUNYA / COMPAÑÍA NACIONAL DE TEATRO CLÁSICO

Teatro de la Comedia, 18 de septiembre de 2019

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