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‘La Vida es Sueño’, o a medio gas

septiembre 25, 2019

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Para cerrar su etapa al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, Helena Pimenta vuelve sobre La Vida es Sueño –que ya montase hace unos años en un montaje mastodóntico que encabezaban Blanca Portillo y Marta Poveda- esta vez en un montaje donde dirige a la actual promoción de La Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico en el espacio más íntimo de la sala Tirso de Molina. Al margen de las dudas que pueda suscitar insistir con un título que Pimenta ya ha montado previamente –más aun cuando hay tantas joyas olvidadas que la Compañía Nacional de Teatro Clásico debería recuperar- hay como mínimo curiosidad por ver cómo afronta Pimenta en un formato de cámara –porque esta sala no permite otra cosa- una obra que ya montó en modo superproducción; además de ver cómo se adapta la savia nueva a la particular manera de entender el teatro clásico – esencialmente purista- de la directora. El resultado es una propuesta que se aleja de su anterior montaje – no intenta copiarlo-, mantiene su gusto por una forma muy particular de decir el verso e intenta alejarse de un montaje ‘clásico’ swin ir mucho más allá. Un montaje con aciertos y puntos más débiles, que es defendido por el joven elenco con energía.

Vamos primero con los aciertos. Pimenta –tan dada al exceso escenográfico, a unas grandilocuencias que no siempre aportan- propone aquí un espacio básicamente vacío – un sillón, cadenas para Segismundo, instrumentos en directo…- e integra todo el espacio de la sala –la grada y varias alturas- en la puesta en escena. Lo cierto es que esta decisión deja algunas ideas audaces –toda la sección inicial, ejecutada en lo alto- y da ritmo a la propuesta; que lleva además alguna secuencia coreografiada bastante interesante, entre lo mejor de la propuesta. Del mismo modo la versión –la que firmase hace años Juan Mayorga- aparece condensada y el espectáculo dura 100 minutos-, y la decisión de prescindir de un gran despliegue escenográfico permite trabajar directamente sobre los actores y el verso. También hay que decir que, efectivamente, el elenco congregado echa el resto y se entrega a fondo, por más que Pimenta tienda a imponer su modo ‘señorial’ de decir el verso – como si hubiera que darle mucho peso a todo lo que se dice- y unos salgan mejor parados que otros del resultado final. También es de ley reconocer que la versión fluye ágil, encadena las escenas y nunca pierde el ritmo. Son algunas virtudes, y el elenco responde: son virtudes.

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Pero, más allá de esto, ni una apuesta poco clara por la atemporalidad – mosquetones, uniformes militares, trajes contemporáneos… todo en la misma propuesta: ¿en qué época estamos? – ni unas cortinillas musicales machaconas, recurrentes, pretendidamente modernas y que en general no aportan nada – no me gustaron en general, pero vamos a correr un tupido velo sobre el último número- terminan de asentar las bases de una propuesta en la que parece que Pimenta hubiese querido ser un poco contemporánea sin pasarse demasiado, manteniendo ese respeto académico que ha mostrado siempre por los textos clásicos. Su concepto aquí, más allá de algunas escenas visualmente atractivas –y un espacio bien aprovechado- no termina de estar claro. De hecho, hay ideas pretendidamente modernas –repartir la parte de Rosaura entre tres actrices- que no se ven por primera vez aquí…. También es cierto que en ciertos momentos –los musicales sobre todo pueden llegar a resultar sonrojantes a veces; pero la muerte de Clarín no está bien resuelta- los actores –que, insisto, se entregan a fondo- parecen estar algo vendidos por decisiones que no terminan de tener una función dramatúrgica clara. Con todos los aciertos que tiene el montaje –los tiene- me queda la sensación de que Pimenta mira al magno texto de Calderón con demasiada reverencia, y no termina de atreverse a hacer un montaje verdaderamente contemporáneo: el resultado, efectivamente con aciertos y errores, se queda a medio gas.

Amplísimo reparto en el que, si todos dan cuanto tienen con sinceridad y actúan con energía, brillan con luz propia el Segismundo de Alejandro Pau y la Rosaura de Irene Serrano –a ambos les hemos visto en otros montajes- porque, en una dirección de escena que exige tratar el verso con demasiado peso, consiguen momentos de auténtica verdad emocional, sobre todo en aquellas escenas que comparten. Se nota que saben lo que hacen, dan lo mejor que sí – y eso que el enfoque de Segismundo y el esfuerzo físico que se le exigen a Pau no le dejan las cosas fáciles para brillar como actor, pero lo hace- y aquí hay mucho más que oficio, verdadero talento. Es un pecado fragmentarle a ella sus célebres monólogos con la idea de partir a Rosaura en varias intérpretes… Ambos están a un nivel claramente más alto que el conjunto. Mariano Estudillo saca adelante a Clarín, en un enfoque de dirección que no le pone las cosas fáciles: lo saca, y no es poco elogio, porque no lo tiene fácil. Entre los demás, quizá un escalón por debajo, podemos destacar la solidez que aportan José Luis Verguizas (Clotaldo), Fernando Trujillo (Astolfo) y Alba Recondo (Estrella) a sus personajes; si bien nadie desentona del conjunto –salvo quizá en unas partes cantadas que son muy mejorables-. Así y todo, hay que aplaudir al conjunto por salir a bien como lo hacen de una propuesta confusa que, desde luego, no parece especialmente pensada para el lucimiento de los actores. Todos merecen ser citados, y junto a los que ya han sido destacados por derecho comparten escenario Íñigo Álvarez de Lara, Anna Maruny, Aisa Pérez, Pau Quero –que los números musicales estén cogidos por pinzas como lo estén no es culpa suya…-, Víctor Sáinz Juan de Vera.

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Desde luego que este montaje tiene momentos de interés –aunque queda lejos sin embargo de otras propuestas del equipo joven como La Dama Boba o El Desdén con el Desdén, ambas mucho más redondas que esta-. Quedan, sin embargo algunas dudas: ¿qué aporta este montaje a una obra tantas veces subida a las tablas como es La Vida es Sueño? ¿Por qué Pimenta parece que por una vez va a decidirse a saltarse los cánones en el Clásico – ¡ qué necesario!- y sin embargo se queda a medio camino? ¿Por qué insistir con La Vida es Suelo cuando ya se ha montado aquí antes tan bien, habiendo como hay tantos títulos pendientes de volver a la cartelera? Preguntas sin respuesta. Después de todo, lo mejor de esta propuesta –que agota entradas y gusta mucho- es la entrega de los actores, fuera de toda duda. El concepto escénico no termina de quedar del todo claro; y, desde luego, Pimenta –que ha impuesto durante estos años un estilo muy particular- se despide del Clásico perdiendo la oportunidad de lanzarse a una propuesta verdaderamente gamberra. Mientras, en la sala grande, Xavier Albertí mostró la otra cara de Calderón de la Barca… Era necesario.

H. A.

Nota: 3/5

 

“La Vida es Sueño”, de Calderón de la Barca. Con: Alejandro Pau, Irene Serrano, Juan de Vera, José Luis Verguizas, Mariano Estudillo, Alba Recondo, Íñigo Álvarez de Lara, Aisa Pérez, Pau Quero, Víctor Sáinz, Fernando Trujillo, y Anna Maruny. Versión: Juan Mayorga. Dirección: Helena Pimenta.  COMPAÑÍA NACIONAL DE TEATRO CLÁSICO

Teatro de la Comedia (Sala Tirso de Molina), 18 de septiembre de 2019

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